Dossier Guevarismo en América Latina

El legado guevarista en la izquierda
armada argentina:
foquismo y ética sacrificial

Vera Carnovale
CONICET – CeDInCI/UNSAM

Resumen
El presente texto se centra en la doble dimensión —política y moral— que asumió el legado guevarista en la guerrilla marxista argentina de los años setenta. A tal fin, comienza atendiendo al impacto experimentado por el marxismo latinoamericano tras el triunfo de la Revolución Cubana —principalmente en lo referido a la caracterización de la revolución, por un lado, y al papel y modalidad de la lucha armada, por otro— puesto que es en ese escenario donde se inscribe la experiencia de la izquierda armada argentina. A partir de allí, analiza la historia y las características del Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del pueblo (PRT-ERP), a la luz de aquella doble dimensión del legado guevarista. De ahí que atienda tanto a la modalidad y los sentidos específicos que asumió el foquismo en materia de línea política de la organización, como a aquellos valores ético-morales que moldearon la identidad partidaria y de los cuales emanaron mandatos colectivos irrenunciables que determinaron el accionar de la organización.

Palabras clave
Guevarismo; Foquismo; Ética sacrificial; Guerra revolucionaria.

Abstract
The present text focuses on the double dimension —political and moral— that the Guevarist legacy assumed in the Argentine Marxist guerrilla movement of the 1970s. To this end, it begins with the impact experienced by Latin American Marxism after the triumph of the Cuban Revolution —principally with regard to the characterization of the revolution, on the one hand, and the role and modality of the armed struggle, on the other— that is in that scenario where the experience of the Argentine armed left is inscribed. From there, it analyzes the history and characteristics of the Workers› Revolutionary Party-Revolutionary People›s Army [PRT-ERP], in light of a double dimension of the Guevarist legacy. Hence, it addresses both the modality and the specific senses assumed by the foquism in terms of the political line of the organization, as well as those ethico-moral values ​​that shaped the party›s identity and from which emanated unrenounceable collective mandates that determined the actions of the organization.

Key words
Guevarism; Foquism; Sacrificial ethic; Revolutionary war.

1. El impacto de la Revolución Cubana en las izquierdas marxistas latinoamericanas

Desde mediados de la década de los treinta y hasta la Revolución Cubana, el marxismo latinoamericano estuvo caracterizado por la preeminencia de partidos comunistas alineados con la dirección soviética. Una de las características de esta corriente fue su adhesión a la teoría de la revolución por etapas. Ésta se alimentaba de un esquema evolucionista de los sucesivos modos de producción, tal como fuera codificado por Stalin en 1936, según el cual el comunismo primitivo, las sociedades esclavista, feudal, capitalista y socialista constituyen etapas sucesivas e ineludibles en la historia

de los pueblos. En consecuencia, la teoría de la revolución por etapas sostenía que los países en los cuales el capitalismo convivía con relaciones feudales o semifeudales de producción —tal era el caso, según se postulaba, de América Latina— necesitaban, antes de alcanzar la meta final del socialismo, atravesar una etapa previa, correspondiente a una transformación de tipo nacional-democrática (antiimperialista y antifeudal). A tal fin, desde el punto de vista programático, esta corriente impulsaba un esquema de alianzas políticas que expresara el “bloque de las cuatro clases” motoras de ese primer cambio: proletariado, campesinado, pequeña burguesía y burguesía nacional. De este modo, la construcción del socialismo para el continente quedaba relegada a una etapa futura mediata. En este marco, la Revolución Cubana no podía menos que poner en jaque esta teoría ya que, como señala Michael Löwy, mostraba la posibilidad objetiva de una revolución que combinara tareas democráticas y socialistas en un proceso revolucionario ininterrumpido.[1]

Así, uno de los rasgos principales de las nuevas izquierdas latinoamericanas configuradas bajo el impulso del ejemplo cubano fue una caracterización de la revolución distinta de la sostenida por el comunismo desde mediados de la década de los treinta: ahora, la revolución en América Latina debía ser antiimperialista y socialista a la vez. Y, en consecuencia, esta caracterización determinaba un esquema de alianzas en el que era secundario —cuando no nulo— el rol reservado a las burguesías nacionales. Éstas estaban, se entendía, atadas irremediablemente al poder del imperialismo. En palabras

del Che Guevara: “Las burguesías autóctonas han perdido toda su capacidad de oposición al imperialismo —si alguna vez la tuvieron— y sólo forman su furgón de cola. No hay más cambios que hacer; o revolución socialista o caricatura de revolución”.[2]

Simultáneamente, la gesta cubana actualizaba con carácter de urgencia un viejo debate ineludiblemente ligado al de la toma del poder desde los primeros impulsos revolucionarios inspirados en el ideario marxista: el de la lucha armada. El triunfo del Ejército Rebelde y, más aún, la retórica de los líderes de la revolución, parecían indicar que, con independencia de las condiciones objetivas y subjetivas (tan ampliamente discutidas en el universo marxista), la acción decidida de un grupo de hombres armados podía garantizar el triunfo revolucionario. Los puntos nodales de la naciente “teoría del foco” serían: a) un ejército popular puede triunfar sobre un ejército profesional; b) no hay que esperar a que estén dadas todas las condiciones puesto que las subjetivas pueden ser creadas; c) la guerrilla debe ser rural.

Dicha teoría, elaborada primero por el propio Guevara y popularizada luego por el periodista francés Régis Debray, en su célebre texto ¿Revolución en la revolución? (1966), fue objeto de interminables debates en el continente. Los postulados del foquismo quedaron plasmados en varios textos de Guevara, en especial en La guerra de guerrillas (1960) y Guerra de guerrillas: un método (1963).

Haciéndose eco de las polémicas del momento en torno a la pertinencia y posibilidad de replicar la gesta cubana en otras partes del continente, Guevara se preguntaba si el método de la guerra de guerrillas era una fórmula única para la toma del poder en todo el continente, si era sólo una fórmula predominante, o bien una más entre tantas otras. Se trataba, en verdad, de preguntas retóricas: de inmediato se advertía que la guerra de guerrillas era la vía correcta para el continente y que existían argumentos centrales que determinaban “la acción guerrillera en América como eje central de la lucha”.[3] Uno de los argumentos más destacados se orientaba a desplazar la dirección del proceso revolucionario del partido hacia el foco guerrillero: este debía ser la dirección única, política y militar a la vez, de aquel proceso. El ejército opresor apelaría a toda su capacidad operativa para aplastar a las fuerzas populares; sería un combate cruento y prolongado, en el cual los militantes y dirigentes revolucionarios de las ciudades estarían siempre expuestos al ataque de fuerzas superiores, carecerían de capacidad de defensa y maniobrabilidad. En cambio, el núcleo guerrillero, asentado en terrenos favorables a la lucha, garantiza la seguridad y permanencia del mando revolucionario. Las fuerzas urbanas, dirigidas desde el estado mayor del ejército del pueblo, pueden realizar acciones de incalculable importancia. La eventual destrucción de estos grupos no haría morir el alma de la revolución, su jefatura, desde la fortaleza rural, seguiría

catalizando el espíritu revolucionario de las masas.

Guevara no dejaba de advertir que pretender realizar este tipo de guerra sin el apoyo de la población era “el preludio de un desastre inevitable”. La guerrilla, en tanto vanguardia combativa del pueblo, debía contar con la adhesión de las masas campesinas y obreras de la zona en la que actuara. Sin esas premisas —insistía— no podía admitirse la guerra de guerrillas. No obstante la advertencia, cabe señalar que, en los escritos de Guevara, ese apoyo podía conquistarse a través del ejemplo de la conducta guerrillera en la zona, lo cual volvía a situar en la acción del guerrillero el impulso motor del proceso revolucionario. “Político-militar es la lucha, así hay que desarrollarla y así hay que entenderla.”[4] Por lo demás, el guevarismo planteaba la necesidad de una revolución en constante profundización y esa profundización no podía concebirse en el limitado espacio de las fronteras interiores de cada país: la guerra revolucionaria por el socialismo era, desde el comienzo, una guerra antiimperialista y, en consecuencia, se desarrollaba a escala continental —cuando no mundial.

La lucha será a muerte entre todas las fuerzas populares y todas las fuerzas de represión […]. A la unión de las fuerzas represivas debe contestarse con la unión de las fuerzas populares. En todos los países donde la opresión llegue a niveles insostenibles, debe alzarse la bandera de la rebelión, y esta bandera tendrá, por necesidad histórica, caracteres continentales. La cordillera de los Andes está llamada a ser la Sierra Maestra de América, como dijera Fidel, y todos los inmensos territorios que abarca este continente están llamados a ser escenarios de la lucha a muerte contra el poder imperialista.[5]

La fuerza creadora que Guevara le atribuía al foco se extendía a escala continental: la iniciación de la guerra revolucionaria en un país contribuía a crear nuevas condiciones en los países vecinos. Así, el impulso armado revolucionario se desperdigaría por el continente entero, hasta la derrota inexorable y final del imperialismo.

Los primeros años de la década de los sesenta parecían corresponderse con los postulados guevarianos, cuando América Latina fue escenario de un salpicado florecer de guerrillas, en su mayoría, rurales.[6]

2. El guevarismo en Argentina en su dimensión política (el caso del PRT-ERP)

Los contactos entre la izquierda argentina y la Revolución Cubana se remontan a los primeros meses de la Revolución cuando periodistas, escritores, intelectuales en general y políticos comienzan a visitar la isla para observar de cerca el flamante proceso revolucionario, cuyo prestigio no haría más que acrecentarse hasta irradiar con la fuerza de un faro. En apenas dos años Cuba comenzaría a recibir los primeros contingentes de argentinos de distintas tradiciones políticas que, organizados por John William Cook, fundador y referente del peronismo revolucionario, arribaban a la isla para recibir allí entrenamiento militar —y cuyos posteriores recorridos personales culminarían en distintas organizaciones de la izquierda armada.

Paralelamente, bajo el aliento personal del Che y la participación de Ciro Bustos, Jorge Masetti (“Comandante Segundo”) impulsaba la conformación del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) y comenzaba los preparativos para instalar un foco en la provincia norteña de Salta, limítrofe con Bolivia, que oficiaría de base de apoyo local al que instalaría el Che (“Comandante Primero”) en el país vecino. El foco se instaló finalmente en la zona de Orán, hacia septiembre de 1963, y en menos de un año fue desarticulado por completo sin un solo enfrentamiento: varios guerrilleros fueron sorprendidos y detenidos por Gendarmería en dos episodios separados por menos de dos meses, otros murieron de hambre o de heridas accidentales en expediciones en busca de alimentos, dos fueron fusilados por sus propios compañeros, y Masetti, líder del grupo, se internó en la selva y desapareció allí para siempre.

