Dossier Guevarismo en América Latina

El legado del Che


Del Ejército de Liberación Nacional
al Partido Revolucionario de los
Trabajadores en Bolivia (1967-1977)

Gustavo Rodríguez Ostria
Historiador boliviano

Introducción

En 1962, Cuba decidió defender su revolución, buscando crear bajo su patrocinio una línea de defensa con guerrillas extendidas por todo el continente que operara como un cinturón de defensa. La lucha armada rural fue promovida como el mejor método —sino el único— método de toma del poder, contrapuesto al gradualismo o al pactismo de los partidos comunistas, que, a los ojos isleños, demoraban la lucha en espera de que se dieran las “condiciones objetivas” para la revolución. Bolivia, desde entonces, fue escenario privilegiado de la nueva doctrina: en 1963, sirvió de lugar de paso y santuario para las guerrillas que Cuba esperaba asentar en Perú y Argentina; cuatro años más tarde, como es suficientemente sabido, fue el centro de operaciones del Che, dejando un legado que se expandió por el Cono Sur del continente americano: el “foquismo”.

Tras el asesinato del Che (9 de octubre de 1967) emergieron, sin embargo, otras variantes de lucha armada que, tomando la inspiración guevarista, la modificaron. Así, privilegiaron la lucha urbana y no la rural o buscaron otra relación entre lo militar y lo político, subordinando lo primero a lo segundo, a diferencia de la receta guevarista.

En estas páginas se muestra cómo los herederos y las herederas del Che afrontaron en Bolivia las contingencias teóricas y prácticas de remontar la derrota de Ñancahuazú e iniciar una discusión —o cerrarla— para aproximarse a las nuevas condiciones políticas locales y continentales. Asimismo, se trata de establecer y de analizar las mutaciones, las continuidades y las contradicciones en la historia del Ejército de Liberación Nacional (ELN), y de su sucesor, el Partido Revolucionario de los Trabajadores de Bolivia (PRT-B), en la álgida década comprendida entre 1967 y 1977.

El interés puesto en este escrito es contribuir al aún incompleto debate historiográfico y político sobre la guerra de guerrillas, desde el mismo núcleo geográfico que le dio validez o se la quitó. Incidiremos, de acuerdo a la temática del libro, en cómo la realidad agraria e indígena de Bolivia fue abordada por el ELN y su posterior derivación en PRT-B, entre 1967 y 1977. Este punto cobra importancia puesto que los analistas y historiadores de la guerrilla de 1967, inciden que una de las razones de la derrota de Ernesto Guevara y su posterior asesinato el 9 de octubre de 1967, se relaciona con el escaso apoyo que gozó de los sectores rurales bolivianos, que prefirieron actuar como ojos del Estado delatando, salvo escasas excepciones, el paso guerrillero y retaceando su apoyo en alimentos y combatientes. Este texto, conviene dejarlo en claro, expresa únicamente el pensamiento del autor y no representa el punto de vista de las instituciones a las que pertenece.

1. Los orígenes

El Ejército de Liberación Nacional (ELN) fue fundado por Guevara el 25 de marzo de 1967, según consta en su famoso Diario. Dos días antes, la columna guerrillera había emboscado y sometido a tropas del Ejército, y se vivían momentos eufóricos en el campamento. Nada hacía presagiar lo que sobrevendría después. Durante los meses subsecuentes, el ELN fue la guerrilla en armas, con altibajos, victorias y derrotas. En las ciudades, apenas pudo armar una pequeña estructura, a la larga inoperante, que no pudo o no supo coadyuvar las acciones en el monte. En número, no superaba la docena, sin experiencia en trabajo clandestino. En el campamento e incluso mientras se desplazaba en el monte, los guerrilleros recibían, en un error de geografía humana, clases de quechua y aymara, aunque no de guaraní, predominante en la zona donde inicialmente se instaló la guerrilla. De hecho, Ñacaguasú, “cabeza grande”, es de ese origen lingüístico.

El flamante ELN produjo un quinteto de comunicados, fijando posiciones, de los que solamente uno llegó al público; el resto permaneció guardado en la mochila del Che, hasta su captura el 8 de octubre de ese año. Uno de ellos, que luego se perderá en la vorágine de la guerra y que no tendrá una secuencia posterior, se refiere al rol no solamente campesino sino indígena, aunque esta palabra no figure en su léxico. El documento al que se hace referencia fue escrito seguramente luego de las jornadas del 23 de marzo y el Che se lo confió a Regis Debray, Dantón, para transportarlo fuera del campamento; éste a su vez se lo entregó al misterioso inglés Andrew Roth. Aunque Debray no está completamente seguro, es muy posible que Roth lo llevara cuando fue capturado en Muyupampa el 20 de abril, junto a Debray y Ciro Bustos. Una copia no sabemos si preliminar reapareció años más tarde. En 1988, fue publicado por el Bolivian Times, un periódico en ingles en La Paz, Bolivia. Pertenecía a los documentos que portaba el Che en su mochila, y fue sustraído por el piloto del helicóptero que condujo su cadáver el 9 de octubre de 1967 hasta Vallegrande, el ahora general Jaime Niño de Guzmán. En el documento se planteaba, entre otros objetivos, la:

a) Democratización de la vida del país con participación activa de los núcleos étnicos más importantes en las grandes decisiones de gobierno; b) Culturización y tecnificación del pueblo boliviano utilizando en la primera etapa alfabetización las lenguas vernáculas.[1]

Sin embargo, además del comunicado, que no carece para nada de relevancia por la aproximación a la presencia indígena y no solamente campesina, no hay evidencias que en los meses posteriores la guerrilla levantara propuestas con esta orientación en las escasas intervenciones que desplegó para arengar a pobladores y pobladoras rurales con quienes se toparon en la parte final de su campaña. Sus palabras, o al menos aquellos registros que se conservan de ellas, hablan más bien de los reclamos a sus escépticos oyentes por no comprender la entrega y sacrificio de guerrillera, así como una promesa que bienes materiales como escuelas, salud y caminos que abundarían en las áreas rurales en un futuro gobierno socialista.

El 25 de septiembre de 1967 el Che y sus hombres arribaron a Tranca Mayu, una quebrada a 1.800 metros sobre el nivel del mar. La mayoría de los campesinos, como en otras oportunidades, desaparecieron, aunque algunos y algunas regresaron al ser convocados. Ñato, campesino del oriente boliviano, intentó, convencerlos del sentido de la lucha armada que desplegaban en favor de la clase trabajadora. La guerrilla se había mantenido por mucho tiempo escondiéndose y con la voz embargada; de modo que ahora que la palabra estaba autorizada, se la usaba al máximo. El guerrillero boliviano habló con un lugareño.

Algún día ha de saber comprender que estos grandes sacrificios que estamos haciendo es por ustedes y para sus hijos para que tengan conocimiento del mundo y no sigan la misma suerte de sus padres. Nosotros los combatientes no gozaremos del triunfo o talvez no lleguemos a verlo porque así es la vida y en la guerra. [2]

Inti, Álvaro Peredo, por su parte, el 22 de septiembre arengó en la escuela del pequeño poblado de Alto Seco. El boliviano discurseó “a un grupo de 15 asombrados y callados campesinos explicándoles el alcance de nuestra revolución”, retrató el Che en su diario ese día. Según una testiga, proclamó:

Nosotros hemos venido a luchar por la liberación de los campesinos para que no les cobren tantos impuestos y les coloquen en el lugar que les corresponde, puesto que ustedes son el sostén de la patria. ¿Qué sería de Bolivia si el campesino no produce?[3]

Según testimonios que acopió el enviado del matutino católico Presencia de La Paz, el guerrillero boliviano enfatizó: “Aquí no tienen agua, no hay luz eléctrica. Están abandonados como todos los bolivianos. Por eso luchamos nosotros.”[4] El 26 de septiembre, Jaime Arana Campero, Chapaco, boliviano a punto de cumplir 29 años, se alzó de pronto en medio de la polvorienta calle de pequeño poblado de Abra del Picacho, a tres kilómetros de La Higuera, que estaba de fiesta para celebrar a la virgen de las Mercades. Dio un emotivo discurso de contenido revolucionario. Sus palabras tenían una carga de reproche y una dosis de angustia y desencanto; nadie se había sumado a sus filas, pese a que ellos representaban, a costa de sus propias vidas, un futuro revolucionario y un orden justo que el guerrillero esbozó buscando sacudir a los y las presentes y convocarlos a sumárseles a su lucha.

[Los] campesinos, […] todavía son inocentes de nuestros grandes sacrificios, es por eso que donde pueden inmediatamente nos delatan al Ejército, pero nosotros sabremos hacerles comprender, y para esos estamos empuñando los fusiles. Y al cabo, ustedes se darán cuenta de los que es la lucha [por el] bienestar de ustedes, los campesinos, y todo el pueblo boliviano. Y la esperanza del mañana y el crecimiento de nuestras fuerzas guerrilleras son ustedes, los trabajadores del campo en combinación con los obreros de la ciudad. Yo quiero decirles que ustedes, cuando se den cuenta de todo y tengan experiencia, tomarán el poder político dando punto final a esta revolución que estamos iniciando para nunca más dejarse derrotar por la burguesía, amante de la desgracia dominada por el imperialismo norteamericano […]. Pero si ustedes, en lugar de ayudarnos, más bien nos entregan al Ejercito nunca van a gozar de las riquezas naturales de su país, no obstante que Bolivia es uno de los países mas ricos del mundo.[5]

En todos los casos la interpelación al público se realizó a campesinos y campesinas como productores explotados aludiendo a sus necesidades más sentidas. El lenguaje es de clase, con rasgos marxistas. Se aludió a la explotación y el atraso, pero no a la discriminación ni a la potencia subversiva étnica. No hay tampoco recursos ni interpelaciones a la identidad comunitaria como factor de gobierno, como aparece esbozado en el aludido pronunciamiento del Che en abril.

2. Una nueva guerrilla en Bolivia

Tras el asesinato del Che el 9 de octubre de 1967, parte de la izquierda armada latinoamericana realizó, aunque no con la profundidad requerida, un recuento de la frustrada experiencia. Sin abandonar su admiración por Guevara ni renunciar a la lucha armada, se adentraron en lo que podría denominarse un “proceso nacionalizador de su estrategia”. Ese giro condujo a la revalorización de la lucha urbana. El peso de Guevara era allí inmenso e intenso. Desafiar sus conclusiones y su preferencia geográfica fue como retar a un dios y su palabra sagrada, pero en la iglesia armada boliviana solo cabían feligreses, no herejes. En efecto, la presencia guevarista en Bolivia, el ELN, no concluyó tras el asesinato del Che, sino que se prolongó durante los años posteriores.

El ELN desafió a la izquierda boliviana que estaba entrenada para actuar al interior de las organizaciones sindicales y partidarias urbanas; se apartó notoriamente de esa tradición y se basó en un reducido núcleo de cuadros herméticos, compartimentados, seguros de representar la vanguardia social. Esa continuidad trascendió la mera atracción por el guevarismo —un habitus entre la izquierda armada latinoamericana en esos años— y fue, por el contrario, mucho más densa y compleja: involucró territorios, recursos, armas y sobre todo hombres y mujeres que provenían de la época de Guevara y que decidieron reponer la guerrilla en Bolivia en los mismos marcos concebidos en el contexto argentino. A la muerte del Che, el casi inexistente ELN quedó en manos de Álvaro Peredo Leigue, más conocido como Inti.[6]

La determinación de restaurar la guerrilla en Bolivia fue apoyada en Cuba poco después de que el Che muriera. Una de las tareas iniciales consistió en restablecer antiguos contactos con organizaciones políticas bolivianas, afines a la lucha armada, para incrementar así el núcleo de posibles colaboradores, bebiendo de varias fuentes políticas y geográficas, al igual que aprovechando las nuevas subjetividades políticas que se abrieron particularmente entre sectores estudiantiles de clase media pero también entre trabajadores y campesinos tras la muerte del Che, y en gran parte a causa de ésta.

Es significativo, en ese sentido, en atención al pensamiento predominante en Cuba, que los trotskistas del Partido Obrero Revolucionario (Combate), integrantes del Secretariado Unificado (SU), al mando de Hugo González, visitaran La Habana a inicios de 1968 y convinieran —por invitación isleña— sumarse al relanzamiento de la guerrilla bajo el mando de Inti. Ese año, enviaron al menos una decena de sus militantes a recibir entrenamiento en Cuba.

Por otra parte, desde Chile —país concebido por el Che como una “retaguardia” o un “santuario”— también llegaron importantes refuerzos procedentes del Partido Socialista (PS). Muchos de ellos estaban en entrenamiento militar o participaban en redes logísticas de apoyo cuando Guevara fue asesinado en Bolivia. El mando estaba a cargo de Elmo Catalán, Ricardo, un periodista de 36 años, muy cercano a los senadores socialistas de Chile, Carlos Altamirano y Salvador Allende, futuro presidente de ese país.[7]

En la estructura geográfica, Chile sería sólo un santuario desde donde ingresarían combatientes y vituallas hacia Bolivia, a cargo de miembros del PS. En Argentina, con el concurso de distintos grupos reconcentrados en el ELN, que reconocían el mando de Inti, se conformó un centro de reclutamiento y de operaciones que probablemente incluía abrir una guerrilla en el norte fronterizo con Bolivia, según demandara el curso de las futuras operaciones en este país. El núcleo de los integrantes de la organización lo constituían militantes entrenados en Cuba entre 1966 y 1967 con vistas a integrarse a las filas del Che. Sin embargo, su asesinato los dejó varados en la Isla. En su mayoría, retornaron a Argentina los primeros meses de 1968. A mediados de ese año, Antonio, joven de 22 años, por solicitud cubana viajó a La Habana para restablecer contacto y planificar las acciones en Bolivia.[8]

Inti se había negado a abandonar Bolivia junto con los sobrevivientes cubanos de la columna de Guevara que salieron rumbo a Chile, en febrero de 1968. El boliviano permaneció desafiante a la represión tratando de reorganizar filas y de establecer contactos. Recién en mayo decidió salir del país. Llegó a Cuba el 2 de agosto, previa parada en Chile para reponer fuerzas, concertar el apoyo de militantes del PSs y conversar con el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), a cuya dirección intentó comprometer sin éxito. Una vez en La Habana, con el apoyo de Manuel Piñero, Barbarroja, responsable de las operaciones militares cubanas en el exterior, y el visto bueno de Fidel Castro, se inició la planificación de una nueva guerrilla en Bolivia. En la isla, se concentraron entre 60 y 70 hombres procedentes en su mayoría de Bolivia, aunque no faltaron chilenos y un puñado de argentinos y de otras nacionalidades. Un frente de alistamiento importante se gestó entre los comunistas bolivianos, tanto en su vertiente maoísta (Partido Comunista Boliviano-Marxista Leninista, PC-ML) como en la vertiente pro soviética (Partido Comunista de Bolivia, PCB), disidentes frente a la actitud de sus direcciones respecto al Che. Muchos fueron reclutados en Bolivia, recurriendo a los contactos de la época guevarista; otros se integraron en la Europa socialista. Desde Argentina, también llegaron bolivianos integrantes de Siglo XX, una agrupación política y de reflexión constituida por universitarios bolivianos de la Universidad de La Plata, pertenecientes a distintas tendencias de izquierda. Sin embargo, varios de los que habían decidido integrar el ELN, tras la muerte del Che, presentaban antecedentes de militancia comunista, tanto en el PC boliviano como en la Federación Juvenil Comunista de Argentina. La prioridad, por tanto, estuvo marcada hacia sectores de origen o inclinación marxista, a los que se consideraba con una trayectoria de disciplina y de militancia que los hacía más propensos a aceptar la estructura vertical guerrillera.

Esta variopinta gama de cuadros y militantes comunistas, socialistas, trotskistas, maoístas e independientes se reunió en Cuba, donde desde septiembre de 1968 inició su entrenamiento en Baracoa, zona oriental de la isla, en la que se montó un campamento siguiendo las enseñanzas guevaristas. Su número alcanzó aproximadamente a unos 80 integrantes, la mayor parte bolivianos, seguidos de una veintena de chilenos y un quinteto de argentinos y de otras nacionalidades; los cubanos sumaban unos siete u ocho. Inti asumió la jefatura, aunque convivió muy poco con sus hombres en el campamento. La parte militar y física quedó bajo el comando de los cubanos Harry Villegas, Pombo, y Dariel Alarcón, Benigno, sobrevivientes de la guerrilla del Che. El debate y las lecturas doctrinales fueron escasos y controlados. De hecho, cualquier mínima disidencia fue refutada de manera rápida.

Como era habitual en el adiestramiento cubano, se dio énfasis al entrenamiento —marchas, cartografía, arme y desarme, emboscadas, etc. Una vez concluida esa fase, los integrantes fueron trasladados, poco antes de la navidad de 1968, al célebre Punto Cero, donde continuaron, aunque con menor intensidad, su instrucción —karate, explosivos, etc. Paralelamente, un grupo mucho más pequeño, y con clara predominancia femenina, se entrenó para la guerrilla urbana —chequeo, contrachequeo, escritura invisible, etc.— y en comunicaciones cifradas. Beatriz Allende,[9] Tati, la hija del futuro presidente, se contó entre las participantes.

