Dossier Guevarismo en América Latina

El pensamiento guevarista
y el diseño estratégico-táctico del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (Chile, 1967-1988)

Igor Goicovic Donoso
Departamento de Historia, Universidad de Santiago de Chile.

Resumen
Desde su fundación en 1965, hasta la actualidad, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), de Chile, ha sido identificado como un grupo político-militar de orientación guevarista. Ello porque su fundación coincide con el apogeo de los movimientos de dicho tipo y, por otro lado, porque sus orientaciones estratégicas relevaban la lucha armada como un componente fundamental en la conquista del poder. No obstante, en el largo ciclo que media entre 1965, su fundación, y 1990, el inicio de su desintegración, las orientaciones políticas del MIR fueron heterogéneas, imbricándose en ellas los planteamientos leninistas, trotskistas, maoístas y guevaristas. No obstante lo anterior, la Revolución Cubana y la figura del Che Guevara ejercieron una mayor influencia ética y moral entre la militancia mirista, tanto a nivel de direcciones como de bases. En este artículo nos proponemos analizar la incidencia de ambos fenómenos en la configuración del diseño estratégico y táctico del MIR chileno.

Palabras Clave
MIR; Chile; Historia; Guevarismo; Política

Abstract
Since its founding in 1965, until today, the Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), of Chile, has been identified as a politic-military group with a Guevarist orientation. This is because its foundation coincides with the apogee of the movements of this type and, on the other hand, because its strategic orientations relied on the armed struggle as a fundamental component in the conquest of power. However, in the long cycle that took place between 1965, its founding, and 1990, the beginning of its disintegration, the political orientations of the MIR were heterogeneous, incorporating the Leninist, Trotskyist, Maoist and Guevarist approaches. Notwithstanding the above, the Cuban Revolution and the figure of Che Guevara exerted a greater ethical and moral influence among the mirista militancy, both at the level of the leaderships and the rank and file. In this article we propose to analyse the incidence of both phenomena in the configuration of the strategic and tactical design of the Chilean MIR.

Keywords
MIR; Chile; History; Guevarism; Politics

Presentación

Durante su III Congreso (1967), el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile adoptó un diseño estratégico-táctico denominado “Guerra insurreccional de masas”.[1] Esta propuesta fue diseñada por la fracción castro-guevarista, liderada por quien asumió la secretaría general de la organización en 1967, el médico Miguel Enríquez Espinoza, y por sus más cercanos colaboradores en la comisión política del partido: Bautista van Schowen, Luciano Cruz, Andrés Pascal y Edgardo Enríquez, entre otros. En el ciclo 1967-1975, este diseño estratégico-táctico facilitó el crecimiento del MIR entre un amplio sector del movimiento de masas, en especial entre sus componentes más radicalizados: estudiantes, pobladores y campesinos mapuche. En un ciclo posterior (1976-1988), marcado por la muerte en combate de Miguel Enríquez (1974), el MIR precisó los contenidos estratégico-tácticos de su propuesta bajo la denominación de “Guerra Popular Prolongada”. No obstante, en ambos diseños, el recurso al pensamiento de Ernesto Che Guevara, y en particular la centralidad de la lucha armada en la conquista del poder, aparece sistemáticamente recurrido. En este artículo nos proponemos analizar las claves discursivas del pensamiento guevarista contenidos en el diseño estratégico-táctico del MIR chileno, para el período 1967-1988.

La Revolución Cubana y el surgimiento de la nueva izquierda en América Latina

Desde mediados de la década de 1940 América Latina experimentó una serie de cambios y readecuaciones. En el plano internacional, el debilitado vínculo con los países europeos terminó por desintegrarse, a la par que se fortaleció la relación de dependencia con EE.UU. En lo político, dicha dependencia se expresó en la adopción de una furibunda política anticomunista. Así, los acuerdos de la Conferencia de México (1945) establecieron la necesidad de crear un organismo regional que asumiera la resistencia frente a cualquier tipo de agresión internacional, lo cual derivó, en 1947 (Río de Janeiro), en la suscripción por parte de los estados latinoamericanos del Tratado Internacional de Asistencia Recíproca (TIAR) y en 1948 (Bogotá) en la creación de la Organización de Estados Americanos (OEA).[2] Por otra parte, a mediados de la década de 1950 ya se observaba con claridad el agotamiento del modelo de acumulación capitalista basado en la sustitución de importaciones, en cuanto no había logrado resolver las expectativas ni las demandas de la población, siendo también visible el agotamiento del populismo como modelo político.[3]

Junto a estos fenómenos es posible reconocer un movimiento demográfico de extraordinarias implicancias y proyecciones: los desplazamientos campo-ciudad. Desde la década de 1930 en adelante millones de latinoamericanos comenzaron a emigrar desde las áreas rurales hacia los centros urbanos, atraídos por las expectativas laborales que ofertaba la industrialización, por la mayor disposición de servicios (educacionales y sanitarios) que entregaban las ciudades y por las aparentes comodidades que sugería el novedoso equipamiento urbano. No obstante, a su arribo, los miles de emigrantes rurales sólo encontraban subempleo, vivienda precaria, exclusión y marginación.[4]

En este escenario irrumpió con fuerza la experiencia revolucionaria cubana. Efectivamente, la Revolución Cubana modificó de manera profunda la forma de hacer política de una parte importante de los sectores populares de América Latina.[5] Por una parte, fijó con exactitud a los enemigos de los sectores populares: la oligarquía criolla y el imperialismo norteamericano. Por otro lado, sugirió una estrategia política de conquista del poder: la lucha armada guerrillera. También reflexionó y revisó el problema de la vanguardia. En este punto sostuvo que el eje conductor del movimiento revolucionario era el Ejército Rebelde, compuesto mayoritariamente de campesinos (motor de la revolución), instancia, además, en la cual se probaban y legitimaban los revolucionarios. Pero también insistió en que la clase dirigente en los cambios revolucionarios continuaba siendo el proletariado. Estas orientaciones se vieron complementadas por una serie de aportes en el plano ético-político. Una de las más importantes contribuciones fue la noción de hombre nuevo, derivada de los cambios que el proceso revolucionario genera al interior de la sociedad y en los sujetos en particular. En el modelo guevarista la escala más alta en la formación del hombre nuevo se encuentra en el guerrillero y, en especial, en el guerrillero internacionalista, que es capaz de ofrecer su vida en la tarea de alcanzar la emancipación de los pueblos.[6]

En base a estos planteamientos y teniendo como principal referencia su ejemplo, la Revolución Cubana estimuló la creación de la denominada nueva izquierda o izquierda revolucionaria, que asumió aspectos importantes del modelo castro-guevarista, particularmente la estrategia de lucha armada. Esta nueva izquierda tuvo orígenes políticos disímiles. En algunos casos, provino de las filas del populismo (Acción Popular Revolucionaria Americana, Partido Socialista, Justicialismo), mientras que en otros fue el resultado de escisiones o fracturas al interior de los Partidos Comunistas tradicionales. Los nuevos referentes políticos que surgieron: Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, Ejército Revolucionario del Pueblo, Ejército de Liberación Nacional, MIR chileno y peruano, etc., se apoyaron, fundamentalmente, en movimientos sociales radicalizados, hasta ese momento excluidos o escasamente privilegiados por la izquierda tradicional, en especial, jóvenes, campesinos, pobladores y minorías étnicas.[7]

Las nuevas organizaciones, surgidas al calor del modelo y del ejemplo cubano, instaladas en el centro de la crisis del populismo y del desarrollismo y herederas de sus propias tradiciones de lucha, se orientaron, en una primera etapa, a la construcción y desarrollo del foco guerrillero.[8] Estas experiencias adquirieron mayor notoriedad durante el ciclo 1960-1967, en Venezuela, Perú y Bolivia; no obstante las guerrillas asentadas en estos países fueron derrotadas política y militarmente, de forma rápida y cruenta.

