Dossier Guevarismo en América Latina

Consideraciones generales sobre
las guerrillas de los años sesenta
y setenta en América Latina

Antonio Mitre
Profesor de la Universidade Federal de Minas Gerais, Brasil, en el Departamento de Ciência Política.

La tarea de introducir el tema de la guerrilla de los años sesenta y setenta en América Latina representa un desafío que trasciende el ámbito académico.[1] Y es que volver sobre esas décadas, encerradas en el cuadrilátero de la Guerra Fría, tensiona, en la gente de mi generación, una cuerda autobiográfica que hace que ese tramo de historia comparezca a la conciencia con la fuerza de lo que se vivió personalmente. No sólo porque se respiró la atmósfera de pavor de los estados de sitio y toques de queda, o porque se perdió un familiar o un amigo en el pandemonio de la violencia política que campeó esos “años de plomo” —sea con el propósito de alumbrar la revolución o de abortarla— sino también porque, más allá de las conflagraciones armadas y vicisitudes regionales, se trató de un tiempo axial durante el cual se moldearon varias de las características culturales y sociales que hoy están presentes en nuestras sociedades. Por tanto, asomarse a esa época, no muy distante cronológicamente, pero que, sin internet ni celular en su cotidiano nos da la impresión de pertenecer a un pasado remoto, puede ser aleccionador ahora que el espíritu maniqueo y la política del miedo han vuelto a reconfigurarse en nuestras democracias.

Comenzaré elaborando algunas ideas generales en torno al tema de la guerrilla, que en la historiografía latinoamericana aparece como un fenómeno endémico que estuvo presente, con mayor o menor fuerza, en todas las épocas, y que denota, en distinta medida, la precaria constitución del Estado, vale decir, la incapacidad de integrar, proteger y representar a toda su población y hacer valer sus leyes e instituciones en todo el territorio nacional. En razón de ese déficit de legitimidad doméstica, el Estado fue desafiado intermitentemente por grupos insurgentes de distinta índole, forma y contenido. Sobre el trasfondo de esa pauta estructural, la fase guerrillera de los años sesenta y setenta del siglo pasado acusa ciertos elementos distintivos, tales como el número elevado, la amplitud y simultaneidad de los brotes insurgentes en varios países de América Latina, su común referencia a la Revolución Cubana, y la conexión supranacional existente entre varias de las organizaciones guerrilleras, el reverso de la articulación que se advierte con relación a los regímenes militares de esa época. A lo largo de dicha trayectoria, el vocablo “guerrilla” conservó, en el imaginario social, la connotación de lucha popular y anticolonial de que se impregnó en los albores del período republicano al referirse a los grupos irregulares que lucharon por la independencia. Y aunque siempre hubo guerrillas de signo contrario, esa acepción altruista, casi romántica, prevaleció por mucho tiempo sobre otras dimensiones, algunas escabrosas y censurables. Hoy, en razón del conocimiento adquirido, y de nuevas formas de conceptuar la violencia política y sus secuelas, la voz “guerrilla” ha perdido el aura de otrora y es objeto de disquisiciones más ponderadas y respaldadas empíricamente.

En efecto, el número de trabajos académicos que se han publicado recientemente sobre las guerrillas latinoamericanas de los años sesenta y setenta es considerable, y hoy ya es posible realizar análisis comparativos que se concentren no solamente en las proezas de las figuras más conspicuas y emblemáticas de las organizaciones guerrilleras, o en las querellas ideológicas entre grupos y facciones, sino también en el origen y trayectoria social de sus militancias de base. El sondeo de una parte pequeña de esa producción, deja en el lector desarmado algunas impresiones persistentes. En primer lugar, que el análisis global de tales acontecimientos es una tarea compleja, puesto que exige que se tome en cuenta al menos tres registros que se entrelazan necesariamente. Por un lado, la trayectoria de las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética en el contexto de la Guerra Fría y el papel que ambas potencias tuvieron, sea como paradigmas de las sociedades capitalista y socialista, respectivamente, sea como participantes en la política de la región. Por otra parte, la dinámica interna de la Revolución Cubana con sus objetivos estratégicos y apoyo activo a los grupos guerrilleros. Y, finalmente, las condiciones sociopolíticas vigentes dentro del país en que se dio la guerrilla.