Aunque el EGP había contado con una amplia red de apoyo que se extendía por los puntos neurálgicos del país, lo cierto es que habrá que esperar al Cordobazo para asistir, ahora sí, a un verdadero florecer de guerrillas de inspiración guevarista, esta vez, urbanas.

Así se dieron a conocer: un efímero Ejército de Liberación Nacional (ELN); las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR); los Comandos Populares de Liberación (CPL); las Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL), conformadas por 4 columnas independientes bautizadas “Che”, “22 de agosto”, “América en Armas”, “Inti Peredo”; y el Ejército Revolucionario del Pueblo fundado por el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT-ERP).[7] De todas estas organizaciones inspiradas en el aliento guevarista, habría de ser el PRT-ERP la más importante y la de mayor actividad militar en los años setenta.

Sus orígenes se remontan a 1965, año fundacional del PRT. La fundación del nuevo parrido expresaba la confluencia entre el Frente Revolucionario Indoamericanista Popular (FRIP), movimiento conformado en Santiago del Estero y liderado por Mario Roberto Santucho (1936-1976), y Palabra Obrera, agrupación trotskista liderada por Nahuel Moreno (seudónimo de Hugo Bressano, 1924-1987). Ambas organizaciones se habían planteado la construcción de un partido de vanguardia que liderara la revolución socialista en la Argentina. Sin embargo, pronto comenzarían las disputas internas y éstas estarían directamente vinculadas con la oportunidad del lanzamiento de la lucha armada en el país.

En ese contexto de incipiente crisis interna, entre el 31 de julio y el 10 de agosto de 1967 tuvo lugar en La Habana la primera reunión de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). El PRT había pedido su incorporación formal al Comité Nacional

Organizador en junio de ese mismo año y, aunque su pedido no tuvo éxito, apoyó enfáticamente al nuevo organismo. El evento se realizaba luego de las fuertes críticas de Fidel Castro al Partido Comunista Venezolano por haber retirado su apoyo a las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional. El hecho fue interpretado por el PRT como una lucha de la dirección cubana contra el burocratismo que, sumada al llamamiento de Guevara para conformar una Internacional Latinoamericana,

favorecen un cambio de perspectivas hacia la estructuración de una dirección revolucionaria a escala americana […]. De ahí que, partiendo de que “el deber de todo revolucionario es hacer la revolución”, no podemos menos que solidarizarnos total y absolutamente con la Primera Conferencia de la OLAS.[8]


Realizada la conferencia, la OLAS daba a conocer una proclama en la cual sostenía que

la lucha armada constituye la línea fundamental de la Revolución en América Latina; que las demás formas de lucha deben servir y no retrasar el desarrollo de la línea fundamental, que es la lucha armada; que para la mayoría de los países del continente, el problema de organizar, iniciar, desarrollar y culminar la lucha armada constituye hoy la tarea inmediata y fundamental del movimiento revolucionario […]; que la guerrilla —como embrión de los ejércitos de liberación— constituye el método más eficaz para iniciar y desarrollar la lucha revolucionaria.[9]


¿Qué significaba el apoyo del PRT a la OLAS? Para la corriente encolumnada tras Santucho, la proclama del nuevo organismo latinoamericano no hacía más que ratificar la pertinencia del lanzamiento de la guerrilla en la Argentina. Para el morenismo, en cambio, significaba que el PRT debía formar “un aparato técnico rígidamente disciplinado a la OLAS para las tareas técnicas que la OLAS le ordene”.[10] Esas tareas, se entendía (o esperaba), girarían en torno a la participación activa en la “guerra civil continental” que el castrismo comenzaba a liderar, más precisamente en la incipiente guerrilla dirigida por el Che Guevara en Bolivia.[11]

La muerte del Che no conmovió las certezas de santuchistas ni de morenistas. Para los primeros, había llegado el momento de “seguir su ejemplo y recoger su fusil”, y emprender la guerrilla en la Argentina. Para los segundos, el postulado retroceso del movimiento obrero en el país tornaba impertinente el lanzamiento de una guerrilla ofensiva; la urgencia de la hora era, en el contexto de la “guerra civil continental”, solidarizarse política y organizativamente con los movimientos armados latinoamericanos y, en especial, con Bolivia. Apenas unos meses más tarde, a comienzos de 1968 sobrevino la escisión: en vísperas de la realización de su IV Congreso, un grupo aproximado de cien militantes identificados con Nahuel Moreno abandonó el partido y constituyó el PRT-La Verdad.[12] Por su parte, los militantes identificados con las posturas de Mario R. Santucho asumieron el nombre de PRT-El Combatiente (en adelante PRT), denominación del nuevo periódico del grupo y alusiva a la decisión de iniciar en lo inmediato la lucha armada en la Argentina.

Desde las páginas de El Combatiente se explicaba, que a lo largo de 1967 el PRT había vivido internamente un “proceso de asimilación” de los aportes del castrismo, “dirección auténticamente revolucionaria”. Esa asimilación fue denominada por Santucho “revolución ideológica”, y se había manifestado en el planteo interno de una serie de preguntas que el IV Congreso estaba destinado a responder: ¿Cuáles eran los aportes del castrismo a la teoría de la revolución? ¿Qué estrategia de poder reclamaban las nuevas condiciones históricas para los partidos y direcciones que se decían revolucionarios? ¿Qué significados tenían los planteos castristas y guevaristas sobre la necesidad de preparar a la clase y su vanguardia para la lucha armada? Las respuestas a estas preguntas quedaron enfáticamente plasmadas en el famoso “Libro Rojo”, escrito con vistas a la celebración del IV Congreso partidario. El “Libro Rojo” se titulaba, en realidad, El único camino hacia el poder obrero y el socialismo, y constituye un texto fundamental de la organización —si no el más importante— puesto que allí quedaron expresos los principales lineamientos teóricos que definirían el accionar partidario hasta su derrota definitiva en 1977.

El más relevante de aquellos lineamientos fue el abandono explícito de la estrategia insurreccionalista y la adopción, en su lugar, del modelo de guerra popular prolongada.

En efecto, el capítulo 2 (“¿Tenía nuestro Partido una estrategia de poder?”) estaba dedicado, casi en su totalidad, a cuestionar el modelo de la huelga general insurreccional sostenido hasta ese entonces y considerado, ahora, como “el canto más alto que se ha entonado al espontaneísmo”.[13] Una estrategia de poder correcta —se explicaba— no podía tener como referencia histórica la experiencia de la Revolución Rusa, porque aquella experiencia había tenido una característica específica que había posibilitado el triunfo de la insurrección: el ejército zarista estaba combatiendo en el frente en una “guerra injusta” y se encontraba, por tanto, “en plena descomposición”. En contraste, decenas de otras insurrecciones urbanas habían sido aplastadas debido a la debilidad relativa de la población insurreccionada “frente a un sólido ejército burgués o frente a la intervención imperialista”.[14] En consecuencia urgía, como tarea imprescindible e impostergable, la construcción de una fuerza militar que, en su gradual crecimiento, fuera capaz de enfrentarse al ejército burgués y, eventualmente, a una invasión imperialista. A partir de allí se evocará, en principio los “aportes teóricos y programáticos” de las revoluciones triunfantes china y cubana, a saber: a) que no hay otro camino para la toma del poder que la lucha armada, b) que la lucha armada no se inicia como corolario de una insurrección popular triunfante, sino que puede comenzar como reacción defensiva de las masas y de su vanguardia, en circunstancias del más pronunciado retroceso, c) que la construcción del ejército revolucionario, sin el cual es hoy día imposible la toma del poder, es una tarea a realizar en el campo, en zonas sociales y geográficas favorables, yendo de lo pequeño a lo grande, de lo débil a lo fuerte.

Las formulaciones tomadas del maoísmo formarían perfecta familia con aquellas emanadas del guevarismo: ambas corrientes postulaban que la revolución asumiría la forma de guerra prolongada (y “cruel”, en palabras de Guevara); en consecuencia, las huestes revolucionarias debían prepararse militarmente para esa guerra, y esa preparación exigía la construcción de un ejército revolucionario que se iría templando en el propio transcurso de la guerra, en “mil batallas tácticas”. Por añadidura, el “castrismo-guevarismo, dirección auténticamente revolucionaria”, al identificar al imperialismo como sistema mundial, ofrecía la alternativa de inscribir la lucha revolucionaria local en una estrategia regional y continental, al tiempo que destacaba a los países del Tercer Mundo como escenario privilegiado de los cambios venideros.

Restaba resolver la forma orgánica que asumirá la actividad política y militar. Si, por un lado, una de las máximas del maoísmo insistía en que “la política manda al fusil” y, en consecuencia, la dirección del Ejército debía quedar en manos del Partido; las enseñanzas del castrismo eran inapelables: “el principal pilar” de la guerra revolucionaria “está constituido por los ejércitos guerrilleros”.[15] Pero a ojos del PRT, la discusión en torno a la relación entre partido y ejército se tornaba secundaria, cuando no estéril, “tan inútil como la vieja discusión del huevo y la gallina”[16] ante la realidad latinoamericana, donde se advertía la inexistencia de partidos revolucionarios fuertes. En definitiva, la construcción de un partido centralizado de cuadros y la de un ejército revolucionario popular no podían pensarse como tareas diferenciadas y consecutivas. Eran ambas tan urgentes como simultáneas:

La tarea de construcción del partido y construcción de la fuerza militar, para los verdaderos revolucionarios, van indisolublemente ligadas. Donde no existen partidos revolucionarios habrá que crearlos como fuerzas militares desde el comienzo. Donde existen y son débiles, habrá que desarrollarlos pero transformándolos en fuerzas militares de inmediato, para que puedan responder a las exigencias que plantea una estrategia político-militar de poder en esta época. Para responder a esta necesidad es que el castrismo plantea la unidad político-militar de la dirección revolucionaria ya que, en nuestra época, la política y el fusil no pueden ir por separado.[17]

Un año más tarde, en mayo de 1969, estallaba el Cordobazo. La sublevación cordobesa fue, para el PRT, —al igual que para otras organizaciones revolucionarias armadas— la señal inequívoca de que “la guerra civil revolucionaria ha comenzado en nuestro país”. Por entonces, tras las históricas jornadas, desde la prensa partidaria la organización se lamentaba de que los revolucionarios habían estado muy lejos de cumplir el rol que les correspondía. Si la lucha no se había podido llevar “más adelante”, había sido por:

falta de una dirección centralizada y destacamentos armados y adiestrados […]. Con el apoyo de la población y la incorporación de cientos de activistas armados se hubiera podido dirigir la lucha con eficacia contra las fuerzas de la represión […] soldados de la revolución sobraban, faltaban los jefes y la organización militar.[18]

A la tarea de construcción de esa organización militar se abocó el V Congreso partidario, realizado a finales de julio de 1970; allí, el PRT dio carta de fundación a su ejército, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), dotándolo de una bandera en cuyo centro se recortaba una estrella roja (símbolo de la lucha por el socialismo en los cinco continentes), y un himno que alentaba “¡Adelante, compañeros, a vencer a morir, por una Argentina en armas, de cada puño, un fusil!”

