Dossier Historia de conceptos en Uruguay

Homosexual: entre el insulto y el orgullo

Diego Sempol
Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República

Resumen
El término homosexual condensó entre 1950 y 1990 en Uruguay una yuxtaposición de sentidos muy distintos y fue objeto de fuertes disputas. Este artículo buscar rastrear esos sentidos analizando cómo fue variando la etiología de la homosexualidad en el discurso psiquiátrico, la relación entre este y la clase social en el campo de la izquierda de los años sesenta, así como el régimen autoritario lo incluyó dentro de la categoría de subversión. El trabajo se cierra con el análisis de la proliferación de nuevos sentidos que vivió la palabra homosexual durante la transición democrática: para muchos fue sinónimo de VIH-SIDA de travestis y de indefinición, mientras que para otros fue intercambiable con el término gay y se constituyó en una identidad social legítima sostenida con orgullo en el espacio público a través de diferentes tipos de acción colectiva.

Palabras clave
Historia conceptual; homosexual; Uruguay.

Summary
The term homosexual condensed between 1950 and 1990 in Uruguay a juxtaposition of very different meanings and was the object of strong disputes. This article seeks to trace these meanings by analyzing the variations in the etiology of homosexuality in psychiatric discourse, the relationship between this discourse and social class in the left of the 1960s, and how the authoritarian regime included it within the category of subversion. The work ends with the analysis of the proliferation of new meanings the word homosexual underwent during the democratic transition – for many it was synonymous with HIV-AIDS, transvestites and indefinition, while for others it was interchangeable with the term gay and turned into a legitimate social identity held with pride in the public space through different types of collective action.

Keywords
Conceptual history; homosexual; Uruguay.

La inscripción, hecha a mano, con birome azul, llamó mi atención de inmediato. El ejemplar del libro Aportes psicoanalíticos al estudio de la homosexualidad[1] de la Biblioteca Nacional luce en su tercera página una leyenda furtiva en letra imprenta que busca ser una advertencia para generaciones futuras: “confiemos en que pronto llegue el día en que esta literatura sólo sea un documento del fundamentalismo científico y de la fantasía teórica al servicio de la represión sexual y de la defensa de la moral dominante”.[2] El párrafo cierra con una fecha (1984) y la firma de la organización a la que pertenecía este fugaz escriba: Fundación Escorpio, Grupo de Acción y Apoyo Homosexual.[3]

En el último año de la dictadura militar (1973-1984), realizar una “intervención” de este tipo —un acto de vandalismo para muchos, de resistencia para otros— implicaba correr fuertes riesgos: el régimen autoritario había combatido en algunos momentos explícitamente la homosexualidad como un “mal a erradicar” y a su vez la inscripción difundía (en clara rebeldía con la censura) la existencia de una organización homosexual “clandestina”. Parece que ni el terrorismo de Estado logró —pese a toda su coacción— producir por arrastre un paréntesis en el encono que produce el término y sus significaciones conexas.

Esta fuente revela, como pocas otras, una tensión central que recorrió los sentidos agazapados bajo el término homosexual durante casi todo el siglo xx. Durante décadas fue sinónimo de patología mental y de enfermedad moral, pero poco se sabe sobre cómo recibían/resistían o adaptaban esos sentidos los sujetos de carne y hueso que nombraba. Este ejemplar es el primer registro escrito a nivel local de una serie de impugnaciones en primera persona sobre los sentidos del término homosexual y del inicio del desplazamiento del foco del individuo al dispositivo medicopsiquiátrico que lo patologizaba.

A su vez, como toda palabra con contenidos peyorativos tiene una extensa lista de términos similares y toda una serie de usos que buscan, más que nada, en un régimen heteronormativo, definir una frontera entre lo natural y lo abyecto.[4] Se pueden extrapolar algunos ejes binaristas, entre otros, que marcan a fuego estos usos como normalidad/anormalidad, innato/adquirido, enfermedad/sano, mujer/hombre, delito/opresión-libertad-privado, pecado-antinatural/natural, sucio/limpio, seguro/peligroso, feliz/infeliz, definición/indefinido, maduro/infantil, débil/fuerte, inmoral/moral, vergüenza/orgullo.

En este artículo se analizan los principales sentidos que condensó el término en diferentes campos discursivos durante el período 1950-1990, subrayando en forma simplificadora —por razones de espacio— los mojones en los cambios de sentido que fue articulando. Futuras aproximaciones permitirán una presentación más llena de matices, así como una revisión más exhaustiva de los usos sociales de esta palabra para definir barreras sociales de lo permitido a nivel del comportamiento de los individuos.

