Dossier Guevarismo en América Latina

Revolucionarios y desesperados

Usos y apropiaciones del Che Guevara en los espacios de militancia comunista del 68 uruguayo

 Vania Markarian
Universidad de la República (UdelaR)

En mayo de 1968, en momentos de intensas movilizaciones contra las políticas económicas y el autoritarismo del gobierno de Jorge Pacheco Areco, el prestigioso semanario uruguayo Marcha publicó un editorial donde su veterano director, Carlos Quijano, evocaba la “imagen de los desesperados” para dar cuenta de la impetuosa irrupción juvenil en las calles de Montevideo. Citaba al entonces influyente Herbert Marcuse para decir que la ola de movimientos estudiantiles que barría el mundo era propulsada por legiones de jóvenes “desesperados” ante las escasas oportunidades económicas, sociales y culturales que se les ofrecían en sus respectivos países. También sostenía que estos movimientos no miraban a Moscú, como había hecho gran parte de la izquierda hasta el momento, sino a China y a Cuba: “Marx, pero ante todo Mao. Y también Fidel y el Che, cuya muerte heroica le otorga un resplandor sin par.” El Che, seguía el editorialista, “es el héroe y es la aventura y la vida y la muerte gloriosas, pero sobre todo la prefigura del ‘hombre nuevo’. La imagen de los desesperados cuando ‘sólo los desesperados pueden devolvernos la esperanza’.”[1]

Unos pocos números después, mientras seguían creciendo las movilizaciones estudiantiles, un lector, autodenominado “Joven Comunista”, envió una carta al semanario en la que, además de rechazar la incidencia del líder chino y reivindicar el ejemplo soviético, se inspiraba en el Che para contradecir a Quijano (y a Marcuse): “Somos revolucionarios, no desesperados.”[2] Aunque Quijano de modo alguno reducía esos movimientos a una simple manifestación etaria, sino que sumaba esa explicación como una dimensión más del análisis, el “Joven Comunista” hacía honor a la línea partidaria al rechazar tajantemente la “concepción generacional”:

En esta época…, la del proletariado, no es posible la subsistencia del “mensaje generacional”. Se dirá: qué afirmación poco “joven”. Al contrario: generacionarnos es castrarnos nuestra calidad para con fuerza juvenil llegar a la esencia del drama. …el problema de la juventud no es si se siente representada y con capacidad creativa en su generación, sino… en el conjunto del movimiento. Esto…, más allá de generaciones, es lo que define a un movimiento joven, y uno de los factores que define a un movimiento revolucionario. Valga si es necesario la afirmación de [el Secretario General del Partido Comunista del Uruguay, PCU, Rodney] Arismendi… “somos revolucionarios y no pensamos…quedar para semilla”. Más allá de la magnitud personal o de un grupo de dirigentes, es la definición de todo un partido. Eso no es de desesperados ¡y ésa también era la guía que aprendimos del Che! ¡Viviente o asesinado![3]

Esta incipiente polémica pública en uno de los medios de prensa más leídos por toda la izquierda uruguaya de la época permite empezar a ubicar la importancia de los diferentes usos y apropiaciones de la figura de Ernesto Che Guevara en el marco de las movilizaciones de 1968.

Al momento del intercambio, las protestas estudiantiles llevaban ya varias semanas. Habían comenzado a poco de iniciarse las clases dentro de los carriles usuales de las recurrentes reivindicaciones por el precio del boleto para los alumnos de secundaria. Hacia mediados de año se sumaron los universitarios con las también tradicionales demandas presupuestales. Para entonces, ya estaban aceitados los mecanismos de coordinación con los trabajadores organizados en defensa de sus salarios y contra la profundización del rumbo de liberalización económica del gobierno de Pacheco. La represión no se hizo esperar. A partir de ese momento, como nunca antes en la historia nacional, el Poder Ejecutivo dispuso de modo sistemático Medidas Prontas de Seguridad, una forma limitada del estado de sitio prevista en la Constitución que posibilitó la suspensión de los derechos de huelga, reunión y expresión, la reglamentación de la actividad sindical, la militarización de los funcionarios públicos y la paralización de la actividad en la enseñanza. La escalada autoritaria no logró detener el clima de movilización. Los estudiantes mantuvieron un papel central en esas jornadas de protesta. Su poder de convocatoria, la originalidad de sus métodos, la predilección por prácticas violentas como las pedradas, los incendios de vehículos y barricadas, y la creciente voluntad de confrontar con las fuerzas represivas, cada vez más y mejor equipadas, marcaron el tono de las movilizaciones y los pusieron en el centro de los debates públicos, especialmente en las tiendas de la izquierda.[4]

Al analizar esos sucesos, los comunistas, como vimos en la carta recién citada, diluían la novedad de la “insurgencia juvenil” en su vieja preocupación por el papel de las “capas medias avanzadas de la intelectualidad”, especialmente los universitarios y los estudiantes, insistiendo en que las inquietudes políticas de esos sectores sólo podrían adquirir sentido al encuadrarse en organizaciones que “acumularan fuerzas” para integrarse a la lucha encabezada por la clase obrera.[5] Lo dijo claramente Walter Sanseviero, Secretario General de la Unión de Juventudes Comunistas (UJC), ramal juvenil del PCU: no se podía sustituir “la necesaria acción de masas por la acción grupuscular”, ni abandonar “la preocupación por el encuadramiento de decenas de miles de estudiantes enfrentando la política gubernamental por la esperanza puesta en la actividad de un grupo selecto”. En otras palabras, el movimiento estudiantil debía entenderse como “una fuerza social de la revolución, directamente aliada de la clase obrera” y no como “un grupo operativo en el marco del movimiento popular”.[6] Este deslinde aludía a las posturas de los sectores más confrontativos que tendían a asignar un peso superlativo a las protestas estudiantiles y cuestionaban radicalmente las formas de organización y lucha que los comunistas imponían en sindicatos y gremios por ser “incapa[ces] de lograr una movilización de verdadera trascendencia”.[7] Desde estos grupos, el elogio al efecto “polarizador”, “propagandístico” y “didáctico” de las acciones estudiantiles podía sugerir tanto el papel radicalizador de pequeños grupos militantes en la línea foquista que empezaban a defender públicamente algunos grupos armados como “la clara acción de rebasamiento estructural” de los estudiantes franceses que celebraba, por ejemplo, la Asociación de Estudiantes de Bellas Artes, de mayoría anarquista.[8]

Estos debates evidenciaban que, al igual que en tantos otros lugares, el inesperado protagonismo estudiantil tenía un efecto detonante de nuevas polémicas sobre viejos temas como el papel de los diferentes sectores sociales en los cambios revolucionarios, el recurso a la violencia y la relación entre movimientos sociales y partidos políticos en la conducción de esos procesos.