3. Retorno y descalabro

A principios de 1969, Inti regresó a Santiago de Chile, donde se refugió mientras aguardaba el desplazamiento de su escuadra hacia la misma latitud, como paso intermedio hacia Bolivia. En Chile, la operación estuvo dirigida por Arnoldo Camú, Agustín, y B. Allende. El desplazamiento suponía usar rutas y pasos fronterizos escondidos, sólo conocidos por arrieros y contrabandistas. Hasta mayo de 1969, buena parte de los cuadros militares —entre 30 y 40— ya estaba en Bolivia. Inti ingresó el 9 de ese mes. Desde su refugio en La Paz, se desplazó hacia otras regiones en busca de contactos, a fin de organizar su estructura militar. El 5 de septiembre de ese año, Inti hizo público un mensaje con el siguiente anuncio: “La batalla iniciada en Ñancahuazú, e interrumpida brevemente, ha vuelto a comenzar”.[10] Se trataba de una oferta que tendría dificultades en culminar e Inti sabía que estaba en aprietos.

El prometido apoyo cubano —para su desazón y preocupación— se cortó, mientras que la Policía y la inteligencia boliviana comenzaron a dar certeros golpes al ELN a partir del 14 de julio. Los cubanos, cuyo aporte logístico fue vital en la fase organizativa, decidieron no continuar. Probablemente por las presiones soviéticas, la escasa seguridad que constataron en la infraestructura boliviana y la posibilidad de cambios en la coyuntura política boliviana tras la muerte del presidente constitucional Gral. René Barrientos, en abril de 1969, decidieron parar en seco su colaboración y no enviaron a sus hombres hacia Bolivia. Incluso retuvieron por varios meses a gran parte del grupo entrenado en Baracoa, al que finalmente, y a regañadientes, dejaron salir de Cuba a fines de 1969. En los hechos, a partir de entonces, las relaciones con el ELN boliviano se congelaron y no se restablecieron sino hasta 1972.

Entre tanto, en Argentina, el ELN estaba en alza tras incendiar, la noche del 26 de junio de 1969, 14 supermercados pertenecientes a Nelson Rockefeller, el influyente potentado estadounidense. Realizaba entrenamientos militares en la zona cordillerana de San Juan. Uno de sus instructores era Marcelo Verd, caracterizado por su ojo de vidrio y su gran capacidad militar. La situación comenzó a modificarse tras el intento fallido de copar y asaltar la sucursal de la localidad de Quilmes del Banco de la Provincia de Buenos Aires, el 10 de agosto de ese año. A raíz del frustrado operativo, varios integrantes resultaron apresados o perseguidos.[11]

Casi un mes más tarde, el 9 de septiembre, en circunstancias aún no establecidas, Inti fue asesinado en La Paz por los organismos de seguridad. Todo apunta que fue atrapado herido vivo y luego muerto brutalmente en la prisión de Achocalla. A su caída, que sacudió de raíz al ELN, se sumó el advenimiento del Gobierno militar nacionalista del Gral. Alfredo Ovando, el 26 de septiembre de ese año de 1969, generando un nuevo debate en la acosada y mermada fuerza guerrillera, sobre todo tras la nacionalización de la petrolera estadounidense Gulf Oil, el 17 de octubre, y el cese de la represión política y sindical. Varios cuadros del ELN dudaron de la conveniencia de enfrentarse a un Gobierno que gozaba de apoyo popular y se retiraron de la organización; no más de una decena permaneció fiel. La sumatoria de todos esos acontecimientos produjo una crisis de proporciones considerables en la organización guerrillera. La militancia, ya golpeada, amenazó con el desbande, salvo en los núcleos más duros.

Por su parte, el grupo argentino, que operaba principalmente en Buenos Aires, decidió retacear su concurso a Bolivia. Las grandes movilizaciones de masas, como el denominado Cordobazo, una insurrección popular que duró tres días, iniciada el 29 de mayo de 1969, habían sembrado dudas sobre la efectividad del foco a la manera guevarista. Además, la escalada social los convocaba a participar del proceso en su país y no en la vecina aunque políticamente lejana Bolivia.

La crisis se ahondó cuando a fines de ese año, el ELN decidió designar a Osvaldo Peredo, Chato, médico y hermano menor de Inti, como su jefe. En realidad, se trató de una suscepción dinástica destinada a usar como propaganda el peso simbólico del apellido Peredo. Empero, la militancia argentina no observó en el nuevo responsable la capacidad militar ni el liderazgo para conducir una próxima acción de armas. Así, tras enviar a varios emisarios hasta Bolivia, decidieron no continuar bajo su dirección. Al año siguiente, una buena parte pasó a formar las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), a la cabeza de Carlos Olmedo. Verd, y militantes de ambos sexos procedentes del ELN, se sumaron a sus filas.[12] Aquella separación ahondó aún más el grave aprieto interno en Bolivia del ELN. Su Estado Mayor quedó cuestionado y lleno de dudas sobre su porvenir y el de la organización. Los “políticos” se enfrentaron a los “militaristas”, demandando una cautelosa retirada hacia el santuario chileno, hasta recobrar fuerzas. Perdieron. Esta vez, el pequeño núcleo de apóstoles decidió continuar, como se hizo alusión, bajo la jefatura de Chato. Sin embargo, el hermano menor de Inti no contaba con experiencia política ni con una trayectoria militar destacada equivalente a la de Inti.

4. Política, guerra y democracia

El ELN proclamaba su lucha sin tregua por el socialismo, cuya construcción se aproximaría a la experiencia cubana. Con economía planificada, industrialización pesada y agricultura mecanizada, junto al desarrollo de la educación universal y de la cultura de masas —con acceso gratuito—, se proponía labrar el crisol, apenas enunciado, para forjar al hombre nuevo y liberarlo de la explotación del capital.[13] Si en la construcción discursiva sobre el futuro deseado el ELN era parco, en la crítica de la sociedad existente no desechaba calificativos denigratorios. Ciertamente, como el resto de las organizaciones de izquierda, armada o no, leyéndola en clave marxista, en una mirada instrumental, el ELN desdeñaba profundamente la legitimidad de la democracia liberal y burguesa en Bolivia. La misma que, por otra parte, con su escabrosa y fraudulenta historia institucional, impedía que se la defendiera y legitimara. La guerrilla en ciernes podía presentarla como la mascarada oportunista de las élites dominantes:

Son estos “ingenuos” del “libre juego” democrático los que se conforman con limosnas otorgadas como paliativos. Son artistas remendones del sistema y especialistas en adormecer al pueblo, induciéndoles a creer en ficticias libertades democráticas otorgadas por el enemigo.[14]

La política de las armas es, ante todo, la identificación del enemigo y el descubrimiento del nosotros en franca oposición a los otros. Dado que la diferencia construye un principio de oposición y, a la vez, de complemento, la percepción que un grupo desarrolla de sí mismo con relación a los otros constituye un elemento capital de cohesión al mismo tiempo que sirve para distinguirlo del resto.

A la luz de la experiencia cubana, el ELN definió, al igual que toda la izquierda armada latinoamericana, el capitalismo internacional y las oligarquías criollas como sus adversarios principales.[15] La guerra, en ese marco, no podía ser llevada a medias tintas, en busca de negociar o de presionar por míseras e inocuas reformas, sino con el propósito de destruir y eliminar totalmente al enemigo. Para la guerrilla, el gradualismo y el reformismo de los comunistas, así como la ambivalencia de otros partidos de izquierda, terminaron por realizar un adormecedor trabajo sucio para el imperialismo. Proclamaron también la caducidad —que se suponía era irreversible— del nacionalismo reformista, fuese de rostro civil o militar. No cabían, pues, vueltas ni retrocesos: “La guerrilla [daría] golpe tras golpe al ejército regular desmoralizándolo hasta derrotarlo y destruirlo completamente y, con él, al régimen que sustenta[ba]”.[16] A partir de esa visión dual, la sociedad estaba dividida entre los combatientes —los nuestros— y los enemigos —los otros. El paradigma amigo-enemigo excluía cualquier posibilidad de negociación. Todas las metas eran últimas: “Guerra absoluta”, como la denominó Karl von Clausewitz en su obra Vom Kriege (De la guerra), publicada en 1832, a un año de su muerte.[17]

Para el alemán, con una diferencia de no menor significado, la guerra representaba la continuación de la política por otros medios, mientras que para el ELN devenía en la única política posible.[18] En contundente aseveración, Chato sentenció en cambio: “La frase de Lenin y Clausewitz ‘la guerra es nada más que la continuación de la política por otro medios’, para la mayoría de nuestros países hay que invertirla algo: la continuación de la política por otros medios es nada más que la guerra”.[19]

En esa lógica, el aparato político debía subordinarse al aparato militar y el proyecto político, a la violencia armada.[20] Los partidos marxistas y comunistas bolivianos separaban las condiciones objetivas —maduración de la situación revolucionaria— de las subjetivas —organización y conciencia de clase. Tal distinción resultaba irrelevante para el ELN, que asumía a pie juntillas, que “no hay que esperar siempre que se den todas las condiciones para la revolución; el foco insurreccional puede crearlas”, como alentaba el Che en La guerra de guerrillas. Ciertamente, el ELN creía validar su postura argumentando que operaba en medio de la crisis generalizada del sistema capitalista/imperialista, faltando solamente la chispa para el estallido, aquella que encendería por medio de la acción armada.

El internacionalismo y la escala continental de la lucha armada se mantuvieron como principio rector y herencia del Che. Así, Bolivia “liberada [sería una] gran base operativa estratégica [y] escuela guerrillera de formación de cuadros”, desde donde, “cuando se haya alcanzado un poderío respetable”, se desprenderían columnas móviles guerrilleras de carácter multinacional para “continentalizar” la lucha armada hasta la toma del poder en Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, Chile y Perú.[21] Pero la proliferación de organizaciones armadas en los países vecinos, no muy afectas a responder a un mando y a una estrategia única, como había ocurrido en vida del Che, obligó a una revisión de esa estrategia, que se hizo más profunda tras la muerte de Inti. La apuesta por una dimensión continental, sin negarla, se achicó con liderazgos locales, sobre todo en la primera mitad de 1970, durante la fase final de preparación de la guerrilla. La denominada “nacionalización” implicó la personalización de la lucha armada en la figura de combatientes bolivianos, entre ellos Chato. Supuso también estrategias de poder y conquista en los límites del propio territorio boliviano. En ese derrotero, reivindicaban —sin la mínima crítica— el credo guevarista para Bolivia.

La derrota del Che no eliminó el apego del ELN al foquismo. A sus ojos, los factores que la provocaron nacieron de errores, traiciones y desfases, internos y externos, pero nunca fueron intrínsecos a su filosofía y a su metodología político-militar; por tanto, eran subsanables, previa corrección táctica. Según el relato de Chato: “el pueblo espera anhelante el resurgimiento de un “foco” que sea la continuación del que nació en Ñancahuazú […] A nuestro juicio el “foco” guerrillero sigue teniendo vigencia. Su derrota transitoria no significó su desaparecimiento”.[22]

5. La “orga”

¿Quién se encargaría de convocar y de conducir esa vigilia de armas? Lectores —aunque ni profusos ni necesariamente críticos— de Guevara y de Régis Debray, cuyas obras se difundieron en el seno de la organización, el ELN no consideraba imprescindible contar con un partido de vanguardia:

No se trata de rechazar al partido como forma de organización del proletariado; nosotros aspiramos a la formación de un partido de vanguardia que será el conductor de la Revolución Socialista. Pero las actuales necesidades prescinden de los métodos y las formas de los partidos tradicionales y exigen una organización política con estructura fundamentalmente militar.[23]

La posibilidad de conjugar lo político con lo militar, presente en otras organizaciones armadas latinoamericanas, en Argentina, Chile y Uruguay fue descartada totalmente. Para sepultar esa opción, Inti había despotricado en julio de 1969 en los siguientes términos: “Conozco a los que hablan del brazo armado y del brazo político. Eso equivale a convertir al sector que lucha en las montañas en un grupo de presión que opera a directivas políticas que se emiten en la ciudad”.[24]

Si bien se desestimaba la organización de tipo leninista, se retomaba su propuesta sobre una estructura con marcas conspirativas, preparada para el trabajo ilegal y las actividades clandestinas. De hecho, el ELN era concebido como una entidad estrictamente militar —“un partido en verde olivo”, como fue definido con Debray. Internamente, se configuraba con métodos, culturas y valores propios de ese tipo de organizaciones; es decir, en torno a símbolos marciales como el honor, el heroísmo, el coraje y una sociabilidad que exaltaba la pureza, el culto a las armas y los rituales de la muerte. En su cúspide, se ubicaba un reducido cuerpo de elegidos —el Estado Mayor—, que comandaba de manera vertical y centrípeta a una élite disciplinada, y se encargaba de producir la revolución desde fuera de las masas.[25] Más abajo estaban las bases. La estructura organizativa distinguía entre militantes, simpatizantes y colaboradores —hombres y mujeres—, según el grado de compromiso. Entre los militantes estaban los juramentados, es decir, los cuadros militares que gozaban del privilegio de portar armas. Cada cual tenía su alias, una manera de romper con el pasado y de volver a nacer de incógnito, que era escogido en la pila bautismal de la organización, en el cuadro de honor de muertos y de mártires. Se trataba de un nuevo (re)nacimiento bajo el amparo de un personaje inventado. Sin embargo, para no perder del todo la pertenencia familiar, se tomaba el nombre del hermano o de la hermana, de la madre o del padre y también de algún héroe revolucionario, de la compañera o del compañero desaparecido o del protagonista de algún sueño no cumplido. No obstante, los apodos y los diminutivos donosos se imponían, no pocas veces, sobre los secos nombres de guerra.[26]

El ELN consideraba innecesario contar con frentes de masas u organismos con cobertura legal que hicieran política en las calles o en las tribunas; buscaba, más bien, nutrirse de cuadros selectos que operaran en y desde la clandestinidad. La voluntad mesiánica y el heroísmo de ese pequeño y decidido núcleo de combatientes, monte arriba, sería más que suficiente para quemar etapas al establecer el socialismo, como pregonaba el Che, con imaginación utópica y misión providencial construida sobre bases subjetivas, pero también sobre la lectura de los signos de una época por esa militancia que, en su singularidad, se sentía parte del colectivo revolucionario internacionalista. La desafiante presencia de Cuba triunfante y los procesos contestatarios en países vecinos y en Vietnam, que enfrentaba al coloso yanqui, seducían y aseguraban que la desigualdad militar podía ser superada por la voluntad y la conciencia. Pero Lenin, según se sabe, no ahorraba epítetos para descalificar el romanticismo estéril (el “blanquismo”) de quienes sólo con su heroica decisión pretendían sustituir la movilización social.[27]

El combatiente devenía en la pieza maestra para la estrategia orgánica. Se forjaba en la lucha haciendo tabula rasa con su vida anterior y sus placeres mundanos. El guerrillero “sacerdote” y “asceta”, que pretendía el Che,[28] sepultaba su individualismo y su pasado para vivir en lo grupal y lo colectivo; el “nos” del “hombre nuevo”, subsumía al “yo” capitalista y liberal.

La lógica colectivista predominante, la mezquindad, el liberalismo o la indisciplina se condenaban y se sancionaban asumiendo que tales debilidades abrían las puertas a la delación. El acatamiento heroico, cuando no el sometimiento, la humildad, el ascetismo, la heroicidad, el amor a los pobres y el odio a los opresores, forjarían el arquetipo del llamado “hombre nuevo”. La emulación de las virtudes revolucionarias se premiaba y se ponderaba. Los ritos de iniciación, las (auto)penitencias y las traumáticas sesiones de crítica y autocrítica servían para el control partidario y la expurgación. La desobediencia no era tolerada. El mando observaba constantemente para extirpar de raíz cualquier signo de disidencia, proceso de “disciplinamiento” que asfixió el disenso y terminó ahogando otras formas de hacer política que no tuvieran que ver con la lógica militarista de la guerra.

Círculo de vengadores, iniciados y puros, la militancia de más confianza ingresaba al “clandestinaje”, lo que suponía “romper” con su familia “burguesa” y sus hábitos cotidianos; se trataba de una prueba suprema de compromiso revolucionario que no siempre era aceptada de buen grado. Ocultos, como una secta del cristianismo primitivo, se guarnecían en las llamadas “casas de seguridad”, las catacumbas urbanas. Cada refugio, que se cambiaba frecuentemente, estaba pensado como un cuartel militar clandestino y un pequeño arsenal, camuflado en berretines (escondites), por precaución. Allí, dormían vestidos, para facilitar la huida, y vigilaban con el arma en ristre las 24 horas. Estudiaban poco; en cambio, entrenaban y vivían bajo las normas de la compartimentación. Para orientar su vida interna, disponían de un tosco manual interno, pero ningún estatuto o reglamento que normara la conducta a seguir, lo que permitía cierto margen de libertad individual. No todo era siempre rígido en la vida cotidiana; la complicidad festiva se colaba muchas veces y las risas estallaban. La reclusión colectiva permitía que se forjaran lazos de camaradería; un sólo cuerpo de hermandad que perduraba pese a las vicisitudes de la vida tras la derrota.