En el Cono Sur de América Latina, los movimientos insurgentes centraron su proceso de acumulación de fuerza en las áreas urbanas. La estrategia política adoptada (guerra popular), apuntaba a generar las condiciones objetivas y subjetivas que debían producir la insurrección de masas a nivel urbano y la toma del poder político. En este diseño, las guerrillas rurales operaban como base estratégica para el repliegue y la reorganización de los revolucionarios. No obstante, el núcleo fundamental del proceso de acumulación de fuerzas se encontraba en las grandes ciudades, en las cuales se concentraba la clase obrera. La clase obrera revolucionaria, organizada y conducida por el partido revolucionario, debía ponerse a la cabeza de las luchas populares. Para ello debía contar con el apoyo de células político-militares especializadas que golpearían los dispositivos políticos y militares fundamentales del enemigo. Este tipo de organizaciones, entre las cuales podemos reconocer al Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros de Uruguay (MLN-T, 1964), al Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP, 1965 y 1970) y a Montoneros (1970) de Argentina y al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR, 1965), de Chile, crecieron y se desarrollaron entre los emergentes movimientos sociales, juveniles, barriales, de mujeres e indígenas.[9]

Si bien todas estas organizaciones enfrentaron cruentos golpes militares que drenaron de manera importante sus filas de militantes, sus derroteros históricos fueron disímiles. Las organizaciones revolucionarios argentinas (PRT-ERP y Montoneros), fueron aniquiladas y no lograron recomponerse como fuerzas políticas. El MLN-T de Uruguay sufrió, también, duros golpes represivos que llevaron al grueso de su dirección a prisión. No obstante, con el inicio de la transición a la democracia (1985), Tupamaros se reinsertó en la vida política uruguaya transformándose en la principal fuerza política de la izquierda. El MIR chileno, por su parte, logró sortear, a un alto precio, la fase más dura de la represión, y se transformó en el motor del proceso de organización y desarrollo de la resistencia contra la dictadura. Por coyuntura histórica y por legado ideológico, el MIR chileno fue tributario de la Revolución Cubana. No obstante, su génesis también se encuentra vinculada a la configuración de la izquierda revolucionaria chilena, y ésta era heredera de múltiples acervos ideológicos. La eclosión del conjunto de estas tendencias nutrió tempranamente al MIR y dio origen a los conflictos internos que lo acompañaron en su etapa temprana.[10]

La Revolución Cubana y la formación del MIR chileno

Como se señaló en el apartado anterior, la intensificación de los enfrentamientos sociales durante la década de 1960 permitió visibilizar a nuevos actores político-sociales en el escenario latinoamericano. Se produjo una revalorización de los movimientos campesino, indígena, de pobladores y estudiantil; movimientos que, hasta ese momento, habían constituido categorías secundarias en la construcción del movimiento social revolucionario. Por otro lado, la visión escolástica del marxismo, predominante en las ciencias sociales y en las organizaciones políticas de la época, que reivindicaba exclusivamente al proletariado como clase revolucionaria, comenzaba a experimentar readecuaciones en los países de capitalismo periférico. Es más, en América Latina los protagonistas de las revoluciones del siglo XX, en México (1917), Bolivia (1952) y Cuba (1959), habían sido el campesinado y los indígenas.[11] Estos aspectos, propios de la composición social del mundo latinoamericano, se convirtieron en elementos centrales del análisis sobre las estrategias de poder y la fuerza social revolucionaria.

En este mismo período se produjeron profundos cambios en la sociedad chilena. Por una parte, se intensificó el proceso de migración campo-ciudad, lo cual favoreció la concentración de los grupos populares en los cordones periféricos de las grandes ciudades (poblaciones callampas), multiplicando a los denominados pobres urbanos. Chile, hasta esa época, había sido una sociedad eminentemente rural, pero desde mediados de la década de 1940 en adelante, comenzó a transformarse en una sociedad preferentemente urbana, en la cual los bolsones de pobreza constituidos en los intersticios de las grandes ciudades (Valparaíso- Viña del Mar, Concepción-Talcahuano y, sobre todo en las zonas sur y sur poniente de Santiago), precipitaron al escenario urbano a un nuevo actor social y político: el poblador.[12] Junto con ello se puede observar, durante este mismo período, un amplio y sostenido desarrollo del proceso de industrialización el cual permitió que se comenzara a articular en torno a los centros fabriles de las grandes ciudades un numeroso y cada vez más politizado movimiento obrero.

Por último, podemos reconocer que, desde comienzos de la década de 1950, se produjo un doble proceso de reagrupamiento y radicalización de la izquierda social y política. Las estrategias frente populistas que fueron las que identificaron el discurso y la práctica de la izquierda durante las décadas de 1930 y 1940, fueron abandonadas hacia 1948, cuando la administración de Gabriel González Videla desató una violenta ofensiva represiva contra el campo popular. La experiencia histórica de esa derrota dio origen a una reformulación, al interior de la izquierda, tanto de su plataforma programática como de su estrategia de poder. Efectivamente, ese rediseño fue el que permitió la constitución de la Central Única de Trabajadores (CUT, 1953) y, posteriormente, la constitución del Frente de Acción Popular (FRAP, 1956). Ambas organizaciones instalaron en el centro de sus propuestas el desarrollo de una estrategia clasista de conquista del poder.[13] Pero este punto de inflexión no significó necesariamente una readecuación de los lineamientos tácticos al interior de la izquierda. Por el contrario, el escenario político electoral continuó siendo el escenario priorizado por este conglomerado. No obstante, las discusiones en torno al problema de la conquista del poder provocaron, desde fines de la década de 1950, una serie de escisiones y expulsiones de militantes tanto en el Partido Comunista, como en el Partido Socialista.

Al calor de estas transformaciones, muchos de estos militantes revolucionarios encontraron en la Revolución Cubana las orientaciones que se encontraban buscando. Cabe señalar que en el caso del MIR chileno esta adscripción al ideario de la Revolución Cubana tuvo importantes matices. Es evidente que la filiación política y emocional con la Revolución y con sus principales exponentes, Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, fue siempre incondicional. De la misma manera el MIR, desde su fundación en 1965, proclamó su adhesión a la lucha armada como instrumento fundamental en la lucha por el poder. Pero la adscripción ideológica y, por ende, el diseño estratégico-táctico adoptado por el MIR tuvo importantes particularidades.