En el marco de esos debates, resulta interesante anotar la prevalencia de la invocación al Che en las diferentes tiendas de la izquierda en diversas combinaciones con otras figuras y fuentes doctrinarias. Como muestra la polémica antes citada, lo reivindicaban los comunistas, por entonces la fuerza más importante en términos electorales y de participación sindical, y también el conglomerado diverso y más o menos inorgánico de militantes e intelectuales que desafiaban, desde postulados más radicales, sus posiciones e influencia entre los estudiantes y trabajadores sindicalizados.

Es difícil encasillar al propio Quijano pero no parece arriesgado decir que Marcha daba por entonces voz a gran parte de esa constelación de posiciones que fue adquiriendo forma en los debates que florecieron en la coyuntura de 1968. El hecho de que el gobierno de Pacheco se hubiera inaugurado en diciembre de 1967, luego de la inesperada muerte del presidente Óscar Gestido, con la proscripción de varios grupos y partidos que habían adherido a la lucha armada, agregaba urgencia a estas búsquedas ideológicas con el objetivo de reconstruir espacios de encuadramiento militante.

En ese contexto de reorganización, debate y enfrentamiento interno, el análisis de los usos y apropiaciones de la figura del Che permite mostrar los énfasis diferenciales de cada sector en consonancia con sus posturas políticas, opciones doctrinarias y, de modo central, sus apreciaciones del curso revolucionario cubano. Por detrás de esas diferencias, sin embargo, aparece una construcción heroica que, de modo más o menos velado, apelaba a un trasfondo común de imágenes de entrega y sacrificio. ¿De qué manera incidieron esas imágenes en la definición de los requerimientos de la lucha y el compromiso militante en las varias opciones que se planteaban ante los jóvenes movilizados de la época? ¿En qué medida colaboraron a mantener su atractivo y capacidad de reclutamiento?

Deteniéndose en los espacios de militancia de los jóvenes comunistas, las páginas que siguen buscan abordar esas preguntas para caracterizar las experiencias compartidas por quienes se iniciaron a la vida política en el contexto del movimiento estudiantil de 1968.

1. Las izquierdas uruguayas y Cuba

Como en otros muchos países, el asesinato del Che, ocurrido en Bolivia en octubre de 1967, tuvo un gran impacto en los diferentes grupos y partidos de la izquierda uruguaya. Estas reacciones continuaban las polémicas que cada derivación, ramificación y secuela de la experiencia cubana había desatado en esos sectores desde el triunfo mismo de la revolución.

El historiador Eduardo Rey Tristán ha estudiado en detalle las primeras acciones de solidaridad con Cuba en espacios de sociabilidad de obreros y estudiantes marcados por el pluralismo ideológico y la capacidad de atraer a sectores menos politizados. Su análisis hace énfasis en la pronta manifestación de dos tendencias contrapuestas en esas instancias de movilización. Además de las diferencias de base sobre lo que estaba ocurriendo en Cuba, estas tendencias discrepaban sobre la posibilidad y conveniencia de trasladar sus conclusiones al proceso uruguayo. De esta manera, sin negar las experiencias comunes de esa etapa pero centrándose en la magnitud de sus discrepancias, Rey Tristán anticipa en los tempranos sesenta las líneas de divergencia en los lustros siguientes entre lo que llama “izquierda tradicional (representada sobre todo por el Partido Comunista del Uruguay)”, que mantenía su celebración de la experiencia cubana separada de su evaluación de las condiciones locales, y la “izquierda radical o revolucionaria”, surgida “a partir de la influencia cubana especialmente” y proclive a promover acciones similares a nivel nacional.[9]

Haciendo acuerdo con esta división básica, me gustaría agregar otros efectos de Cuba en las izquierdas uruguayas. En el movimiento estudiantil, por ejemplo, los sucesos cubanos fueron determinantes en la consolidación de una nueva hegemonía fundada en la alianza entre socialistas y comunistas que vino a sustituir en la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (FEUU) al anterior liderazgo de base anarquista, partidario del ya tradicional “tercerismo” de muchos intelectuales uruguayos frente al conflicto de las dos grandes potencias de la Guerra Fría. Esto tuvo que ver con la división de los anarquistas, con sectores importantes que se mantuvieron firmes en su oposición a ciertos rasgos del nuevo régimen de la isla que colisionaban con su orientación anti autoritaria, anti estatista y crítica del campo socialista. A su vez, los grupos de orientación marxista se vieron pronto hermanados en su adhesión a la primera experiencia socialista del continente a pocas millas de Estados Unidos, convergiendo con quienes, desde diferentes raíces nacionalistas, latinoamericanistas y anti-imperialistas, como muchos colaboradores de Marcha, festejaban también la consolidación del proceso revolucionario cubano.[10]

En aras de mostrar más matices, detengámonos un momento en el muy temprano y decidido apoyo del PCU, que el historiador Gerardo Leibner ha analizado en sus divergencias con respecto a las posiciones de similares partidos del continente. En el marco de la reciente renovación de sus prácticas políticas, esta precoz señal amplió el arco de influencia de este grupo y contribuyó al crecimiento de su sector juvenil, especialmente entre los estudiantes de Montevideo.[11] El acrónimo de la primera coalición fundada por los comunistas en 1962 como parte de sus esfuerzos por ampliar sus alianzas políticas revela la importancia y el simbolismo de Cuba: Frente Izquierda de Liberación Nacional, FIDEL. El aprecio era recíproco y las posiciones del PCU, que se mantenía afín a las definiciones soviéticas acerca de la viabilidad de un “tránsito pacífico al socialismo” sin desconocer las particularidades de la “revolución continental”, tuvieron en 1961 el espaldarazo del Che Guevara en su visita a Montevideo cuando aconsejó preservar la democracia y evitar cualquier recurso “innecesario” a la lucha armada.[12]