Un territorio subterráneo envolvía y protegía a la organización. Por seguridad, cada cual debía conocer únicamente la parcela que le correspondía; práctica que no siempre era posible en las ciudades pequeñas y con reclutamiento en círculos de enamorados, familiares y amistades, con vínculos e historias precedentes. A veces, para reducir los riesgos, asistían a las reuniones encapuchados. Se usaban claves, códigos y seudónimos. Se prohibían y se sancionaban los contactos horizontales, entre células. No se permitía ningún lujo, por ética espartana y por no llamar la atención. Se vivía en medio de privaciones: comida frugal, ropa de uso colectivo y anónimos tonos grises. Para sostener al pequeño núcleo de revolucionarios profesionales y conformar una reserva para el monte y los malos tiempos, se acudía a las contribuciones, en dinero y en especie, procedentes generalmente de simpatizantes de la clase media.

6. Nuevos sujetos revolucionarios

El nuevo Estado Mayor guerrillero destinó también la primera mitad de 1970 a preparar su logística para ingresar a la montaña. Así, en casas operativas, militantes y simpatizantes mujeres confeccionaban uniformes, mochilas y hamacas, mientras que los varones daban a los nuevos reclutas un precario entrenamiento que no pasaba de unas cuantas marchas, sin mucha exigencia, y prácticas de “tiro en seco”. Otra tarea encomendada a cada combatiente fue procurarse armamento. No existía un arma oficial, de modo que, como en los ejércitos medievales, cada quien concurrió llevando lo que pudo, generando un desequilibro: mientras que la jefatura portaba un M-1 o Garand, la tropa se conformaba con viejos Máuser e, incluso, con un antiquísimo Winchester.

Una vez que se decidió que la guerrilla continuaría en Bolivia, pese a las adversas condiciones, el nuevo mando del ELN se impuso otras dos tareas capitales para proseguir con su propósito de alzarse en el monte: conseguir recursos monetarios e incrementar su base social de apoyo. En el primer caso, fueron poco exitosos y mostraron más voluntad que pericia operativa. Suplió su déficit la colaboración del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), que le traspasó unas 9.000 libras esterlinas del botín que obtuvo el 4 de abril de 1970 de los empresarios Mailhos.[29] Camú y un militante tupamaro las trasportaron hasta Chile, cosidas y ocultas en sus pantalones. La Policía sospechó del tupamaro y lo arrestó con su valioso cargamento. El resto llegó a manos de militantes socialistas quienes, según se dice, las comercializaron en Centroamérica. El dinero resultante fue a las arcas del ELN en Bolivia.

Su segundo objetivo fue cumplido con creces. Tal como había ocurrido tras la muerte del Che, el asesinato de Inti sacudió a los sectores de las clases medias que pugnaban por situarse en medio de una sociedad que se radicalizaba y en la que los partidos tradicionales de la izquierda parecían no dar respuesta decididamente antisistémica. El reclutamiento se liberalizó y la selección se hizo menos rigurosa; en algunos casos, simplemente se improvisó en aceptar como prueba la voluntad del solicitante. Varios dirigentes estudiantiles de origen comunista se sumaron al ELN. Un quiebre más significativo, que contribuyó a impregnar la leyenda de la guerrilla, otorgándole un carácter que nunca tuvo, ocurrió cuando se produjo la convergencia del ELN y de grupos cristianos. Como en otras latitudes, los efectos del Concilio Vaticano Segundo (1962-1965), de la Conferencia de Medellín (1968) y de la emergencia de los Sacerdotes del Tercer Mundo (1967-1968) en Argentina crearon nuevas sensibilidades entre hombres y mujeres integrantes de la Juventud Estudiantil Católica (JEC), de la Congregación Mariana y del Partido Demócrata Cristiano (PDC).

Hasta fines de 1969, la organización armada estableció vínculos con segmentos cristianos de ambos sexos afiliados a la Congregación Mariana, así como con otros grupos de reflexión, pero su colaboración aún era secundaria. Ésta se hizo más patente y significativa cuando comenzaron a participar jóvenes militantes de ambos sexos. Necesitado de conformar su presencia, más que por contar con combatientes preparados, pues la mayoría no tuvo ningún entrenamiento militar, el ELN procuró su ingreso. Militantes del centrista PDC se sumaron a las filas foquistas, alentados por la teología de la liberación, la teoría de la dependencia y la seguridad de que la utopía del reino de Dios era de este mundo. La política y la religión se entrecruzaron y decenas de jóvenes cristianos se aproximaron al ELN: asumida como otra religión o un cuerpo místico de lucha y fraternidad.

El área rural, territorial y poblacionalmente mayoritaria en Bolivia, se postuló nuevamente como el teatro de la inevitable confrontación con el sistema. Para el ELN, en la montaña, tierra de expurgación y de utopías, los pesados ejércitos regulares fueron casi inservibles, pues sufrían el permanente asedio de la movilidad guerrillera. Ajenos a su entorno cultural, desconocían que la montaña es, en la ancestral mirada indígena, el espacio de unificación ritual y de definición estratégica para el combate. Por tanto, al ser morada de los apus, las achachilas y las apachetas, es preciso rendirles ofrenda para salvar la confrontación. En contrapartida, el área urbana aglomeración plagada de peligros morales y estratégicos fue secundarizada como una reserva:

la ciudad no debe dirigir la guerrilla. […] La experiencia ha demostrado que la ciudad es el peor enemigo, porque es donde se concentran todos los medios del aparato represivo. Es decir: actuando en la ciudad estaríamos actuando en el terreno del enemigo.[30]

Dicha apelación discursiva no significaba ceder ante el protagonismo campesino e indígena; por otra parte, actores contestatarios casi inexistentes de forma independiente en la Bolivia de 1968-1970. Al contrario, para el conjunto de la Izquierda boliviana los habitantes rurales eran percibidos como seres receptivos, incapaces de actividad política autónoma, que debían esperar la luz redentora introducida desde fuera por la guerrilla. Al llevar el ELN la misión de trasladar la confrontación al área rural, parecía obvio que debiera contar en sus filas a habitantes de esa zona. Tratando de reparar las condiciones en las que el Che libró su campaña y en las que ningún campesino indígena se incorporó a sus filas, el ELN buscó una relación previa con este sector, principalmente aquellos que tenían una militancia en el PCB. El caso es que varios campesinos marcharon en las columnas de combate en Teoponte e incluso un par integró el quintento del Estado Mayor: Estanislao Vilka Colque (Alejandro) y Luis Barriga Luna (Martín). El primero estuvo involucrado en la fuga de los tres cubanos sobrevivientes de la guerrilla del Che en los albores de 1968 y el segundo vivía en Cuba desde 1964. Ambos había militado en el PCB y recibido entrenamiento militar en Cuba. Vilca reclutó además a su hermano Herminio y a su primo Eloy Mollo Mamani (Dulio). Todos eran originarios de Sabaya, Oruro, localidad por la cual pasó en febrero de 1968 el trío de cubanos en repliegue. Del mismo poblado era Evaristo Bustos (Dante), dirigente de los colonizadores de Alto Beni. En la columna participaron, además, Filiberto Parra (Jacobo), Carlos Aguedo Cortés Rueda (Juanito), Clemente Fernández Fuentes (Nelson) y Benito Mamani (Popilo). Los hermanos Ricardo y Francisco Imaca Rivera (Marcos y Kolla, respectivamente), completan el cuadro de la presencia campesina. Once de un total de 67, el resto, en una buena proporción, procedía de clases medias y sectores estudiantiles, aunque también había un puñado de obreros.

Del grupo nombrado, Kolla era quien tenía una larga historia previa. Quechua, nació en Sacaba, Cochabamba, el 10 de octubre de 1932. Fue Secretario de Milicias de la emblemática Central Campesina del Morro, en Sacaba, a una docena de kilómetros de la ciudad de Cochabamba. A mediados de los años sesenta viajó a la URSS posiblemente a un curso de formación política. En ese entonces militaba en el Partido Revolucionario de Izquierda Nacional (PRIN), a cuya cabeza se hallaba el importante sindicalista Juan Lechín Oquendo. En su carta de despedida, Kolla se mueve en dos universos dicursivos, el campesino y el indígena. Su narrativa se remonta a las rebeliones anticoloniales de Tupac Amaru y Tupac Katari, pero a la par reconoce las guerrillas de tarijeño Moto Méndez y otros similares. Era común en el ELN, postular que ellos protagonizaron la Primera Independencia luego traicionada y que ahora correspondía la Segunda Independencia, la verdadera, que adveniría bajo su liderazgo militar. No podía dejar de enjuiciar el proceso abierto en abril de 1952, del que era a la vez protagonista y resultado. Para Kolla la revolución se frustró, pese a que obreros y campesinos derrotaron al Ejército y tomaron las instituciones del Estado, porque carecían de un instrumento militar y político propio. El clientelismo se convirtió entonces en la nefasta relación entre los dirigentes campesinos y el poder, incluso los partidos de “izquerda oportunista”. En términos personales esta verdad le fue revelada con el asesinato del Che y lo condujo al ELN, un “ejército campesino guerrillero”, en su expresión. No menciona la palabra indígena, aunque si una “América India”, que incluye a “todos los campesinos”. Kolla, atrapado en las coordenadas culturales del proceso nacionalista y homegenizador de 1952, no establece una distinción entre campesino e indígena, o indígena campesino. Empero es imposible saber, cómo y dónde a partir de sus intuiciones se habría desarrollado su pensamiento. Atrapado por el Ejército, fue fusilado un 15 de septiembre en Pajonal Vilaque.[31]

7. Teoponte, lucha y muerte

Chato y el Estado Mayor del ELN, que parecían inmunes a las mutaciones del entorno político externo e interno, decidieron no detenerse. Durante el primer semestre de clandestinidad de 1970, dejando más huellas de lo que pensaban y asumían, prepararon su ingreso al monte. En las casas operativas se confeccionaban uniformes, hamacas y botiquines. También se tomaban muestras de sangre y de placas dentales a los potenciales combatientes, por si luego había que identificar sus restos. Se daba un entrenamiento de ciudad, pobre y sucedáneo, a jóvenes que en un par de meses se trasladarían a un medio hostil. Se eligió la zona de Teoponte, topónimo en idioma indígena leco que alude a una flor roja que abunda en la zona.

En 1966, el Che había pensado asentarse en las proximidades de ese sitio. Incluso envió a Debray, en septiembre de ese año, a explorar el área. Los planos, las fotos y los informes que el francés recolectó —pero que al parecer el Che no vio o no dio importancia en su prisa por salir hacia Bolivia— sirvieron para la decisión tomada en Cuba en 1968. Entre 1969 y 1970, se realizaron nuevas exploraciones. Enclavada a poco más de un centenar y medio de kilómetros de La Paz, sede del Gobierno boliviano, contrastaba con la zona en la que Guevara tuvo que dar batalla. Si para el Che Bolivia no era un fin, sino un medio a sacrificar al desatarse una conflagración continental, para el ELN la toma del poder en la dimensión local era una condición primera, luego vendría la brega en escala continental. Fue así que al amanecer del 18 de julio de 1970, trepados en camión, los combatientes abandonaron La Paz. La mayoría desconocía su destino final. Avanzaron cantando por caminos de tierra y entreverados, disfrazados de alfabetizadores. A la llamada guerrilla de Teoponte, que duró del 19 de julio al 2 de noviembre de ese año, se la presenta generalmente como una súbita irrupción protagonizada por universitarios de origen cristiano que, sin preparación ni armamento adecuado, fueron rápidamente derrotados y muertos por las patrullas del Ejército boliviano. Sin embargo, detrás existe un largo proceso de organización, de transformaciones en las subjetividades de toda una generación, con sus éxitos y sus fracasos. Puesto que se tiene la deslucida y difundida impresión de que ese grupo humano simplemente decidió un día cualquiera “subir a la montaña”, más dispuesto a morir que a vencer, no se hacen esfuerzos para descubrir las conexiones ni los registros históricos con los protagonistas de la guerrilla de Ñancahuazú y las de éstos con la de Teoponte. La mayor parte de la bibliografía disponible sobre la guerrilla del Che en Bolivia, que es mucha y de calidad diversa, se detiene el 9 de octubre de 1967, tras explorar el asesinato de Guevara en manos del Ejército boliviano, en el paupérrimo caserío de La Higuera. Sólo algunas fuentes, escasas y débiles, se aventuran a seguir los pasos de los sobrevivientes de la encerrona del día precedente hasta su evasión hacia Cuba en marzo de 1968.

Tal parece que, salvo la evidente marca de las concepciones foquistas en ambas guerrillas, éstas pertenecen a dos horizontes, personajes y cronologías muy distintos. Sin embargo, y por el contrario, en este escrito se sostiene que la actividad guerrillera del ELN no concluyó en octubre de 1967, sino que se reinició al año siguiente, culminando en la operación iniciada el 18 de julio. El proyecto del ELN era sustituir al capitalismo por el socialismo, mediante un proceso violento y prolongado de escala continental. El protagonista, en apeleción guevarista, sería el “hombre nuevo”, decidido a la violencia y el sacrificio, entregado a la lucha y actuando fuera de la corrupta institucionalidad burguesa.[32]

Al amanecer del 19 de julio de 1970, la guerrilla, al mando de Chato Peredo, alias Fernando y Jorge Ruiz Paz, Omar, tomó el poblado minero de Teoponte, a unos 160 kilómetros al norte de La Paz, rodeado de un bosque alto y ríos, y con una geografía de elevaciones ondulantes. Se había propuesto encarar tres fases. La primera consistió en una caminata por terreno despoblado, con el objetivo de cohesionar el grupo y ambientar a quienes no tenían experiencia en la vida de la selva, situación que alcanzaba al menos a dos tercios de la columna, en su mayoría integrada por estudiantes y universitarios bolivianos de clase media.[33] La segunda, de enfrentamiento y combates “con el enemigo”, tuvo la finalidad de probar la capacidad de fuego de la tropa. Finalmente, la tercera fue prevista para el ingreso a la zona de operaciones, establecida en las proximidades de las cercanas poblaciones mineras auríferas de Caranavi y Tipuani. En ella, se esperaba una mayor recepción que entre las comunidades campesinas y de jornaleros mineros. La guerrilla nunca alcanzó esta fase; fue derrotada apenas concluyó la primera fase. Uno de los contratiempos de inicio fue afrontado cuando se tuvo que abandonar el pesado generador del equipo de radio, dejando a la columna totalmente incomunicada con la red urbana, que no supo qué ocurrió con la guerrilla hasta que ésta se acabó. Sin embargo, la primera fase se cumplió con relativa tranquilidad, salvo por un inesperado combate con la fuerza militar y nueve abandonos en la columna, entre ellos el del argentino Ricardo Puente, Diego, quien había participado en los atentados en el Gran Buenos Aires a la cadena de supermercados Minimax, pertenecientes a la familia Rockefeller, en 1969.

La segunda fase comenzó a mediados de agosto de 1970, una vez que la columna abandonó La Esperanza, un pequeño y pobre poblado campesino a orillas del río Anten. Para entonces, en gran medida por el tiempo que imprudentemente empleó la guerrilla durante su caminata, la estrategia militar había logrado desplegarse totalmente. El mando guerrillero había subestimado al Ejército. No tomó en cuenta que rápidamente asumiría la experiencia de la guerrilla contra el Che y unificaría la dirección bajo el mando del Cnel. Constantino Valencia, quien se había destacado en las operaciones contra Guevara. Dispuso, igualmente, que las patrullas se movieran conservando una distancia prudente entre sus integrantes, para no ofertar un inocente y continuo blanco, y que los oficiales usaran seudónimos. También impidió totalmente el ingreso de la prensa, a fin de que su información no filtrara orientaciones a la guerrilla, tal como ocurrió en la época del Che. Al principio, la tropa militar rehusó el combate con la guerrilla, esperando que el cansancio y el hambre hicieran su parte. Sin embargo, una vez que recibió el refuerzo de tropas especializada en antiguerrilla, la atacó con fuerza y decisión. Dos combates sellaron la suerte de la guerrilla. El primero se produjo en las proximidades de Chocopani, el 28 de agosto de ese año. La guerrilla avanzaba lentamente, pues debía cargar a Jorge Fernández, Felipe, un estadounidense de padres republicanos-españoles que tenía el pie fracturado. Sin prever que las fuerza militares se encontraban muy cerca, el mando permitió, mientras decidían dónde dejar a Felipe, que varios guerrilleros se dirigieran a una choza campesina cercana para procurase víveres. Cuando el tiroteo empezó, fueron los primeros en caer presos o muertos. Bajo ráfagas de ametralladoras Browning P. 30, la columna guerrillera intentó retirarse desordenadamente. Confundida, una parte de ella quiso trepar por la lodosa ladera de un pequeño cerro, ofreciendo de ese modo un blanco ideal. Casiano, el popular cantautor de protesta Benjo Cruz (Benjamín Inda Cordeiro), cayó herido. Había estudiado medicina en la Universidad de La Plata, donde integró el grupo Siglo xx, organizado por estudiantes bolivianos.