De la biología como problema al ambiente pervertidor

En Uruguay durante la casi totalidad del siglo XX los discursos psiquiátricos y psicoanalíticos patologizaron las sexualidades homoeróticas y las identidades genéricas socialmente no esperadas. Pero durante esas décadas lo que fue cambiando fue su etiología y caracterización. Hasta 1930 la psiquiatría organicista positivista consideraba que el origen de la homosexualidad era físico, señala Barrán,[5] si bien ya existían valoraciones clínicas que ponían el acento en factores morales o contextuales: la imitación, las “malas compañías”, la sugestión, la “entrega sin frenos” a la pasión.

El primer cuestionamiento a la etiología física de la homosexualidad en el campo psiquiátrico aparece en Uruguay en los años cuarenta con el doctor Carlos Vaz Ferreira (hijo)[6] y, desde los cincuenta, los factores sociocontextuales cobraron cada vez mayor protagonismo en los diagnósticos. En 1957 el doctor Ventura Darder señalaba la nocividad de “amistades equívocas” entre adolescentes del mismo sexo[7] y, un año más tarde, el psiquiatra Juan Garafulic afirmaba:

los casos de homosexualidad constitucional con signos morfológicos, endocrinos, psicológicos y de personalidad característicos son los menos […] no alcanzan al 5 %. El más alto porcentaje está formado por lo que podríamos llamar la homosexualidad adquirida que, en muchos casos, es casi imposible diferenciar —por su forma y antigüedad— de la constitucional y de similar dificultad para el tratamiento.[8]


Según este especialista, cualquier individuo era “homosexualizable” si se lo colocaba en un “ambiente pervertidor” que no acentuara los caracteres viriles en el macho y los femeninos en la hembra. La sociedad, a su juicio, debía defenderse y preconizar el “aislamiento” en aquellos casos en los que existía una “sodomía desvergonzada, tentacular y proselitista”, evitar el error de ser “comprensivos”, así como promover “vergüenza, desprecio y castigo a los pervertidos”.[9]

Un relato sobre las formas en que se defendía la sociedad uruguaya por estos años contra los “ambientes pervertidores” resulta interesante para analizar algunas resignificaciones de los sentidos más negativos del término. En 1958, por ejemplo, 71 “amorales” que se encontraban en una fiesta privada que organizaba un conocido estanciero fueron detenidos por la División de Orden Público. Uno de los detenidos, quien narró años más tarde este episodio, recuerda el control social de los vecinos y las respuestas desafiantes a uno de ellos: “una vecina le grita al anfitrión: ‘Caíste, José’, a lo cual contesta: ‘Pero yo consigo machos y vos no’”.[10] De esta forma, la “promiscuidad” y la “corrupción” tradicionalmente asignadas al término homosexual (y que habían originado el operativo) se reconfiguraban en la perspectiva del implicado en algo positivo, en una reivindicación del placer por encima incluso de lo socialmente establecido como legítimo, dejando a la legalidad y a las “buenas costumbres” asociadas al déficit o a la ausencia de placer. Ya en el Departamento Central de Policía se intentó clasificar a todos/as los detenidos/as en “activos” y “pasivos”, reproduciendo la visión hegemónica que existía por ese entonces sobre la homosexualidad, intento que fue frenado por la aplicación de formas de resistencia entre todos los detenidos: “Desde el primero que pasa los identificadores dicen al revés. Pasa un chongo-chongo[11] y dicen ‘pasivo’. La policía renuncia a la clasificación”.[12]

En Uruguay, al igual que en el resto de los países del Cono Sur (Argentina y Brasil), durante los años cincuenta y sesenta estuvo —y está aún muchas veces— muy difundido el llamado modelo latino, que el sociólogo Néstor Perlongher[13] describió como “loca-chongo” y que reproduce los esquemas clasificatorios que oponen masculino-femenino, relación homologada y relacional a otras que analizó en su momento Bourdieu:[14] fuerte/débil, grande/pequeño, arriba/abajo, dominante/dominado. Por ello, según los modelos tradicionales de género, el hombre es el que penetra con su sexo a mujeres u otros hombres “feminizados” bajo la categoría “loca” o “marica”. La reproducción de la jerarquía en la relación hace así que el activo (“chongo”, “bufarrón”) muchas veces no sea considerado homosexual y escape casi por completo al estigma. A su vez, estas relaciones están atravesadas frecuentemente por fuertes diferencias sociales (el “chongo” es generalmente de sectores populares) y de capital simbólico (la “loca” suele tener niveles educativos altos). Behares señaló cómo a principios de 1971 en Uruguay predominaba aún el modelo latino:

muchos jóvenes de los niveles sociales más bajos, no autodefinidos como homosexuales, se integraban como activos ocasionales o estables a la comunidad. Se les denominaba generalmente chongos y casi siempre su participación en los contactos homosexuales estaba relacionada con alguna forma de prostitución masculina.[15]

Los términos “loca” y “chongo”, al igual que “entendido” o “del ambiente” fueron utilizados por los homosexuales hasta entrados los años ochenta, mientras que las mujeres que deseaban a otras mujeres, tanto en Buenos Aires como en Montevideo, solían llamarse a sí mismas better o “entendidas” (el término lesbiana recién se difundió en Uruguay a fines de los ochenta gracias a las organizaciones lésbico-feministas).

Clases sociales y relajamiento social: la “marica” y el “puto”

En los años cincuenta la progresiva llegada del rock estadounidense generó preocupación en muchos especialistas, quienes advertían sobre la destrucción de los valores impartidos trabajosamente entre los más jóvenes bajo el ritmo de “artistas de sexo ambiguo”,[16] indefinición que tradicionalmente fue y es asociada al homosexual, al habitar de acuerdo a presupuestos heterosexistas en la norma de género un lugar supuestamente intermedio entre dos esferas complementarias y opuestas, lo femenino y lo masculino. Por ejemplo, la letra de la murga Don Timoteo en 1956 retrataba a la “plaga social” homosexual así: “Usan sacos bien cortitos/ El cuerpo bien apretado/ Como matambre arrollado/ Y un modo raro al hablar/ Caminan muy hamacados/ Mirando pa’todos lados”.[17]

El homosexual fue así en la cultura popular sinónimo de una corporalidad y una fonética confusas y próximas a lo socialmente reconocible como femenino, así como alguien chismoso y buscón. Estos rasgos funcionaban socialmente como señales distintivas sobre la sexualidad de las personas y muchas veces las palabras “homosexual”, “marica” o “puto” eran usadas no para aludir a la sexualidad de una persona, sino a un rasgo del otro género —y por ende de los homosexuales— que debía ser inhibido a riesgo de volverse uno de ellos. Ser “delicado”, “pollerudo” o estar demasiado apegado a la madre transcurrida la infancia, podían ser causa o señal de homosexualidad. Por ejemplo, a mediados de los cincuenta Walter Loriente recuerda: “Mis tías, un día, cuando tenía ocho, nueve años, dijeron, ‘Ay, Alba, ¿por qué no hacés algo con este chiquilín? Mirá qué delicado que es…’. Bueno, me llevaron a un psiquiatra…”.[18]

La homosexualidad masculina era vista como lo opuesto a la virilidad y su visibilización implicaba enfrentar abusos y humillaciones. En ese sentido, el personaje Larsen de la novela El astillero de Onetti, durante un diálogo con un mucamo presuntamente homosexual, señalaba: “Te estoy hablando como un padre. Se me ocurre que eso que te conté es lo último que le puede pasar a un tipo”.[19] El personaje le había narrado antes la historia de un vendedor de flores homosexual quien sufrió en público el manoseo de dos policías. “Y cuando los vigilantes lo tocaron, no podía disimular porque todo el mundo lo había visto y no podía enojarse porque la autoridad es la autoridad. Así que hizo la cosa más triste de este mundo; nos mostró una sonrisa que ojalá Dios no permita que tengas nunca en la cara”.[20] El relato pone sobre relieve un miedo recurrente del modelo hegemónico de masculinidad (“A mí no me van a tocar el culo”) y los trabajos del término homosexual para definir fronteras en esta área ya que el “que se dejaba tocar, era cagón, maricón”.[21]

Estos mecanismos regulatorios y su relación con el término homosexual también están presentes en el uso del lenguaje a través de normas definidas sobre lo decible por cada género. Como señala Benedetti, las palabrotas o el humor soez (“boca sucia”) para la población masculina montevideana implicaban, entre otras cosas, performar el género, ya que sobre el que “no suelta regularmente sus ajos” recae cierta “sospecha de mariconería”.[22]