Con el pasar de los años, las redefiniciones del rumbo del régimen revolucionario y la proliferación de nuevas opciones de izquierda en América Latina, el papel de la dirigencia de la isla en la interna de esos grupos se fue volviendo cada vez más complejo, transformándose muchas veces en árbitro y juez de sus querellas. Como ha señalado el historiador Aldo Marchesi, las apropiaciones de la experiencia cubana y del pensamiento de sus líderes fueron predominantemente críticas en el Cono Sur y condujeron a una reconsideración del “repertorio de protesta” insurreccional inaugurado por la revolución. La propia dirigencia cubana se había ocupado de señalar tempranamente que, dadas las particularidades geográficas y políticas de la región, la guerra de guerrillas era impracticable en países como Uruguay (y, con matices, también en Chile). Sin embargo, ese “repertorio”, especialmente la idea del “foco revolucionario” preconizado por el Che y divulgado por el joven intelectual francés Regis Debray, así como el planteamiento de la “revolución continental” y, de modo principal, la necesidad de adoptar métodos violentos, fueron centrales en esas reconsideraciones que contribuyeron en el caso uruguayo en el correr de los años sesenta a la creación del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T) y otros grupos partidarios de diversas versiones de la lucha armada y la acción directa.[13]

No está de más aclarar, para terminar este brevísimo panorama, que las evaluaciones de los avatares cubanos estuvieron siempre en diálogo con el cada vez más firme convencimiento de que la tan mentada democracia uruguaya era una farsa que, además de enmascarar la desigualdad, sufría un rápido deterioro que cerraba todo espacio para la promoción del cambio social a través de los métodos legales defendidos por la mayor parte de la izquierda hasta ese momento.

En ese estado estaba la interna de la izquierda uruguaya hacia 1967 cuando se celebró en La Habana la conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). Allí, a instancias de la dirigencia cubana, las delegaciones de los diferentes países abordaron las singularidades de la revolución en el continente junto con los dilemas de sus camaradas del mundo como la confrontación entre la Unión Soviética y China y otras controversias en los países socialistas. El Che, cuyo paradero en Bolivia era aún desconocido por muchos de los asistentes, había anticipado el tono de la reunión con un mensaje que exaltaba la violencia revolucionaria, criticaba a la Unión Soviética y proponía una estrategia continental (el conocido “crear dos, tres, muchos Vietnam”), actitudes que caracterizaron a gran parte de la izquierda de la región en los años siguientes.[14]

La delegación uruguaya estaba liderada por el PCU y sus aliados del FIDEL e integraba también al Partido Socialista (PS) como observador. No había representantes del MLN-T. El grupo no había ganado gran notoriedad pública hasta ese momento y, aunque su primer documento doctrinario apoyaba la reciente propuesta del Che, su acercamiento a Cuba debía todavía superar las tensiones derivadas de las anteriores posturas de la isla sobre el rendimiento de la guerrilla urbana y las posibilidades revolucionarias en países donde las libertades democráticas aún se respetaban.[15]

En todo caso, las conclusiones de la OLAS señalaron inequívocamente la nueva definición de la dirigencia cubana acerca de la necesidad y perentoriedad de la lucha armada en la experiencia revolucionaria de toda América Latina. Ese dictamen fue clave en el reposicionamiento de la izquierda uruguaya. Varios grupos (incluyendo sectores del tradicionalmente legalista y liberal PS) se reorganizaron en torno a su abierta adhesión a ese credo y fueron por eso, como dijimos, proscriptos por el gobierno de Pacheco, alentando su radicalización, atomización y reagrupamiento en el lustro siguiente. El PCU, en cambio, expresó claramente su oposición a definiciones taxativas por las armas como las tomadas en La Habana al tiempo que evitaba alinearse con los representantes de otros partidos comunistas abiertamente atacados por Fidel Castro por su negativa a apoyar a los movimientos guerrilleros que se iniciaban en sus respectivos países. Arismendi, que estaba presente en el estrado al cierre del encuentro de la OLAS, no aplaudió cuando la inmensa mayoría de los delegados ovacionó las resoluciones a favor de la lucha armada y de tono crítico hacia a la Unión Soviética.[16]

Entre esos avatares y a medida que los Tupamaros y otros grupos ganaban visibilidad y comenzaban a estrechar sus lazos con la isla, la relación del PCU con los cubanos tuvo sus inflexiones y tensiones, pero no abandonó nunca el canal de simpatía mutua abierto desde el triunfo mismo de la revolución. El apoyo a la misión del Che en Bolivia desde 1966 (que utilizó un pasaporte falso uruguayo y se escondió en casa de militantes comunistas en su paso por Uruguay), así como el aprestamiento de un grupo importante de cuadros partidarios para acompañarlo en esa y otras intervenciones armadas en el continente, dan la pauta de esta perdurable relación de amistad por encima de las diferencias sobre la oportunidad y pertinencia de esas acciones.[17]

2. Reacciones frente a la muerte del Che en Bolivia

Los antecedentes recién presentados explican que los comunistas uruguayos reaccionaran frente a la muerte de Guevara con expresiones de inequívoca admiración por su figura. Al enterarse del asesinato, el PCU y la UJC promovieron inmediatamente una serie de homenajes que recordaban, en palabras del historiador Gerardo Leibner, “formas de culto solemne, típicas de la cultura política soviética”. La decisión de bautizar a la cohorte de afiliados a la UJC en 1968 como “Promoción Comandante Ernesto Che Guevara”, por ejemplo, apuntaba a incorporar al “nuevo ícono revolucionario juvenil” a las viejas tradiciones partidarias de investidura y homenaje.[18] Estas tradiciones correspondían a lo que la investigadora Marisa Silva ha llamado una épica “de la entrega diaria y sacrificada de la militancia legal” basada en el cumplimiento de las metas asignadas para cada instancia.[19] Si tenemos en cuenta las circunstancias de su muerte, las características de sus últimos emprendimientos y los cuestionamientos de la dirigencia cubana a los modos de organización y acción política de los partidos comunistas de orientación pro soviética, es claro que no siempre era fácil usar el nombre y la imagen del Che para revestir de grandeza las rutinarias tareas de organización, educación y finanzas. Así, los dirigentes del PCU terminaron muchas veces recurriendo a otros nombres para priorizar las tareas de construcción partidaria.