El mando guerrillero dejó a dos compañeros para cuidar a Felipe y a otros tres, dos de ellos médicos, para hacer lo propio con Casiano. Sumados los siete a los cuatro caídos en el primer momento de la refriega, la columna perdió ese día a 11 de sus integrantes, quedando reducida a 46; dos habían desertado entre La Esperanza y el combate de Chocopani. Cabizbajos y con el miedo carcomiéndoles las entrañas, continuaron rumbo al Sur en pos de alcanzar su teatro de operaciones. El Ejército no pensaba sin embargo en darles descanso. Alertados por campesinos, que colaboraban frecuentemente con ellos, les dieron nuevamente alcance cuando la guerrilla se aprestaba a cruzar el río Chimate. Al atardecer del 1 de septiembre de 1970, las tropas atacaron a la columna del ELN, ocasionándole una fractura irrecuperable. Una parte, al mando de Chato, logró cruzar las caudalosas aguas bajo fuego de morteros y de aviación. Otros 13, a la cabeza de Estanislao Wilka, Alejandro, el mismo que en febrero de 1968 sacó hacia Chile a tres cubanos que subsistieron de la columna del Che, se extraviaron y acabaron en la otra orilla, la del Sur. En la confusión reinante, cuatro guerrilleros quedaron a la deriva y nunca más se juntaron con sus compañeros. Tampoco lograron contactarse los grupos de Alejandro y de Chato. En rigor, allí acabó la guerrilla de Teoponte, a menos de un mes y medio de su augural inicio. El grupo comandado por Alejandro, posiblemente tratando de alejarse de la presencia amenazante del Ejército, para eludirlo, se fraccionó en cuatro pequeños grupos. La estratagema no dio resultados. El Ejército copó las rutas y los centros poblados; además, contaba con la colaboración campesina que, con frecuencia, delataba a los guerrilleros. En menos de un mes, todos resultaron muertos; la mayor parte, luego de ser capturada, fue fusilada.

En el grupo del norte, la suerte también fue descaradamente adversa. La marcha de los 28 combatientes estuvo plagada de hambre, deserciones y muerte. La guerrilla carecía de depósitos de aprovisionamiento, de modo que dependía de la alimentación que podía cazar u obtener de los campesinos. En ninguno de los dos frentes obtuvo réditos, de manera que el hambre se convirtió en una proverbial compañera. Para mediados de septiembre, tuvieron que conformarse con hongos y algo de fruta silvestre; muchas veces, inclusive, tuvieron que engañar el estómago con una sopa de hierbas o simplemente con sueños de futuros banquetes. En esas condiciones, los abandonos por desconfianza en el futuro de la columna o por agotamiento físico se hicieron frecuentes. La presencia del Ejército, que contaba en la zona con alrededor de mil hombres organizados en tres círculos de seguridad, indujo a nuevos combates. El 13 de septiembre de 1970, la maltrecha guerrilla se dio modos de emboscar a una patrulla, causándole una baja. Sin embargo, luego descuidaron la guardia, de modo que el Ejército pudo tomar venganza matando a dos guerrilleros. La columna de Chato quedó reducida a 14 combatientes, la mitad exacta que cruzó el río Chimate el primer día de ese mes. “Resulta lamentable tanto esfuerzo y esperanza puesta en nosotros […] estamos prácticamente diezmados y, lo que es más grave, aislados. No hay capacidad de combate”, confesó su conductor en su Diario, el 13 de septiembre de 1970.[34]

A partir de allí, la idea de constituir una vanguardia y una fuerza combatiente dejó de ser el motor del grupo, que solamente trató de sobrevivir. Al finalizar septiembre de ese año, luego de pasar largos periodos de hambruna, Chato y otros tres salieron en busca de contactos y alimentos. La conciencia de la derrota, el hambre y el desequilibrio emocional hicieron de esa fase la más dura de la guerrilla. Las relaciones internas llegaron a tensos extremos. El 26 de septiembre, Chato disparó contra dos de sus compañeros, un chileno y un boliviano, acusándolos de deserción y robo de una lata de sardina; pero, en rigor, porque a sus ojos habían vulnerado los códigos de honor, virilidad y heroísmo guerrillero. La frontera entre amigo-enemigo lucía débil e incierta en la húmeda selva boliviana. El 13 de octubre, el menor de los hermanos Peredo fue capturado en Tipuani, aunque antes pudo enviar ayuda al famélico resto de sus compañeros. La colaboración de los trabajadores mineros, de algunos contactos del ELN y de varios campesinos, en parte facilitada por el ascenso al poder del izquierdista Gral. Juan José Torres, el 7 de octubre, logró rescatar a seis de ellos, que lograron salir hacia La Paz el 4 de noviembre. Al día siguiente, junto a Chato y a otro sobreviviente, se asilaron en Chile.

La visibilidad de la derrota frenó en seco el ingreso al monte de una segunda columna guerrillera que, ignorante de las adversas condiciones, se preparaba en La Paz para dar alcance a sus compañeros. La noticia de que se combatía bajo las banderas del Che había producido una conmoción en las filas universitarias, por lo que decenas de integrantes de organizaciones políticas, hombres y mujeres sin militancia previa, habían buscado incorporase al ELN. Fue el momento de su mayor apogeo. Entre militantes dentro y fuera del monte, simpatizantes y colaboradores, sumaban algo más de un millar. Los sobrevivientes llegaron a Santiago de Chile cuando el frenesí del juramento presidencial de S. Allende aún no se había disipado. Con la nueva correlación de fuerzas, las perspectivas políticas de los integrantes chilenos del ELN —y también militantes del socialismo gobernante— se modificaron. En una reunión, posiblemente celebrada a fines de diciembre de 1970, comunicaron a sus compañeros que no los acompañarían en su retorno a Bolivia, que el “eslabón más débil” era ahora Chile y que no veían conveniente luchar en Bolivia, sino en su propio país y con su proceso político. Dijeron que podían colaborar, pero no sumarse a sus fuerzas; de hecho, sólo un puñado decidió seguir apegado al ELN y a su proyecto en Bolivia. Hubo, además, otro reducido contingente de nuevas mujeres y hombres chilenos que optaron por sumarse a la vía armada que les proponía el ELN, atraídos por las acciones en Bolivia y descreídos de una revolución en democracia en su país.[35]

Gran parte de la militancia chilena de ambos sexos siguieron su propio derrotero. En enero de 1971, libres del peso boliviano, alcanzaron la mayoría en la nueva dirección del PS, en el XIII Congreso de la colectividad, celebrado en La Serena. Se formó así una estructura militar subterránea. Al frente quedó Camú, quien se había desempañado como jefe del ELN en Chile. Por otra parte, varios de los ex combatientes en Bolivia colaboraron en la formación de la seguridad de S. Allende, en el llamado Grupo de Amigos Personales (GAP).

Chato y Jorge Ruiz, Omar, segundo comandante del ELN, permanecieron en Chile. Desde allí organizaron el ajusticiamiento —en Hamburgo, Alemania— de Roberto Quintanilla, responsable de dirigir la amputación de las manos del Che y de conducir a la tropa en el momento de la muerte de Inti. Su ejecutora, el 1 de abril, fue la bella y decidida Monika Ertl, “La Imilla”.[36] Fue un acto de venganza y de visibilización política para dejar en claro que el ELN aún existía y que tenía tanto la osadía como la capacidad para alcanzar un blanco en otro continente.

En Bolivia, la polarización política crecía y las fuerzas populares tomaban la iniciativa, aunque desordenada. En su balance del desastre de Teoponte publicado en abril de 1971, el ELN siguió considerando valida el método de guerrilla rural, aunque agregó a su espectro de acción la guerrilla urbana afirmando que la lucha armada debiera llevarse en “TODOS los ámbitos posibles”.[37] El ELN, comenzó a cambiar, así, a su táctica. Asumiendo las lecciones de Teoponte, trasladó militantes de ambos sexos a las zonas potencialmente activas para una nueva guerrilla. Éstos, camuflados de estudiantes universitarios, empezaron a contactarse con los pobladores. Efrentaron también acciones urbanas tanto de propaganda como directas. Carentes de fondos, a las 20:30 del 4 de mayo de 1971, secuestraron a Jonny von Berger, de 66 años, ciudadano alemán y propietario de la empresa La Papelera. Obtuvieron un rescate estimado en 50.000 dólares. Casi un mes más tarde, raptaron al suizo Alfredo Kuser Kappeler, gerente técnico de la empresa fundidora Volcán. Su mayor reto fue político. Tuvieron que fijar posiciones frente a la Asamblea del Pueblo, un intento de poder paralelo al que concurrían sindicatos obreros, una escasa delegación campesina y partidos políticos considerados de izquierda, pero no el ELN, que se mantenía independiente. Además de atender el convulso frente externo, el ELN debía “no quitar ojo” al frente interno. Un grupo de importantes militantes que retornó de Cuba criticó acremente la conducción militar de Teoponte, la selección improvisada de combatientes —sobre todo de la “pequeña burguesía”— y reclamó un mayor acercamiento a las “masas” obreras. Chato y Omar tuvieron que volver clandestina y precipitadamente, en junio de ese año, para enfrentar los cuestionamientos. Se destacaba por su virulencia Enrique Ortega, Víctor Guerra, un ex militante comunista y de reclamos obreristas. El Estado Mayor logró parar los cuestionamientos, pero las brechas no cerraron del todo.

Las acciones urbanas coicidieron con una ofensiva popular y de izquierda ante las indefiniciones y dubitativas del gobierno militar de izquiera del general Juan José Torres, que había tomado el gobierno el 7 de octubre de 1970. Desde el 1 de mayo de 1971 se impulsó la Asamblea Popular un intento de organizar una suerte de doble poder y un contrapeso a los militares y los sectores empresariales y políticos de derecha, que empezaría a funcionar el 22 de junio. El grueso de los paritidos de izquierda, aunque con visiones distintas, apostó a la Asamblea, lo propio hicieron las entidades sindicales conducidas por la poderosa Central Obrera Boliviana (COB). El ELN no se sumó a las entidades que contaban con representación en el órgano popular y más bien estableció una distancia crítica frente a lo que consideraba las “ilusiones” del reformismo y el nacionalismo revolucionario. Señaló, en contraposición, la necesidad de que se convirtiera en un vehículo para la organización política y militar de los sectores populares; y siguió afirmando el caminio de la acción directa y armada.[38]

8. Bajo la dictadura de Banzer

La política boliviana dio un giro cuando advino un pronunciamiento militar de derecha. Durante el golpe militar del Cnel. Hugo Banzer, el 21 de agosto de 1971, contra el Gral. Torres, una columna de medio centenar de miembros del ELN, armados y con brazaletes rojos como distintivo, combatió inútilmente en La Paz contra las fuerzas castrenses, ampliamente superiores. El ELN fue sin duda la fracción de la izquietda que hizo la mayor y mejor organizada resistencia al golpe militar en curso, combatiendo en el cerro de Lakakota y zonas aledañas. Con la derrota, se hundieron nuevamente en las sombras los refugiados en casas de seguridad, auque tratando de articular la resistencia junto con otras fuerzas de izquierda. La represión subsecuente no logró detener el debate interno, aunque lo aminoró frente a la amenaza de un adversario externo. Víctor Guerra continuó con sus críticas a la dirección y acumuló una pequeña fuerza a su alrededor. Entre ellos estaba el veinteañero Jorge Balvian, Coquito o El Colorado, hijo de un refugiado ruso blanco asentado en Bolivia, luego de su lucha contra el poder soviético, considerado como una promesa revolucionaria por su entrega y dedicación.

El ELN mantuvo su dirección y sus principales cuadros en Bolivia suponiendo quizá que la derrota seria transitoria. El asilo o la huida no fueron una consigna ni una práctica. Las fuerzas gubernamentales, empeñadas en organizar su Gobierno y servicios de inteligencia, no lograron de inicio éxitos destacables en su afán de desbaratar al ELN; salvo por la caída de su pequeña célula en Santa Cruz, a fines de 1971. La situación se modificó a principios de 1972. La dictadura había reforzado sus estructuras represivas y centró su mirada en el ELN. El 25 de enero, por Decreto Supremo nº 10108, creó la Dirección de Orden Político (DOP) —dependiente de la Dirección de Investigación Nacional (DIN)—, encargada “del mantenimiento del Orden Político y la paz pública, previendo las actividades político-delictivas, que atenten contra la seguridad interna y estabilidad del Gobierno” (Artículo 3). Tal instancia se anotó un primer éxito cuando el 3 de marzo capturó a Coquito en una calle del centro de La Paz. El joven prisionero comenzó a hablar; conocía refugios y militantes. Su testimonio dio rápidos resultados y Víctor Guerra fue capturado cerca del 12 de marzo. El 14 de ese mes cayó Ivo Stambuk, Silencioso. El 22, en Cochabamba, apresaron a Osvaldo Ukaski, Viejo Javier, y a su compañera María Elena Spaltro, Sol. En la refriega murió Cecilia Avila, Alicia, quien fuera compañera de Néstor Paz, caído en Teoponte. En otro refugio de esa ciudad, las balas alcanzaron a Oscar Núñez, Alberto, el segundo al mando de Cochabamba.

Hasta principios de abril de 1972, el DOP había allanado 17 “casas de seguridad” en La Paz y tres en Cochabamba. La “Operación Limpieza”, dirigida por el ministro de Gobierno, Cnel. Mario Adett Zamora, siguió sumando éxitos, desabarantado al ELN. El 3 de ese mes fue abatido en una escaramuza Félix Melgar, Julio, mientras Loyola Guzmán, su compañera —importante cuadro urbano en la época de Che— y otros dos militantes, un hombre y una mujer, cayeron presos. A poco de la razia apresaron a Daniel Cuentas, Danny, estudiante de medicina que se sumó a sus captores y empezó a perseguir y a torturar a sus ex camaradas. Una vez que La Paz y Cochabamba fueron “barridas”, la inteligencia gubernamental se centró en Oruro. Varios militantes fueron detenidos entre el 7 y el 8 de abril. El 11 fue capturado en vía pública Guillermo Dávalos, Jalisco, responsable de la regional de la zona minera. Con al menos medio centenar de integrantes, entre muertos y detenidos, sabiéndose sañudamente perseguida, la dirección guerrillera decidió preservar sus cuadros y replegarse a Chile, donde tendría refugio y colaboración de sus amigos socialistas; la retirada fue costosa. El 16 de mayo, en un convento de las monjas Lauritas, en Achacachi, un guerrillero fue abatido y una mujer, Ofelia Fuentes (Laura), fue detenida y su compañero sentimental y de militancia, el estudiante chileno de medicina, Alberto Crovetto,[39] fue capturado y luego asesinado en la cárcel de Chonchocoro. Cerca de la frontera, ese mismo día o el anterior, atraparon y mataron a Lisímaco Gutiérrez, El Viejo, integrante de la dirección guerrillera. Su acompañante, Pedro Morant, fue detenido y luego torturado hasta la muerte. Chato, Luis Faustino Stamponi, Miseria, y sus respectivas compañeras lograron pasar incólumes y llegar a Santiago. Otro puñado más afortunado salió sin contratiempos por Argentina o Perú.

En Bolivia, al frente de la organización, quedaron el Gordo Carlos, el argentino Oscar Pérez Betancur —quien había pertenecido años atrás a la guerrilla de Masetti—,[40] Javier Ukaski, que había logrado huir de la prisión, y la bella y decidida Mónica Ertl, “La Imilla”. El primero no logró evadir por mucho tiempo el rastrillaje militar: lo apresaron el 21 de mayo. En los días posteriores, el Gobierno militar de Banzer tomó la determinación de eliminar a la cúpula del ELN. Entre fines de mayo y junio de ese año, al menos una docena de sus militantes más importantes fue asesinada en distintas cárceles o lugares de detención. En los meses sucesivos, las capturas continuaron, incluyendo a un grupo de chilenos que llegó a Bolivia para reforzar las actividades del golpeado ELN. La organización quedó prácticamente desmantelada.

En el Chile de Allende, el ELN montó una base operativa y reinició contacto con otras fuerzas políticas en el exilio que habían conformado el Frente Revolucionario Antimperialista (FRA), en noviembre de 1971. El conglomerado de diversas tendencias no logró grandes consensos políticos ni capacidad operativa. El ELN criticaba ácremente su decisión de no instalarse en Bolivia y reclamaba una posición más decidida respecto a la lucha armada. A fin de año, incapaz de superar su confrontación ideológica interna y con organizaciones partidarias paralizadas, el FRA se extinguió. Entre tanto, en el ELN sentía el descontento de la militancia con el Estado Mayor y su conducción. Por ello, tratando de parar la crítica, organizó una instancia intermedia de dirección que si bien contuvo el debate no logró detenerlo, pues siguió a hurtadillas y en corrillos de la militancia.

En una fecha no determinada del segundo semestre de 1972, Chato viajó a Cuba para restablecer las relaciones prácticamente congeladas desde hacía un par de años; se entrevistó con Castro. El programa exacto de la reunión y sus conclusiones permanecen secretos, pero se sabe que se hizo un balance del desastre de Teoponte y de la situación boliviana. Castro se comprometió a proporcionar entrenamiento militar al ELN, en la perspectiva de relanzar la guerrilla en Bolivia. Los primeros cuadros salieron rumbo a La Habana en diciembre de 1972; a principios de 1973, llegó el resto. La migración se mantuvo durante todo el año, aunque sólo en pequeños grupos de rezagados. No pocos procedían de Lima, donde el ELN había empezado a organizar un centro operativo con redes que alcanzaban Arequipa y la ciudad fronteriza Puno, y que servía para trasladar mensajes, vituallas y militantes.