Con la llegada de los años sesenta, las denuncias y críticas sobre la creciente indiferenciación de los sexos aumentaron ante la difusión de la moda unisex, el impacto del movimiento hippie y la consolidación de un circuito semiclandestino de sociabilidad homosexual en el centro de Montevideo y sus playas más importantes.[23] Tanto la prensa uruguaya como diferentes manifestaciones culturales retrataron estos cambios. Por ejemplo, en el carnaval de 1962 la murga Asaltantes con Patente cantaba —reivindicando una masculinidad tradicional—: “Hoy a los hombres también les cabe/ Y usted lo sabe porque los ve/ Con esas ropas y esas maneras/ Nunca se entera si es ella o él”.[24] Algo similar reclamaba humorísticamente ese mismo año la murga de mujeres Rumbo al Infierno: “Los varones de hoy, créanlo/ Imitan en todo a la mujer/ Se maquillan, se pintan las uñas/ Se marcan el pelo, dan risa de ver/ Y cuando bailan se destrolan todos/ Parecen rumberas en el chachachá”.[25]

También en estos años comenzó en el campo discursivo de la izquierda a ligarse el “destrole” y la mayor visibilidad de la homosexualidad con una perspectiva de clase. Se lo hizo de dos formas diferentes y complementarias. En primer lugar, se interpretó a la homosexualidad como un signo del deterioro de la clase dirigente burguesa. El escritor Benedetti incluyó en su diagnóstico de la realidad uruguaya una crítica, entre otras cosas, a los “pitucos esnobs maricas”, a la “juventud dorada”, unos “invertidos sexuales” que siempre buscan “hacerse notar”, que viven practicando “comadreos”, “celos” e “histerias” (defectos tradicionalmente considerados femeninos), vinculados en ocasiones al “tráfico de estupefacientes” o asisten sin mayores problemas a “bodas de homosexuales”.[26] Este grupo de homosexuales de clase alta estaba, según Benedetti, quitando “profundidad y vigor a toda la vida uruguaya” debido a su creciente presencia en el teatro, la prensa, la diplomacia, el deporte, la publicidad y la cultura. Similar perspectiva pseudoclasista desarrolló en esta etapa la Unión de la Juventud Comunista (UJC), en la que, afirma Leibner,[27] fueron frecuentes el rechazo y el relacionamiento de los homosexuales afeminados con la clase alta por un supuesto exceso de refinamiento, ocio y alienación, mientras que las llamadas “tortas” (homosexuales mujeres) fueron un poco más toleradas siempre que su afectividad y sexualidad quedaran recluidas a la intimidad. El tema tampoco fue muy distinto para el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), organización para la que la homosexualidad fue sinónimo de un déficit, un indicador de “debilidad constitutiva” propia de individuos no confiables a los que no se debía reservar un lugar en la lucha armada.[28]

En los setenta esta relación entre homosexualidad y clase alta se reforzó a través de la incorporación de dos escenarios exclusivos, el balneario de Punta del Este y el “círculo de la diplomacia”. En el texto Sexo y amor en el Uruguay[29] se llegaba a afirmar que existía una suerte de continuum entre los barrios de clase alta (Pocitos, Carrasco) y Punta del Este, donde convivían “maricones”, “muchachitos que parecen artistas de cine» y «modelos de televisión”[30] argentinos y uruguayos que organizaban orgías y consumían drogas de todo tipo, imagen que se masificó a través de algunos productos culturales, como la conocida canción “Si una mano” de Washington Bocha Benavidez y Héctor Numa Moraes, donde se hablaba, entre otras cosas, contra el “puntaesteño marica”. Algo similar sucedió con la asociación entre homosexualidad y diplomacia. Por ejemplo, desde las páginas del semanario de izquierda Marte Amargo se denunciaba la dolce vita de Ulises Pereyra Reverbel, embajador uruguayo en Nueva York, quien supuestamente usaba drogas y participaba en fiestas a las que asistían “jóvenes” y “barbados jipis”.[31] Y en el informe se señalaba sobre los diplomáticos: “La homosexualidad en dichos círculos está a la orden del día, tanto en hombres como en mujeres, notándose un aumento en la homosexualidad femenina”.[32]