No obstante, al ser interrogados por sus personajes más admirados, la mayoría de los jóvenes comunistas mencionaba en primer lugar al Che para luego citar a otros como el checo Julius Fucik, el franco-argelino Henri Alleg, los vietnamitas Ho Chi Minh y Nguyen Van Troy, Lenin, Fidel o el héroe nacional José Gervasio Artigas.[20] De igual modo, los discursos y publicaciones partidarias siguieron apelando reiteradamente al revolucionario argentino. Estas referencias solían tener un tono defensivo que reconocía la necesidad de disputarlo frente a otros sectores de izquierda. Si bien evitaron, al menos en público, entrar en los debates sobre el papel de los comunistas bolivianos en su derrota, los dirigentes uruguayos recogieron varias veces el guante de la confrontación y defendieron su interpretación de la gesta cubana y el pensamiento guevarista.[21] Sanseviero, por ejemplo, explicó al Congreso Nacional de la UJC en 1969 que “se puede deducir inmediatamente la similitud entre las concepciones expuestas por el Che y los planteos estratégicos de nuestro Partido, expuestos en documentos que van desde 1955 hasta la fecha…”. Mediante una cuidadosa selección de citas de un artículo de Guevara de 1961 (publicado originalmente en la revista cubana Verde Olivo) sostuvo que los puntos esenciales de encuentro tenían que ver con la dimensión continental de la revolución y con la necesidad de “aprovechar las contradicciones de la burguesía” para elegir los métodos más atinados en cada momento y “ganar el apoyo de las grandes masas”.[22] Era clara allí la intención de defender la línea de acción del PCU y su adhesión a los métodos legales de lucha, incluyendo el camino electoral y las luchas reivindicativas de los sindicatos de trabajadores y estudiantes, sin entrar a criticar las opciones estratégicas que se pudieran tomar en otros lugares y momentos. La elección de un texto temprano permitía ese juego de citas legitimadoras que no era posible emprender con los escritos más recientes de Guevara, sobre los que solía guardarse un cuidado silencio.

En otros casos, se buscaba corregir ciertas interpretaciones de la figura (ya no del pensamiento) del Che, como muestra el siguiente comentario de Arismendi: “Ernesto Guevara anda entre nosotros… con su sonrisa que algunos pretendían era irónica pero que en verdad era una congelada mezcla de certidumbre, juicio crítico y dominada timidez.”[23] Como sugiere esa cita, se apuntaba a romper las cadenas de sentidos que convertían al argentino en un paradigma del desapego y el espíritu de aventura como valores básicos de la militancia revolucionaria. Para eso, tal como vimos en la misiva de respuesta a Quijano, se comenzaba por negar la dimensión generacional asignada a esos valores para luego proponer una suerte de heroísmo cotidiano que se defendía como “verdaderamente revolucionario” por contraposición a quienes exaltaban “la aureola de la opción de la lucha armada como camino de entrega total”, otra vez en palabras de Silva.[24] Era frecuente que estas invocaciones evitaran confrontar en el terreno doctrinario y lo ofrecieran básicamente como fervorosa inspiración para la entrega militante. El Secretario General del PCU, Rodney Arismendi, explicó claramente que:

nos parece más importante que empezar a pasar por el cernidor cada frase de Guevara, comprender el valor de su holocausto…y el que tengamos en nuestras filas miles y miles de combatientes tan dispuestos a dar su sangre por la revolución como ha hecho este héroe de América Latina.[25]

Vemos entonces que las apelaciones al Che de los comunistas uruguayos combinaban la ocasional reivindicación de parte de su legado frente a otros usos y apropiaciones con una inequívoca admiración por su entrega, su heroísmo y su “holocausto”. En los sectores más confrontacionales puede observarse una similar combinación de invocaciones emocionales y referencias doctrinarias con énfasis en la importancia de la lucha armada preconizada por Guevara. Así, el Che aparecía como un modelo de sacrificio militante y también como una fuente de lecciones sobre el papel de las guerrillas en la revolución latinoamericana.

Puede afirmarse que estas lecturas, realizadas con posterioridad a la derrota de su incursión boliviana, formaban parte del mismo impulso de revisión crítica del “repertorio de protesta” legado por Cuba que, según el análisis de Marchesi, había llevado a varios movimientos del sur del continente a defender la implantación de focos revolucionarios en los núcleos urbanos de la región. En 1968, a un año de la muerte de Guevara, Carlos María Gutiérrez, otro destacado colaborador de Marcha, temprano admirador de la experiencia cubana y claro exponente de quienes rechazaban las posiciones comunistas sobre las vías de la revolución en América Latina, concluyó que la propuesta guevarista estaba quedando “parcialmente anacrónica” tanto en lo relativo a la “guerra de guerrillas” como su esfuerzo de síntesis del marxismo con la experiencia cubana. Hacía poco más de un año que había defendido sin vacilar la instalación de un foco en Bolivia, desplegando un conocimiento pormenorizado de las teorizaciones de Guevara y Debray y erigiendo esa experiencia en ejemplo para el continente. Al cumplirse el primer aniversario de su fracaso, se permitía extraer otra lección, aunque fuera negativa: “¿Qué mejor homenaje al Che que descubrir el sentido de sus tareas póstumas y sacar las conclusiones que nos sirven?”[26]

Por encima de esas cambiantes evaluaciones, interesa resaltar aquí que vastos sectores resignificaron la derrota y trágica muerte de Guevara “en clave de combate”, según muestra el análisis de Marchesi de las lecturas “sentimentales” que acompañaron la interpretación de este suceso en los grupos armados de toda la región.[27] A diferencia de las recién citadas reflexiones de Gutiérrez, muchas de estas reacciones solían no ir acompañadas de ninguna elaboración política o doctrinaria. En palabras del escritor Jorge Musto, que, como Gutiérrez, rondaba los cuarenta años en 1968: “Hay que putear o agradecérselo, nadie le pidió que hiciera lo que hizo y desde el 8 de octubre del 67 nos hemos convertido en sus damnificados. A menos que sepamos encontrar razones similares, una rabia igual, un cierto coraje para defenderlas.”[28] A la eficacia de este tipo de elegías hacía referencia seguramente el veterano director de Marcha cuando citaba a Marcuse y mentaba a Guevara para hablar de los jóvenes como “desesperados” que podían “devolver la esperanza” mediante su entrega.

En los años posteriores, a medida que aumentaba la represión, estas apelaciones “sentimentales” —que hacían del Che, sobre todo, un símbolo de resistencia contra los valores individualistas de la sociedad capitalista— fueron perdiendo fuerza frente a los requerimientos concretos de las estrategias militares de las diferentes organizaciones. Pero en 1968 muchas de esas expresiones de bronca unían una reivindicación fundamentalmente estética del poder emancipador de la violencia revolucionaria con claras referencias a la cultura juvenil del momento. Evoquemos, por ejemplo, la pose, la indumentaria y la guitarra empuñada casi como un arma por el entonces todavía joven cantautor Daniel Viglietti en la foto de tapa de su disco Canciones del hombre nuevo, desde donde, en plenas jornadas de lucha estudiantil, invocaba el ejemplo de Guevara:

Por brazo, un fusil;

por luz, la mirada.