El debate interno se postergó ante la perspectiva de ingresar nuevamente a la lucha. Reuniendo todas sus fuerzas, entre hombres y mujeres, se pudo concentrar cerca de 60 militares en Cuba. Una parte, de 30 a 40, todos varones, recibió entrenamiento rural en la Cordillera de los Órganos; la otra, una veintena, la mayoría mujeres, fue entrenada para acciones urbanas. Se trató de un clásico adiestramiento, sacado del libreto cubano. Para los rurales, que dormirían en hamacas y a la intemperie, por ser un grupo en movimiento permanente que sólo al principio se emplazaba en un lugar fijo, el entrenamiento era en marchas agotadoras —cargados de pesadas mochilas, parte ineludible de la agenda—, sumadas a disparos con todo tipo de armas, saltos desde alturas y ataques por sorpresa en horas de la madrugada, para mantenerlos alertas. El jefe militar era Dariel Alarcón, Benigno, sobreviviente de las guerrillas del Che en Bolivia. Simultáneamente, la sección urbana recibía clases de chequeo y contrachequeo, criptografía, mensajes secretos, operaciones de radio y, también, arme y desarme de armas, así como de disparo al infinito. Este grupo vivía en barrancones, en Punto Cero, campo de entrenamiento a un costado de la ruta entre La Habana y la playa de Varadero.[41]

Mientras el entrenamiento isleño se desarrollaba, el 12 de mayo de 1973, la policía política abatió en un barrio periurbano de La Paz a Ertl y Ukaski. El ELN quedó sin dirección y prácticamente sin cuadros en Bolivia. Pese a la debacle, el plan, que consistía en reagrupar fuerzas en Chile y desde allí desplazarse hacia Bolivia, estableciendo un foco en un lugar selvático, hasta ahora desconocido, perduraba. Sin embargo, el golpe militar de Augusto Pinochet, el 11 de septiembre de ese año, lo frustró. La noticia alcanzó al sector que entrenaba en la selva rural, cuando se aprestaba a celebrar el fin de su entrenamiento, saboreando un marrano cocinado a la cubana. La sección urbana en cambio ya estaba en su mayoría en Santiago; una parte de la dirección del ELN, como Jorge Ruiz y Stamponi, también. No combatieron en apoyo a S. Allende. Una buena parte alcanzó refugios en embajadas europeas o se esfumó subrepticiamente hacia Argentina o Perú. El resto, aquél que no tuvo tiempo de retornar a Chile o Argentina, quedó varado en Cuba.

9. La Junta de Coordinación Revolucionaria y el Ejército de Liberación Nacional

Hasta 1973, el ELN había mantenido contactos esporádicos con otras organizaciones armadas del Cono Sur. El internacionalismo era, sin embargo, una herencia que venía de la era del Che y que también se había implementado durante el alzamiento de Teoponte, en el cual participaron, además de bolivianos y bolivianas, cuadros procedentes de Chile y Argentina, principalmente, pero también de Brasil, Colombia y Cuba. En la preparación y la ejecución de la guerrilla de Teoponte (1970), los fondos proporcionados por los Tupamaros fueron decisivos. Militantes del MIR se sumaron a sus filas, aunque la organización chilena no lo hizo. El Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) de la Argentina, por su parte, prestó un limitado concurso logístico. Los contactos fueron retomados y profundizados ese año en Chile y Argentina. En junio, su dirección participó en la segunda reunión de la Junta de Coordinación Revolucionaria (JCR), celebrada en Rosario (Argentina); la primera se realizó en Chile a fines de 1972, en la que se consideró la posibilidad de incorporar al ELN.[42] Hasta ese momento, los vínculos de los bolivianos, que fueron muy bien recibidos en la Escuela Internacional de Cuadros, fueron bilaterales. Participaron, además del ELN, los Tupamaros de Uruguay, el MIR de Chile y el PRT de Argentina. Cada entidad realizó una autocrítica y se adoptaron planes futuros. Es probable que entonces el mayor Rubén Sánchez hubiera conocido al mítico Mario Roberto Santucho, jefe del PRT. Le cayó bien. Lo vio decido, rememoró Sánchez.[43] Oficial de Ejército, Sánchez había sido capturado en abril de 1967 por las fuerzas del Che; durante el golpe militar de 1971, fue uno de los pocos oficiales que, armas en mano, defendió al Gobierno de Torres y finalmente, ese mismo año se sumó a la guerrilla.

En consonancia con los nuevos acuerdos, el ELN empezó a desplazar cuadros hacia Argentina para participar en las actividades de la JCR; desde Cuba, por ejemplo, se trasladó Chato. Una de las primeras acciones en las que participaron tales cuadros fue el secuestro del ejecutivo de la petrolera ESSO, Víctor Samuelson, el 3 de diciembre de 1973, en la ciudad de Campana. Al ELN le correspondió armar y salvaguardar la denominada “Cárcel del Pueblo”; Miseria excavó el refugio y le dio un acceso eléctrico, una novedad en la época. Un año atrás había construido un escondite similar en el convento de las monjas Lauritas, en La Paz, que fue destapado por la Policía en mayo de 1972. Una pareja, integrada por una argentina y un uruguayo, hizo la cobertura y la seguridad. Otra veinteañera joven boliviana, que acababa de llegar del entrenamiento cubano, hizo de contacto entre los encarcelados —despectivamente llamados “chanchos”— y el exterior; además transportaba comida y mensajes desde y hasta las catacumbas.

Samuelson fue liberado el 29 de abril de 1974 tras el pago de un rescate de 14,2 millones de dólares, considerado hasta entonces el mayor monto jamás pagado en la historia de los secuestros. Su participación le dejó al ELN una suma no establecida con precisión, pero que superó el millón de dólares. Es probable que el acopio se expandiera con la contribución recibida de otras dos operaciones similares.[44] En total, alcanzaron la friolera de 22 millones de dólares. El ELN quedó con una buena reserva monetaria para movilizar cuadros, armar su prensa, procurarse casas de seguridad y sobrevivir. Para reemplazar al imposible Chile bajo la férrea dictadura de Potosí montó dos activos centros operativos, uno en Lima y otro en Buenos Aires; ambos con conexiones y redes hacia las zonas fronterizas con Bolivia; además contaba, como se dijo, con el grupo varado en Cuba de aproximadamente medio centenar de militantes de ambos sexos donde comenzaban a germinar algunas voces críticas.

En enero de 1974, quedó constituida en Mendoza la JCR. Integrantes del ELN empezaron a participar activamente en la nueva entidad. Rubén Sánchez, tuvo un rol importante en el entrenamiento de cuadros, incluso lograron diseñar y construir una metralleta a la que le dieron el nombre de Elenita.[45] El desplazamiento entre Argentina y Perú fue constante, con el aditamento que el sector del ELN emplazado en Argentina participó de las actividades públicas y reservadas del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Igualmente, concurrió a células, frentes de masas, y proporcionó entrenamiento a sus grupos operativos o los tomó de sus cuadros militares. La historia de tal presencia es desconocida. Existen rumores de que incluso algunos bolivianos, pocos, se hubieran integrado a la Compañía de Monte, que condujo el ERP en Tucumán entre 1974 y 1976.

Los vínculos con una organización con concepciones políticas y militares distintas, y de mayor autoridad, dejaron huellas en los bolivianos, que ya arrastraban una crisis postergada desde 1970. Un grupo en Cuba, quizá también por otras razones, decidió no seguir en el intento, que hasta entonces solamente se había traducido en frustraciones. Los retuvieron sin dejarlos salir; algunos y algunas pasaron hasta un par de años en la isla. Otro segmento organizó en La Habana el ya aludido Comité de Bases del ELN que luego condujo a la formación en Suecia del Movimiento Popular de Liberación Nacional (MPLN) que tuvo como cabeza a Ramiro Velasco Romero, alias Marcelo. El resto, la buena parte del contingente, se enfrascó en un debate interno que arreció en Cuba, Perú y Argentina. Un documento interno denominado Estrategia de Lucha del ELN,[46] fechado el 9 de septiembre de 1974, presenta la transición entre las posiciones sostenidas entre 1970 y 1973 y las nuevas, adaptadas a la propuesta de la JCR. Filtrando, por una parte, su propia experiencia y, por otra, bajo el influjo de aquellos aportes provenientes del contacto con el influyente PRT, la organización boliviana asumió una mirada distinta. Según el citado documento, la lucha en perspectiva se caracterizaría como “armada, prolongada y continental”. Comenzaría con la guerra de guerrillas, un detonante “para despertar en el pueblo todas sus potencialidades, y mostrarle el camino que debe transitar para la liberación nacional y el socialismo”.[47] Le seguiría la insurrección,

“etapa superior a la guerra de guerrillas. Por tanto exige un mayor grado de organización político y militar. Pues se trata de un asalto al poder en localidades e incluso en importantes y vastas zonas del país […] donde el poder será popular y revolucionario, cuyas medidas deberán corresponder a las necesidades de guerra revolucionaria”.[48]

Una vez conquistado el poder en las “zonas liberadas”, se produciría una intervención a gran escala de las fuerzas militares de los países vecinos y Estados Unidos. Los sectores progresistas y revolucionarios se unirían para derrotar y expulsar al invasor e instaurar luego el gobierno revolucionario. El documento advierte que las tres etapas no deben ser consideradas como necesariamente secuenciales ni químicamente puras, pero sí deben estar supeditadas “al método principal, que es el que caracteriza cada etapa de la guerra prolongada”.

El ELN siguió apostando a la lucha armada de impronta cubana: “la única opción del triunfo”. Otro punto de convergencia guevarista que se mantuvo intacto fue la creencia de las dimensiones continentales del próximo combate, que se creía inminente. La organización dejó en la JCR el encargo de coordinar, en los siguientes términos, las posiciones de asalto:

Estamos conscientes de que la JCR hoy constituida no es todavía la meta de la integración de los movimientos revolucionarios del continente. Es apenas el principio. Pero es un paso sólido, firme e irreversible. Significa la adopción de una estrategia común, de la ideología más revolucionaria del mundo: el marxismo-leninismo. En la aplicación de una metodología revolucionaria por parte de las organizaciones que la integran, teniendo en cuenta las particularidades de la lucha de cada uno de nuestros pueblos que forman parte de la Patria Grande.[49]

En el pasado, la oposición dicotómica amigo-enemigo había condenado, por “desviación burguesa”, la ocupación y disputa de espacios legales y abiertos. Esta vez, en cambio, no excluía acudir a formas antes menospreciadas, como el sindicalismo, la propaganda y “la lucha legal por la democracia en forma amplia”. Lo singular, fruto de la influencia de la JCR y el PRT, fue el reconocimiento de dos nuevas formas de guerrilla, además de la tradicional opción rural: la minera, parte ineludible de la alianza minero-campesina, a ser desarrollada en los centros de población de los trabajadores del socavón; y la urbana, para los pueblos y ciudades, que podía “llegar a inmovilizar grandes contingentes del ejército reaccionario, cumplir un rol propagandístico enorme, desarrollar tareas tácticas y logísticas de toda guerra.”[50]

10.Tupajin y las nacionalidades indígenas

Al calor de este necesario debate, Zenón Barrientos Mamani, alias Tupajin, militante del ELN, produjo en 1974 varios documentos internos referidos a la problemática de las nacionalidades en Bolivia que abrieron nuevas perspectivas de lectura y acción no solamente para el ELN sino para el conjunto de la izquierda.

Nacido aproximadamente en 1924, en Salinas de Garci Mendoza, Barrientos Mamani, fue uno de los protagonistas del triunfo en Papelpampa popular en Oruro contra el Ejército durante las jornadas del 9 y 10 de abril de 1952. Integraba y conducía el Comando Revolucionario de Oruro (CRO), una suerte de milicia armada paralela a la conducción oficial partidaria. Diputado, uno de los primeros indígenas en llegar al parlamento, entre 1956 y 1960, rompió luego con el MNR y afirmó una posición en la izquierda. En 1968, durante el entrenamiento militar en Baracoa (Cuba), su hijo Reynaldo de 18 años e integrante del ELN murió en un desgraciado accidente. Tras la caída del gobierno nacionalista del general Juan José Torrez en agosto de 1971, Barrientos Mamani tuvo que ocultarse en Bolivia. En algún momento de esa coyuntura se integró al ELN y se trasladó a Cuba. Su documento más importante fechado el 23 de febrero de 1974 lo tituló “Bases para el Programa Agrario del ELN. El análisis de clases”, es levemente posterior al alzamiento campesino en el Valle Alto de Cochabamba de enero de ese mismo año que culminó con las masacres campesinas de Tolata y Epizana realizada por tropas militares. En difícil establecer hasta qué punto la emergencia del movimiento campesino, luego de años de virtual silencio y de captura burocrática de sus dirigentes por los gobiernos des turno desde 1952, influyó en la reflexión Barrientos Mamani. Este, en todo caso, se preguntaba: “Este nuevo fenómeno de tipo indígena, parcialmente trunco, en lo nacional debe alcanzar su desenlace. ¿Aparecerá por fin en su cresta la vanguardia revolucionaria tan esperada o de nuevo la reacción lo ahogará en sangre?”[51]

El documento, escrito a máquina en papel tamaño oficio, tiene 11 páginas, además existe una parte específica adicional para tratar el tema militar de otras cinco.[52] Barrientos Mamani inició su reflexión con una mirada clásicamente marxista con un análisis de las clases en el agro boliviano, hallando instaladas contradicciones entre la burguesía rural, la pequeña burguesía, o campesinos medios, los campesinos pobres, los colonizadores y la capa de obreros o proletarios agrícolas Luego de descartar la política indigenista, que le parece engañosa y propia de los sectores dominantes, se introduce el contenido de las Nacionalidades. Se incorpora un análisis diferente al de las clases sociales, aunque no lo descarta, pues su texto comienza con la descripción de las mismas. Empero argumenta que:

“el análisis dialéctico acertado, propio y completo de la realidad rural boliviana, es aquel que deviene de la concepción ideológica de la contradicción de las nacionalidades”. Para Tupajin sólo existen en Bolivia dos masas étnicas fundamentales: “aymara y qheshwa”, las que

rebasan los estrechos marcos de la contradicción de clases y abarcan el terreno amplio de las contradicciones de clases y abarcan el terreno amplio de las nacionalidades. Ambos pueblos reúnen las condiciones básicas que caracterizan a una nacionalidad: dominio geográfico, organización económica, unidad ideomática, formas sociales coherentes, poder político propio aun subsistente, cultura propia expresada en su moral elevada y su unidad religiosa. Estas características nos permiten identificar las masas étnicas aymara y qheshwa no sólo a conjuntos de capas sociales, sino y ante todo, nos permite identificar a nacionalidades oprimidas y explotadas y, por lo mismo interesadas en la liberación nacional al igual que la clase obrera.[53]

Para el autor, esta lucha se remonta al proceso anticolonialista iniciado por Tupac Amaru y Tupac Katari en el bienio 1781 y 1782. Una diferencia singular con las versiones históricas y de construcción de memoria predominantes en el ELN que buscaban engranarse con las guerrillas conducidas por criollos y mestizos entre 1816 y 1825. Del repaso histórico, que va del siglo XVII al XX, Tupajin concluye:

Nuestra problemática radica, por una parte, en la contradicción Nacionalidades Autoctonas-Imperialismo Yanqui; por otra parte, en la contradicción Nacionalidades Autoctonas-Burguesía Boliviana […]. Las plataformas de la lucha del movimiento boliviano de masas, orientadas exclusivamente en la política puramente clasista, hasta ahora no ha alcanzado a encarar objetivos de nacionalidad de las mayorías étnicas, estamo obligados a recalcar. Hay que elaborar la línea ideológica y la metodología política revolucionaria de las nacionalidades.Esta línea debe partir partir de la concepción de que las nacionalidades aymara y qheshwa constituyen la base social de la nación boliviana y que en si son fuerzas políticas esencialmente revolucionarias y no simplemente conjuntos de capas sociales de carácter pequeño burgués.[54]

Esta última advertencia es de suma importancia. La izquierda, basándose en las lecturas occidentales del marxismo leninismo europeo, negaba el posicionamiento autónomo de los actores sociales rurales y los reducía a una inconstante clase de apoyo que la vanguardia proletaria debiera ganarse para configurar una alianza. Para Tupajin las reivindicaciones de clase, son relevantes pero no primordiales. El fija, para diseñar el Programa Agrario del ELN al que pertenece, una mirada que hoy diríamos étnica y descolonizadora.

La revalorización y estructuración científica del poder dual en el campo […]. La reivindicación del AYNI o sea el colectivismo agrario… un valor intrínseco de la cultura de nuestros pueblos [el que] ha servido por siglos de palanca ideológica para su supervivencia y de motor para su desarrollo histórico […]. Aspiramos convertir el colectivismo nativo en el embrión ideológico del nuevo poder de nuestras nacionalidades y de la clase obrera […]. La Alianza Clase-Obrera-Nacionalidades. Hay que superar la etapa de la alianza meramente clasista […]. [55]

Entre los principales objetivos mediatos, postula que “la liberación de las nacionalidades aymara y qheshwa, y de los demás grupos étnicos en naciones soberanas federadas en una Estado Socialista multinacional: Bolivia Socialista”. Y en cuanto a las metas radicales y de largo plazo:

Consiste en que todas las tierras, recursos naturales y riquezas de Bolivia pasen a ser propiedad colectiva de las nacionalidades […]. Consiste en la conquista colectivizada de los medios de producción fundamentales: maquinarias, tecnología, créditos, transportes y otros suplementarios. Consiste en la gran movilización migratoria colectivizada de las nacionalidades de la cordillera andina a las llanuras tropicales.[56]

Este enfoque de renovación, que no contaba con precedentes en la historia doctrinal de la izquierda boliviana,[57] debiera conducir a una renovación de la estrategia y objetivos del ELN. Tupajin rechaza de plano los nudos tradicionales de agrupación de los sectores rurales como los sindicatos y las cooperativas. Hace lo propio con la forma partido y la estrategia foquista convencional, aunque la guerrilla a partir de las Unidades Tácticas de Combate (UTC) o bases de apoyo rurales, sean para Tupajin componentes pivotales de una estrategia de poder.