En las resoluciones del evento, estipulaba:

La guerra revolucionaria se asienta sobre dos concepciones básicas: el desarrollo de lo pequeño a lo grande y la incorporación de las masas a la guerra en un proceso dialéctico […]. El objetivo militar de la lucha es secundario frente a los objetivos políticos, se busca en cada acción armada movilizar y educar a las masas.[19]

Y a partir de aquí, entonces, me gustaría referirme a otro aspecto del legado guevariano que, con independencia de formas orgánicas y coyunturas políticas, funcionó como certeza inconmovible y promesa inapelable, y habitó el ideario perretista hasta la derrota final de la organización, a saber: que la acción armada de los revolucionarios crea las condiciones subjetivas para la revolución, despierta la conciencia de las masas, impulsa la movilización popular. Es por esa capacidad de desarrollar las fuerzas subjetivas que la lucha armada no debía circunscribirse únicamente a los períodos de auge revolucionario, sino que podía —y debía— iniciarse aun en períodos de reflujo.

Dos meses después de su creación, el nuevo ejército realizó su primera acción: la toma de la Comisaría 24ª de la ciudad de Rosario. En la proclama correspondiente, se explicaba: “Esta acción y nuestras operaciones posteriores tienen un objetivo principal, el despertar la conciencia popular, mostrar a todos los patriotas el camino revolucionario”.[20]

El ciclo de rebeliones populares que inauguró el Cordobazo, fue leído por el PRT-ERP como la confirmación de sus propias certezas; más aún si se advierte que la protesta social sumada al accionar de varios grupos guerrilleros hacían tambalear la dictadura militar instaurada en 1966 (el estallido cordobés había forzado la renuncia del ministro de Economía, Adalbert Krieger Vasena, en tanto el secuestro y fusilamiento del general Pedro E. Aramburu por parte de Montoneros en mayo de 1970 había generado una crisis interna en las FFAA que culminó con la caída del general Juan Carlos Onganía y su reemplazo por el general Agustín Lanusse). Paralelamente, en barrios, universidades y fábricas, las audacias guerrilleras, muchas de ellas de signo justiciero, convocaban crecientes simpatías; y las organizaciones revolucionarias armadas comenzaban a nutrir lentamente sus filas.

En enero de 1971, el editorial de El Combatiente sintetizaba: “1970: las masas argentinas y su vanguardia armada han comenzado a escribir la historia de la guerra revolucionaria”. Allí advertía que la oleada popular iniciada en 1969 reconocería avances y retrocesos, como todo proceso revolucionario. Lo importante era, en todo caso, que esos retrocesos —considerados “parciales”— estaban inscriptos en una “línea general de avance”. En ese camino, la “lucha de las masas desarmadas y la actividad de la vanguardia armada” se alimentaban mutuamente, “hasta que llegue el día en que se juntarán en el curso mayor de la guerra popular. Entonces, cada hombre y mujer del pueblo y hasta los niños serán un combatiente en armas”. Advertía, finalmente, que la envergadura y espectacularidad de las acciones militares del ERP era una cuestión secundaria, que lo fundamental era la posibilidad que brindan de “provocar la actividad” de las masas, de dinamizarlas, de ponerlas en pie de lucha”.[21]

El creciente contexto de ingobernabilidad empujó al gobierno del general Lanusse a convocar, en julio de 1971, al Gran Acuerdo Nacional (GAN). El GAN proponía un compromiso entre las principales fuerzas políticas a fin de restablecer, de modo negociado, las reglas del juego electoral. La convocatoria enardeció las alarmas perretistas: representaba para la organización un hábil intento de la burguesía “y su partido político, la casta militar” por erigir vallas de contención al auge revolucionario. Canalizado hacia “la farsa electoral”, ese auge corría el riesgo de perderse en falsas opciones que desviaran a las masas del camino de la guerra revolucionaria. Este recelo hacia la convocatoria electoral encontraba su razón de ser no sólo en fundamentos ideológicos o en la propia experiencia histórica de la democracia argentina; cabe suponer también —y quizás, fundamentalmente— que existiera la sospecha o el temor de que el regreso de Perón a la Argentina —después de dieciocho años de exilio, en los que la identidad peronista de los trabajadores se había manifestado inquebrantable—

echara por tierra los cálculos de los revolucionarios. Y entonces, si los planes de la burguesía eran desviar al pueblo de la guerra revolucionaria, su vanguardia, acompañándolo, debía desenmascarar el engaño y recordarle que esa guerra era la verdadera opción para sus esperanzas. Lo haría intensificando la lucha armada: ante la farsa electoral, el sentido atribuido a las acciones militares era precisamente aquel que enlazaba acción armada con conciencia revolucionaria. Las armas esclarecían, demostraban, recordaban:


el condicionamiento del GAN y la ausencia total de una opción genuinamente popular exige la continuidad del accionar armado. Este accionar debe ser intensificado en el próximo período […] poniendo especial acento en las acciones de masas y realizando también acciones de envergadura […]. Las operaciones de envergadura servirán para demostrar al pueblo la fuerza y la decisión de la guerrilla de colocar en forma destacada ante los ojos de las masas, en momentos previos a la farsa electoral, la verdadera salida, la salida de la guerra revolucionaria, para recordar a las masas que su lucha transciende por completo el episodio electoral.[22]

El 11 de marzo de 1973, la fórmula del peronismo, encabezada por Héctor J. Cámpora, ganó las elecciones con más del 49% de los votos. Después de casi dieciocho años de proscripción, el peronismo retornaba al poder. Para el PRT-ERP, ese hecho —y la consecuente lucha interna que desencadenaría en el movimiento peronista— desembocaría indefectiblemente en lo que la organización denominó la “fascistización” del peronismo. Era indiscutible que el nuevo gobierno —dentro del cual la así llamada Tendencia Revolucionaria del Peronismo ocupaba ocho bancas parlamentarias, cinco gobernaciones y dos ministerios— surgía de la voluntad popular. Pero para el PRT-ERP resultaba más indiscutible que el abandono de las armas facilitaría el avance de las fuerzas reaccionarias. En abril de 1973, la organización hacía pública su decisión de no abandonar la lucha armada:


El gobierno que el Dr. Cámpora presidirá representa la voluntad popular. Respetuosos de esa voluntad, nuestra organización no atacará al nuevo gobierno mientras este no ataque al pueblo ni a la guerrilla. Nuestra organización seguirá combatiendo militarmente a las empresas y a las fuerzas armadas contrarrevolucionarias […]. La experiencia nos indica que no puede haber tregua con los enemigos de la Patria, con los explotadores, con el ejército opresor y las empresas capitalistas expoliadoras. Que detener o disminuir la lucha es permitirles reorganizarse y pasar a la ofensiva.[23]

La llamada “primavera camporista” se prolongó tan sólo durante cuarenta y nueve días. En la Masacre de Ezeiza, primero, y en la renuncia de Héctor Cámpora, después —con el consecuente avance de la derecha del peronismo en el gobierno—, el PRT-ERP no dejaba de encontrar signos confirmatorios de su pronóstico: la “fascistización del peronismo”. En la misma dirección podía leerse el fracaso de la experiencia chilena: luego de un largo período de boicot, en septiembre de 1973, las Fuerzas Armadas, encabezadas por el general Augusto Pinochet, derrocaron el gobierno de Salvador Allende, derrumbando así la viabilidad por tantos sostenida de la vía pacífica al socialismo. Quedaba un solo camino: la profundización de la guerra revolucionaria.

En los meses siguientes, el PRT-ERP asaltó tres cuarteles militares, abrió un “frente militar” en la provincia de Tucumán (la Compañía de Monte Ramón Rosa Jiménez), declaró una represalia indiscriminada de “ajusticiamientos” contra oficiales del Ejército, secuestró ejecutivos de empresas nacionales y extranjeras, y formalizó —a través del establecimiento de uniformes, grados y reglamentos— la regularización de sus fuerzas militares. En octubre de 1974, Isabel Perón, a cargo de la Presidencia tras la muerte del viejo líder el 1 de julio de ese año, decretaba el estado de sitio y pocos meses más tarde, el 5 de febrero de 1975, firmaba el Decreto 261 que daba comienzo al Operativo Independencia en la provincia de Tucumán. Aprobado por el Gabinete y refrendado por el Congreso, este decreto ordenaba al Ejército Nacional ejecutar las acciones militares necesarias a fin de “aniquilar el accionar de elementos subversivos” en la provincia. Cuatro días más tarde, comenzaron las operaciones. En respuesta, el PRT-ERP declaraba:


Nuestra organización y demás organizaciones progresistas y revolucionarias sabrán responder local y nacionalmente con la acción militar y la propaganda de masas, al ilusorio proyecto de la oficialidad asesina […]. Es el momento en que el proceso de guerra revolucionaria, de combinación de lucha, armada y no armada, pacífica y violenta, legal o ilegal, política y reivindicativa, etcétera, etcétera, se extenderá nacionalmente, prenderá en las más amplias masas y adquirirá un vigor hasta hoy desconocido.[24]

En junio de ese año (1975), el editorial de El Combatiente diagnosticaba:


El movimiento de masas ha tomado un giro claramente político-revolucionario; el desarrollo impetuoso de la lucha armada ha llevado al rojo vivo las contradicciones, a tal punto que ningún sector, y mucho menos la camarilla gobernante, tiene hoy un plan coherente para el país.[25]

Efectivamente, la movilización de masas iniciada tras el Cordobazo haría su última irrupción en escena en julio y agosto de 1975 cuando, tras el shock económico provocado por el paquete de medidas liberales aplicadas por el ministro de economía de Isabel, Celestino Rodrigo, el país se vio convulsionado por una oleada de protesta y alzamientos populares en todo el país, encabezado por los trabajadores industriales. Pero estas jornadas fueron seguidas por un “profundo reflujo” de la movilización, contracara, a su vez, de un cada vez mayor “aislamiento” de las organizaciones armadas.