En segundo lugar, la otra forma de relacionar clase social y homosexualidad involucró al otro extremo de la escala social, a los sectores populares. Aquí el término más utilizado fue “puto” por su asociación con el comercio sexual. Para la UJC, afirma Leibner,[33] el sistema capitalista obligaba a jóvenes excluidos a vender sus cuerpos y a perder en el proceso su hombría y dignidad. Esta mirada pseudoclasista (pitucos y prostitutos) dialogó a su vez con las representaciones sobre el modelo latino de homosexualidad y el saber psiquiátrico produciendo la figura del “corruptor”. Como señalaba un cronista:

casi todos (salvo casos patológicos muy especiales), son iniciados por pervertidos, pasivos, que los transforman en sus amantes. Fatalmente, con el curso del tiempo, la aberración hace carne en ellos […] y pasan a ser homosexuales completos.[34]

Dentro de los sectores populares la homosexualidad también se visualizó durante estos años entre los llamados “infanto-juveniles”, los que al ser recluidos en albergues, “adquieren costumbres homosexuales”.[35] Muchas veces también los medios de prensa sensacionalistas asociaron delito y homosexualidad, como en el caso de D. G. y M. E., dos mujeres que eran pareja y que fueron procesadas por asaltar a un taxista en 1967. En este tipo de coberturas mediáticas, donde se habla de “amigas” y no de amantes, era posible ver cómo se reforzaba el sexismo, el falocentrismo y la invisibilidad a la que tradicionalmente están condenadas las mujeres que desean a otras mujeres: “la desfachatez de D. G. queda en evidencia en esta foto. Al salir acompañada de su “amiguita” M. del juzgado […], la cínica G., vuelve el rostro y ampara a su amiga y cómplice, que recién ahora parece sentirse tocada por la vergüenza”.[36]

Y para los casos en los que no es posible aplicar esta ceguera selectiva, existe la versión femenina del personaje corruptor. Por ello D. G. es presentada debido a sus expresiones de género socialmente no esperadas (“masculinizada”) y su relación con su amante como una “mujer-hombre” que tiene entre sus “garras” a una “chiquilina”.[37]

También en la ficción de la época se buscó retratar el encuentro y la relación entre “doctores pitucos” de clase alta y “chongos” que muchas veces trabajaban bajo sus órdenes. Por ejemplo, el cuento “El guardaespaldas” de Nelson Marra, publicado en el semanario Marcha —y que causó su clausura—, relataba con lujo de detalles el encuentro sexual entre un “doctor” integrante de las altas esferas del gobierno con su guardaespaldas. La narración, además de retratar con precisión esa visión social que asociaba a los sectores altos con escenas de “relajamiento moral” marcadas por los excesos gastronómicos y de alcohol y las orgías, presentaba al doctor en un momento de “debilidad” habitando una corporalidad lánguida e identificable con lo socialmente asignado a lo femenino: su cuerpo era “blanduzco”, “dócil” su “trasero”, “sedosa” su cabellera, sus “manos babosas” y “pulposo” su rostro, su actitud era la de una “fiera malherida”, “débil, indefenso, enfermizo”, suplicante, “mientras recostaba su cabeza contra tu camisa entreabierta y te pedía en su total debilidad ‘llévame a la cama, pardo, por favor’”.[38] El relato busca retratar la relación de fuerza (virilidad) entre los dos, donde la creciente feminización del penetrado implica como contrapartida la masculinización del que asume el rol activo (“no se te ocurrió pensar nada, sólo que eras más fuerte, que debías probar esa fuerza para cotizarte definitivamente”). Un tránsito que es codificado en clave heteronormativa y que implica —entre otras cosas— una forma de equilibrar o disminuir las otras desigualdades entre ambos (económicas, de capital cultural y social), logrando el dependiente afianzar su posición y futuro ante el jefe, quedando al descubierto durante ese cambio al mismo tiempo la verdadera “esencia” de quien está por encima a nivel social y en la estructura de poder (“puta recalentada”, “inéditos ojos de marica alegre”).