Postulamos la constitución de Ejércitos Revolucionarios de Nacionalidades […]. La composición inicial de estos ejércitos puede tener la forma de bases de apoyo rurales. Posteriormente, asumir forma de guerrillas nocturnas, milicias rurales, brigadas auxiliares, brigadas auxiliares femeninas, hasta constituir los ejércitos regulares de nacionalidad.[58]

Para Tupajin los ejércitos revolucionarios de nacionalidad, debían utilizar medios y tácticas aprendidos de la experiencia y la ancestral lucha histórica por el territorio y la identidad: “la vía más directa y acertada para preparar condiciones subjetivas en el seno de las mayorías rurales y construir, debidamente, la infraestructura armada en el campo, es reivindicando los valores culturales nativos y dotando a las masas étnicas”.[59] En consonancia el propio ELN y sus militantes, en buena parte, de clase media urbana, debían:

[P]repararse en la nueva política de las nacionalidades. Para que el guerrillero eleno no sea visto por los labriegos simplemente como un cuerpo de| paz, el compañero guerrillero debe compenetrarse plenamente de la realidad rural, debe aymarizarse, qheshwizarse y propender al dominio de los idiomas nativos. Inclusive de nuestro lenguaje debe desaparecer la palabra “indio” que, en el campo, permite identificar al “caballero” de la ciudad. Igualmente, es conveniente evitar la palabra “campesino” para diferenciarse.[60]

Es decir, descolonizarse, como se diría ahora. La lucha armada en el campo, por otra parte, requeriría de “cuadros de nacionalidad”, es decir combatientes aymaras y qheshwas, formados política y militarmente en escuelas de cuadros. Que la radical propuesta de Tupajin, tuvo adherentes y puso en jaque concepciones arraigadas en el ELN, lo revela que su dirección, a la cabeza de Chato Peredo, se vio obligada a responderle, aunque sin nombrarlo directamente. En mayo del mismo 1974, produjo el documento “La lucha de clases en el campo y la lucha de clase del campesinado”. El nudo argumental asume que la cuestión de las nacionalidades debe ser reconocida como un factor importante en el análisis de la lucha de clases en el campo, para agregar:

Pero sobrevalorar las contradicciones de las nacionalidades, hasta colocarlas en un primer plano es tan absurdo como negarlas. Por el primer camino llegaríamos a las posiciones de tradicionalismo conservador, al sentimentalismo beato de la añoranza de nuestra antigua justicia incaica y, en consecuencia, a la lucha por la “justicia del indio” o el racismo indigenista. Por el segundo, no podríamos ver con claridad nuestra realidad nacional y por tanto conduciríamos la lucha, con el subjetivismo de los dogmatices, hacia un total fracaso.[61]

El mando del ELN, para convencer a su militancia de los errores de Tupajin argumentó que la demanda marcada por el interés material y económico y no por identidad y derechos colectivos[62] era, a lo largo de la historia boliviana, la fuerza principal de la movilización de campesinos y proletarios del agro boliviano. Por ejemplo, se decía que Túpac Amaru nunca antepuso la lucha por el respeto a la cultura queshwa a la lucha contra la mita. Años más tarde, el Tata Vilka se habría levantado únicamente contra el despojo de las tierras comunales. La revuelta de inicios de 1974 no se debía al avasallamiento del aymara por el blancoide, sino al avasallamiento de los estómagos por la política del gobierno del general Hugo Banzer. Estas lecciones de la historia le permitían concluir que:

La lucha del campesino, que coincide con las nacionalidades no es pues por metas abstractas de igualdad o superioridad nacional. Es en primer lugar por causas de orden económico y social y, en segundo lugar, por la defensa de problemas concretos que hace a la nacionalidad marginada, en el pleno de la cultura, la saluda, el respeto y la consolidación de sus instituciones. Ambos elementos son dos facetas de la misma lucha y no pueden ser separadas artificialmente.[63]

Pese a estas adopciones doctrinales, diferentes a las que pesaban en años previos en el ELN, para su dirección la contradicción fundamental en Bolivia era entre capital y el trabajo, de ahí que el proletariado fuese postulado como la vanguardia de la Liberación Nacional y el Socialismo. Tupajin, en tanto, no consideraba al proletariado una avanzada en primera fila de la política a la que debían necesariamente que someterse los actores subalternos rurales “pequeño burgueses” y mucho menos que constituía un conductor moral y civilizatorio que impregnara al ELN para proletarizar a sus integrantes. En contraste señalaba que hay que concientizar a la clase obrera en la nueva política de las nacionalidades.[64]

11. Hacia el Partido de vanguardia

Los datos disponibles no permiten continuar el rumbo que tomó el debate entre Tupajin, la dirección y la militancia del ELN. Lo que es claro es que la organización armada no se desplazó hacia las posiciones de Tupajin e incluso las apelaciones a la presencia de nacionalidades en Bolivia no cuajaron con fuerza en su proyecto militar ni en la oferta programática de la organización guerrillera. Otros cambios habrían de suceder, principalmente entre la militancia que fluctuaba entre Bolivia, Perú y la Argentina. Estos, se originaban desde dos frentes, por una parte, en la reflexión interna que escalaba lentamente desde 1971. Por otra, por la influencia de las organizaciones político militares que conformaban la JCR, particularmente e insistentemente desde el PRT de Argentina.

Testimonios cercanos a Mario Roberto Santucho, su máximo dirigente, dejan claro que el máximo dirigente del PRT argentino tomó a su cargo “hacer avanzar” al ELN “hacia la concepción de partido”.[65] El PRT con su brazo armado el Ejército Revolucionario del Pueblo, se reclamaba del guevarismo y su moral del “hombre nuevo”, pero no era foquista.[66] La opción se materializó en marzo de 1975, en el “Ampliado de Ñancahuazú”. La deliberación se realizó en Lima, en la calle Cuzco del Distrito San Miguel, cerca del aeropuerto. Desde 1974 la capital del Perú se había convertido en una seda de capacitación militar y doctrinal del ELN, donde se realizaban cursos de capacitación. El Ampliado se celebró para resaltar un nuevo aniversario de la fundación del ELN. Asistieron delegaciones procedentes de Argentina, Cuba, Europa, Perú y Bolivia. De Bolivia militantes de ambos sexos a fines de 1974 arribaron con bastante anticipación. Sorteando controles militares, se trasladaron en bus y en camiones. Eran como una decena, buena parte procedente de las zonas mineras. En total los y las asistentes sumaban entre 30 y 40 militantes de ambos sexos.

El Ampliado se dividió en dos partes y no existió un documento de base que orientara la discusión inicial de balance en retrospectiva. Años más tarde, concurrentes al debate hicieron el siguiente balance: “La primera parte del ampliado muestra cuánta crítica se había acumulado a lo largo de todos estos años y cómo el sectarismo había carcomido definitivamente la base de confianza del Estado Mayor”;[67] en la segunda parte, en tanto, se realizaron las propuestas programáticas y se dedicaron a la organización. Las conclusiones fueron transmitidas a Santucho:

Hemos decidido después de un análisis que nos parece bien profundo, que nuestro pueblo, que tiene una experiencia revolucionaria excepcional, requiere inmediatamente, para la concreción de sus ideales revolucionarios, de una vanguardia, y que esta vanguardia sólo puede ser el Partido del Proletariado. Sólo nos restaba tener la audacia suficiente de concretarlo. Esta nos la ha transmitido la valiente actitud de todos nuestros compañeros que en estos ocho años de lucha no han vacilado en dar sus vidas por la revolución ¿Qué más nos queda por hacer? Sólo superar nuestras dudas y emprender la única forma posible de garantizar el éxito de la Revolución Nacional y Continental. Para tomar esta decisión mucho nos ha ayudado el haber participado de la JCR —repito, JCR—, organización que sintetiza y coordina las experiencias revolucionarias de las organizaciones que hoy son la avanzada del proceso en esta parte del continente. Es justo, también, reconocer en gran medida, la inmensa ayuda que ha significado conocer la experiencia revolucionaria de ustedes que también ha transmitido el compañero N.[68]

“N” era por Nicolás, Domingo Menna, conocido como Gringo, tercero en la jerarquía del PRT y responsable de las relaciones con otras organizaciones de la JCR. Su influencia fue notable en esa reunión, en la que argumentó y debatió hasta el cansancio. Llegó los últimos días del ampliado, cuando el debate se hacía ríspido y no se hallaba un punto de salida; en medio de mutuas acusaciones y recriminaciones, la amenaza de una autodisolución estaba pendiente. Acerca de él, un participante rememoró lo siguiente: “su aporte fue importante porque en el desarrollo de las discusiones se planteó de todo, pero nos faltaba la forma de estructurarlo, y el Gringo nos trasmitió su experiencia del PRT, de ahí que incluso sale el nombre”.[69]

En efecto, para destacar su identidad, y la influencia de su homólogo argentino, fue llamado Partido Revolucionario de los Trabajadores de Bolivia (PRT-B).[70] El gran derrotado fue Chato Peredo. Cuestionado y sintiéndose acorralado, cargando con el peso de las acusaciones de sus adversarios por los errores que le atribuían, se defendió esgrimiendo una postura antipartido, que resultó minoritaria. Fue defenestrado y enviado a las bases en Bolivia, una suerte de castigo. En el ampliado se eligió un Comité Ejecutivo Nacional (CEN), máxima autoridad del PRT-B, y un alterno como precaución. En los Estatutos se estableció la vigencia del “centralismo democrático”, para vacunarse del verticalismo que se acusó al interior del ELN. El PRT-B se auto definió como el “brazo armado” del ELN, definió, en una línea clásica, al proletariado “como la única clase revolucionaria” y al campesinado como una “pequeña burguesía”, que por sí sólo “no podrá hacer consciencia de su pale revolucionario”.[71] Entre los integrantes del nuevo CEN estaban Stamponi, Gerardo de seudónimo, Sánchez, que tomó el nombre de Jesús, y Enrique Joaquín Lucas López, Guille, joven uruguayo ex militante de los Tupamaros. Salvo el primero, ninguno procedía de la camada original del ELN.[72]

Lo cierto es que el argentino Nicolás trabajó en un terreno abonado. La militancia atravesaba un conflicto y estaba disponible para escuchar propuestas distintas al clásico fascismo. Además, existía un interlocutor interno que, con autoridad, desde hace tiempo hacía propaganda acerca de la transformación: el argentino Stamponi, más conocido como Miseria. Nacido el 14 de febrero de 1935, en Punta Alta, ciudad cercana a Bahía Blanca y aledaña a la Base Naval de Puerto Belgrano (Argentina), Luis Faustino Stamponi, oriundo de una familia de inmigrantes italianos de escasos recursos, se incorporó hacia 1950-1960 a Palabra Obrera (PO), una pequeña organización trotskista. En 1963, formó parte de una delegación que viajó a Cuba al mando de Ángel “Vasco” Bengochea. A su retorno, influidos por el Che, rompieron con PO y se lanzaron a organizar un frente guerrillero en Tucumán, al parecer en consonancia con las operaciones que Jorge Ricardo Masetti y el Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) desarrollaban en Salta. Stamponi fue detenido el 13 de abril de 1963 en la Quiaca, frontera argentino-boliviana, cuando intentaba ingresar de contrabando armas a Argentina. Meses más tarde, se fugó de la cárcel de Jujuy y tres años después, en 1966, fue a Cuba. En alguna fecha de ese año, retornó a Argentina, donde inició un reclutamiento para apoyar la guerrilla del Che, en ciernes. En marzo de 1967, con un núcleo de acompañantes, enrumbó hacia La Habana.[73] En el entrenamiento en Pinar de Río, y luego en el de Escambray, donde llevaba la voz de mando, recibió los motes de Capitán Piluso y Pibe Mochila, este último en alusión a su espalda levemente encorvada por la escoliosis; no le gustaba, pero aguantaba.

Tras la muerte de Guevara, su grupo quedó varado en Cuba. Gran parte retornó en barco a Argentina, en marzo de 1968; con ellos —hombres y mujeres— se construyó la base de apoyo a la nueva experiencia de Inti. Stamponi permaneció en La Habana trabajando en una fábrica de vidrio, leyendo y conociendo el entorno. Vivía frente a la sede del Tropicana y sus bellas mulatas bailarinas. A mediados de 1969, tras participar de un nuevo entrenamiento militar —el tercero de su vida—, ingresó a Bolivia. El 31 de diciembre fue herido y capturado. Para entonces, llevaba el apodo de Miseria Espantosa, en insinuación a un personaje cómico de la televisión argentina, aunque él prefería llamarse Gerardo. Lo liberaron el 19 de julio del año siguiente, canjeándolo por rehenes alemanes que el ELN había tomado al inicio de las acciones guerrilleras. Se fue Cuba, pero regresó en junio de 1971. Se sumó a las críticas a Chato, pero reculó; no era el momento. A mediados de mayo de 1972, logró evadir un cerco militar y se fugó para Santiago de Chile. Al año siguiente, se aposentó en Arequipa (Perú), para armar una avanzada del ELN. Su trayectoria posterior es desconocida. Sin embargo, a fines de 1973 o inicios de 1974, se hallaba en Argentina, apoyando los secuestros realizados por la JCR. Gran parte de ese año se la pasó entre ese país y el Perú. Para Stamponi, de origen trotskista, el medio político del PRT argentino no le era extraño ni desconocido, como tampoco la organización de un partido o la combinación entre actividad pública y vida clandestina. Además, como un antiguo líder de la organización, aceptado y reconocido por su largo entrenamiento militar y su dedicación a la causa, su voz era muy escuchada. Tras constituirse en pieza fundamental del “Ampliado de Ñancahuazú”, a fines de 1975, ingresó clandestino a Bolivia para estructurar el PRT-B, del que era la cabeza visible. Fiel a la nueva concepción obrerista del PRT-B, se instaló en la zona minera de LLallagua, para articularse con la vanguardia proletaria y social boliviana. Vivía pobremente, fiel a la idea de proletarizarse que propugnaba su homólogo argentino.

11. Retorno y desastre

Concluido el Ampliado, la nueva entidad comenzó a desplazar sus cuadros hacia Bolivia y mantuvo en reserva su existencia hasta que, en julio de 1975, un “Activo” —una suerte de asamblea de la dirección— resolvió hacerla pública. Así, el primer día de septiembre salió a luz el número inicial de El Proletario, órgano del PRT-B. Su nombre (en)marcaba el rumbo que se pretendía dar a la entidad. La famosa foto del Che, producida por Alberto Díaz, mejor conocido como Alberto Korda, adornaba la portada. El editorial, “La estrategia del comandante Che Guevara y el accionar del ELN”, trató de evocar al guerrillero argentino como autoridad para validar la nueva línea; asimismo, al pasar revista de su pasado organizacional, separó aguas con las acciones posteriores a la muerte del Che, acusando a la dirección de no realizar un balance crítico de las guerrillas de Ñancahuazú y de Teoponte ni de las causas de su derrota.

Esto origina que, en el afán de dar continuidad a la guerra, se opte desesperadamente por el desarrollo de una nueva columna guerrillera, en una interpretación unilateral de la concepción del Che […]. Es esa unilateralidad la que permite que la pequeña burguesía, fuertemente impactada por la guerrilla, acuda al llamamiento y sea la base sobre la que se construye el ELN, debilitándolo ideológicamente y alejándolo de las necesidades y problemas de la clase obrera y el pueblo.[74]

Su cuestionamiento a Inti dejaba en claro la distancia organizativa con el pasado, incluyendo, aunque no se lo decía ni admitía expresamente, lo que tocaba al propio Che[75].