Desde la prensa partidaria, hacia fines de ese sangriento 1975, el PRT se autocriticaba por no haber advertido a tiempo aquel reflujo. Sin embargo, la autocrítica no conmovería en absoluto los planes perretistas: en el preciso momento en que ese reflujo era advertido, el legado guevarista y el fantasma del espontaneísmo vinieron a recordarle a la organización su rol de vanguardia armada. Y entonces, en el momento más álgido de la confrontación, el PRT-ERP emprendió la preparación de la acción militar de mayor envergadura hasta el momento: el ataque al Batallón de Arsenales 601 Domingo Viejo Bueno, en la localidad de Monte Chingolo. Demostraría así la vulnerabilidad del enemigo, obligándolo a retroceder y potenciando, en contrapartida, la movilización popular. El resultado de la acción, es por todos conocido: más de ochenta guerrilleros muertos o desaparecidos.

Finalmente, el 24 de marzo de 1976, las Fuerzas Armadas encabezaron el último golpe de estado de la historia argentina. Santucho, desde el editorial de El Combatiente, alentaba: “¡Argentinos, a las armas!”. Anunciaba allí el inicio de una etapa de “guerra civil generalizada” cuyo desenlace —la derrota de la dictadura— situaría al pueblo argentino en “las puertas del socialismo”. Una semana más tarde, la última reunión del Comité Central era sorprendida por las fuerzas policiales y una docena de cuadros perdía allí la vida. Y persistieron. Si la movilización de masas se hallaba en pleno retroceso desde hacía varios meses, la ferocidad inaudita de la represión, desatada principalmente sobre el movimiento obrero organizado, no sólo profundizaba aquel repliegue, sino que volvía imposibles las voluntades partidarias. El PRT-ERP no tardaría mucho en advertirlo, pero no por eso daría un paso atrás: si, de todas las formas de lucha, las legales quedaban definitivamente obturadas, allí estaban las armas para mantener vivo el fuego de la resistencia popular.

No pasaría mucho tiempo para que el PRT-ERP se viera obligado a reconocer, como dato indiscutible, la profundización del reflujo de masas. Tal reconocimiento no podía menos que implicar una revisión de la línea partidaria. A comienzos de junio, la organización admitía:


Cuando poco antes y después del 24 de marzo analizamos las perspectivas del golpe militar cometimos un error de cálculo al no señalar que el peso de la represión afectaría en un primer momento a la lucha popular, dificultando la movilización de masas y el accionar guerrillero […] nos faltó taxativamente un período determinado de reflujo, error que desde ahora corregimos.[26]


No lo hicieron, persistieron. En el mismo documento se dejaba bien en claro la continuidad de la lucha armada. No habría período de reflujo para las armas revolucionarias. Fragmentos más abajo el PRT-ERP pronosticaba:


El accionar guerrillero mantendrá viva la llama de la resistencia popular. […] Mientras más prenda el ejemplo guerrillero, más poderosa y decidida será la posterior movilización obrero-popular. Por ello es que en el presente período, la lucha armada ocupa el centro de la lucha política, es y será el eje de la política nacional.[27]

Veinte días más tarde, el 19 de julio de 1976, caían los más destacados miembros de la dirección partidaria, Mario Roberto Santucho, Domingo Menna y Benito Urteaga. Y las huestes perretistas persistieron. Quizás, porque la subjetividad militante no había dejado de descansar sobre la certeza inconmovible —heredada del guevarismo— de que la acción armada alimenta la conciencia revolucionaria, que la heroicidad del guerrillero se convierte en ejemplo y el ejemplo en semilla que germina aquí y allá abonando el camino hacia la revolución. Quizás, también, porque la identidad perretista se cimentó sobre mandatos irrenunciables.

 

3. El guevarismo en Argentina en su dimensión moral: hombre nuevo y ética sacrificial

Si queremos un modelo de hombre, un modelo de hombre que no pertenece a este tiempo, un modelo de hombre que pertenece a los tiempos futuros, de corazón digo que ese modelo, sin una sola mancha en su conducta, sin una sola mancha en su actitud, sin una sola mancha en su actuación… ese modelo es el Che […]. Che llevó a su más alta expresión el estoicismo revolucionario, el espíritu de sacrificio revolucionario, la combatividad del revolucionario […] sangre suya fue vertida en esta tierra cuando lo hirieron en diversos combates; sangre suya por la redención de los explotados y los oprimidos, de los humildes y los pobres.

Fidel Castro Ruz, La Habana, 18 de octubre de 1967.

 

Dentro del universo de referencias que intervino en la construcción identitaria del PRT-ERP sobresalió una figura que se erigió como modelo ideal y, en consecuencia, como fuente de valores, modelo de conducta y mandatos irrenunciables: el hombre nuevo. Fue esta una figura de fronteras: entre el tiempo presente y el porvenir, entre la vida y la muerte, entre el cuerpo individual y el colectivo, entre el guerrero y el asceta. Fue, también, figura de horizonte: guía, promesa y, finalmente, imposibilidad.

En tanto en el imaginario revolucionario el hombre nuevo estuvo claramente identificada en el con el Che Guevara, se abordará aquí, en primer lugar, una síntesis de los significados y atributos que tenía esta figura para el líder de la Revolución Cubana. En segundo lugar, se explorarán los sentidos particulares que la militancia del PRT-ERP atribuyó al hombre nuevo, en particular allí donde este parecía anudar virtudes proletarias, sacrificio, heroicidad y martirio. Finalmente, se atiende a los mandatos partidarios emanados de aquel modelo ideal, así como a las tensiones que conllevaron para los militantes de la organización.

a. El Che Guevara y el hombre nuevo

Antes de encarnar para los revolucionarios de los sesenta al hombre nuevo, el Che Guevara había escrito sobre él en un texto célebre publicado en el semanario Marcha, de Montevideo, en marzo de 1965. El texto llevaba el título de “El socialismo y el hombre nuevo en Cuba”. Varios autores han señalado que la pluma de Guevara estuvo directamente influida por el humanismo marxista, que le habría llegado a través de los escritos de Aníbal Ponce, publicados después de su muerte como Humanismo burgués y humanismo proletario.[28] Se trataba, en rigor, de un libro que reunía siete conferencias dictadas por Ponce en 1935 luego de un largo viaje por Europa, que incluyó una visita a la Unión Soviética.

El hilo que recorre la obra de Ponce es el proletariado soviético realizando el programa incumplido del humanismo burgués. En manos colectivas, la técnica y la cultura se convertían, en la “Nueva Rusia”, en poderosos instrumentos de emancipación humana. Liberado ya de la enajenación capitalista, el proletariado soviético, amo y señor de sus fuerzas, abría las puertas de un tiempo en el que el Hombre, en el despliegue de su potencialidad infinita, comenzaba a realizarse.

Casi treinta años después de las conferencias de Ponce, Guevara escribía sobre “El socialismo y el hombre nuevo en Cuba”. El artículo, redactado “en viaje por África”, tenía la declarada intención de responder a las acusaciones “de los voceros capitalistas”, que impugnaban al socialismo aseverando que ese sistema “se caracteriza por la abolición del individuo en aras del Estado”. En tanto —afirmaba Guevara—, “la última y más importante ambición revolucionaria es ver al hombre liberado de su enajenación”, el escrito en su conjunto se internaba en una red de relatos y reflexiones orientados a dar cuenta de las formas en que, en Cuba, las condiciones enajenantes que las relaciones capitalistas imponen al hombre cedían paso a nuevas formas de emancipación humana. Pero esas formas, en rigor, eran tan sólo el comienzo; marcaban, en todo caso, un camino, abrían las puertas de un futuro en el cual, educado bajo el comunismo, “el hombre del siglo XXI” alcanzaría por fin su libertad, su plenitud, su realización. De modo que el hombre nuevo era, en el escrito de Guevara, el hombre emancipado del futuro comunista.

A diferencia de la Nueva Rusia de Ponce, en la que el trabajo socializado había “retrocedido los límites de lo imposible” y la mano laboriosa del hombre consciente modificaba “a su antojo la flora y la fauna”, el socialismo en Cuba estaba “en pañales”. En consecuencia, no se había producido todavía allí una educación completa para el trabajo social “y la riqueza dista de estar al alcance de las masas mediante el simple proceso de apropiación”.[29] De ahí que Guevara destacara del individuo “su cualidad de no hecho, de producto no acabado. Las taras del pasado se trasladan al presente en la conciencia individual y hay que hacer un trabajo continuo para erradicarlas”.[30] Mientras que en la Unión Soviética que gustaba ver Ponce los hombres “sólo piensan en construir, en crear, en superar lo existente”, la construcción del comunismo en Cuba debía realizarse, a la vez, en la base material y en la creación del sujeto. Para ello debía recurrirse a estímulos morales que apuntalaran una nueva conciencia.

Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material, hay que hacer al hombre nuevo. De allí que sea tan importante elegir correctamente el instrumento de movilización de las masas. Este instrumento debe ser de índole moral.[31]

La educación global del individuo, implementada desde los resortes del Estado, era un instrumento imprescindible. Le cabía a la vanguardia, es decir, el partido, el rol dirigente, protagónico de ese proceso. Así, si la escritura de Ponce ponía al proletariado en su conjunto en el centro de la escena, la de Guevara encontró en la vanguardia el motor acelerador de la ingeniería emancipatoria:


En nuestra ambición de revolucionarios, tratamos de caminar tan aprisa como sea posible, abriendo caminos, pero sabemos que tenemos que nutrirnos de la masa y que esta sólo podrá avanzar más rápido si la alentamos con nuestro ejemplo. […] El grupo de vanguardia es ideológicamente más avanzado que la masa; esta conoce los valores nuevos, pero insuficientemente. Mientras en los primeros se produce un cambio cualitativo que les permite ir al sacrificio en su función de avanzada.[32]


En este punto, conviene dejar de lado el problema de la construcción de un nuevo hombre a través de su educación e integración en el trabajo colectivo, para centrar el análisis en el encadenamiento de sentidos que deja traslucir el texto de Guevara: aquel que anuda conciencia-moral con vanguardia, y a esta con ejemplo de sacrificio. Dicho encadenamiento permitirá, en el imaginario revolucionario, encontrar en el guerrillero heroico la encarnación anticipada del hombre nuevo. Evocando los tiempos de la guerrilla en Sierra Maestra y los primeros momentos de la revolución, Guevara advertía:

Fue la primera época heroica, en la cual se disputaban por lograr un cargo de mayor responsabilidad, de mayor peligro, sin otra satisfacción que el cumplimiento del deber. En nuestro trabajo de educación revolucionaria, volvemos a menudo sobre este tema aleccionador. En la actitud de nuestros combatientes se vislumbra al hombre del futuro.[33]

Partiendo, entonces, de ese “tema aleccionador”, Guevara insistirá, a lo largo de su artículo, en el anudamiento vanguardia-ejemplo-sacrificio-futuro:


El Partido es el ejemplo vivo; sus cuadros deben dictar cátedras de laboriosidad y sacrificio […]. Todos los días hay que luchar porque ese amor a la humanidad viviente se transforme en hechos concretos, en actos que sirvan de ejemplo, de movilización […]. El revolucionario, motor ideológico de la revolución dentro de su partido, se consume en esa actividad ininterrumpida que no tiene más fin que la muerte […]. Todos y cada uno de nosotros paga puntualmente su cuota de sacrificio, conscientes de recibir el premio en la satisfacción del deber cumplido, conscientes de avanzar con todos hacia el hombre nuevo que se vislumbra en el horizonte […]. Nosotros, socialistas, somos más libres porque somos más plenos; somos más plenos por ser más libres. […] Nuestra libertad y su sostén cotidiano tienen color de sangre y están henchidos de sacrificio […].
Quien abre el camino es el grupo de vanguardia, los mejores entre los buenos, el Partido.[34]

Dos años después de publicado el artículo, Guevara se dirigió por última vez “a los pueblos del mundo”, a través de un largo mensaje publicado por la Tricontinental. Allí exclamaba: “¡Qué importan los peligros o sacrificios de un hombre o de un pueblo cuando está en juego el destino de la humanidad!”. Seis meses más tarde, moría fusilado en Bolivia. Las fotografías tomadas a su cuerpo sin vida recorrieron el mundo, dando nacimiento no sólo a una extensa cadena de representaciones que lo enlazaban con el martirio de Cristo, sino, además, a un ícono mítico, el guerrillero heroico, que impulsará a miles de jóvenes a exclamar: “¡Seremos como el Che!”.

Desde entonces, sus palabras fueron leídas a partir del ejemplo que su propio recorrido personal ofrecía: de funcionario del nuevo poder en construcción (director del Departamento de Industrialización del Instituto Nacional de Reforma Agraria, ministro de Industria y presidente del Banco Nacional) a la experiencia guerrillera en África primero y en Bolivia después (ambas fracasadas, por cierto). En ese recorrido, sustentado siempre en la certeza de la capacidad concientizadora de las armas, el empeño constructor había cedido terreno al arrojo sacrificial.

Resulta evidente que los discursos y relatos sobre el héroe caído contribuyeron, a reforzar un mito en el que el guerrillero heroico se emparentaba con el hombre nuevo allí donde encarnaba un “modelo de hombre que pertenece a los tiempos futuros”, como aseveraba Fidel Castro en el discurso citado. Por lo demás, ese modelo de hombre “sin una sola mancha en su conducta, sin una sola mancha en su actitud, sin una sola mancha en su actuación”, generoso en sangre “por la redención de los explotados y los oprimidos, de los humildes y los pobres”, había quedado también prefigurado en las propias palabras de Guevara:


Ya habíamos identificado al guerrillero como un hombre que hace suya el ansia de liberación del pueblo […]. Al comenzar la lucha lo hace ya con la intención de destruir un orden injusto y, por lo tanto, más o menos veladamente con la intención de colocar algo nuevo en lugar de lo viejo […]. Pero el guerrillero, como elemento consciente de la vanguardia popular, debe tener una conducta moral que lo acredite como verdadero sacerdote de la reforma que pretende. A la austeridad obligada por difíciles condiciones de la guerra debe sumar la austeridad nacida de un rígido autocontrol que impida un solo exceso, un solo desliz, en ocasión en que las circunstancias pudieran permitirlo. El guerrillero debe ser un asceta.[35]

b. El hombre nuevo perretista: moral, heroicidad y martirio



Yo digo: bueno, yo voy a luchar por un mundo mejor y el futuro está en mis hijos. Ahí estoy diciendo de alguna manera que a mí me pueden matar. Es jugarse al todo o nada, al Cristo. Te imaginás que yo vengo ideológicamente con una educación cristiana. ¿Y cuál es la imagen cristiana del combatiente? Cristo, que muere crucificado. Después tengo la otra imagen, la del Che Guevara. Cristo, ojo, Cristo no era a nivel consciente, viste. Hoy yo lo veo que es a nivel inconsciente, cultural […]. Es una cara que se superpone a la otra, la de Cristo y la del Che Guevara.

Miguel, 12 de enero de 2000, testimonio brindado a la autora.

 

La rectificación guevarista del pensamiento marxista confluyó en la matriz de un pensamiento que exaltaba los alcances casi ilimitados de la voluntad revolucionaria. Si de la acción de los hombres dependía el ritmo de la consagración histórica, la tarea primordial de la empresa revolucionaria era dotarlos de los valores, las cualidades y los atributos imprescindibles para llevar adelante la trascendental tarea.

Fieles al legado guevariano, los militantes del PRT-ERP realizaron un enorme sacrificio para construir día a día, a partir de su propia praxis, a ese hombre nuevo que, si bien habitaría el futuro, parecía resultar claro para todos que podía identificarse básicamente por sus valores morales. Al rastrear en los distintos escritos partidarios aquello que el colectivo perretista consideraba “virtudes” y al reunir los diversos testimonios recopilados, se vuelve evidente que existía una serie de características que definían al hombre nuevo y, por tanto, al militante ejemplar: “ser humilde”, “ser callado”, “ser solidario”, “ser disciplinado”, “estar siempre dispuesto”, “ser sacrificado”, “dar la vida”.

Interesa destacar en especial las formas gramaticales en que aquellas virtudes son expresadas y recordadas en los diversos testimonios: “ser humilde”, “ser sacrificado”, “ser callado”, “ser…”. La connotación imperativa de la fórmula resultó fundamental en la dinámica de construcción de la identidad del militante en tanto participaba en la definición de mandatos partidarios: no enunciaba simplemente un conjunto de virtudes a emular, definía cómo había que ser para ser un verdadero revolucionario. En el imaginario perretista, el valor por excelencia que definía a ese revolucionario verdadero y ejemplar fue el espíritu de sacrificio, expresión crucial de la identidad perretista en construcción. Así, desde las imágenes y representaciones contenidas en los distintos niveles y espacios de la discursividad partidaria, se fue imponiendo con relativo éxito y rapidez un modelo de militante cuyos atributos todos podían reconocer.

Del conjunto de aquelloos mandatos, interesa destacar aquí, en tanto resultado último del “espíritu de sacrificio”, el de “dar la vida”, puesto que, pudiendo ser un mandato relativamente polisémico (“dedicar la vida a…”, “ocuparla vida en…”), resultaba ser, por las implicancias subjetivas que disparaba, definitivamente unívoco: morir.[36] “Dar la vida” significaba ofrendarla. La muerte se convertía en fuente de legitimación; como había sentenciado el Che Guevara en su carta de despedida a Fidel Castro (y que la memoria militante no cesaba de evocar): “En toda revolución se triunfa o se muere cuando es verdadera”. Así, la muerte venía a otorgar el sentido de verdad a una revolución en marcha que, para triunfar, exige el sacrificio de sus “mejores hijos”. Como esa muerte legitimante abonaba necesariamente el camino hacia una revolución que inauguraría una nueva era:


Militantes y cuadros, entre ellos miembros del Comité Central, han dado su vida con honor, cayendo algunos en combate, otros asesinados en la cámara de tortura, otros ejecutados fría y premeditadamente por el enemigo. Pero su sacrificio no ha sido vano, su ejemplo y su sangre se han convertido en formidable aliciente que galvaniza y une cada vez más a los mejores elementos revolucionarios de nuestro pueblo en torno al PRT…[37]


De este modo, la creencia en la fuerza convocante de la caída de cada combatiente alentaba el empeño revolucionario. No había dudas de que quienes morían eran los mejores, porque esta forma de muerte era consagratoria. La prensa partidaria lo expresaba con claridad:

Así, paulatinamente, el compañero Marcelo se convirtió en un revolucionario total que, según nuestro Che Guevara, es “el escalón más alto de la especie humana”, significando con esto que la actitud de un hombre que entrega su vida en pos de los intereses de la mayoría del pueblo, poniendo este interés por encima de sus necesidades individuales, de sus deseos personales íntimos, es la más grande actitud que puede tomar un hombre ante la vida.[38]


En la misma dirección, en una suerte de semblanza de Mario Emilio Delfino, militante del PRT-ERP asesinado en la Masacre de Trelew, se lee:


y cuando las balas asesinas troncharon su vida, había llegado también a su plena madurez moral y política, había alcanzado la estatura de los grandes cuadros revolucionarios que nuestra revolución necesita. Por eso ocupaba uno de los primeros puestos en la lista. Por eso murió primero, porque era uno de los mejores.[39]


Algunos testimonios permiten pensar en ciertos efectos de esta consagración, tanto en la vida interna de la organización (“hay una instancia en la que no se puede discutir porque el compañero dio su vida”),[40] como en el fuero íntimo de quien se dirige al combate:


La sensación que yo tenía era que me debía a mis compañeros, me debía a los grupos en los que estaba […]. Muchos caían presos, a algunos otros los mataban… entonces… una cosa de cierto… pacto, digamos. Si a mí me pasaba lo que les pasaba a otros, claramente yo quería que… bueno, que mis compañeros siguieran mi lucha, que algún comando llevara mi nombre.[41]


En esa consagración se erigió la figura del héroe en el universo de referencias de la agrupación guerrillera: es la muerte en combate, y más precisamente la “caída en combate”, aquello que habilitaba lo heroico. Así, el componente bélico resulta fundamental en la construcción de esta figura. Debe estar presente aunque más no sea en sus representaciones colectivas objetivadas (imágenes, relatos, consignas, formas discursivas que establezcan una gloria) o contenidas en la subjetividad individual de cada militante.