Un primer aspecto a tener en consideración es que el MIR fue el resultado de un largo y complejo proceso de unificación de muy diversas organizaciones y militantes revolucionarios. Uno de los primeros esfuerzos en ese sentido fue el liderado por el dirigente sindical Clotario Blest Riffo, que en 1961 fundó el Comité de Solidaridad con la Revolución Cubana, el cual favoreció la concurrencia de trotskistas, maoístas, cristianos revolucionarios y castristas. Al calor de esta experiencia unitaria y de los debates políticos que se precipitaron en su interior, estas organizaciones iniciaron el proceso de unidad política. A él concurrieron el Movimiento 3 de Noviembre, fundado por Clotario Blest en 1961; el Partido Obrero Revolucionario (1937), de orientación trotskista; los anarcosindicalistas dirigidos por Ernesto Miranda, afiliados en el Movimiento Libertario 7 de Julio (1957); y los viejos militantes comunistas dirigidos por Luis Reinoso, expulsados del Partido Comunista en 1949, y que a comienzos de la década de 1960 formaban parte del Movimiento de Resistencia Antiimperialista. El eje vertebrador de este proceso unitario fue la Vanguardia Revolucionaria Marxista (1963), compuesta mayoritariamente por ex militantes del Partido y de la Juventud Socialista, que para 1964 se había convertido en el principal referente revolucionario en Chile.[14] Hacia 1964, previo a la formación del MIR, esta organización apelaba a la formación de una nueva organización revolucionaria en Chile:

Decimos a los trabajadores de todo Chile y a nuestros compañeros de base del Partido Socialista, que seguimos fieles a la bandera marxista-leninista desplegada por nosotros en el interior del Partido y en las luchas callejeras y huelguistas.

Al romper públicamente con el Partido Socialista, nos sumamos a una vasta marea que lucha por restaurar la pureza revolucionaria del marxismo frente a la traición abierta del REVISIONISMO, adueñado de las directivas del Partido Socialista y del Partido Comunista.

Creemos que urge agrupar a todos los militantes socialistas y comunistas que buscan en Chile, bajo el común denominador del marxismo-leninismo y de una abierta lucha contra el revisionismo oportunista, la organización de una Vanguardia Revolucionaria Proletaria dispuesta a dirigir la Revolución chilena.[15]

Pero una vez fundado el nuevo referente, en agosto de 1965, los diferentes grupos que convergieron en su interior se enfrascaron en arduas disputas por las definiciones programáticas fundamentales y por la conducción de la organización. Efectivamente, en la fase de fundación de la organización, entre 1965 y 1967, predominaron al interior del MIR y en especial en su dirección, los militantes trotskistas provenientes del Partido Obrero Revolucionario (POR), que filiaban a la organización con las tradicionales tesis de Lenin sobre la insurrección obrera. Concordante con lo anterior, la nueva organización no reivindicó de forma explícita a la guerrilla como el instrumento de conducción del proceso revolucionario, marcando con ello un distanciamiento respecto del modelo cubano; sino que colocó en el centro de dicho proceso al partido revolucionario. Un documento del período fundacional señalaba al respecto:

El MIR se organiza para ser la vanguardia marxista-leninista de la clase obrera y capas oprimidas de Chile que buscan la emancipación nacional y social. El MIR se considera el auténtico heredero de las tradiciones revolucionarias chilenas y el continuador de la trayectoria socialista de Luis Emilio Recabarren, el líder del proletariado chileno. La finalidad del MIR es el derrocamiento del sistema capitalista y su reemplazo por un gobierno de obreros y campesinos, dirigidos por los órganos del poder proletario, cuya tarea será construir el socialismo y extinguir gradualmente el Estado hasta llegar a la sociedad sin clases. La destrucción del capitalismo implica un enfrentamiento revolucionario de las clases antagónicas.[16]

Los permanentes y agudos debates internos del ciclo 1965-1967 obstaculizaron el desarrollo del partido y su capacidad de vinculación con los diferentes actores sociales. Más allá de una débil inserción entre los trabajadores del carbón, entre pobladores de las áreas periféricas de Santiago y Concepción y en algunos centros de educación superior, el MIR carecía de vínculos estrechos con las masas y no contaba con una estructura de carácter nacional con capacidad de conducción sobre el movimiento popular. No obstante, la tendencia castro-guevarista liderada por Miguel Enríquez y compuesta, mayoritariamente, por estudiantes y egresados de la Universidad de Concepción, lograron tomar el control del partido en su Tercer Congreso Nacional (1967).[17] Esta nueva mayoría estableció nexos ideológicos más cercanos con la Revolución Cubana, pero no logró resolver la crisis política de arrastre que se venía manifestando desde 1965. Es por ello que, entre 1967 y 1969 el MIR, si bien experimentó un crecimiento relativo, en especial entre campesinos mapuche, continuó siendo una fuerza política pequeña, con escasa incidencia en la dinámica ascendente de la lucha política nacional. Esta situación se mantuvo de esa forma hasta 1969, cuando los cuadros ligados al trotskismo fueron expulsados del partido, lográndose, de esta manera, la homogeneidad política e ideológica en torno a la tendencia castro-guevarista.[18] Tras este proceso, los lineamientos generales de la teoría leninista sobre el Estado, el poder y la vanguardia política, se mantuvieron inalterables. No es extraño, por lo tanto, encontrar permanentes alusiones a los clásicos, Marx, Giap, Lenin y Trotsky, en los documentos del MIR.[19] En un documento de 1968 Baustista van Schowen, miembro de la comisión política del MIR, señalaba:

La dominación de la burguesía se basa en la violencia burguesa (el Estado)… la violencia para el explotado es un hecho diario, constatable fácilmente, presente diariamente en su vida es aquella violencia ejercida a través de la explotación, a través del trabajo que desarrolla el explotado en la infraestructura, en la base económica del régimen burgués… Una sociedad estructurada de esta forma, basada en una pugna de intereses, en una lucha de clases tendría, lógicamente un destino: el aplastamiento de la minoría y por ende, el triunfo de los intereses de la mayoría, la creación de una nueva sociedad que respondiera al sentir de los más.[20]

A partir de estos elementos los dirigentes castro-guevaristas del MIR fueron desarrollando sus planteamientos sobre la guerra popular. Un complejo teórico y político que se asumía como más viable para el escenario social y político del país. Se partía del principio leninista de la centralidad de la violencia política en la conquista y preservación del poder. Efectivamente, Lenin sostuvo que la liberación de las clases oprimidas sólo era posible mediante una revolución violenta que involucrara la destrucción del aparato del poder estatal, que había sido creado por la clase dominante, y su reemplazo por la dictadura del proletariado.[21] Estas orientaciones ya se encontraban contenidas en las tesis político-militares presentadas por Miguel Enríquez al congreso fundacional de 1965. En ese documento Enríquez sostuvo que sus planteamientos tenían como referentes a Clausewitz, Marx, Engels, Lenin y Trotsky, así como las experiencias de la Revolución Cubana y China y los procesos insurreccionales contemporáneos de Venezuela y Perú; mientras que el énfasis se encontraba puesto en el despliegue de la guerra popular, a partir de la formación de destacamentos guerrilleros rurales, que favorecían el cerco de la ciudad desde el campo.[22] Por otro lado, la divulgación de los contenidos y de la experiencia de la Revolución Cubana durante la década de 1960 le otorgó sentido y contenido al andamiaje teórico y político de los movimientos insurgentes.[23] Al respecto, un documento de julio de 1971 señalaba:

La Revolución Cubana es revolución, y la saludamos hoy aquí, porque golpeó implacablemente a los dueños del poder y la riqueza y porque puso ese poder y riqueza al servicio de los intereses de los trabajadores del campo y la ciudad. La Revolución Cubana, es revolución porque golpeó, denunció, destruyó y aplastó el poder norteamericano en Cuba. Es revolución porque comprendió que no se pueden hacer revoluciones hoy en el mundo sin entrar a enfrentar y combatir al imperialismo norteamericano.[24]