[L]a gran responsabilidad de seguir adelante con la obra iniciada por el CHE y la falta de ligazón con la clase obrera, imposibilitada por la sañuda represión, lo llevan a [Inti] no hacer un análisis marxista-leninista de la realidad en ese momento, y a plantearse una sola actividad de todas las que compone la guerra revolucionaria: el frente militar. No ve Inti la necesidad de partido de combate, el partido de nuevo tipo, el auténtico partido del proletariado, que desarrollando todas las actividades legales e ilegales, pacíficas y violentas, políticas y armadas, incorpora a las más amplias masas a la guerra revolucionaria. Su error costó caro; y costó muy caro porque fue el motivo principal de su asesinato. El enemigo estaba claro que Inti tenía la capacidad suficiente para corregir este error y darle al pueblo los instrumentos indispensables para su triunfo: EL PARTIDO Y EL EJÉRCITO.[76]

El ELN y su política calificada de militarista y guerrillerista fueron reprobados, y se los dejó de lado.[77] A esta última visión se la etiquetó de “pequeño burguesa”, levantando el estandarte proletario marxista-leninista, del partido obrero y el trabajo diario en el seno de las masas. A fin de no quedar aislados, mal que se atribuía al foquismo, el propósito del PRT-B fue insertarse en los diversos sectores sociales que empezaban a tomar mayor fuerza en su rechazo a la dictadura militar, tarea que la mayoría de sus cuadros, sino la totalidad, nunca había acometido.[78] En el ELN, la práctica fue inversa en la coyuntura de 1969 y 1970: se retiró a los militantes dirigentes sociales para llevarlos al monte, distribuidos entre La Paz, Cochabamba, Potosí y Oruro, principalmente.[79]

Entre las herencias que mantuvo el PRT-B, estuvo el internacionalismo de impronta guevarista, de modo que entre sus cuadros figuraban argentinos, uruguayos y chilenos principalmente, además de su presencia en la JCR ¿Qué proponía la línea oficial del PRT-B en relación a la cuestión agraria y campesina? La organización no retomó el debate de 1974 entre Tupajin y la dirección del ELN. En rigor en este crucial punto no se apartó mucho de las tradiciones de los partidos de izquierda marxista que operaban en Bolivia, fueses los comunistas pro soviéticos y las diferentes alas del troskismo, aunque difería de los maoístas y su Guerra Popular Prolongada. No es que el PRT-B no se preocupara por tener militancia en el agro, sino que solamente reconocía en este territorio primordialmente la presencia antagónica de clases sociales.[80] Moraban una mayoría de “naturaleza pequeño-burguesa” y otra de menor cuantía que conformaba una suerte de semi proletariado y proletariado rural en las grandes explotaciones latifundistas del oriente del país. El partido no hacia una mención específica a entidades étnicas agrupadas en comunidades indígenas ancestrales.[81] Acorde a su tradición ponderaba la vanguardia obrera y reducía al campesinado a una condición de aliado subordinado. Entre sus principales resoluciones, el “Ampliado Ñancahuazú”, señaló:

El campesinado por sí solo y en forma aislada no podrá hace conciencia de su papel revolucionario. Esto solo será posible en la medida en que en su lucha sea orientada y dirigida por el proletariado (única clase que puede organizar su proceso de liberación). En esta perspectiva, será posible la materialización de la alianza obrero-campesina, a su vez, garantizada por una vanguardia revolucionaria Marxista-Lenista.[82] […] Que la única forma de derrotar al imperialismo y destruir la burguesía es desarrollando una guerra revolucionaria armada prolongada y continental, cuyo contenido de clase es obrero y popular, donde el proletariado es su vanguardia y su aliado natural el campesinado.[83]

Ninguna de estas visiones se modificaría en los años bajo análisis (1975-1977) y conduciría la práctica política del PRT-B, en todo caso una aguerrida pero pequeña organización. [84] Si bien en ese lapso la dictadura militar de Hugo Banzer empezó a mostrar fracturas y agotamiento, su capacidad de información y represión se había incrementado. Bajo la conocida “Operación Cóndor”, la información fluía desde Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y, quizá, también Perú. Establecida formalmente en Santiago de Chile, el 26 de noviembre de 1975, es posible que operara desde antes, con el propósito de coordinar acciones y enfrentar en el mismo terreno a la JCR: el internacional.

Fuese como resultado del vuelo del Cóndor o por su propia sagacidad, los servicios de inteligencia bolivianos propinaron duros golpes al PRT-B, apenas instalado en Bolivia. Las caídas entre la militancia comenzaron al concluir 1975 y continuaron imparables durante el siguiente año. La argentina Graciela Rutila, Ela, uno de sus cuadros femeninos más importantes, fue apresada en Oruro el 2 de abril. La transportaron a Argentina el 29 de agosto, recluyéndola en el centro clandestino de Automotores Orletti, en Buenos Aires, donde desapareció. Nila Heredia, Ivana, compañera boliviana de Stamponi, fue capturada el mismo día. Diez jornadas más tarde, Rubén Romero, Dardo, fue herido y tomado preso (integraba la dirección del prt-b). La entidad intentó resistir y mostrar presencia, su prensa proclamaba una guerra revolucionaria que estaba lejos de poder ser materializada y se instruyó atacar a las empresas transnacionales. [85] En junio, realizaron varios atentados dinamiteros. Sin embargo, aunque contaban con pequeñas y escasas células armadas —llamadas pomposamente Unidades Militares—, no podían enfrentar una guerra de larga escala, ni ese era el ánimo de los trabajadores, los estudiantes o los campesinos, que buscaban con movilizaciones y huelgas abrirse espacios democráticos.

Las detenciones no amenguaron. Al contrario, la represión se enfervorizó; unió declaraciones de algunos presos, información de sus colegas del Cóndor y su propia indagación. El 17 de septiembre, cayó el enlace con otras organizaciones de izquierda, el boliviano Pedro Silvetti; murió en Cochabamba junto al uruguayo Lucas López, miembro del CEN. Por otra parte, Stamponi cayó preso el 29 de septiembre en la localidad minera de Llallagua, víctima de una delación.[86] El 13 de octubre, tras ser interrogado y torturado, fue entregado a las autoridades argentinas en la localidad fronteriza de La Quiaca; desapareció de Orletti, centro de detención y de tortura del Cóndor.

Al concluir 1976, cerca de 60 militantes estaban en las cárceles y una docena fue extrañada del país, entregada a sus Gobiernos militares en Chile y Argentina. Salvo el escurridizo Sánchez, el grueso de la dirección partidaria que impulsó y fundó el PRT-B en Lima estaba muerta o detenida. El régimen militar de Banzer, como había ocurrido en 1972, los tomó como sus principales adversarios y no escatimó esfuerzos ni torturas por desbaratarlos. En pie quedaba, quizá, no más de media centena de integrantes, la mayoría jóvenes e inexpertos; salvo el pequeño núcleo más fogueado y refugiado en las zonas mineras de Potosí. Además, a lo largo de ese año, la seguridad estatal incautó material de trabajo, armas, vehículos, una moderna imprenta y documentos internos. La organización quedó sin medios logísticos y sin recursos económicos para sobrevivir. El activismo y un “aparato desproporcionado” fueron acusados por varios militantes de ser culpables de la situación, pues dejaba inocuas las medidas conspirativas y de seguridad.[87]

Montar un aparato clandestino, realizar activismo y, paralelamente, crear teoría revolucionaria ameritaba un entrenamiento y una disposición que combinara lo militar con lo intelectual, algo más que un matiz para el que la nueva organización carecía tanto de antecedentes como de cuadros. La mayor parte procedía del pasado militarista y no de los ámbitos del marxismo. La reconversión no resultó ni pronta ni fácil. No se logró compatibilizar ritmos entre la vida legal e ilegal, entre la conspiración y la vida pública o entre la dirección y las bases. En 1976, en medio de los golpes recibidos, la inserción social y laboral del PRT-B era pequeña y con una influencia limitada; su presencia en el mundo obrero y estudiantil no podía compararse con organizaciones comunistas o trotskistas de mayor raigambre y antigüedad. Además, fiel a su tropa obrerista, había descuidado montar mayor presencia en ese sector campesino e indígena, mayoritario en Bolivia.

El retroceso o la incapacidad de estructurar al PRT-B, acorde a sus documentos de fundación, permitió que Chato, quien nunca aceptó el vuelco hacia el partido de cuadros, motorizara una ofensiva interna tanto contra Sánchez, que estaba en Lima, como en oposición a la dirección encarcelada, que desde las celdas se esforzaba por dar una línea. Bajo el seudónimo de Juan, se escondió y trabajó en las minas desde 1975, cuando fue retirado de la dirección. En una carta redactada hacia mediados de diciembre de 1976, realizó un balance que mostraba un cuadro dramático de una organización rabiosamente golpeada por la represión y sin una línea política clara:

– De los, más o menos, setenta [compañeros] que ingresamos, considerados cuadros, sólo quedamos más o menos una decena en situación precaria.

– De los muchos frentes de masas que se decía que contábamos, apenas quedan cuatro relativamente consolidados o con algunas perspectivas de continuidad y con poco desarrollo [dos en las minas, uno fabril y otro en el campo].

– La cantidad de cuadros para dirigir la tarea es crítica […].

– La construcción de ejército va paralela al accionar militar. Esta tarea está postergada por un tiempo que no podemos prever, dadas las posibilidades de trabajo militar, nuestra debilidad y situación real.[88]

En marzo de 1977, Chato, que no pertenecía al CEN, convocó a un segundo ampliado del PRT-B, sin comunicar a Sánchez, que se encontraba en el exterior desde hacía bastante tiempo. La reunión designó un nuevo CEN, en el que todavía se incluía al ausente Sánchez y al propio Chato. Se decidió revisar los estatutos del PRT y su tesis política, conformando una comisión. Un anticipo de la nueva línea se produjo al aprobar, ad referéndum, una enmienda, modificando la caracterización del proletariado como “la única clase revolucionaria” por “la clase más revolucionaria”.[89] De esa manera, se supuso que se superaría el presunto trotskismo que, según se argumentaba, imperaba en el PRT-B, abriéndose a incorporar a otros sectores, campesinos o estudiantiles, con una orientación multiclasista. Un documento posterior, pero inspirado en la línea del II Ampliado, añadió a las acusaciones de “obrerismo” otras presuntas “desviaciones” emergentes del Ampliaado de 1975, del que emergió el PRT-B: “deformación de la línea militar revolucionaria, espontaneísmo, activismo sin dirección, aparatismo y existencia de una burocracia rentada”.[90]

Sánchez y otros militantes no aceptaron ni reconocieron las determinaciones del II Ampliado, al cual le restaron representatividad. Se acusó a Chato de fabricar delegados, entronizar una desviación “pequeño burguesa” —precisamente aquella que había servido de muletilla para lanzarlo en Lima en 1975— y sustituir un partido de cuadros por un simple “partido de masas”.[91] En el debate, primaron tópicos sobre la organización, mientras que los aspectos militares, fuente y polémica en la transformación del ELN en PRT-B, quedaron relegados.

La ruptura del PRT-B tensionado entre dos opciones, la foquista y la de partido, se precipitó en 1978. La apertura democrática lograda con la masiva huelga de hambre y las movilizaciones sociales iniciadas el 28 de diciembre de 1977 obligaron a la dictadura militar, que había convocado a elecciones, a celebrarlas con amnistía general e irrestricta, según un acuerdo firmado el 18 de enero de 1978. Con la militancia liberada, los clandestinos visibilizados y los exilados en retorno, el carácter del debate y los actores se modificaron. Con el consejo y la mediación cubana, se intentó una última transacción. Sánchez y Chato se reunieron en La Paz y acordaron establecer una Dirección Transitoria de seis miembros, electa el 22 de mayo de ese año. [92] Ni Chato ni Sánchez figuraron en la lista. El acuerdo duró muy poco y, a partir del 25 del mismo mes, el CEN se reunió para fijar posición política y reorganizar el partido. En la madrugada del domingo 28 de mayo, Raúl y Valentín —recientemente electos— abandonaron la reunión. El cuarteto restante los expulsó, junto a Chato, dos días más tarde, sin poder recomponer las fracturas ocasionadas por las estrategias de poder opuestas, cuya raíz se remontaba al “Ampliado de Ñancahuazú”, tal vez antes. Extrañamente, éstas se precipitaron por el debate de cómo participar en las próximas elecciones y no por el carácter de la futura guerra o insurrección. Los expulsados apostaban por continuar en el Frente Revolucionario de Izquierda (FRI), una pequeña coalición de izquierda radical, mientras que los otros cuatro prefirieron la moderada Unidad Democrática y Popular (UDP), colación entre nacionalistas revolucionarios, comunistas y socialdemócratas, que ganó las elecciones de 1978, 1979 y 1980, siendo en cada una de las oportunidades las elecciones anuladas tras sendos golpes militares. En uno de los últimos números de El Proletario,[93] se señalaba que la consigna esencial fue que la UDP obtuviera un millón de votos en las elecciones de ese mes. Ya no había ninguna traza de guerra de guerrillas o guerra revolucionaria; solo formalismo republicano.

La democracia no logró constituirse de inmediato. El 17 de julio de 1980, la derecha castrense, a la cabeza del futuro dictador Gral. Luis García Meza, derrocó a Lidia Gueiler, presidente constitucional, para impedir que la udp asumiera el Gobierno. Esta vez no hubo escuadra que saliera a defenderla, como ocurrió en 1971 con Torres; la capacidad y la voluntad del PRT-B/ ELN para salir a las calles eran prácticamente nulas, pues estaba desarmado política y militarmente.

A modo de conclusión

Tras el asesinato del Che, la guerrilla en Bolivia no bajó las banderas, sino que buscó reorganizarse y emprender nuevamente la lucha. Lo logró en julio de 1970, cuando estalló la acción armada en Teoponte y sus alrededores. Ella fue, en rigor de verdad, una de las pocas acciones armadas que siguió a pie juntillas en América Latina el libro establecido por Ernesto Guevara.

En los años sucesivos, principalmente luego de la derrota de 1971, y de que fuera imposible restablecer acciones en 1973, se intensificó el debate al interior del ELN. Recrudecieron tópicos sobre la lucha armada rural y la urbana, el partido y la guerrila, así como el sujeto de la revolución en un país de claro raigrambre indígena, llevando a divisiones y rectificaciones. En Bolivia el debate contemporáneo en el seno de la izquierda sobre la cuestión indígena y de las nacionalidades arranca con fuerza hace poco más de cuatro décadas y alcanza vuelo con el Manifiesto de Tiwanaku de 1973. Empero la temática sólo tomará cuerpo una década más tarde para continuar creciendo en el panorama político y cultura alertando sobre la cuestión colonial presente en Bolivia. Dos condiciones al menos fueron necesarias para este despliegue, además de la fuerza y creatividad indígena cobijada en el katarismo y el indianismo: la crisis de estado monocultural instaurado en 1952 y el desmantelamiento físico y político de la vanguardia proletaria minera, a las cual la izquierda boliviana había apostado la conducción de la revolución socialista, vacío que permitió la emergencia de nuevos actores políticos y sociales de referente indígena, y no solamente campesino, como brotó del proyecto estatal criollo de 1952.

El despliegue de la lucha armada entre 1967 y 1977 no tuvo la ventaja de ese tiempo histórico. El ELN, fundado por el Che en marzo de 1967, focalizó inicialmente su accionar en la zona rural y produjo un discurso que hizo de los campesinos jornaleros o pequeños propietarios su base fundamental de reclutamiento para el nuevo ejército. Muy pocas veces se escaparon de ese corsé. En un documento poco difundido y que no llegó entonces a sus destinatarios, Ernesto Guevara en abril de 1967 se apartó del apelativo campesinista predominante en la izquierda boliviana y mencionó a grupos étnicos como factor de poder y apuntó al uso, al menos temporalmente, de su idioma en las escuelas castellanizadas usadas por las elites criollas para promover la lingua franca del estado-nación emergente del proceso homogeneizador de 1952. No hay pruebas de que estas anticipatorias ideas siguieran desarrollándose en adelante. Por el contrario, en los meses sucesivos frente a guaraníes y quechuas, la guerrilla, sin mirada étnica, los interpeló como campesinos y campesinas productores requeridos de asistencia estatal o jornaleros explotados, a quienes se les dijo que obtendrían beneficios y derechos en un nuevo gobierno socialista que el ELN instauraría. Es suficientemente sabido que la recepción de este discurso, en una guerrilla que perdía fuerza al correr de los días, no produjo ninguna adhesión de hombres y mujeres del campo al cuerpo guerrillero.

El ELN, ensayó una nueva guerrilla guevarista en Bolivia que estalló en julio de 1970 y que luego de cien trágicos días fue desbaratada a costa del asesinato por el ejército de la gran mayoría sus integrantes. Solamente sobrevivieron nueve de los 67 iniciales. Del total, una gran parte procedía del sector estudiantil y la clase media. En un intento de superar la falta de incorporaciones campesinas al proyecto en armas —como ocurrió en 1967— la organización militar tuvo el cuidado de reclutar un contingente de origen rural a sus filas. Empero la organización siguió manejando un discurso campesinista y no propiamente indígena. Éste solamente surgiría, aunque no se constituiría en la línea oficial del ELN, de los escritos realizados en Cuba en 1974 por el experimentado dirigente Zenón Barrientos Mamani, indígena oriundo de Oruro. La refundación o, si se quiere, la prolongación del ELN en el PRT-B, sepultó la discusión sobre la cuestión de las nacionalidades y la cuestión indígena. Marxista-leninista y obrerista, el partido abandonó el foquismo, pero no la lucha armada, y proclamó su proyecto socialista a ser instaurado por la vanguardia proletaria, acompañado, pero no protagonizado, por el sector campesino. Sin embargo, mientras la guerrilla se organizaba y batallaba en Teoponte, y luego cuajaba el PRT-B, en otros ambientes, cargando otra historia, otras reflexiones descolonizadoras y demandas novedosas germinaban lentamente un proyecto indígena que inicialmente se expresará en los albores de los años 1970 en el katarismo.[94] En su desarrollo, éste luego transformará la política de Bolivia y los proyectos de su izquierda. En realidad, la convocatoria no era nueva; sus bases se adentraban en la fuerza de la memoria centurias atrás.