Otra constatación, archiconocida pero que no deja de sorprender hasta hoy, se refiere a la influencia amplia que la Revolución Cubana tuvo en las historias nacionales de varios países de la región al punto de constituirse, más allá de una simple referencia contextual, en un componente insoslayable de sus respectivas dinámicas socio-políticas. Y ni qué decir de su impacto sobre las izquierdas latinoamericanas para las cuales la isla se convirtió en una suerte de Meca hacia donde peregrinaban dirigentes de partidos y facciones para ser ungidos de legitimidad revolucionaria.

Algo parecido sucedió también en el campo intelectual, en las artes y la literatura que tuvieron en las instituciones culturales cubanas (Casa de las Américas) y revistas (Pensamiento Crítico) un espacio de congregación e intercambio de ideas. Al alcanzar tamaña proyección, Cuba reiteraba una condición de antiguas raíces y que se refiere a que el Caribe, ese Mare Nostrum, fue desde la Colonia, no sólo plataforma de experimentación y correa de transmisión de instituciones económicas, culturales e ideológicas que tendían a reverberar hacia el sur, sino también el tablero americano donde las potencias mundiales se enfrentaban o medían fuerzas en memorables pulseadas como las que protagonizaron España y Holanda en la época moderna, España, Estados Unidos e Inglaterra en el siglo XIX, y los contendores de la Guerra Fría en el siglo XX. El otro resorte tuvo que ver, sin duda, con el carácter de la propia Revolución Cubana, la cual, descalificando en la práctica las tesis ortodoxas de los partidos comunistas, consiguió implantar un régimen socialista que materializaba con éxito varias aspiraciones vigentes en la agenda de los países de la región hacía mucho tiempo: reforma agraria, lucha contra el imperialismo y las desigualdades sociales, y un discurso latinoamericanista de largas raíces en la región. En la misma dirección, cabe apuntar que la experiencia cubana fue, de alguna forma, el canto de cisne de un ciclo largo en que la idea de revolución, oriunda del siglo XVIII, contempló un horizonte universal.

En todo caso, los estudios sobre las guerrillas muestran que el impacto de la Revolución Cubana y las lecturas que de la misma hicieron distintos partidos y grupos de izquierda, particularmente con relación a las ideas de Guevara, variaron bastante de un país a otro y envolvieron filtros y adaptaciones de todo tipo. Y es natural que así fuese porque el proceso de asimilación de la experiencia cubana se dio en sociedades que, si bien compartían la misma condición de subdesarrollo y dependencia, acusaban enormes diferencias en el grado de modernización e industrialización, en la distribución de su población rural y urbana, en la amplitud de sus clases medias, en la cultura política, sobre todo de los partidos de izquierda, en el tipo de régimen vigente, civil o militar, democrático, populista o dictatorial. Prestar atención a esos contextos nacionales ayuda a entender los alcances y las limitaciones de la influencia cubana y a vislumbrar algunas paradojas.

Es el caso, por ejemplo, de la extraordinaria resonancia que tuvo en la izquierda uruguaya el pensamiento del Che, particularmente el arraigo de la idea del hombre nuevo, un hecho a todas luces inusitado, habida cuenta que ese país acusaba condiciones poco propicias para la eclosión de una insurgencia revolucionaria “a la cubana”, tratándose de una sociedad sin masas campesinas, de carácter predominantemente urbano y de larga tradición democrática. Es probable que el origen de la atracción que ejerció el pensamiento guevarista sobre la izquierda uruguaya radicase, más allá del plano socioeconómico, en el campo cultural y, en ese ámbito, vale la pena observar que por lo menos desde el Ariel, de Rodó, y a lo largo de la primera mitad del siglo XX, la intelectualidad de ese país había sido un surtidor de pensamiento latinoamericanista y generador de un discurso humanista de resistencia contra el avance avasallador del sistema de valores norteamericano, sobre todo después de la Segunda Guerra. Situación muy distinta a la de Brasil, país con extenso campesinado tradicional, endeble identidad latinoamericana, y una intelectualidad propensa históricamente a una cierta “nordomanía”. Del mismo modo, para entender por qué la fuerte presencia de campesinado en Bolivia no redundó ni en el más mínimo movimiento de apoyo a la guerrilla del Che en 1967, será necesario tomar en cuenta que la población campesina de ese país era, a esa altura, una capa social más bien conservadora, la cual ya se había liberado de su antigua condición servil y se hallaba atada al gobierno de turno por el pacto militar campesino, y era, sobre todo, propietaria de sus parcelas de tierras, gracias precisamente a una revolución que tuvo lugar siete años antes que la cubana. Además, claro, de la ancestral desconfianza que el mundo indígena nutrió históricamente con relación a la población blanca, peor aún tratándose de extranjeros barbudos.