En su Declaración de Principios, elaborada en el mes de septiembre de 1965, el MIR enunciaba los fundamentos teóricos y políticos que guiaban su accionar. El MIR se visualizaba como la vanguardia marxista-leninista de la clase obrera y de las capas oprimidas de Chile, a la vez que se concebía como el heredero histórico de las tradiciones revolucionarias chilenas. En esta perspectiva la finalidad del MIR era derrocar el sistema capitalista y reemplazarlo por un gobierno de obreros y campesinos, dirigido por los órganos del poder proletario, fijándose como tarea la construcción del socialismo y la extinción gradual del Estado, hasta llegar a la sociedad sin clases. El MIR reconocía la existencia histórica de la lucha de clases y, de acuerdo con ello, asumía “el combate intransigente contra los explotadores”, rechazando todo intento de amortiguar esa lucha. Se planteaba, además, que el siglo XX era la etapa de agonía definitiva del sistema capitalista.[25]

En el mismo documento se sostenía que la burguesía chilena había demostrado su incapacidad para resolver las tareas democrático-burguesas: liberación nacional, reforma agraria, liquidación de los vestigios semifeudales, etc. Lo anterior ponía al descubierto la inexistencia de una ilusoria “burguesía progresista” y, por consiguiente, se rechazaba la teoría de la revolución por etapas y la política de colaboración de clases asumida por la izquierda tradicional chilena desde fines de la década de 1930. Más adelante, el MIR denunciaba las tácticas políticas utilizadas por la izquierda tradicional, en particular la lucha por reformar el sistema capitalista, el electoralismo, el abandono de la acción directa, la vía pacífica y parlamentaria al socialismo, etc. Para el MIR estos lineamientos confundían, defraudaban y desarmaban al proletariado. Frente a esta política, el MIR planteaba, como único camino para derrocar el régimen capitalista, la lucha armada. Un concepto político que era tributario de la Revolución Cubana. Precisamente, uno de las contribuciones teóricas y estratégicas más importantes del MIR al pensamiento revolucionario en Chile, fue la introducción de las formas armadas de lucha como estrategia de enfrentamiento con el Estado y las clases dominantes.[26]

El MIR y el ascenso de las luchas populares en Chile (1967-1973)

Tras el desarrollo del Tercer Congreso Ordinario del MIR (Santiago de Chile, diciembre de 1967), la conducción de la organización fue asumida por el sector castro-guevarista, liderado por Miguel Enríquez, Bautista Van Schowen, Luciano Cruz y Andrés Pascal. A partir de este momento se diseñó un nuevo modelo organizacional, articulado en torno a los denominados grupos político-militares, que eran estructuras orgánicas intermedias que articulaban bases de masas, operativas y de técnicas e infraestructura (redes de apoyo). En concordancia con lo anterior, la política de reclutamiento se hizo más rigurosa, aplicándose criterios de selectividad en la perspectiva de construir un partido de cuadros y, al mismo tiempo, se comenzó a desarrollar una política de acciones armadas (principalmente asaltos a instituciones financieras), que apuntaban a foguear a las unidades especiales y a desarrollar la estructura de aseguramientos. En el plano de masas se aprovechó la agudización experimentada por la lucha de clases en el período y la coyuntura electoral de 1970, que llevó al gobierno a Salvador Allende y a la coalición de centro-izquierda Unidad Popular (UP), para penetrar en los sectores más radicalizados del movimiento popular. El MIR entendía que el triunfo electoral de septiembre de 1970 se debía transformar en una oportunidad política para avanzar hacia la conquista efectiva del poder.

Sostenemos que la mayoría electoral de la izquierda o un gobierno de la UP son un excelente punto de partida para la lucha directa por la conquista del poder por los trabajadores, que incorporando nuevos contingentes de masas y bajo nuevas formas de lucha, con seguridad terminará en un enfrentamiento entre los explotadores nacionales y extranjeros por un lado y los trabajadores por el otro… Consecuentemente el MIR se propone apoyar esas medidas [Programa de la UP], empujar la realización de ese programa, buscar su radicalización en los frentes de masas, y hoy, como tarea fundamental y urgente, colocar sus esfuerzos en la defensa del triunfo electoral, frente a la maquinación de la derecha y el imperialismo.[27]

Lo anterior, a juicio de la dirección del MIR, no cuestionaba la centralidad estratégica de la lucha armada en la conquista del poder, pero sí obligaba a realizar ajustes tácticos a la estrategia del mirismo. Se partía del supuesto general de la capacidad y disposición a la resistencia manifestada por la burguesía chilena frente a las medidas anticapitalistas adoptadas por el gobierno de la UP. Ello ponía de relieve, a juicio del MIR, los alcances y radicalidad de la lucha de clases en el país. De acuerdo con esto, la guerra revolucionaria irregular y prolongada propuesta por el MIR entraba en una fase de acumulación de fuerzas que debía desembocar, inexorablemente, en el enfrentamiento armado entre los diferentes bloques en pugna. En ese sentido el escenario abierto por el triunfo electoral de la UP relevaba otros espacios de acumulación, como la acción directa (ocupaciones de fábricas, predios agrícolas y terrenos urbanos), la movilización de las masas en el espacio público (mítines y concentraciones) y la lucha callejera.[28]

En concordancia con estos planteamientos se articuló una línea de frentes intermedios (Frente de Trabajadores Revolucionarios, FTR; Movimiento Universitario de Izquierda, MUI; Frente de Estudiantes Revolucionarios, FER; Movimiento Campesino Revolucionario, MCR; y el Movimiento de Pobladores Revolucionarios, MPR), destinados a sistematizar las demandas populares y a conducir sus luchas.[29] En este plano se experimentó un crecimiento cualitativo entre los trabajadores textiles y del carbón, y en los sectores estudiantil, poblacional y de campesinos mapuche.[30] Al finalizar esta etapa el MIR había logrado decantar su estructura orgánica, conseguido implementar las tareas básicas contempladas en sus definiciones estratégicas (partido de cuadros y accionar armado) y consolidarse como organización en el plano nacional, con una influencia creciente entre los sectores más activos del movimiento de masas.

Durante todo el período de la UP, el MIR insistió en la inevitabilidad del enfrentamiento armado y, en consonancia con ello, se planteó la construcción de una fuerza social revolucionaria que fuera capaz de crear una nueva situación política y crear una nueva legalidad, como único camino para resolver el problema del poder. De esta manera, la consigna del “poder popular” adquirió una dimensión estratégica, en cuanto cristalizó como una manifestación paralela al Estado burgués, asentado en las organizaciones y fuerzas sociales autónomas del proletariado y el pueblo.[31]

Las elecciones parlamentarias desarrolladas en Chile en marzo de 1973 demostraron que la UP contaba con un respaldo del 44% del electorado. Con ello, la opción de la oposición (Democracia Cristiana y Partido Nacional), de precipitar la renuncia de Salvador Allende a la jefatura del Estado se vio obturada, ya que dicho procedimiento sólo era posible estando en posesión de 2/3 de la representación parlamentaria. Lo anterior acentuó la crisis política que se venía desarrollando desde agosto de 1972 y abrió el camino tanto a la asonada golpista, como a la ruptura revolucionaria. A ese efecto el MIR planteaba en mayo de 1973:

La tarea política fundamental planteada hoy, a la clase obrera y al pueblo, es pasar a una posición esencialmente ofensiva frente a la arremetida patronal en desarrollo. Es acumular la fuerza de masas necesarias para impedir o ganar la guerra civil, si los patrones o sectores reaccionarios deciden desatarla; para impedir la capitulación reformista frente al peligro de la guerra civil, y para conquistar posiciones decisivas en la lucha por la conquista del poder para la clase obrera y sus aliados, imponiendo un verdadero Gobierno de Trabajadores. Este proceso de acumulación de fuerzas persigue la constitución de un bloque social revolucionario, donde la clase obrera dirija socialmente a los pobres de la ciudad, del campo y a la pequeña burguesía, y reconozca como su conducción a una alianza política en la cual los revolucionarios y los sectores radicalizados de la izquierda sean predominantes.[32]

En este plano, las crisis de poder se debía resolver, necesariamente, a través del enfrentamiento armado, el cual se concebía, a comienzos de la década de 1970, como una “guerra revolucionaria irregular y prolongada”. En esta perspectiva la línea de construcción de la fuerza social revolucionaria apuntaba a ganar la conducción del movimiento de masas, para lo cual resultaba imprescindible insertarse en los frentes sociales e incentivar las formas rupturistas de lucha; construir una institucionalidad paralela, en la que el gobierno de la UP y sus políticas debían contribuir a radicalizar el proceso; desarrollar la fuerza militar propia, sobre la base de núcleos orgánicos especializados, masa armada y penetración en el aparato militar del Estado; y radicalizar las posiciones revolucionarias al interior de los partidos de la UP.[33]

Hacia 1973 el MIR, producto de su análisis de la situación política nacional y de la evaluación de sus rangos de inserción y conducción en y sobre el movimiento de masas, concluía que sólo existían dos caminos para el desarrollo de la lucha de clases en Chile: la capitulación reformista frente a las presiones de la burguesía (devolución de empresas tomadas y convocatoria a un plebiscito para dirimir el conflicto político) o la contraofensiva revolucionaria. Si esta última desencadenaba el golpe de Estado se creía que se contaba con la fuerza necesaria para aplastarlo.

Pese a la apreciación anterior la respuesta del movimiento de masas y del MIR al golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 no fue la esperada. El movimiento de masas desconcertado, golpeado y fragmentado permaneció en su mayor parte pasivo, atemorizado y no desarrolló resistencia; mientras que los sectores de vanguardia en los barrios industriales, en poblaciones y en algunas zonas rurales, que ocuparon sus frentes de lucha a la espera de conducción y armamento, fueron posteriormente desalojados y violentamente reprimidos.[34] En todo caso, el balance inmediato realizado por el MIR diagnosticaba que la estrategia que había fracasado en Chile era la del reformismo, no así la estrategia revolucionaria, la que si bien quedaba expuesta al reflujo y retroceso experimentado por la lucha popular, aparecía legitimada política y moralmente por cuanto se planteaba como única alternativa para retomar la conducción del proceso revolucionario en Chile.[35]

Sorteando el aniquilamiento (1973-1978)

En diciembre de 1973 el MIR estableció que el golpe militar había cerrado el período prerrevolucionario y abierto paso a un período contrarrevolucionario. Este se caracterizaba por el intento de la clase dominante de restaurar el sistema de dominación en crisis, resolviendo su crisis interna y aplastando al movimiento de masas. Para el MIR la columna vertebral del Estado (las Fuerzas Armadas), colocándose por encima de las fracciones de la clase dominante, habían resuelto por las armas la crisis política del Estado y se aprestaban a resolver la crisis de arrastre del sistema de dominación capitalista en Chile. En este nuevo período los aspectos más generales del programa original del MIR no sufrieron grandes alteraciones. Se insistía en la necesidad de la revolución proletaria para Chile, la que debía combinar simultáneamente las tareas democráticas y socialistas. El objetivo de la misma seguía siendo la destrucción del Estado burgués, del imperialismo y del conjunto de la gran burguesía nacional, agraria, financiera y comercial. Estas tareas debían ser llevadas a cabo por la clase obrera en alianza con los pobres del campo y la ciudad y con las capas bajas de la pequeña burguesía.

Por su parte, la línea estratégica, adecuándose al nuevo período, ponía más énfasis en el componente político-militar, específicamente en la guerra revolucionaria. La cual debía adquirir un carácter continental, al constituirse la Junta Coordinadora Revolucionaria (JCR), que agrupaba al MIR chileno, al MLN-Tupamaros de Uruguay, al PRT-ERP de Argentina y al ELN boliviano.[36] Para poder desarrollar esta línea de intervención estratégica era imprescindible abordar una serie de objetivos preliminares: Fortalecer y acerar el partido, reconstruir la fuerza social revolucionaria y dar origen al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) para, a partir de ello, derrocar a la dictadura y conquistar el poder. La experiencia más visible de esta nueva orientación estratégica del MIR fue el surgimiento y desarrollo de las Milicias de la Resistencia Popular (MRP), las que jugaron un rol importante durante todo el período de lucha contra la Dictadura. La resistencia era concebida como una plataforma de masas amplia, que superaba los márgenes estrechos de los partidos, y que escalaba gradualmente en el enfrentamiento contra la dictadura. En relación con ello un documento del MIR, de febrero de 1974, plantaba lo siguiente:

Es hoy una realidad la existencia de un ancho sector del pueblo, que sin identificarse con los partidos que gobernaron Chile en el pasado reciente, ni con sectores del PDC, ni con el MIR, crece cada vez más en magnitud y en oposición a la dictadura y progresivamente desarrollará su disposición a incorporarse a la lucha contra la dictadura gorila. No abrirles un cauce, o encarcelarlos en una sola posibilidad de incorporarse a los partidos políticos, será en la práctica marginarlos de la lucha. Para ello proponemos la constitución del movimiento de resistencia popular, al que puedan incorporarse todos los sectores del pueblo que sustenten su plataforma […] sean o no militantes de los partidos del frente, que en la base, en cada fábrica, fundo, población, liceo, universidad, oficina pública, etc., tome la forma de comité de resistencia popular […].[37]

La proyección de esta línea estratégica se vio interrumpida por el violento accionar represivo dirigido contra el MIR por los aparatos de seguridad del Estado, especialmente el Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea (SIFA) y la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA). Entre los años 1974 y 1975 miles de militantes y ayudistas del MIR fueron detenidos, torturados y muchos de ellos asesinados y sus cuerpos hechos desaparecer. Prácticamente toda la Comisión Política y parte importante del Comité Central del MIR fueron aniquilados, entre ellos el Secretario General del partido, Miguel Enríquez, muerto en combate el 5 de octubre de 1974. Un informe de la estación de la CIA en Chile, de octubre de 1974, destacaba al respecto:

Las fuerzas de seguridad del gobierno infligieron una severa derrota al extremista MIR la semana pasada. ME, líder del movimiento y número uno en la lista de los más buscados por el gobierno, murió en Santiago el 5 de octubre durante una combate armado entre las fuerzas de seguridad y el grupo […]. Casi la mitad del botín fue recuperado de la casa en la que murió Enríquez, junto con un arsenal de armas que incluían rifles y lanzacohetes de origen soviético […]. En cualquier caso, la muerte de Enríquez ha privado al grupo de su líder más capaz.[38]

Pero para el MIR, la muerte de su Secretario General era el resultado de la “lucha inclaudicable” que la organización había ofrecido a la dictadura desde el mismo 11 de septiembre de 1973 y, en consecuencia, se convertía en punto de referencia para las futuras luchas del pueblo chileno.