Una vez más, si el hombre nuevo perretista estaba signado por su espíritu de sacrificio, por su disposición a dar la vida —y eso implicaba el combate—, hombre nuevo y héroe se fundían en la figura del guerrillero: “El más alto militante era el guerrillero. Ese que dejaba todo por enfrentarse a los militares […]. Se sabía que el compañero más fuerte, más decidido era el que iba al combate”.[42]

De modo que, en el imaginario perretista, la ética sacrificial se articulaba con el mandato combatiente. La guerra revolucionaria no podía menos que implicar una red de dispositivos que moldearan la identidad, la sensibilidad y las prácticas partidarias. En consecuencia, el culto al heroísmo y la exaltación de la muerte en combate ocupaban un lugar rector en aquella red.

La documentación partidaria se mostró abundante en semblanzas heroificantes de militantes caídos en combate, en consignas que enarbolaban la ejemplaridad de cada muerte invitando a continuar la epopeya del caído y en una retórica sustentada en la certeza inconmovible de que la sangre de cada combatiente abonaba el cuerpo colectivo de la revolución. Dicha certeza quedaba cristalizada en una expresión que acompañaría cada muerte, cada sepelio, cada homenaje: “Ha muerto un revolucionario. ¡Viva la revolución!”. Tan sólo a modo de ejemplo, se citan aquí algunas fórmulas tempranas en que los componentes descriptos se plasmaron en el discurso partidario.

Marcelo Lezcano, José Alberto Polti y Juan del Valle Taborda fueron de los primeros militantes del PRT-ERP caídos en un combate callejero con la policía, en abril de 1971 en Córdoba. En su primer número posterior a los hechos, Estrella Roja, órgano de difusón del ERP, citaba, al final de un pequeño relato de las circunstancias en que estos tres militantes habían perdido la vida, unos versos del poeta cubano Nicolás Guillén: “Hay quien muere sobre su lecho doce meses agonizando otros hay que mueren cantando con doce balazos sobre el pecho”.[43] Un mes más tarde, la revista volvía a recordar a los caídos:

El 17 de abril las calles cordobesas se tiñeron con la sangre de tres de nuestros más queridos compañeros […]. Fue necesario que los mercenarios enemigos los enfrentaran de a diez por cada uno de ellos. Fue necesario que los tomaran sin municiones y encontrándolos indefensos, heridos en el suelo, los acribillaran alevosamente para poder apagar estas vidas al servicio de la revolución. Ellos sabían que en esta guerra del pueblo la muerte podía sorprenderlos […]. No le temían […] porque confiaban seguros en que su lugar de combate iba a ser llenado inmediatamente y su fusil caído multiplicado por mil.[44]


Si bien la apelación al sacrificio, el relato heroificante y la exaltación de la muerte en combate están presentes en cualquier grupo de hombres que se dirija a la guerra, es indudable que la figura del Che Guevara, su ejemplo (sustentado tanto en su propio recorrido personal, como en una postulada superioridad moral) y su retórica reforzaban, de manera singular, el demandado altruismo perretista. En la tapa de ese mismo ejemplar de Estrella Roja en que se homenajeaba a Lezcano, Polti y Taborda, se reproducía un fragmento —que sería más tarde citado una y otra vez— del célebre mensaje del Che Guevara a través de la Tricontinental (1967):

En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ese, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria.[45]

Y a dos años de la muerte de Guevara, la tapa de El Combatiente reproducía una foto del Che riendo, con un epígrafe que señalaba: “Volverá y será millones”.[46]

A lo largo de toda la vida activa de la organización, su prensa fue abundante en este tipo de apelaciones, donde la figura del militante caído se erigía como héroe glorificado que impulsaba a otros, con su muerte, a sumarse a la guerra revolucionaria, cuyo triunfo inminente parecía no dejar lugar a dudas. Interesa destacar en estas reivindicaciones la insistencia en que la muerte del combatiente traería consigo una multiplicación de brazos dispuestos a empuñar las armas.

El día lunes 15, fuerzas policiales masacraron a sangre fría a cuatro combatientes de nuestro Ejército […]. La sangre de los caídos nos marca el camino para nuestra verdadera liberación […]. Los nombres de los caídos […] permanecerán vivos en la memoria de nuestro pueblo; y el fusil que dejaron los compañeros será levantado por cientos

de obreros, de estudiantes, de campesinos y trabajadores que día a día se incorporarán a las filas de la revolución para construir una patria nueva, una PATRIA SOCIALISTA.[47]


En estas apelaciones se erige la función movilizante y pedagógica del mito revolucionario. El héroe muestra un camino a seguir, dinamiza voluntades, enseña con su ejemplo. Y esta figura, la del ejemplo, la de lo ejemplar, fue otro dispositivo clave en el proceso de construcción de la identidad perretista. No se trataba únicamente de emular virtudes morales. Esas virtudes podían estar —y en rigor estaban— encarnadas en revolucionarios reales que habían dado la vida. Imitándolos no sólo se estrechaban los lazos simbólicos entre los militantes, no sólo se moldeaba la identidad del grupo, también se ponía de manifiesto allí una intención disciplinatoria tan personal como colectiva. En palabras de una entrevistada:


Se entendía que se construía la moral del conjunto del partido si se tenía héroes, figuras paradigmáticas y modelos de moral, modelos de heroicidad y modelos de entrega y modelos de militancia […] con el ejemplo del Che, con el ejemplo de… […] con la idea siempre de la cosa ejemplar.[48]


Esa potencialidad del ejemplo moral del revolucionario combatiente se proyectaba, también, hacia el afuera de la organización, hacia las masas que, “heridas en su imaginación” por la fuerza del comportamiento heroico del guerrillero, se encolumnarían tras su causa:


Ante las dificultades, comportarse heroicamente. Ir dispuesto a matar o morir. La moral revolucionaria, base de nuestro heroísmo, es nuestra superioridad fundamental en el combate. El comportamiento heroico hiere la imaginación de las masas despertando admiración, solidaridad y sentimiento de emulación.[49]


En este sentido es interesante el significado que la expresión “moral de combate” asumía en la voz del colectivo partidario. “Moral de combate” no remitía a un cuerpo codificado de conductas específicas, ni aun a la templanza que, en situaciones difíciles, debía evidenciar un combatiente. La expresión se traducía, sencillamente, en el imperativo del combate.

Conviene destacar aquí otro rasgo del héroe perretista: el martirio. Cuando de un guerrillero muerto se trata, las figuras del héroe y del mártir se entrelazan, se funden y confunden en el imaginario colectivo de la organización. La mayoría de las personas entrevistadas utiliza indistintamente los términos “héroe” y “mártir” para referirse, por ejemplo, a los militantes fugados del penal de Rawson el 19 de agosto de 1972 y fusilados en Trelew el 22. En la documentación partidaria, los dieciséis militantes fusilados se convirtieron en héroes de Trelew, y fue el día 22 de agosto (y no el 19) el que se decretó Día del Combatiente Heroico. La heroicidad provenía menos de la acción de la fuga en sí misma que de una muerte perpetrada desde la alevosía. Al mismo tiempo, algunos otros volantes y carteles se referían a “héroes y mártires de Trelew”.

Entonces, para el PRT-ERP, héroe era el guerrillero que caía en combate, quien moría asesinado a sangre fría, o bien aquel que moría luego de conocer las formas más extremas del sufrimiento físico, la tortura. Sin alguno de estos componentes, no había héroes.


P:–Dentro de los cánones del partido, ¿quiénes eran héroes?

R:–Héroe era el que lo mataban, ese era el héroe… los héroes de Trelew. O el Che Guevara. Esos eran los héroes. Más héroes que los que triunfaban […]. Bueno, una tortura donde el tipo muere sin cantar a nadie, porque lo revientan, también es otro héroe […]. Pero una persona que no canta a nadie y se salva… no es un héroe […]. Eso es lo esperable de un compañero.[50]


La fuerza simbólica del encadenamiento hombre nuevo-guerrillero-héroe-mártir, entrelazada al imperativo omnipresente del discurso partidario (“ser…”), no podía menos que alentar la decisión última y el trágico gesto de “jugarse al Cristo”.

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos partidarios para moldear un militante a partir del modelo de un revolucionario ideal, los mandatos de sacrificio, heroicidad y coraje fueron apropiados e internalizados por los militantes del PRT-ERP con distintos niveles de solemnidad, exigencia y dramatismo. Del mismo modo, existieron distintos tipos y grados de conflictividad cuando los modelos de conducta y emoción impuestos desde la normativa colectiva se enfrentaban al mundo de la experiencia material del militante. Ante la extendida imagen del guerrillero heroico y temerario, la duda y el temor se alzaron algunas veces, aunque se escondieron muchas más. Ante el pretendido militante disciplinado se elevó, también, la voz del disidente. El miedo y el valor, la pesadumbre y la alegría, la irreverencia y la solemnidad, las contradicciones y los conflictos fueron componentes inseparables de la experiencia perretista en su conjunto.

No obstante, todos estos componentes no son destacados en igual medida por cierta memoria más o menos extendida, tanto en los relatos testimoniales más públicos como en la bibliografía dedicada al PRT-ERP. Más bien es frecuente la alusión a la eficacia del PRT-ERP en la construcción de militantes “duros”, al tiempo que la imagen que se ha popularizado en gran medida es la de militantes de una enorme solidez moral. No se pretende impugnar aquí dicha solidez; sí, en cambio, echar algo de luz sobre una zona poco explorada: la de las fisuras abiertas por la dimensión de la experiencia individual.

En efecto, fue el mundo de la experiencia el marco a partir del cual se apropiaron y significaron los mandatos partidarios. Uno de estos mandatos, de importancia definitoria para la subjetividad individual y colectiva (y va de suyo que para la vida material de la organización), se vinculaba con el miedo, o mejor dicho, con la temeridad. Una de las formas en que se intentó consolidar la ausencia del miedo fue, sencillamente, su impugnación moral: el miedo era, desde esta perspectiva, uno de los tantos síntomas de debilidad ideológica, de individualismo pequeño-burgués.