Otra conclusión que se saca de la bibliografía reciente sobre las guerrillas de los años sesenta y setenta es que muchas de las interpretaciones o alegaciones que, durante algún tiempo, se pensó que fuesen producto de la imaginación extraviada de una izquierda inclinada a urdir tesis conspirativas y a ver la mano ubicua de la CIA y del gobierno norteamericano en la tesitura de los golpes de estado y en los reveses de las guerrillas de aquella época, se revelaron correctas, o al menos plausibles en sumo grado, a medida que materiales clasificados de los servicios de inteligencia fueron abiertos para consulta pública. Es decir, las brujas no existen, pero que las hubo, las hubo, y ellas, como el dinosaurio del cuento corto de Augusto Monterroso, todavía están allí, en ambos lados del tablero, decidiendo las partidas.

En un diapasón más sociológico, mucho se ha dicho sobre el espíritu de rebelión juvenil que trasuntaban los movimientos guerrilleros de los años sesenta, e inclusive la propia Revolución Cubana. Sin entrar en el espinoso problema de las causas, lo cierto es que para las personas de clase media urbana que llegaron a la juventud por aquellos años, la casa que sus padres y abuelos habitaron secularmente, con sus normas y valores, se volvió inhóspita, y el hábito de mandar y obedecer, sea en el ámbito político o doméstico, fue perdiendo la naturalidad de otrora.

En Estados Unidos, empantanado cada vez más en la Guerra del Vietnam, esa suerte de ruptura generacional plasmó en la famosa frase de Jack Weinberg: “Don’t trust anyone over thirty”, que muy luego encontró su complemento musical en la consigna hedonista de Jim Morrison “We want the world and we want it now”.

En América Latina, la rebelión juvenil de los años sesenta, con variantes locales, se nutrió de diferentes filones domésticos e internacionales, y se dio sobre todo en círculos intelectuales, movimientos estudiantiles y grupos de profesionales. El carácter juvenil de la propia Revolución Cubana fue identificado por Sartre cuando viajó a la Isla en marzo de 1960, y comparó la nueva situación con la que vio en su primera visita en 1949:

El mayor escándalo de la Revolución Cubana —decía el filósofo francés— no es haber desapropiado las tierras, sino haber puesto chiquillos en el poder. En esta isla, el ímpetu demográfico ha roto el equilibrio y ha reducido a los viejos a la condición de minoría. Durante mucho tiempo los cargos y empleos fueron ocupados por los viejos que se agarraban a ellos de tal forma que los recién llegados mal conseguían levantar la cabeza. Todas las salidas eran obstruidas, los últimos empleos tomados de asalto por los hermanos más viejos. En seguida se cerraban las puertas: imposible cualquier oportunidad… Hoy, el proceso marcha en sentido de los punteros del reloj: para tener trabajo o mandar es preciso no haber vivido mucho… Sobre la población muy civilizada y un poco debilitada de la isla se ha abatido una nueva barbarie, la juventud que avanza disfrazada. Es preciso buscar en todos los dominios las consecuencias de ese acontecimiento histórico.[2]

También en el Cono Sur el factor demográfico, asociado al estrechamiento del horizonte de ascenso social para los jóvenes de clase media, fue propuesto ya en aquella época para explicar la radicalización política sobre todo en círculos universitarios, movimientos estudiantiles, varios de cuyos miembros ingresaron a la guerrilla. De todas formas, vale recordar que la variable generacional fue una entre otras, y no necesariamente la más decisiva.