La muerte de nuestro camarada Secretario General, Miguel Enríquez, ha sido un duro golpe y una pérdida irrecuperable para nuestro partido, para la izquierda, la resistencia, la revolución chilena y para todos los revolucionarios […]. Nuestras banderas se levantan aún más alto para proclamar al mundo que la sangre de Miguel Enríquez corre hoy por las venas de todo un pueblo, acusando a asesinos y torturadores, emplazando a los vacilantes, galvanizando a los débiles, acicateando a los temerosos, acerando a los que luchan y combaten, inculcando a todos a seguir su ejemplo de consecuencia, inteligencia, valor y sacrificio revolucionario.[39]

La dirección de la Revolución Cubana no permaneció en silencio. Armando Hart, miembro del buró político del Partido Comunista de Cuba, en un discurso en homenaje a Miguel Enríquez, pronunciado en La Habana el 21 de octubre de 1974, señaló:

Cualquiera que sea nuestra opinión acerca de las formas en que se relacionaban con las otras fuerzas de izquierda, cualquiera que sea el criterio que tengamos con respecto a sus modos, lugares y momentos de emplear la violencia revolucionaria, estamos en el deber de subrayar ante nuestro pueblo, que el MIR estuvo en su nacimiento y desarrollo muy fuertemente influido y motivado por la Revolución Cubana. La primera actividad política de significación de Miguel Enríquez, está precisamente referida a las concentraciones populares que en defensa de Cuba organizara en la ciudad chilena de Concepción, cuando el ataque imperialista de Playa Girón. Y entonces sólo contaba diecisiete años de edad.[40]

Los golpes represivos recibido por el MIR redundaron en la desarticulación de la organización, lo que obligó a los cuadros sobrevivientes a readecuar la estructura orgánica y a redefinir sus lineamientos tácticos.[41] El núcleo fundamental de los cuadros sobrevivientes, que permanecieron en el interior del país, se aglutinaron en la “Base Madre Miguel Enríquez”, instancia orgánica compuesta por no más de 50 militantes que se dio a la tarea de reconstruir el instrumento partidario en las difíciles condiciones impuestas por el cerco represivo. Este reducido núcleo mirista intentó resolver el problema de la sobrevivencia fortaleciendo un aparato militar férreamente compartimentado; un destacamento de combate que centró su opción estratégica en el impulso y desarrollo de la política de resistencia popular. En ese sentido, se afianzaron las estructuras militares internas del partido (Estructura de Fuerza Central) y se impulsó las milicias de la resistencia popular, en torno a los sectores más radicalizados y activos del movimiento de masas: bolsas de cesantes, organizaciones vinculadas a la defensa de los derechos humanos, pobladores, campesinos mapuches y estudiantes.[42] La culminación de este proceso de reorganización orgánica y de rearticulación de vínculos con el movimiento de masas estuvo dada por el Plan 78 (Operación Retorno), iniciativa táctica que apuntaba a fortalecer la estructura militar del partido con la reinserción en el país de cuadros político-militares provenientes del exilio, especialmente desde Cuba. A partir de este contingente, se pretendía iniciar una fase ofensiva de accionar armado, realizando acciones de propaganda armada y golpeando objetivos militares estratégicos de la dictadura.[43]

Accionar ofensivo, crisis interna y dispersión orgánica (1979-1988)

El proceso inaugurado con la Operación Retorno en 1978, conllevó altos niveles de exigencia para la estructura partidaria al interior del frente interno (aseguramientos, encubrimientos, redes de apoyo, etc.) y un alto grado de compromiso para aquellos militantes que se encontraban en el exilio. En este último caso la exigencia era “retornar” al frente dejando atrás estudios, trabajos o familia. Muchos de quienes aceptaron la propuesta de retornar a Chile se encontraban exiliados en Europa o en América Latina. No obstante, para todos ellos, el retorno conllevaba una estadía en Cuba, de entre tres y cuatro meses, en las cuales recibían una instrucción básica en métodos de clandestinidad, manejo de armas y explosivos y formación política. El compromiso de la Revolución Cubana con el derrocamiento de la dictadura chilena y, por ende, con el apoyo a las organizaciones que la combatían, fue siempre explícito y decidido. A ese efecto, Armando Acosta, miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, señaló, en el acto de homenaje al 15º aniversario del MIR (1980), lo siguiente:

No podemos, en una ocasión como ésta, dejar de reafirmar nuestro compromiso de siempre de estar al lado, en la misma trinchera de nuestros hermanos que se enfrentan a una de las tiranías más sangrientas y despóticas que se recuerdan en la historia de la América Latina. Y nadie mejor que el Comandante en Jefe, Fidel Castro ha expresado ese espíritu internacionalista del pueblo cubano hacia Chile, cuando dijo: “Si un día fuimos capaces de arrancarnos el azúcar de nuestra cuota para dársela al pueblo chileno, estaremos dispuestos hasta arrancarnos el corazón por ayudar a la revolución chilena”.[44]

La estadía en Cuba, tanto para aquellos que pasaron por sus escuelas de instrucción, como para los que se habían asentado en la isla antes y después del golpe de Estado en Chile, conllevó evaluar los avances y límites de la Revolución Cubana, como la vigencia e incidencia del proceso político cubano en la futura revolución chilena. Cientos de militantes del MIR pasaron por las escuelas de formación de Pinar del Río y, muchos más se asentaron por estancias prolongadas en el barrio obrero de Alamar, en las proximidades de La Habana. Para todos ellos se trató de experiencias muy intensas, que no sólo relevaron los contenidos teóricos y políticos de la Revolución, sino que, además, pusieron en evidencia las formas de la vida cotidiana en la sociedad cubana.

Desde el momento de poner un pie arriba del avión hasta llegar a Cuba fue algo distinto, nuevo […] estaba la razón de conocer lo que tú querías hacer en tu propio país, la verdad de esa promesa que tú estás haciendo a los demás […]. Al llegar a Cuba fue como sentir que un sueño se hizo realidad […], nos abrieron la puerta de par en par y nos dijeron: “ésta es tu casa”. Allí nos recibió un encargado del Departamento América, del Comité Central del Partido Comunista de Cuba. Nos recibió como los familiares lejanos que vinieron a verlo.[45]

Una vez concluido el proceso de instrucción en Cuba el MIR organizaba el retorno al frente interno, proveyendo a sus militantes de documentación falsa, definiendo una ruta que encubriera la estadía en Cuba, entregando una leyenda que justificara la ausencia y retorno al país y los contactos necesarios para reinsertarse en la actividad del partido. Quienes hicieron este proceso suscribieron explícitamente un compromiso de retorno. Este documento establecía, entre sus principales acápites, lo siguiente:

Por medio del presente compromiso revolucionario, hago constar mi firme decisión de asumir los siguientes deberes: Respetar escrupulosa y constantemente las normas de seguridad, compartimentación y disciplina que se expresan en los reglamentos elaborados por el partido para el funcionamiento de las Escuelas de Instrucción Político-Militar. Trasladarme a Chile u a otro país que se me indique, en el momento que el Partido lo determine, siguiendo fielmente las instrucciones y órdenes que reciba para llevar a cabo esta operación. Luchar tenaz e incansablemente, a costa de mi vida si fuese necesario, para cumplir la línea política del Partido, las tareas que de ella se desprendan, y en particular, la misión que en el frente de lucha se me asigne.[46]

Los militantes, adscribiendo al ideal guevarista del hombre nuevo, se despojaban de sus bienes materiales, de sus familias, compromisos personales e incluso de sus identidades de origen, a fin de entregar al partido —y a través de él, al proceso revolucionario— su quehacer cotidiano e incluso, sus vidas. No obstante los esfuerzos desplegados por lo militantes del MIR en el frente interno, la Operación Retorno y la instalación de una columna guerrillera en la zona sur de Chile concluyó con un nuevo revés orgánico, al ser desarticulado el contingente guerrillero en la zona de Neltume (1981) y prácticamente aniquilada la Estructura de Fuerza Central (1982-1984). De esta manera, cuando se desencadenó la insurrección generalizada de los sectores populares en Chile, a partir de las protestas del año 1983, el destacamento militar del MIR —y con ello su principal contingente orgánico— ya se encontraba prácticamente desarticulado.