Y junto a la idea

una bala asomada. […]

Su grito será

de guerra y victoria,

como un tableteo

que anuncia la gloria.[29]

En algunos casos, la invocación al Che combatiente revelaba también el paradójico “anti intelectualismo” de muchos intelectuales y artistas de los sesenta que tan bien ha descrito Claudia Gilman.[30] Lo expresó claramente la joven escritora Cristina Peri Rossi: “la generación ‘presente’…no se limita a firmar manifiestos, casi siempre elegantes y bien vistos, o a escribir su poemita al Che, cómodamente instalados en su escritorio”.[31]

3. Paradojas del crecimiento de las izquierdas en 1968

Ubiquemos esas lecturas del legado y la imagen de Guevara en el marco de las diferentes concepciones de la izquierda acerca de los requerimientos de la lucha revolucionaria y los desafíos que se abrían para los sectores movilizados en el Uruguay de 1968. En el caso de los comunistas, lo más importante a los efectos de comprender el redoblado prestigio del Che es entender sus crecientes dificultades para mantener el apoyo a Cuba cuidadosamente apartado de cualquier consideración sobre el proceso uruguayo. Ese deslinde, que había caracterizado su saludo a los primeros pasos de la revolución, resultaba difícil en un ambiente marcado por el autoritarismo del gobierno de Pacheco, su permanente recurso a medidas de excepción y a la supresión de libertades públicas, el desconcierto de la mayor parte del sistema político y la radicalización de las movilizaciones de trabajadores y estudiantes. A esto se sumaba la estrepitosa irrupción pública de los Tupamaros y otros grupos partidarios de la lucha armada y la acción directa bajo la premisa de que la situación actual no daba garantías para seguir apostando a los métodos legales de lucha.

Como dijimos, el PCU nunca había descartado la lucha armada como el método “más problable” en etapas más avanzadas de la revolución socialista en América Latina (en discursos y documentos que adquirieron, como señaló el dirigente José Luis Massera, un franco “olor a pólvora” y también mediante la creación de un aparato armado clandestino incluso ante la mayor parte de sus afiliados).[32] Estas posiciones se habían reforzado con el golpe de Estado brasileño de 1964 y la posibilidad de que algo similar sucediera en Uruguay. Sin embargo, su evaluación de la situación local, había apostado al “camino menos doloroso al socialismo” y al respeto por las “tradiciones democráticas del pueblo uruguayo”, reivindicando la progresiva “acumulación de fuerzas” para iniciar la primera etapa, “agraria y antimperialista”, del proceso revolucionario. Desde esas posturas, los dirigentes comunistas no dudaron en 1968 en tildar de “aventureros” a los grupos que buscaban abiertamente la confrontación, recurriendo a Lenin para advertir contra la tesis de que la “sensación política” podía sustituir la “educación política revolucionaria de las masas”, en palabras de Arismendi muy similares a las de Sanseviero citadas al comienzo de este texto.[33] Durante las masivas acciones de oposición a Pacheco, de las que participaron activamente, redoblaron sus advertencias sobre el peligro efectivo de que los sectores movilizados “a la violencia respondan con la violencia”, otra vez según Massera, y asumieron una actitud de contención dirigida a evitar una escalada donde las fuerzas represivas, según argumentaban, tenían todas las de ganar.[34]

Para ese entonces, las escaramuzas y choques entre la policía y los manifestantes eran moneda corriente en las movilizaciones estudiantiles, mientras la participación juvenil desbordaba las estructuras gremiales tradicionales tanto en secundaria como en la Universidad y los grupos más radicales ganaban peso en las instancias de conducción donde antes habían predominado los comunistas y sus aliados. Esta deriva se agudizó hacia mediados de año con la creciente intensidad de la represión y la disposición de los estudiantes movilizados a enfrentarla, produciendo un aumento exponencial de la cantidad de presos y heridos. Entre agosto y setiembre, por primera vez en la historia de las manifestaciones estudiantiles en el país, tres jóvenes fueron asesinados por la policía en las calles de Montevideo. Los tres estaban afiliados a la UJC.

Detengámonos ahora para tratar de explicar esta aparente paradoja ¿Cómo interpretar el hecho de que los tres muertos del movimiento estudiantil de 1968 provinieran de una organización que advertía con insistencia sobre la necesidad de evitar la confrontación? Como posible respuesta a esas preguntas, se ha sostenido, por ejemplo, que la disciplina militante los ponía en la primera fila de un enfrentamiento que su partido rechazaba o que participaban de esas manifestaciones como forma de mantener su influencia y asegurar la unidad del estudiantado, a pesar de haber votado en su contra en las asambleas gremiales. Con posterioridad, se ha llegado a sugerir que la propia construcción del aparato armado clandestino tenía entre sus objetivos el evitar que los jóvenes radicalizados en las luchas callejeras se unieran a los grupos guerrilleros.[35] Esta manera de pensar las incursiones de los comunistas uruguayos en diversas modalidades de la violencia política como gestos o maniobras al interior de la izquierda nacional, latinoamericana y aun mundial se ha extendido a otros episodios como el apoyo a la misión del Che en Bolivia a pesar de las fuertes discrepancias que se tenía con el proyecto.[36]

Sin negar este tipo de explicación, me gustaría en estas páginas volver a ubicar la presencia combativa de los jóvenes comunistas en los enfrentamientos de 1968 en el marco del proceso general de radicalización de muchos de sus coetáneos. ¿Qué pasó con la UJC en ese contexto? Como apuntamos anteriormente, tanto a nivel de secundaria como de la Universidad, hacia mediados de ese año, sus posiciones perdieron peso en las organizaciones gremiales frente a los actores que apoyaban las tácticas más confrontacionales. Pero la UJC siguió creciendo en los sectores juveniles, especialmente en medio de las jornadas más violentas de 1968 (según cifras oficiales, entre 1965 y 1969 la membresía se multiplicó por cuatro, con 6.000 nuevos afiliados en 1969).[37] Volviendo a los jóvenes asesinados de 1968, resulta interesante notar que dos de ellos, Susana Pintos y Hugo de los Santos, fallecidos el 20 de setiembre, se habían afiliado días o semanas antes en respuesta a la muerte del primero, Líber Arce, el 14 de agosto de ese año. Este dato vuelve a indicar la debilidad de la hipótesis de que su presencia en la primera línea militante obedeciera a una decisión o mandato de los dirigentes comunistas. Parece más atinado afirmar que esos jóvenes continuaron haciendo lo que hacían en las calles de Montevideo antes de integrarse a un grupo político determinado, en este caso la UJC, que acusó el impacto de la incorporación de esos contingentes comprometidos en su propia actuación política.