Un campo promisor para la investigación de ese asunto es el análisis comparativo de las organizaciones no sólo comunistas, sino también de aquellas vinculadas a la Iglesia Católica como la Juventud Obrera Católica, la Juventud de Estudiantes Católicos, y la Juventud Universitaria Católica que fueron una fuente importante de militancia guerrillera, notoriamente en Bolivia, Argentina y Colombia. A los componentes de franja etaria y de extracción social de esas agrupaciones se sumaba un discurso que hacía de la lucha contra la explotación y las injusticias sociales una tarea moral impostergable que el buen cristiano debía proponerse aquí y ahora, independientemente de las condiciones “objetivas” estipuladas por los partidos comunistas. A través de jornadas de reflexión y retiros espirituales, sectores del clero, minoritarios, sin duda, pero de considerable influencia, diseminaron ese mensaje, el cual, mezclado o no con el marxismo o con el existencialismo de época (Camus y Sartre, sobre todo), hizo de la acción un imperativo categórico, forjando entre muchos jóvenes un sentimiento de urgencia que se canalizó hacia la guerrilla, y que, en algunos casos, se revistió de un manto sacrificial de simbología cristológica, sobre todo entre los que pasaron directamente del seminario a la lucha armada.

En Bolivia, la novela Los fundadores del alba, de Renato Prada Oropeza, escrita cuando aún se desarrollaba la guerrilla del Che, captó esa experiencia. Esa obra que, como se sabe, ganó el premio Casa de las Américas en 1969, muestra, a través de su principal protagonista, Javier, los dilemas de conciencia que suscitaba el tránsito de una vida contemplativa de seminarista a una vida activa de revolucionario en la guerrilla. La novela es significativa, no tanto por aludir a la guerrilla del Che, sino más bien porque enfoca el conflicto moral que varios jóvenes del país, socializados en instituciones católicas, experimentaban desde mucho antes. La guerrilla de Ñankaguazú no hizo sino agudizar esa tensión latente, y estimuló a que algunos de esos jóvenes se incorporasen a la guerrilla guevarista de Teoponte (1970), la cual refleja, de manera ejemplar, el amasijo de idealismo y desvarío de que estuvieron hechas las organizaciones guerrilleras de esa época.

Y así, con esa referencia, volvemos al punto de partida: la campaña del Che en Bolivia, país en el que ingresó clandestinamente en 1966, para establecer un foco guerrillero, cuando ocupaba la presidencia de la nación René Barrientos Ortuño, un militar de enorme popularidad entre el campesinado indígena y que asumió el poder, primero vía golpe de Estado el 4 de noviembre de 1964, y por la vía electoral en 1966.

Para caracterizar brevemente la situación sociopolítica de Bolivia en los momentos previos a la guerrilla basta decir que, durante su gestión, Barrientos consolidó el giro conservador que había realizado el propio Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), partido que estuvo al frente de la Revolución de 1952, y que implantó la reforma agraria, el voto universal, la nacionalización de la gran minería, y extendió la educación pública. El desplazamiento hacia la derecha, que ocurrió sobre todo durante la segunda presidencia de Estenssoro (1960-1964), llevó a la recomposición de las bases sociales de apoyo al régimen, el cual, por un lado, fortaleció sus alianzas con la población indígena y los sindicatos y dirigentes campesinos, y, por otro, combatió las tendencias socialistas alojadas en los partidos, sindicatos y movimientos vinculados a la clase obrera, sobre todo la Federación Sindical de Trabajadores Mineros que aspiraba a radicalizar el proceso iniciado en 1952. Al mismo tiempo, los lazos entre el régimen del MNR y el gobierno de los Estados Unidos, bastante maltrechos desde la formación del partido, fueron reconstituidos gradualmente. El acercamiento trajo ventajas para ambas partes. Para las autoridades norteamericanas abrió la oportunidad de mostrar, en el auge de la Guerra Fría, que Estados Unidos era capaz de convivir con gobiernos reformistas y no sólo con los regímenes oligárquicos y reaccionarios. Para el gobierno de Bolivia significó asistencia económica, a tal punto que, al comenzar la década del sesenta, el país llegó a ser el mayor receptor de ayuda extranjera per capita en el mundo. El proyecto de modernización conservadora de Barrientos representó la continuidad de esa tendencia y contempló, en el plano económico, la distribución de tierras, el repliegue de las políticas nacionalistas y la promoción de inversiones extranjeras, sobre todo en minería y petróleo, y, en el plano político, el alineamiento con las directrices emanadas de los Estados Unidos. Concomitantemente, se acentuó el discurso anti-comunista y se fortalecieron las bases materiales del ejército boliviano, socializado en la Doctrina de Seguridad Nacional y en las tácticas de contrainsurgencia. Apoyado en una coalición de partidos de centro-derecha y sobre todo en el pacto militar campesino, Barrientos reprimió duramente los sindicatos y las huelgas mineras: una piedra en el zapato del gobierno. Es emblemática, en tal sentido, la masacre de San Juan que tuvo lugar en los campamentos mineros de Siglo XX y Catavi en junio de 1967, justamente cuando los enfrentamientos del ejército con la guerrilla de Guevara se hacían más frecuentes e intensos. Como se sabe, con la ayuda militar y el servicio de inteligencia del gobierno de Estados Unidos, la guerrilla de Ñankaguazú fracasó, el Che fue capturado y un día después ejecutado en La Higuera, el 9 de octubre de 1967.