En este escenario, la postrer política de levantamientos populares, recogida de la experiencia centroamericana e implementada en los barrios populares de la periferia de la capital a partir de 1984, se convirtió en el último intento mirista por revertir, a partir de la incorporación a la lucha miliciana de cientos de jóvenes pobladores, el colapso definitivo de la estructura partidaria.[47] A pesar del importante nivel de inserción orgánica alcanzado por el MIR entre los sectores más radicalizados del movimiento urbano popular, éste no fue suficiente para recuperar la base de cuadros drenados por el accionar represivo de los organismos de seguridad. La gran paradoja fue que la representación social del MIR se incrementó de manera importante, en especial tras la apertura de algunos espacios para la representación pública del partido (en torno a las figuras de Rafael Maroto y Jeckar Neghme), pero dicha representación social no se tradujo mecánicamente en el fortalecimiento de la línea militar propia. Por el contrario, la misma, comenzó a ser duramente impugnada desde la comisión nacional de masas del partido, y constituyó el punto de partida para el quiebre definitivo de la organización.

Efectivamente, la crisis interna iniciada en 1984, como consecuencia del fracaso de la Operación Retorno y de la muerte o encarcelamiento de cientos de militantes, se cerró en julio de 1986 con la división del MIR en dos grupos que expresaban lineamientos estratégicos diferentes. La continuidad histórica de la estrategia de lucha armada, que se encuentra en la base del pensamiento mirista, quedó representada por la fracción dirigida por Andrés Pascal Allende, pero éste proyecto (al igual que aquel representado por el MIR renovado), colapsaron definitivamente a comienzos de la década de 1990, en el marco del agotamiento programático de la izquierda chilena, de la consolidación de la estrategia de transición negociada y de la liquidación del socialismo real representado por la URSS y los países de Europa del Este.[48]

 

  1. Este artículo forma parte del proyecto investigación FONDECYT 1171042.

  2. Tulio Halperin Donghi, Historia contemporánea de América Latina, Madrid, Alianza, 1981, pp. 371-377.

  3. Ibídem, pp. 437-538.

  4. Juan Carlos Elizaga, Migraciones a las áreas metropolitanas de América Latina, Santiago de Chile, CELADE, 1970.

  5. Cecilio García, Revolución Cubana: Historia, conflictos y desafíos, Concepción, Editorial Escaparate, 2012; Luis Pérez, “Cuba, c. 1930 1959”, en Leslie Bethell (ed.), Historia de América Latina. México y El Caribe desde 1930, Vol. 13, Barcelona, Crítica, 1998, pp. 151-182; y Jorge Domínguez, “Cuba, 1959-c. 1990”, en Leslie Bethell (ed.), op. cit., pp. 183-227.

  6. Ernesto Che Guevara, “El socialismo y el hombre en Cuba”, en Roberto Fernández (comp.), Ernesto Che Guevara: Obra revolucionaria, México, Editorial Era, 1969, pp. 627-639.

  7. Pablo Pozzi y Claudio Pérez (eds.), Por el camino del Che: Las guerrillas latinoamericanas, 1959-1990, Buenos Aires, RELAHO – IMAGOMUNDI, 2012 y Peter Waldmann, “La revolución nicaragüense: La antigua y la nueva guerrilla de América Latina”, Anuario de Estudios Centroamericanos, Vol.12, nº1, 1986, pp. 5-24.

  8. Regis Debray, “¿Revolución en la revolución?”, Documentos de Punto Final, nº25 (marzo) y nº26 (abril), 1967.

  9. Ver: Pablo Pozzi y Claudio Pérez, op. cit.; Inés Nercesián, La política en armas y las armas de la política: Brasil, Chile y Uruguay, 1950-1970, Buenos Aires, CLACSO, 2013; Eduardo Rey, La izquierda revolucionaria uruguaya, 1955-1973, Madrid, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 2005; Clara Aldrighi, La izquierda armada: Ideología, ética e identidad en el MLN-Tupamaros, Montevideo, Ediciones Trilce, 2001; Pablo Pozzi, Por las sendas argentinas: El PRT-ERP, la guerrilla marxista, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, 2001; Vera Carnovale, Los combatientes: Historia del PRT-ERP, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2011; y Julieta Bartoletti, Montoneros. De la movilización a la organización, Rosario, Laborde, 2011.

  10. La influencia del pensamiento latinoamericano en el MIR, su discusión y revisión interna, ha sido tratada recientemente por Ivette Lozoya, “Pensar la revolución: pensamiento latinoamericano e intelectuales en el MIR Chileno, 1965-1973. Propuesta teórica y metodológica para su estudio desde la historia intelectual y la historia de la violencia”, Revista de Humanidades, nº 27, pp. 173-197.

  11. Guillermo de la Peña, “Las movilizaciones rurales en América Latina desde c. 1920”, en Leslie Bethell (ed.), Historia de América Latina. Política y sociedad desde 1930, Vol. 12, Barcelona, Crítica, 1997, pp. 193-280 y Ernest Feder, Violencia y despojo del campesino: Latifundismo y explotación, Siglo XXI Editores, México, 1978, pp. 173-262.

  12. Mario Garcés, Tomando su sitio. El movimiento de pobladores de Santiago, 1957-1970, Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2002.

  13. Mario Garcés y Pedro Milos, FOCH, CTCH, CUT. Las centrales unitarias en la historia del sindicalismo chileno, Santiago de Chile, ECO, 1988, pp. 100-103 y Jorge Barría, Historia de la CUT, Santiago de Chile, Prensa Latinoamericana, 1971, pp. 37-84.

  14. Eugenia Palieraki, ¡La revolución ya viene! El MIR chileno en los años sesenta, Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2014, pp. 10-95; Marco Álvarez, La constituyente revolucionaria. Historia de la fundación del MIR chileno, Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2015, pp. 55-68; e Igor Goicovic, Trabajadores al poder. El MIR y el proyecto revolucionario en Chile, 1965-1994, Concepción, Ediciones Escaparate, 2016, pp. 107-114.

  15. Vanguardia Revolucionaria Marxista, Insurrección socialista, Santiago de Chile, 1964, p. 3.

  16. MIR, Declaración de principios, Santiago de Chile, 1965, p. 2.

  17. La tendencia castro-guevarista conquistó 10 de los 15 cargos del Comité Central, los 5 cargos del Secretariado Nacional y Miguel Enríquez fue elegido Secretario General del partido. Ver: Luis Vitale, Contribución a la historia del MIR (1965-1970), Santiago de Chile, Ediciones del Instituto de Investigación de Movimientos Sociales Pedro Vuskovic, 1999, pp. 17-25.