Sin espacio para entrar en detalles, quiero marcar las semejanzas de esos procesos de encuadramiento militante con el crecimiento exponencial del MLN-T y otras opciones por la lucha armada y la acción directa hacia fines de 1968: todos fueron la consecuencia y no la causa primordial del proceso de radicalización juvenil en las movilizaciones iniciadas en mayo de ese año. Tal como han señalado los sociólogos históricos para otros casos, parece claro que hubo una relación directa entre la extensión de las prácticas violentas y la proliferación de instancias de enfrentamiento con la policía, lo cual fue redundando en importantes modificaciones en las estructuras, mecanismos de participación y balances internos de los grupos que impulsaron los aspectos más radicales de las movilizaciones, que ya tenían experiencias y lenguajes políticos disponibles para articular las protestas.[38] Me interesa enfatizar acá que, a pesar de las rigideces y tensiones de la línea del PCU, estos procesos determinaron también cambios profundos en las formas de definir el significado y las demandas de la militancia entre los comunistas, ayudando a explicar su gran crecimiento en esta etapa, especialmente entre los jóvenes, que vieron también en la UJC un lugar propicio para continuar su compromiso en tiempos difíciles.

4. El Che, los jóvenes comunistas y una cierta atracción por la violencia

Volvamos entonces a pensar en las formas en que se planteaban los requerimientos de la lucha frente a esos jóvenes movilizados. En el caso de la UJC, es claro que el mencionado “heroísmo cotidiano” le permitió ofrecer, en palabras del coetáneo Gonzalo Varela, “un aparato y un pensamiento muy estructurados” que la transformaron en un espacio apropiado para muchos jóvenes con intereses políticos que “no compartían el ideario radical”.[39] Pero también es evidente que esta organización mantuvo su atractivo porque pudo integrar apelaciones a la violencia revolucionaria, no rechazar a quienes expresaran una atracción por esa posibilidad y aceptar la incursión en episodios violentos en determinadas circunstancias. La reiterada referencia en discursos y publicaciones a la escupida del militante Rolán Rojas en la cara de Dean Rusk, Secretario de Estado de Estados Unidos, durante su visita a Montevideo en 1965, indicaba esa aceptación de parte de la dirigencia.[40] Si bien los miembros de la UJC trataron muchas veces, en consonancia con la línea partidaria, de cumplir un papel moderador en las protestas y los enfrentamientos con las fuerzas represivas, no es menos cierto que practicaron algunas formas de violencia en las calles de Montevideo y abrazaron la posibilidad, ahora cierta, de atravesar experiencias extremas, incluyendo la muerte.

Las apropiaciones de la figura de Guevara, que muchas veces dejaban en suspenso la interpretación de sus posiciones concretas (sobre todo las más recientes) para exaltar su entrega con imágenes de violencia y muerte, fueron centrales en la consolidación de la épica militante que acompañó esas acciones. La figura y el nombre del Che, tan presentes en los volantes, publicaciones y pancartas de los jóvenes comunistas como en los de los grupos más confrontacionales, evocaban un trasfondo compartido que empezaba invocando el componente moral del hombre nuevo y terminaba afirmando su heroísmo y capacidad de entrega. En ese sentido, las palabras de Arismendi sobre su “holocausto” muestran fundamentalmente la voluntad de preparar a los militantes para las arriesgadas tareas que cabía esperar de las etapas de mayor enfrentamiento que se preveían cercanas. Efectivamente, las violentas jornadas de 1968 reforzaron este último aspecto de la militancia comunista (que se vio incrementado en años posteriores con la generalización de las experiencias de la cárcel y la tortura).[41] De hecho, fueron frecuentes a partir de 1968 las expresiones culturales de fuerte impronta generacional asociadas a los espacios de militancia comunista donde se representaba la lucha armada de modo similar al de quienes efectivamente adhirieron de modo orgánico a proyectos de ese orden.[42]

Junto con la convicción de estar contribuyendo de modo decisivo a alumbrar un nuevo orden y de vivir “la época más trascendente de la humanidad”, en palabras del Secretario General de la UJC Walter Sanseviero en 1969, esta versión épica de la lucha marcaba un sentimiento de distinción con respecto al resto de la sociedad, que no estaba dispuesta a tales sacrificios, y los aproximaba a la prédica de los grupos del ala más radical.[43] Las muertes de Líber Arce, Susana Pintos y Hugo de los Santos, los tres jóvenes integrantes de la UJC, durante las jornadas más violentas de 1968 fueron claves en ese sentido. Además de ser homenajeadas como pruebas de la voluntad represiva del gobierno, fueron inmediatamente erigidas en ejemplo de la disposición de los jóvenes a darlo todo por la causa militante, una causa que trascendía ampliamente los reclamos estudiantiles hacia la promoción de cambios sociales radicales. Con la obvia salvedad del énfasis partidario, esta exégesis revolucionaria acercó a los comunistas con los grupos armados y de acción directa que también tomaron los nombres de los tres “mártires estudiantiles” para sus brigadas y operativos, como cuando el Comando Susana Pintos del MLN-T asaltó una emisora radial en enero de 1969.[44] Un documental realizado ese mismo año por los jóvenes cineastas Mario Handler, Mario Jacob y Marcos Banchero mostraba cómo estos sectores proponían una relectura del asesinato de Líber Arce para hacerlo una metáfora de la muerte de una sociedad y un llamado a las armas en las palabras de Guevara que daban cierre a la película.[45]

Quizás este fondo compartido de experiencias políticas y referencias épicas contribuya a explicar cierta fluidez entre los diferentes grupos, es decir, la relativa movilidad de las adhesiones y los pasajes de uno a otro, con ejemplos de militantes que empezaron en la UJC y terminaron en agrupaciones cercanas a los Tupamaros y otros que, habiendo iniciado su vida política bajo la influencia insurreccional cubana, prefirieron encuadrarse como jóvenes comunistas, entre los varios tránsitos que se dieron entonces.[46] Según tratamos de proponer en las páginas anteriores, parte de la explicación alude a que el PCU, a diferencia de sus pares del continente, mantuvo una incuestionable cercanía con la dirigencia cubana a lo largo de todo el período y una admiración constante y concreta por la figura de Ernesto Che Guevara. Estos rasgos los mantuvieron como una opción viable para miles de militantes jóvenes poco politizados y rápidamente radicalizados durante las inéditas luchas de 1968, las mismas que hicieron crecer exponencialmente a los grupos más radicales.