En las páginas de Moral y proletarización, uno de los textos canónicos por excelencia de la organización, bajo el título de “El individualismo en las organizaciones revolucionarias”, había un apartado titulado “El temor por sí mismo”, donde se afirmaba:


La prolongación frecuente […] del individualismo es el temor por la propia persona […]. El temor de perder la vida […] lo corroe consciente o inconscientemente. Al encontrarse en momentos difíciles […] cuando de su propia decisión depende avanzar o retroceder bajo el fuego enemigo, cuando de la propia decisión depende delatar o callar bajo la tortura, […] el individualista tenderá a ser débil. Lo que en la práctica cotidiana aparecía como defectos menores de compañeros aparentemente excelentes, se revelará en esos momentos en toda su magnitud, como el verdadero cáncer de cualquier organización, la lacra que puede llevar al desastre.[51]

En una Argentina en la que la tortura a prisioneros políticos estaba prácticamente institucionalizada, cualquier organización insurgente de estructura celular y clandestina no podía menos que incluir en su nómina de mandatos la conducta a seguir en situaciones de tortura. La tradición revolucionaria ofrecía una cantera inagotable de íconos heroicos, de hombres, mujeres e incluso niños que soportaron estoicamente los más terribles e inimaginables sufrimientos, sellando sus gritos de dolor con el silencio hermético sobre el partido. El PRT-ERP se inscribió en esa tradición, y lo hizo sin fisuras ni concesiones:


Es muy necesario dejar perfectamente claro que un militante o combatiente de nuestro Partido y de nuestra fuerza militar nunca canta, nunca da datos a la policía […]. Siempre es posible que un detenido se entregue al enemigo. Pero el que lo hiciere será considerado un traidor y juzgado como tal.[52]


Es cierto que, tanto en la revolución como en la guerra, la delación en manos enemigas pone en riesgo la causa entera y, en consecuencia, es castigada severamente, la mayoría de las veces con la pena muerte. Lo que en este caso parece necesario advertir es que, a diferencia de otras organizaciones guerrilleras, el PRT-ERP no elaboró una estrategia codificada para acotar el sufrimiento de la tortura y, al mismo tiempo, salvaguardar la seguridad de la organización. El Frente de Liberación Nacional de Argelia, por ejemplo, estipulaba un lapso de veinticuatro horas durante el cual el prisionero debía guardar silencio, de ese modo daba tiempo a la organización de poner a resguardo a las personas y la infraestructura que el prisionero pudiera conocer. Pasado ese tiempo, si la tortura persistía, el militante tenía expreso permiso de dar información a sus captores. Siguiendo el ejemplo argelino, hasta diciembre de 1975 Montoneros definió en su Código de Justicia Revolucionaria el mismo procedimiento, y a partir de 1976 adoptó la célebre pastilla de cianuro, que permitía al militante que la portaba optar por el suicidio ante su inminente secuestro a fin de no enfrentar la tortura. En cambio, en el caso del PRT-ERP, su casi único reflejo frente a la extensión de la tortura fue el imperativo de resistir sin delatar. Más aún, consideraba un error la estrategia asumida por el Frente de Liberación Nacional de Argelia:

Nuestro Partido no ha definido aún con precisión cuál debe ser la actitud de un militante y de un combatiente en el supuesto de caer en manos del enemigo. Peor aún, la única vez que se discutió esta cuestión, en el Comité Ejecutivo anterior, en enero de 1969, primó la concepción de que ante las torturas nadie aguanta. Es asimismo muy conocido en el Partido —nunca ha sido rebatido críticamente— el erróneo sistema argelino de permitir la confesión 24 horas después de la detención.[53]

Debe señalarse, a su vez, que el mandato de resistir la tortura sin delatar se complementaba con la confianza en que la solidez ideológica, política y moral del cuadro revolucionario garantizaba su silencio en la tortura. Esa confianza, devenida muchas veces en certeza, parece haber sido compartida por todo el colectivo partidario. Muchos entrevistados —aun aquellos que sufrieron la tortura en carne propia— han manifestado su propio shock o su perplejidad al enterarse de que, tras la caída de algún militante, éste había cantado. La expresión que se reitera en los testimonios es “no lo podía creer”, y debe ser considerada con seriedad.

En resumidas cuentas, con la sangre en el combate o el silencio en la tortura, el cuerpo del militante fue, en definitiva, un cuerpo destinado a la revolución. Un cuerpo cuya unidad ontológica ya no era el propio sujeto sino la Historia.

Resulta claro que, a pesar de los esfuerzos partidarios, la ética del sacrificio tenía sus fisuras. La heroicidad propuesta imponía un modelo “imposible de alcanzar”,[54] y las conflictividades y disidencias, dudas y temores avanzaban en las subjetividades militantes a la par de la confrontación entre imperativos partidarios y experiencia individual. Y sin embargo, no había negociación posible: el héroe tenía su opuesto indispensable, el traidor, el quebrado. Desde las tramas discursivas partidarias, y desde las prácticas que éstas imponían sólo había espacio para la oposición héroe-traidor/héroe-cobarde/héroe-quebrado.

P:–En tu entrevista pasada oponías el héroe al cobarde. Entre uno y otro, ¿qué hay?

R:–No, no había espacio. Había que ser el militante. Había que ser el revolucionario, el que da todo. […] Al que había que imitar era al Che Guevara.


Ante la constatación de tensiones y conflictividades, en un contexto de sensible recrudecimiento de la represión, resulta casi imposible no volver sobre la pregunta del por qué persistieron. Sin embargo, dicho interrogante no admite una respuesta única, sino que existe, más bien, un encadenamiento de motivos que deben ser concebidos en estrecha imbricación. En principio, se destaca el sentido de la ética que no permite regresar tras los propios pasos sin ser considerado un traidor. Los testimonios verifican que, aun denunciando lo absurdo de la opción binaria planteada, ésta no dejaba de calar profundo en los sentimientos que impulsaban la tenaz persistencia del militante.

Verónica, por ejemplo, recuerda que, tras el tiroteo en la quinta de Moreno donde se reunía el Comité Central en marzo de 1976, luego de que ella le dijera a su pareja que ya no podía “vivir así”:

Me sentí una traidora… pero de las peores […] y no es que me fui. No, no; me quedé. Pero me sentí muy mal, ya te digo, traidora por haber pronunciado esas terribles palabras de querer irme […]. Yo había estado ahí, con él, con mi hijo, con los compañeros, en medio del quilombo, del tiroteo. […] Y yo no te puedo explicar la sensación… […], el miedo, el vértigo […] y… nosotros… porque en medio de todo eso, te das la mano, te das aliento, te exponés por tus compañeros y ellos se exponen por vos… te mirás a los ojos… no sé… Bueno, todo eso que pasa en una guerra…[55]

Entre “todo eso que pasa en una guerra” se configura, qué duda cabe, la hermandad entre los combatientes, única garantía de supervivencia y sostén emotivo. Supervivencia, sostén, hermandad: compromiso de sangre que asumía el peso de una deuda. No sólo de una deuda simbólica, ni una deuda general con la causa o con la revolución: se trataba de una deuda de todos y cada uno con el compañero caído, individualizado en su historia personal, con nombre y apellido, en las semblanzas partidarias. Los compañeros se deben los unos a los otros; deuda que es deber y, a la vez, promesa:


El 29 de julio pasado […] un grupo de compañeros de nuestra Regional Córdoba se encontraba realizando pintadas […]. El combatiente Eduardo Giménez, que estaba en tanto separado del resto, fue sorprendido por un patrullero policial y obligado a subir en él. Poco después, el compañero apareció en Colón al 500 […] con una bala en la frente […]. Su muerte, como expresaron los oradores que intervinieron en su velorio, no será en vano. Todos nosotros tomaremos tu fusil, Eduardo.[56]


Ante el miedo a la muerte, ante el miedo a la tortura, ante la certeza íntima de no poder o no querer llevar aquella promesa hasta las últimas consecuencias, ¿por qué persistieron?

Las respuestas ofrecidas por los propios entrevistados a esta pregunta permiten afirmar que, desde el punto de vista subjetivo, abandonar la identidad colectiva conllevaba, necesariamente, una soledad nueva, asimilable a la pérdida de sentido que esa identidad ofreció. El partido parece ser, además, en varios testimonios, el único espacio concebible para estos jóvenes que necesitaban ser parte de ese colectivo, so pena de quedar afuera de una historia anunciada que, a sus ojos, avanzaba veloz hacia la victoria revolucionaria: “Y si yo me iba… ¿a dónde iba?”.[57]

Pero las nociones bélicas que poblaron la forma de pensar y concebir la política, la fuerza religiosa de los mandatos e imperativos resultantes de una iconografía signada por la heroicidad, el sacrificio y el martirio no pueden, sin lugar a dudas, estar ausentes de la respuesta. ¿Por qué persistieron?

Persistieron porque fueron en camino del hombre nuevo. Y, como señala Alain Badiou, el proyecto es tan radical que no importa la singularidad de las vidas humanas, ellas son un mero material. “¡Qué importa el sacrificio de un hombre o de un pueblo cuando está en juego el destino de la humanidad!”, exclamaba Guevara antes de morir.

Persistieron porque el hombre nuevo quedó teñido, en el imaginario perretista, por el sacrificio de hoy en pos de la emancipación del mañana. Signando esa conjunción, hombre nuevo-sacrificio, se erigió el deber moral. Y como insistía la pluma guevarista, si “el deber de todo revolucionario es hacer la revolución”, en toda revolución “se triunfa o se muere cuando es verdadera”.

Persistieron porque habían jurado persistir, tomar el fusil de los muchos otros que habían caído. Persistieron porque, como advertía el Che Gevara en su último Mensaje a los Pueblos del Mundo, en esa confrontación cruenta y final de los desposeídos contra “el gran enemigo del género humano”, “no se trata de desear éxitos al agredido, sino de correr su misma suerte; acompañarlo a la muerte o a la vistoria”.

 

 

  1. Michael Löwy, El marxismo en América Latina. (De 1909 a nuestros días), México, Era, 1982, p. 48. El destacado corresponde al original.