En Bolivia, como en la mayor parte de América Latina, a la muerte del Che le siguió una fase en la cual recrudecieron los regímenes militares, de variada índole, así como la represión y el exilio como dispositivo de exclusión política. Una década más tarde, con el inicio de la tercera ola democrática, un gran número de exilados políticos, entre ellos varios ex-guerrilleros, volvieron a sus países y, reintegrados a partidos de izquierda, alcanzaron el gobierno, por ejemplo en Uruguay, Ecuador, Bolivia, Chile y Brasil, y desde allí retomaron el discurso socialista, promovieron la identidad y la integración latinoamericana, e intensificaron vínculos con el régimen cubano, aunque sin echar por la borda varias de las reformas realizadas durante los gobiernos neoliberales que les antecedieron. Esos fueron algunos de los desenlaces inesperados de ese ciclo fascinante que comenzó con la Revolución Cubana.

Pero lo que nadie habría podido imaginar es que cuarenta años después de la muerte del Che, su figura sería incorporada oficialmente al panteón de los héroes de la liberación nacional, justamente en Bolivia, y nada menos que por un presidente indígena, Evo Morales, quien en su discurso de posesión, en 2006, estableció una conexión discursiva explícita de su movimiento —el MAS— y la obra del Che, afirmando que la revolución democrática y cultural que se iniciaba en Bolivia era el resultado de la lucha anticolonialista de los pueblos y de líderes indígenas como Tupac Katari y de revolucionarios como Ernesto Che Guevara.

Sin duda, un pronunciamiento temerario para quien comenzaba su mandato, sobre todo si se considera que el ejército boliviano, de larga tradición golpista, había interpretado su actuación en Ñankaguazú como la defensa de la soberanía nacional contra fuerzas invasoras. La sustentación de esa voltereta exegética por parte del gobierno de Morales envolvió cambios de orden institucional, material e ideológico dentro de las FFAA de Bolivia que culminaron simbólicamente con la creación, en 2016, de la Escuela Militar Antiimperialista, idealizada como la antítesis de la Escuela de las Américas, establecida por Estados Unidos en Panamá el siglo pasado.

Recientemente, el gobierno boliviano inauguró el Centro Cultural Ernesto Che Guevara, justamente en Vallegrande, donde fueron hallados, en 1997, sus restos y el de seis de sus compañeros en una fosa común. Y prepara para octubre de 2017 un evento magno en memoria del quincuagésimo aniversario de la muerte del ilustre guerrillero. Una vuelta más que da la rueda de la Fortuna para recordarnos que ninguna historia concluye definitivamente.


  1. Quiero agradecer a Herbert Klein, mentor y amigo de muchos años, que, cuando se le ocurrió la feliz idea de realizar este evento alusivo al “Quincuagésimo aniversario de la campaña del Che en Bolivia”, cuya trayectoria es indisociable de la Revolución Cubana, me convidó para que lo organizáramos juntos, aunque el peso mayor recayó sobre su persona.

  2. Estos pensamientos se encuentran en el capítulo XI del libro de Jean-Paul Sartre, Furacão sobre Cuba, Rio de Janeiro, Editora do Autor, 1960, (2ª ed.), pp. 114-136.
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