Esta constatación empieza a cuestionar la utilidad de asumir una división demasiado tajante entre “nuevas” y “viejas” izquierdas, al menos en los espacios de militancia estudiantil. Estos rótulos, primero usados por los contemporáneos y luego adoptados por los analistas para explicar los principales conflictos doctrinarios de la época, entrañan el peligro de oscurecer las importantes zonas de confluencia y encuentro que caracterizaron la experiencia de los jóvenes iniciados a la militancia en 1968 y empezaron a definirlos como una generación con una identidad propia en la historia política uruguaya. Por encima de las imágenes de polémica interna con las que abrimos este texto, las jornadas más álgidas de ese año encontraron a todos estos sectores movilizándose de forma conjunta en contra de cada giro autoritario del gobierno. Para entender esa convergencia, mi trabajo busca describir algunos rasgos compartidos en el nivel de la cultura política de esta generación.

En otra parte me he referido a la influencia de pautas juveniles de circulación global que fueron adoptadas por muchos de estos nuevos militantes, con sus declinaciones de clase y género.[47] Postulo aquí que, en el momento que estamos analizando, la figura del Che fue central en ese sentido porque, retomando las palabras de Marcuse, Quijano y el “Joven Comunista” en las páginas de Marcha, permitía que tanto los “revolucionarios” como los “desesperados” (y los que no veían contradicción alguna) pudieran identificar las razones y sentimientos que primero los impulsaron a sumarse a las movilizaciones y luego fundamentaron su encuadramiento militante en las diversas opciones que se abrían ante ellos.

La efigie desmelenada del argentino fue seguramente un imán para acercar a otros estudiantes hacia esos círculos más movilizados porque permitía una cierta identificación que partía de la superación de sus orígenes sociales para ofrecer lo que Diana Sorensen ha definido como una “mezcla de asombroso individualismo y estilo personal no convencional con el deseo de integración colectiva”.[48] En el lustro siguiente, a medida que aumentaba la represión y muchos grupos establecían compromisos más rígidos, las opciones se hicieron más difíciles. Pero la semilla de 1968 estaba plantada. Por eso, quiero terminar afirmando que sin tomar en cuenta esas experiencias compartidas de militancia cotidiana, junto con otros hitos como la reciente unidad del movimiento sindical y la creación de diversos espacios de intercambio intelectual, se hace muy difícil entender el proceso de unificación de la izquierda uruguaya que llevó a la creación del Frente Amplio en vísperas de las elecciones nacionales de 1971.

 

  1. Carlos Quijano, “La imagen de los desesperados”, Marcha, 10 de mayo de 1968, p. 5.

  2. Joven Comunista, “La imagen de los revolucionarios”, Marcha, 7 de junio de 1968, pp. 2-3.

  3. Ibíd.

  4. Por un análisis global del movimiento estudiantil uruguayo de 1968, ver: Vania Markarian, El 68 uruguayo: el movimiento estudiantil entre cóckteles molotov y música beat, Buenos Aires, Editorial de la Universidad Nacional de Quilmes, 2012. También publicado en inglés como Uruguay, 1968: Student Activism from Global Counterculture to Molotov Cocktails, Oakland, University of California Press, 2016.

  5. Rodney Arismendi, “Sobre la insurgencia juvenil”, Estudios n° 47, octubre de 1968.

  6. Walter Sanseviero, Juventud, lucha constante, Montevideo, UJC, 1969, p. 22, citado en Jorge Landinelli, 1968: La revuelta estudiantil, Montevideo, Facultad de Humanidades y Ciencias-Ediciones de la Banda Oriental, 1989, p. 98.

  7. “Proyecto de manifiesto a la militancia federal” en expediente caratulado “Disidentes de FEUU” (Carpeta 3224), en Archivo de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia (en adelante ADNII).

  8. Ibíd., y declaración de los Estudiantes de Bellas Artes sobre las luchas de los estudiantes franceses en Marcha, 31 de mayo de 1968.

  9. Ver: Eduardo Rey Tristán, A la vuelta de la esquina. La izquierda revolucionaria uruguaya, 1955-1973, Montevideo, Fin de Siglo, 2006, pp. 72-82.

  10. Ver, por ejemplo, Mark Van Aken, Los militantes: una historia del movimiento estudiantil universitario uruguayo desde sus orígenes hasta 1966, Montevideo, Fundación de Cultura Universitaria, 1990, pp. 165-169 y 174-174.

  11. Ver: Gerardo Leibner, Camaradas y compañeros: Una historia política y social de los comunistas del Uruguay, Montevideo, Trilce, 2011, pp. 393-401.

  12. Ver: discurso de Ernesto Guevara publicado como “No hay revolución sin sacrificio”, en Cuadernos de Marcha, 7 de noviembre de 1967, pp. 49-57.

  13. Ver: Aldo Marchesi, Latin America´s Radical Left: Rebellion and Cold War in the Global Sixties, Cambridge, Cambridge University Press, 2017.

  14.    Ver: Ernesto Che Guevara, “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”, Tricontinental, abril de 1967; y Jorge Castañeda, La vida en rojo: Una biografía del Che Guevara, Madrid, Alfaguara, 1997, pp. 445-61.

  15. Ver: A. Marchesi, op. cit.

  16. Ver: R. Arismendi, Lenin, la revolución y América Latina, Montevideo, EPU, 1970, especialmente pp. 263-270, 309 y 338. Por un breve relato de las diferencias de la delegación uruguaya, ver E. Rey Tristán, op. cit., pp. 116-22, y “La Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) y la polémica sobre las formas de la revolución latinoamericana: El caso uruguayo”, en Antonio Gutiérrez Escudero y María Luisa Laviana Cuetos, Estudios sobre América siglo XVI- XX, Sevilla, Asociación Española de Americanistas, 2005.

  17. Ver: G. Leibner, op. cit., pp. 505-508.

  18. Ibíd., pp. 517-518.

  19. Ver: Marisa Silva, Aquellos comunistas, 1955-1973, Montevideo, Taurus, 2009, pp. 63-64.

  20. Ver, entre otras muchas, las entrevistas a militantes publicadas el 15 de noviembre de 1969, el 24 y 31 de enero, el 18 de abril, el 9 de mayo y el 6 de junio de 1970 en el suplemento UJOTACE del diario oficial del PCU El Popular.