  2. Ernesto Che Guevara, “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”, abril de 1967. No era ésta, por cierto, una caracterización nueva de la revolución para América Latina. Antes bien, reconocía antecedentes en algunos intelectuales revolucionarios de los años veinte, principalmente en la obra del pensador peruano José Carlos Mariátegui. Si bien Mariátegui es tributario del “diagnóstico feudal” —allí donde sostenía que la colonización española del Perú había configurado una economía “semifeudal” en la que las modernas formas capitalistas convivían con las formas feudales sobrevivientes (el latifundio y la servidumbre)—, la corriente representada por Mariátegui rechazaba el modelo que otorgaba a las burguesías nacionales un lugar y un rol en el proceso histórico que pondría fin al capitalismo. Para el pensador peruano las burguesías latinoamericanas habían llegado demasiado tarde al escenario de la historia. En el marco de las características que había asumido la expansión capitalista en el continente, estaban inevitablemente condenadas a la dependencia, a la sumisión al poder económico, político y militar del imperialismo. En síntesis, para Mariátegui, en un continente sometido a la dominación de los imperios ya no había lugar para un capitalismo independiente. La revolución latinoamericana sólo podría ser una revolución socialista, que incluyera objetivos agrarios y antiimperialistas. Tras la Revolución Cubana, estas nociones —el carácter simultáneamente antiimperialista y socialista de la revolución, y la autonomía programática y organizativa del proletariado— fueron recuperadas por los marxistas revolucionarios latinoamericanos. Por otra parte, estas nociones se articulaban bien con la corriente inspirada por las ideas de Trotsky en América Latina. En su célebre obra La revolución permanente, León Trotsky cuestionaba las premisas que sostenía el programa estalinista de “socialismo en un solo país”, cuya contracara era, para los países atrasados en su desarrollo capitalista, la ya mencionada teoría de la revolución por etapas. Desde su exilio en México, el viejo líder afirmaba no sólo que, en un país económicamente atrasado, el proletariado puede llegar al poder antes que en un país capitalista avanzado (bastaba recordar la experiencia rusa); más importante aún, el proceso revolucionario, por definición, no podía reconocer etapas detenidas en el tiempo, sino que implicaba, por sus propios objetivos, agentes motores y condiciones de posibilidad, un proceso ininterrumpido que debía trocar a toda revolución burguesa en socialista.

  3. Ernesto Che Guevara, “Guerra de guerrillas: un método”, en Obras completas, tomo III, Buenos Aires, Ediciones CEPE, 1973, p. 26.

  4. Ernesto Che Guevara, “Guerra de guerrillas: un método”, op. cit., p. 29.

  5. Ibíd., p. 27.

  6. En Venezuela, surgían las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), dirigidas por Douglas Bravo, y el Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR), comandado por Américo Marín. En Guatemala, Turcios Lima conducía las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y Marco Antonio Yon Sosa, el Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre. En Colombia, Fabio Vázquez Castaño lideraba el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y Manuel Marulanda Vélez (“Tirofijo”), las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Luis de la Puente Uceda, al mando del Movimiento de Izquierda Revolucionaria del Perú, iniciaba las acciones guerrilleras en la Sierra Central. También se organizaba en Perú el Ejército de Liberación Nacional, dirigido por Héctor Béjar, y en Nicaragua lo hacía el Frente Sandinista de Liberación Nacional, al mando de Carlos Fonseca. Y en el noroeste argentino se instalaba el Ejército Guerrillero del Pueblo, liderado por Jorge Masetti. Antes de finalizar la década de los sesenta, la mayoría de estos movimientos guerrilleros habrían de fracasar total o parcialmente.

  7. Las FAR se fusionaría con Montoneros (de identidad peronista que se erigiría como una de las dos organizaciones guerrilleras más importantes del país) en octubre de 1973; los CPL se disolverían hacia 1974-1975 integrándose algunos de sus militantes a Montoneros y otros al PRT-ERP; y las FAL se disolverían en 1975, conformando buena parte de su militancia, la Organización Comunista poder Obrero (OCPO).

  8. “Proyecto de resolución de 1967 sobre Latinoamérica, preparado para el Tercer Congreso del PRT”, en en Ernesto González (coord.), El trotskismo obrero e internacionalista en la Argentina, Tomo III, Vol. 2, Buenos Aires, Antídoto, 1999, pp. 190-191.

  9. “Declaración General de la Primera Conferencia Latinoamericana de Solidaridad”, 1967, en Michael Löwy, op. cit., p. 295. El destacado es mío.

  10. Nahuel Moreno, “La Revolución Latinoamericana, Argentina y nuestras tareas. Documento interno”, noviembre de 1967, en Ernesto González, op. cit., p. 192.

  11. Resulta pertinente señalar que, hacia 1967, se produjo un fuerte acercamiento entre el castrismo y la IV Internacional, que quedaría cristalizado hacia 1969 en el IX Congreso de este organismo. Allí se proclamó la orientación hacia la lucha armada y la integración de las organizaciones trotskistas en la OLAS. Sin embargo, a lo largo de la década de los setenta, el Secretariado Unificado de la IV Internacional tomará cierta distancia del castrismo para realizar, finalmente, una autocrítica por haber reivindicado la lucha armada.

  12. Cuatro años más tarde, y en un contexto de autocrítica por haber apoyado entusiastamentela lucha armada continental, fundarían en 1972, con el aporte de una fracción del Partido Socialista Argentino encabezada por Juan Carlos Coral, el Partido Socialista de los Trabajadores (PST).

  13. Domecq, Sergio, Carlos Ramírez, Juan Candela (seudónimos), El único camino hacia el poder y el socialismo, s/l, Ediciones Combate, 1968, p. 36.

  14. Ibíd., p. 33.

  15. Ibíd., p. 24.

  16. Ibíd., pp. 25-26.

  17. Ibíd., p. 26. Los destacados corresponden al original.

  18. El Combatiente, nº 33, 6 de agosto de 1969.

  19. Resoluciones del V Congreso y de los Comité Central y Comité Ejecutivo Posteriores, Buenos Aires, PRT, 1973, pp. 73-74. El destacado es mío.

  20. “Al Pueblo Argentino”, La Tribuna de Rosario, 20 de septiembre de 1970, en Daniel De Santis, A vencer o morir. PRT-ERP. Documentos, Tomo I, Buenos Aires, Eudeba, 1998, p. 182. El destacado es mío.

  21. El Combatiente, nº 51, enero de 1971. El destacado es mío.

  22. “Resoluciones del Comité Central de diciembre de 1972”, pp. 226-227. El destacado es mío

  23. “Por qué el ERP no dejará de combatir. Respuesta al Presidente Cámpora”, proclama, 13 de abril de 1973.

  24. El Combatiente, nº 155, 17 de febrero de 1975. El destacado es mío.

  25. El Combatiente, nº 171, 11 de junio de 1975. El destacado es mío.

  26. El Combatiente, nº 220, 9 de junio de 1976.

  27. El Combatiente, nº 220, 9 de junio de 1976. El destacado es mío.

  28. Según lo señalado por Horacio Tarcus en el estudio preliminar a la reciente reedición (Buenos Aires, Capital Intelectual, 2009), esta obra fue editada por primera vez en 1938 en México, con el título Humanismo burgués y humanismo proletario. De Erasmo a Romain Rolland, por Editorial América. La primera edición en la Argentina llevó el título De Erasmo a Romain Rolland, Buenos Aires, El Ateneo, 1939. Tarcus agrega que el primero en conjeturar que Guevara habría leído a Ponce fue Michael Löwy, en El pensamiento de Che Guevara, Buenos Aires, Siglo XXI, 1971. Muchos años después, Carlos Infante testimonió que su hermana Tita y el Che, en efecto, habían leído varios libros de Ponce, entre ellos, Humanismo burgués y humanismo proletario (Adys Cupull Reyes y Froilán González, Cálida presencia. La amistad del Che y Tita Infante a través de sus cartas, Rosario, Ameghino, 1997).

  29. Ernesto Che Guevara, “El socialismo y el hombre nuevo en Cuba”, Cuadernos de Marcha, nº 7, noviembre de 1967, p. 119.

  30. Ídem.

  31. Ídem.

  32. Ibíd., p. 120. El destacado es mío.

  33. Ibíd., p. 117. El destacado es mío.

  34. Ibíd., pp. 123-125,

  35. Ernesto Che Guevara, “La guerra de guerrillas”, en Obras completas, tomo II, op. cit., p. 47.

  36. El imperativo sacrificial de dar la vida por la organización no fue privativo del PRT-ERP; antes bien, se reconoce en las diversas tradiciones de las izquierdas, pudiendo remontarse, en alguna medida, a la anarquista, aunque sin duda alcanzó una forma más acaba en la tradición comunista. En esta tradición, ser del partido implicaba necesariamente una subordinación del individuo al colectivo. Y el partido, desde

    luego, podía encomendar al militante una misión de riesgo. Sin embargo, aunque el riesgo de muerte haya estado siempre presente en el horizonte de ese modelo de militancia a menudo clandestina, no se trataba necesariamente de “ir a morir”, de “lanzarse al combate”. En la tradición comunista, la expresión “dar la vida por la revolución” no implicaba necesariamente la muerte, sino la infatigable consagración de la vida a la actividad revolucionaria; no consistía en ir en busca de una muerte sacrificial, sino en realizar pequeños sacrificios día a día en pos de las necesidades del partido. Esta diferencia explica que los comunistas hayan sido más “protectores” de la vida y la seguridad de sus militantes.

  37. Resoluciones del V Congreso y posteriores, PRT, 1971, p. 10.

  38. Estrella Roja, s/n, abril de 1971. Colección Documento Histórico, nº 26, Infobae.

  39. Estrella Roja, nº 23, 15 de agosto de 1973. El destacado es mío.

  40. Silvia, 9 de abril de 2000. Testimonio brindado a la autora.

  41. Memoria Abierta, testimonio de Eduardo Anguita, Buenos Aires, 4 de diciembre de 2001.

  42. Miguel, 2 de marzo de 2000. Testimonio brindado a la autora.

  43. Estrella Roja, s/n, abril de 1971. Colección Documento Histórico, nº 26, Infobae.

  44. Estrella Roja, nº 2, mayo de 1971.

  45. Ídem.

  46. El Combatiente, nº 37, 8 de octubre de 1969.

  47. “Han muerto revolucionarios. ¡Viva la revolución”, volante, s/l, julio de 1974. Las mayúsculas corresponden al original.

  48. Silvia, 9 de abril de 2000. Testimonio brindado a la autora.

  49. Resoluciones del V Congreso, op. cit., p. 139. El destacado es mío.

  50. Miguel, 2 de marzo de 2000. Testimonio brindado a la autora.

  51. PRT, Moral y proletarización. Pequeña burguesía y revolución, PRT, 1972, p. 26.

  52. Resoluciones del Comité Central del V Congreso, op. cit., apartado “Resoluciones sobre la Moral ante el Enemigo”, p. 143. El destacado corresponde al original.

  53. Resoluciones del V Congreso, op. cit., pp. 143-144.

  54. Miguel, 20 de enero de 2000. Testimonio brindado a la autora.

  55. Verónica, 19 de junio de 2006. Testimonio brindado a la autora.

  56. El Combatiente, 10 de agosto de 1973.

  57. Silvia, 9 de abril de 2000. Testimonio brindado a la autora.

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