  18. MIR, “Algunos antecedentes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), marzo de 1970”, en Cecilia Radrigán y Miriam Ortega (comps.), Miguel Enríquez: Con vista a la esperanza, Santiago de Chile, Ediciones Escaparate, 1998, p. 67.

  19. Igor Goicovic, op. cit., pp. 89-106.

  20. Bautista Van Schowen, “Estrategia insurreccional, 1968”, en Martín Hernández, El pensamiento revolucionario de Bautista van Schowen, 1943-1973, Concepción, Ediciones Escaparate, 2004, pp. 99-100.

  21. Lenin, El Estado y la revolución, Pekín, Ediciones en Lenguas Extranjeras, [1918], 1975.

  22. MIR, “Tesis político-militar, 1965”, en Marco Alvarez, La constituyente revolucionaria. Historia de la fundación del MIR chileno, Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2015, pp. 145-156.

  23. Los debates políticos e intelectuales sobre la revolución encontraron en la revista cubana Pensamiento Crítico (1967-1971), una de las tribunas privilegiadas para su desarrollo y divulgación. En Chile, la revista Punto Final (1965-1973) y posteriormente la revista Chile Hoy (1972-1973), reprodujeron parte importante de esas discusiones o los escritos de sus protagonistas. Por otro lado, el texto de Lenin, El Estado y la revolución (1918) y los trabajos de Ernesto “Che” Guevara, Guerra de guerrillas (1960) y el Diario del Che en Bolivia (1967), formaron parte de acervo básico de los militantes revolucionarios latinoamericanos.

  24. Miguel Enríquez, “Hay que crear una nueva legalidad”, Punto Final, nº 136, Santiago de Chile, 1971, p. 30.

  25. MIR, Declaración de principios, Santiago de Chile, 1955, p. 2.

  26. Luis Cerda e Ignacio Torres, “La visión estratégica del Che y Miguel sobre la revolución latinoamericana”, en Pedro Naranjo (coord.), Miguel Enríquez. Páginas de historia y lucha, Estocolmo, Centro de Estudios Miguel Enríquez (CEME), 1999, pp. 36-43 y Hernán Vidal, Presencia del MIR. 14 claves existenciales, Mosquito Editores, Santiago de Chile, 1999.

  27. MIR, “Declaración pública: El MIR a los obreros, campesinos, pobladores, estudiantes y soldados, septiembre de 1970”, en Cecilia Radrigán y Miriam Ortega op. cit., p. 44.

  28. MIR, “El MIR y el resultado electoral, octubre de 1970”, Punto Final, nº 115, 1970. Este planteamiento llevó al MIR a criticar las acciones armadas de la Vanguardia Organizada del Pueblo (VOP); grupo de ultraizquierda que en junio de 1971 asesinó al ex ministro del interior de Eduardo Frei Montalva, el demócrata cristiano, Edmundo Pérez Zujovic. Ver: “Declaración pública: El MIR a los obreros, estudiantes y soldados, 16 de junio de 1971”, en Cecilia Radrigán y Miriam Ortega, op. cit., p. 73.

  29. MIR, “Algunos antecedentes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), marzo de 1970”, en Cecilia Radrigán y Miriam Ortega op. cit., p. 70 y Pedro Naranjo, NARANJO, Pedro, “Semblanza biográfica y política de Miguel Enríquez”, en Pedro Naranjo, op. cit., p. 14.

  30. MIR, “Informe al comité central sobre las conversaciones del MIR y la UP, mayo de 1972”, en Cecilia Radrigán y Miriam Ortega, op. cit., p. 140.

  31. Marco Antonio Gramegna, y Gloria Rojas, “La izquierda revolucionaria en la lucha política e ideológica actual”, Marxismo y Revolución, nº 1, 1973, p. 144 y Hugo Cancino, Chile: la problemática del poder popular en el proceso de la vía chilena al socialismo, 1970-1973, Aarhus, Aarhus University Press, 1988, pp. 321-430.

  32. MIR, “Resoluciones sobre la situación política nacional, mayo de 1973”, en Cecilia Radrigán y Miriam Ortega, op. cit., pp. 256-257.

  33. Ibídem, pp. 253-257.

  34. Ignacio Vidaurrázaga, Martes once: La primera resistencia, Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2013.

  35. MIR, “La táctica del MIR en el actual período, diciembre de 1973”, en Cecilia Radrigán y Miriam Ortega, op. cit., pp. 293-328.

  36. Aldo Marchesi, “Geografías de la protesta armada: Nueva izquierda y latinoamericanismo en el cono sur. El ejemplo de la Junta de Coordinación Revolucionaria”, Sociohistórica, nº25, 2009, pp. 41-72.

  37. MIR, Pauta opinión MIR para unir fuerzas políticas dispuestas a impulsar lucha contra la dictadura fascista, Santiago de Chile, 17 de febrero de 1974, p. 2

  38. CIA, “Chile: Extremists lose leader”, Santiago de Chile, 11 October 1974.

  39. MIR, “Editorial”, El Rebelde, nº 102, diciembre de 1974, p. 2.

  40. Armando Hart, “Discurso de Armando Hart Dávalos en homenaje a Miguel Enríquez”, La Habana, 21 de octubre de 1974. Disponible en: (http://www.cedema.org/ver.php?id=2859).

  41. La recopilación de documentos históricos del MIR, realizada por Cecilia Radrigán y Miriam Ortega (op. cit., pp. 415-427), estableció que 448 militantes de dicha organización fueron asesinados, hechos desparecer o murieron en enfrentamientos armados, entre septiembre de 1973 y marzo de 1990. La revisión pormenorizada del Informe Rettig (1991), nos entrega la cifra de 465 miristas asesinados. Ver, Raúl Rettig (coord.), Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, Santiago de Chile, Corporación Nacional de Reparación y Reconciliación, [1991], 1996.

  42. MIR, Documento Central. Conferencia Nacional Extraordinaria, Santiago de Chile, noviembre de 1990.

  43. Andrés Pascal, “Neltume es un paso. El objetivo: La guerrilla permanente en los campos”, entrevista al Secretario General del MIR, Andrés Pascal Allende, Punto Final (en la clandestinidad), s/n, Santiago de Chile, 1981.

  44. MIR, “Discurso del compañero Armando Acosta, miembro del comité central del Partido Comunista de Cuba, en el acto de conmemoración del XV aniversario del Movimiento de Izquierda Revolucionaria–MIR- Chile”, Chile Documentación, La Habana, octubre de1980, p. 30.

  45. Testimonio de Aníbal citado en Igor Goicovic, “Militancia revolucionaria y construcción de identidad. El caso de Aníbal y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria MIR (Chile)”, en Gerardo Necochea y Antonio Torres (comps.), Caminos de historia y memoria en América Latina, San Martín, RELAHO – Imago Mundi, 2011, p. 72

  46. MIR, Compromiso, La Habana, 1979.

  47. Ver: Robinson Silva, Resistentes y clandestinos. La violencia política del MIR en la Dictadura profunda, 1978-1982, Concepción, Ediciones Escaparate, 2011 y José Antonio Palma, El MIR y su opción por la guerra popular. Estrategia político-militar y experiencia militante, 1982-1990, Concepción, Ediciones Escaparate, 2012.

  48. Patricio Rivas, “Miguel Enríquez y la crisis de la conciencia efímera”, en Pedro Naranjo, op. cit., p. 52.

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