  21. Antes de eso habían realizado comentarios laudatorios al apoyo del Partido Comunista de Bolivia. Ver G. Leibner, op. cit., pp. 507 y 517.

  22. Walter Sanseviero, El comunismo tiene la respuesta, Montevideo, Unión de Juventudes Comunistas, 1969, p. 33. Sanseviero citaba de un número reciente de la revista cubana Pensamiento Crítico que reproducía un artículo escrito por Guevara en 1961. Importa notar las fechas porque las posiciones de toda la dirigencia cubana cambiaron mucho en esos años.

  23. Citado en UJOTACE, 10 de octubre de 1970, pp. 6-7.

  24. M. Silva, Aquellos comunistas, pp. 63-64.

  25. R. Arismendi, “Conversación con los jóvenes”, en R. Arismendi, Insurgencia Juvenil: ¿Revuelta o revolución?, Montevideo, EPU, 1972, p. 213.

  26. Carlos María Gutiérrez, “Bolivia, otra forma de la guerrilla,” Marcha, 12 de mayo de 1967, y “Las tareas del Che”, Marcha, 11 de octubre de 1968, 24.

  27. A. Marchesi, op. cit.

  28. Jorge Muso, “El principio de una opción”, Marcha, 11 de octubre de 1968, 31.

  29. Daniel Viglietti, “Canción del hombre nuevo” en el LP Canciones para el hombre nuevo, Montevideo, Orfeo, 1968.

  30. Ver: Claudia Gilman, Entre la pluma y el fusil: Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003.

  31. “El tiempo de los jóvenes”, Marcha, 27 de diciembre de 1968, 29.

  32. José Luis Massera, “Acotaciones a algunos temas de actualidad”, en Estudios n° 44, diciembre de 1967.

  33. R. Arismendi, “Sobre la insurgencia juvenil”, en Estudios n° 47, octubre de 1968.

  34. Intervención de Massera en la Asamblea General, 14 de agosto de 1968, citado en Clara Aldrighi, La izquierda armada: Ideología, ética e identidad en el MLN-Tupamaros, Montevideo, Trilce, 2001, p. 94.

  35. Ver, por ejemplo: Jaime Pérez, El ocaso y la esperanza. Memorias políticas de medio siglo, Montevideo, Fin de Siglo, 1996, pp. 227-8 y 32-35. Por el testimonio de un ex integrante de base de ese “aparato armado”, ver la entrevista realizada por Gabriel Bucheli y Jaime Yaffé a Ricardo Calzada en Cuadernos de la Historia Reciente, 1968-1985, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, Vol. 2, 2007, pp. 65-78.

  36. Ver, por ejemplo, Gonzalo Varela Petito, El movimiento estudiantil de 1968: El IAVA, una recapitulación personal, Montevideo, Trilce, 2002, pp. 136-137.

  37. Ver: “6000 nuevos afiliados durante 1969!!”, UJOTACE, 13 de diciembre de 1969, p. 3; “607.000 jóvenes uruguayos de 15 a 29 años”, UJOTACE, 15 de agosto de 1970, p. 8.

  38. Donatella Della Porta, por ejemplo, describe relaciones similares entre movimientos sociales y grupos armados en Social Movements, Political Violence, and the State: A Comparative Analysis of Italy and Germany, New York, Cambridge University Press, 1995.

  39. G. Varela Petito, op. cit., p. 136.

  40. Ver, por ejemplo, el comentario y la foto de ese episodio reproducida en 1969 en W. Sanseviero, op. cit., p. 54.

  41. Datos recogidos a mediados de 1971 evidenciaron que la prisión ya era una experiencia bastante usual entre los jóvenes miembros de la UJC: de los 922 participantes en la Convención Nacional, 372, es decir el 40%, habían estado presos. Ver: “Los convencionales”, UJOTACE, 29 de mayo de 1971, p. 3.

  42. Por más sobre este tema ver: Vania Markarian, “‘Ese héroe es el joven comunista’: Violencia, heroísmo y cultura juvenil entre los comunistas uruguayos de los sesenta”, en Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, Vol. 21, n° 2, diciembre de 2010.

  43. W. Sanseviero, op. cit., n° 71.

  44. También los nombres de Líber Arce y Hugo de los Santos fueron usados por los Tupamaros. Ver E. Rey Tristán, op. cit., pp. 179 y 183, y C. Aldrighi, op. cit., pp. 133-134. Algo similar plantea Diego Sempol cuando refiere a la “construcción social de [Líber] Arce como revolucionario”. Ver D. Sempol, “Los ‘mártires’ de ayer, los ‘muertos’ de hoy: El movimiento estudiantil y el 14 de agosto, 1968-2001”, en A. Marchesi, V. Markarian, Álvaro Rico y Jaime Yaffé, eds. El presente de la dictadura: Estudios y reflexiones a 30 años del golpe de Estado en Uruguay, Montevideo, Trilce, 2004, p. 170.

  45. Se trata del documental de Marcos Banchero, Mario Handler y Mario Jacob, Líber Arce, Liberarse, 1969. Información tomada de Lucía Jacob, “Marcha: de un cine club a la C3M”, en Mabel Moraña y Horacio Machín, editores, Marcha y América Latina, Pittsburgh, Universidad de Pittsburgh, 2003, p. 418.

  46. Resulta difícil documentar estas trayectorias personales que en algunos casos involucraron serias disputas entre los grupos afectados. Además de los jóvenes comunistas que primero pasaron al Movimiento Revolucionario Oriental (MRO) y luego fundaron el Frente Estudiantil Revolucionario (FER), Varela refiere el caso de Luis Latrónica, quien comenzó como militante de una agrupación de la UJC en secundaria, ingresó luego al movimiento Tupamaro y fue asesinado en Argentina en 1974. (Cfr. G. Varela Petito, op. cit., p. 60 y p. 136). También algunos documentos de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia refieren a esos tránsitos entre el FER y la UJC en secundaria en el expediente caratulado “Barricada, órgano del FER” (Carpeta 3404), en ADNII. Por algunas anécdotas al respecto, ver http://generacion68.mundoforo.com.

  47. Ver: Vania Markarian, El 68 uruguayo, op. cit.,especialmente el Capítulo 3.

  48. Diana Sorensen, A Turbulent Decade Remembered: Scenes from the Latin American Sixties, Stanford, Stanford University Press, 2007, p. 24.

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