En el ELN, en cambio, sólo años más tarde, durante la octava década del siglo pasado, mediante el Movimiento Campesino de Bases (MCB), creado bajo el ala de algunos y algunas de sus militantes e importantes dirigentes indígenas, trocó su discurso clasista por otro que reconocía el autogobierno de las nacionalidades indígenas y convocó a organizar una asamblea de las mismas. Colocado fuera del espacio temporal de este trabajo, el análisis del contenido e impactos del MCB forma parte de otra historia.

 

  1. Cfr: http://www.la-razon.com/nacional/Captura-Che_Guevara-batalla-punado-libros_0_2139986035.html
  2. Relato de León (Antonio Domiguez Flores) guerrillero capturado el 30 de septiembre de 1967, realizado en prisión en 1967, p. 104 . Versión dactilocopiada en poder del autor. El original manuscrito se halla en la serie “Guerrilla-1967” en el Archivo Histórico Militar de las Fuerzas Armadas de Bolivia, La Paz.
  3. Testimonio de Justa Pérez, en Cupull, Adys y Froilán González, De Nancahuazú a la Higuera, La Habana, Editora Política, 1992, p. 368.
  4. Presencia, La Paz, 4 de octubre de 1967. La noticia confunde a Coco con Inti.
  5. Relato de León, op. cit, p. 107.
  6. Voz quechua que significa “Sol”.
  7. De aquí en adelante, nombrado como S. Allende para diferenciarlo de Beatriz Allende, su hija, a quien posteriormente se la mencionará como B. Allende.
  8. Información reconstruida en base a testimonios de integrantes del ELN ofrecidos al autor. Por solicitud de los testimoniantes, se se mantienensus nombres en reserva.
  9. De aquí en adelante, nombrada como B. Allende.
  10. Álvaro Peredo, “Mensaje del ‘Inti’ Peredo” en Hoy, La Paz, 5 de septiembre de 1969.
  11. Un relato del guevarismo en Argentina puede ser encontrado en Tito Drago, Cara y cruz. El Che y Fidel, Málaga, Sepha, pp. 193-209. Tito Drago integró las filas del ELN.
  12. Testimonios recogidos por el autor entre 2007 y 2013 de varios integrantes del ELN, que bajo conducción de Inti operaban en Argentina y se preparaban para venir a una guerrilla en Bolivia: Lili, Carlos, Silvia, Catastra, Jorge Lewinger, Ricardo Rodrigo, Daniel Alcoba, Alfredo Hellman, Tito Drago y su compañera, Lito y su hermano. Casi todos y todas habían recibido entrenamiento en Cuba entre 1966 y 1967.
  13. ELN, Ideario político del Ejército de Liberación Nacional. [Versión dactilocopiada], 1968, pp. 10-21.
  14. Osvaldo Peredo, entrevista por Carlos María Gutiérrez, reproducida en Los Tiempos, Cochabamba, 15 de febrero de 1970.
  15. Cfr. Igor Goicovich, “Teoría de la violencia y estrategia de poder en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, 1967-1986”. Palimpsesto, vol. 1, n° 1. Disponible en: http://www.palimpsestousach.cl/revista-1/dossier-revista-1/teoria-de-la-violencia-y-estrategia-de-poder-en-el-movimiento-de-izquierda-revolucionaria-1967-1986/
  16. Álvaro Peredo, “Volveremos a las montañas”, en El Diario, La Paz, 19 de julio.
  17. Ver: José Fernández, Las guerras de la política. Clausewitz de Maquiavelo a Perón, Buenos Aires, EDHASA, 2005.
  18. Cfr. Eduardo Pizarro, Insurgencia sin revolución. La guerrilla en Colombia en una perspectiva comparada, Bogotá, TM / IEPRI, 1996, pp. 66-68.
  19. Osvaldo Peredo, “Respuesta de Chato Peredo a Régis Debray”, en Régis Debray, Escritos de prisión. México, SigloXXI. La carta fue escrita por Chato a principios de mayo de 1970.
  20. Cfr. Pizarro, op. cit., pág. 67.
  21. ELN, Ideario político del Ejército de Liberación Nacional, 1968, pp. 28-31.
  22. Álvaro Peredo, Mi campaña junto al Che, Cochabamba, Los Amigos del Libro, 1970, pp. 89-93.
  23. ELN, Volvimos a las montañas, La Paz, [c. julio 1970], p 6.
  24. Álvaro Peredo, Entrevista por Augusto Olivares, en Punto Final, n° 88, Santiago de Chile, 30 de septiembre de 1969.
  25. Para una comparación muy útil con dos organizaciones armadas chilenas, ver: “La cultura rebelde. Soportes, construcción y continuidad de la rebeldía (MIR y FPMR, 1983-1993)”, Tesis de licenciatura en Historia. Facultad de Filosofía y Humanidades. Departamento de Ciencias Históricas. Universidad de Chile, 2005.
  26. Acerca de situaciones similares en Argentina, ver: Mariana Tello, “El ‘nombre de guerra’. La actividad clandestina y las representaciones sobre la persona en las experiencias de la lucha armada de los 70”, en Estudios, n° 16, otoño 2005, pp. 109-128.
  27. Ver: Muniz Ferreira, “Carlos Marighella: revolução e antinomias”, en Cistiane Nova y Jorge Nóvoa (orgs.) Carlos Marighella: O homen por trás do mito, São Paulo, unesp, 1999, pp. 221-225. Marighella, ex comunista, fue uno de los principales organizadores de la guerrilla urbana en Brasil. Murió en manos de la Policía en 1969.
  28. Las raíces, sin embargo, son más antiguas. En su Catecismo Revolucionario, escrito en 1869, Sergéi Nechayev, anarquista ruso, entre las “Reglas en las que debe inspirarse el revolucionario” afirmaba que: “El revolucionario es un hombre que hace el sacrificio de su vida. No tiene ni negocios ni intereses personales, ni sentimientos ni afectos, ni propiedad, ni tampoco un nombre. En él todo está absorbido por un solo interés exclusivo, un solo pensamiento, solamente una pasión: La Revolución”.
  29. Cfr. Samuel Blixen, Sendic. Montevideo, Trilce, 2000, pág. 192; y Silvia Dutrénit, El Uruguay en el exilio: gente, circunstancias, escenarios, Montevideo, Trilce, 2006, pág. 38.
  30. Osvaldo Peredo, entrevista por Carlos María Gutiérrez, op. cit.
  31. La carta de despedida de Francisco Imaka, fue publicada por el ELN en Volvimos a las montañas, op. cit., pp. 40-42.
  32. En el archivo del autor existe un documento de 88 páginas tamaño oficio, titulado Ideario político del Ejército de Liberación Nacional. No se conoce si se trata de un texto oficial o sólo para discusión, por lo que no lo analizamos. Se presume, sin confirmación alguna, que fue esbozado por el chileno Elmo Catalán en 1969. En cuanto a la cuestion campesina se postula la mecanización del agro, el desarrollo productivo, escuelas y hospitales.
  33. Del total de 67 guerrilleros, todos varones, 53 eran bolivianos. El mayor de todos bordeaba los 37 años y el menor aún no había cumplido los 18. De los 14 extranjeros, ocho eran chilenos.
  34. El Diario de Chato fue publicado en enero de 1971. Se reprodujo en el libro de Hugo Assmann (comp), Teoponte. Una Experiencia Guerrillera, Oruro, CEDI, 1971, pp.127-149. Sufrió cortes, modificaciones y censuras internas antes de ver la luz pública.
  35. Información obtenida por vía electrónica a partir de los testimonios de los chilenos Ramón Molinet y Fermín Montes, ofrecidos al autor en noviembre de 2010.
  36. Cfr. Jürgen Schreiber, La mujer que vengó al Che Guevara. La historia de Monika Ertl, Buenos Aires, Capital Intelectual, 2010.
  37. “Teoponte, nuestra experiencia guerrillera” en Boris Rios Brito y otros, Ejército de Liberación Nacional (ELN). Documentos y escritos (1966-1990), Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia-CIS, La Paz, 2017, pp. 212-223.
  38. Boris Ríos Brito, op. cit., pp. 232-238.
  39. Quien esto escribe, realizó por varios años una búsqueda para identificar al que conocían en el ELN como Samuel. Lo hizo y luego comunicó a su familia los pormenores de su muerte en Bolivia.
  40. Oscar Pérez Betancur, había militado previamente en Palabra Obrera, agrupación trotskista.
  41. Información basada en testimonios de Uni, Dardo y Rebeca, seudónimos de integrantes del ELN, ofrecidos al autor en noviembre de 2010 y de Maria en el 2016. Los dos primeros condujeron el grupo rural, en tanto que las dos mujeres formaron parte del grupo urbano.
  42. Para una historia de la JCR, ver: Aldo Marchesi, “Geografías de la protesta armada, guerra fría, nueva izquierda y activismo transnacional en el cono sur, el ejemplo de la Junta de Coordinación Revolucionaria (1972-1977)” en Sociohistórica, Cuadernos del CISH, n° 25, 2009, pp. 41-73.
  43. Testimonio de Rubén Sánchez, ofrecido al autor en Cochabamba el 5 de noviembre de 2010.
  44. Una de ellas fue el secuestro del gerente de Swissair, Kurt Schmid, el 22 de octubre de 1973, de la que se obtuvo un rescate de cinco millones de dólares. De ese monto, medio millón fue para el ELN.
  45. Al parecer hubo dos intentos uno en Santiago de Chile, cortado por el golpe militar de 1973, y otro mas existoso en Buenos Aires. Testimonios recogidos por el autor a integrantes del ELN en Chile y Bolivia.
  46. Estrategia de Lucha del ELN, pp. 1-3. Copia mecanografiada en el archivo del autor.
  47. Ídem.
  48. Ídem.
  49. Ídem, p. 3.
  50. Ídem, pp. 8-9.
  51. Zenón Barrientos Mamani, “Bases para el Programa Agrario del ELN. El análisis de clases”, 1974, p. 6 [Copia mecanografiada en archivo del autor].
  52. “Bases para el Programa Agrario del ELN. Aspecto militar. Etapa preparatoria”.
  53. Zenón Barrientos Mamani, op. cit., p. 5 y 6.
  54. Ibíd., p. 7
  55. Ibíd., p. 8
  56. Ibíd., p. 9
  57. Salvo el trabajo sobre Sobre el problema nacional y colonial de Bolivia publicado por Alejandro Ovando Saenz en 1960, muy influido por Josef Stalin.
  58. Ibíd., p. 9
  59. Ibíd., p. 10
  60. Ibíd., p. 11.
  61. ELN, “La lucha de clases en el campo y la lucha de clase del campesinado”, mecanografiado, mayo de 1974, p. 4.
  62. El documento no utiliza este concepto, más bien contemporáneo, lo colocamos nosotros para ilustrar el sentido actual del debate.
  63. Ibíd., p. 5.
  64. Zenón Barrientos Mamani, op.cit., p. 11.
  65. Luis Mattini, Hombres y Mujeres del PRT-ERP. De Tucumán a La Tablada, La Plata, De la Campana, 2003, p. 378.
  66. Cfr. Vera Carnovale, Los Combatientes. Historia del PRT-ERP, Buenos Aires, Siglo veintiuno, 2011.
  67. Carta del PRT-B a Santucho, Lima, 1 de abril de 1975. Disponible en: www.cedema.org/ver.php?id=132
  68. Ibíd.
  69. Testimonio vía electrónica de Edmir Espinoza, ofrecido al autor el 14 de noviembre de 2010. Con el nombre de Filipo, fue integrante del ELN y del PRT-B. Cayó preso dos veces, en 1972 y en 1976; en ambas, fue objeto de severas torturas.
  70. Sobre el impacto del PTR argentino y el MIR chileno en el ELN y los Tupamaros ver: Marco Antonio Sandoval Mercado, “La Junta de Coordinación Revolucionaria (JCR): el internacionalismo proletario del cono sur, 1972-1977”, Tesis de Maestria en Historia Internacional, CIDE, México, 2016.
  71. Boris Brito Ríos, op. cit., pp. 280-282.
  72. Un histórico que no se adscribió al PRT-B fue el Negro Omar, Jorge Ruiz, segundo en el mando en Teoponte. Tampoco los hizo la emblemática Maria, militante de la misma época.
  73. Entrevista vía electrónica a Alicia Borgato, primera compañera de Stamponi, ofrecida al autor el 27 de febrero de 2008. Algunos datos proceden de sus compañeros argentinos de entrenamiento en 1968.
  74. El Proletario, n° 1, 1974, p. 2.
  75. Así lo entendieron militantes discidentes que, agrupados tras la dirección de Osvaldo Peredo, Juan de seudónimo, señalaron que en el Ampliado de Lima se “infiltraron posiciones que claramente iniciaron un divorcio con la concepción del Comandante Che Guevara”. “Tesis Programáticas del Partido Revolucionario de los Trabajadores de Bolivia (P.R.T.B)”, en Blanco y Negro. Selección de documentos del Ejército de Liberación Nacional. La Paz, Editorial Inti, s.f., p. 278.
  76.    Ídem., p. 10.
  77. Antiguos y quizá nostálgicos militantes del ELN no admiten que la organización desapareciera. Señalan que se acordó una división y, a la vez, una complementación a la manera del PRT y el ERP. En clave boliviana: PRT-B y ELN. Sin embargo, no existen rastros de que esa distinción operara realmente.
  78. Ver: “El PRT debe insertarse en las masas” en El Proletario, n° 2, 1976, p. 2.
  79. Por ejemplo, en la guerrilla de Teoponte participaron los máximos dirigentes de los universitarios bolivianos; en la del Che, sindicalistas mineros.
  80. Años más tarde dio pie a la constitución del influyente Movimiento Campesino de Bases (MCB).
  81. Puede verse, al respecto, el artículo “La lucha del campesinado” en El Proletario, n° 1, 1975, pp. 11-12.
  82. “Documentos aprobados en el Ampliado ‘Ñancahuazú’”, en Blanco y Negro. Selección de documentos del Ejército de Liberación Nacional, op. cit. p. 183.
  83. Ibíd, p. 188.
  84. La “Plataforma Programática del Partido Revolucionario de los Trabajadores de Bolivia (P.R.T.B)”, emergente del Segundo Ampliado “Luis Stamponi” trae la novedad de una narrativa histórica donde aparecen las rebeliones de Tupac Amaru y Tupac Katari, a la par que las guerrillas conducidas por caudillos criollos y mestizos, como Padilla, Lanza o Médez, ello no se traduce en el reconocimiento de la cuestión indígena a nivel programático. Aunque el Ampliado, en medio de un profundo debate, y con el nombre de “X Aniversario” se realizó en abril de 1977, la Plataforma aludida debió ser escrita a fines de 1979 o incios de 1980, pues alude a la Masacre de Todos Santos, que como es sabido ocurrió el 1 de noviembre de 1979. El “Tercer Ampliado “Tricontinental” celebrado en 1978, aunque mencionó la “discriminación racial” de origen colonial sobre quechuas y aymaras, este acerto no se tradujo a la hora de establecer las contradicciones fundamentales de corte colonial que asolaban Bolivia ni en el carácter específico de la revolución socialista postulada. En cambio, el papel del proletariado minero se destacó como avanzada y columna vertebral revolucionaria colocando al campesinado como un potencial aliado al igual que las clases medias. Las Nacionalidades no se mencionaron en ninguno de los puntos.
  85. Ver: “Guerra revolucionaria: única estrategia proletaria para vencer” en El Proletario, n° 12, 1976.
  86. Entrevista a María Victoria Fernández, ofrecida al autor en La Paz el 3 de noviembre de 2010. Fernández fue detenida con Stamponi. Otras fuentes señalan el 26 de septiembre como fecha de la detención, pero ella afirma que fue el 29, día en que se celebró el Censo Nacional de Población.
  87. Ver: “Notas para la evaluación de la construcción del PRT-B” (Anónimo, 1977). Dactilocopiado en archivo del autor. Las notas fueron escritas en La Paz desde la cárcel del Departamento de Orden Político (DOP) por militantes presos y presas.
  88. Fragmento textual de la carta de Juan al cen del prt-b, fechada en diciembre de 1976. Copia en archivo del autor.
  89. PRT-B/ ELN, “Actas del II Ampliado ‘Décimo aniversario’ del PRT-B/ELN”, versión dactilocopiada, abril de 1976. Hay copia del documento en el archivo del autor. Los destacados corresponden al original. Chato, que usaba el seudónimo de Juan, señaló: “Debemos fijar la atención en la práctica que se debe desarrollar, no con un carácter obrerista, sin hacer trabajo en otros frentes” (ibid. p. 8).
  90. PRT-B, “Informe de la dirección del Partido Revolucionario de los Trabajadores de Bolivia”, en Boletín Interno n° 14, 3 de julio de 1978, La Paz. Boletín Interno firmado por Antonio Peredo y “Valentín”. Raúl, hermano de Chato, era miembro de la Dirección Provisional del PRT-B Copia en archivo del autor.
  91. CEN, Boletín Interno, 1 de junio de 1978. Mecanofrafiado. Copia en archivo el autor.
  92. Carta de Sánchez a Nieves, La Paz, 1 de julio de 1978. Copia en archivo del autor.
  93. El Proletario, año 5, n° 25, junio de 1979.
  94. Cfr. Javier Hurtado, El Katarismo, La Paz, CIS, 2016.
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