La homosexualidad como subversión

Carina Perelli[39] señala cómo en el Cono Sur los regímenes militares desarrollaron en su discurso una noción de orden que idealizó el Occidente cristiano e hizo centro en la familia heteropatriarcal. El discurso autoritario trazó así una frontera entre lo uruguayo y lo extranjero[40] para definir la identidad nacional sobre la base de una serie de “valores esenciales” que no eran más que una interpretación de los valores católicos de los sectores eclesiásticos más conservadores. Estos valores sustentaban un “orden natural” en el que se enfrentaban el bien y el mal y todo aquello que los cuestionaba era considerado foráneo y una amenaza a la familia, pilar de la sociedad. La subversión pasó así, en Uruguay, a ser cualquier tipo de actividad o actitud “destinada a socavar la fuerza militar, económica, sicológica, moral o política de un régimen”[41] y los jóvenes fueron considerados uno de los grupos más vulnerables a la “contaminación” de la “desviación sexual”. Un trabajo sobre la UJC realizado por la Dirección Nacional de Información e Inteligencia subrayaba, para mantener a salvo a los jóvenes, la importancia de los “valores comunes que los mantienen firmemente unidos y les dan cohesión: el sentido de patria, la familia, las normas morales, las costumbres, etc.”.[42] Y en una misma dirección, autores como Civiglia Campora afirmaban que existían manuales comunistas donde se precisaba como estrategia “el dislocamiento de las convicciones juveniles […] creando ansia por los estupefacientes, promiscuidad sexual y libertad incontrolada, y presentando todo eso como parte de las ventajas del comunismo”.[43] La meta era “perturbar los instintos sexuales” entre la generación nueva para estimular “actitudes de pereza y envilecimiento que dialécticamente abrirán la puerta al comunismo”.[44]

En 1976, a raíz del asesinato de un homosexual, el jefe de policía de Montevideo, coronel Alberto Ballestrino, detuvo a más de trescientos homosexuales y se propuso limpiar la ciudad de “la actividad perniciosa del homosexualismo”, un tipo de “desviación” que, a su entender, se materializaba cada vez más ostensiblemente en la calle.[45] Ballestrino llamaba a los padres a estar “alerta” para que extremaran su vigilancia, ya que las “malas compañías, como el caso de homosexuales, los pueden llevar por un camino equivocado y reprobable”.[46] La crónica periodística se hizo eco de esta visión y analizó la historia de Álvarez, uno de los tres asesinos de R. V. L., relatando cómo el fracaso de su matrimonio lo llevó a juntarse con malvivientes y elementos repudiables, a la cárcel durante tres meses por hurto y, finalmente, a cometer un asesinato.

Tanto el periodista como el jefe de policía consideraban que el peligro social no radicaba en la existencia de asesinos, sino de homosexuales que pudieran corromper a menores y atacar a la familia, ese pilar clave de la sociedad en la visión militar.

Frente a esta supuesta amenaza la policía reaccionó y durante el régimen autoritario fichó homosexuales utilizando las categorías pederasta pasivo (pp) y activo. Según los testimonios, ocupar el lugar activo en la relación sexual era visto por la policía como más peligroso, en la medida en que la persona podía potencialmente protagonizar violaciones o alguna actividad delictiva. El actor Petru Valensky recuerda en ese sentido: “Te fichaban como activos y como pasivos. Y muchos cometimos el error de decir que éramos activos para ver si nos largaban antes y fue peor porque se calculaba que los activos eran los taxis y los que curraban, los que cometían delitos”.[47]

La despatologización y desagregación de los sentidos sobre la homosexualidad

En los setenta, el psicoanálisis local continuó abonando la construcción de la homosexualidad como una enfermedad y utilizó frecuentemente la categoría “perverso”, haciendo hincapié, para explicar este fenómeno, en problemáticos procesos de identificación y la detención o desviación en el crecimiento psicoafectivo de los individuos.[48] En cambio, la psiquiatría local, bajo el influjo de los cambios que se venían produciendo en la Asociación de Psiquiatría Americana (APA), comenzó un proceso de discusión sobre el estatuto de la homosexualidad y su relación con la enfermedad y lo “normal”, un sistema de equivalencias que por primera vez empezaba a ser problematizado. “¿Es la homosexualidad normal?” se preguntaban varios integrantes de la Clínica Psiquiátrica en un artículo publicado en 1972. A nivel individual, contestaban, constituye una “anormalidad al ser la heterosexualidad el punto más alto del desarrollo sexual según la constitución psicobiológica del individuo”,[49] pero a nivel social, a su juicio, sería “normal en tanto que habitual”, en la medida en que existía evidencia de su presencia en todas las sociedades y épocas. Asimismo, partiendo de una perspectiva de salud como “estado de equilibrio” estos psiquiatras afirmaban que “no consideramos al homosexual un enfermo, ya que no es necesariamente un desequilibrado. Existen homosexuales que logran un equilibrio no sólo del punto de vista sexual, sino además en sus otras relaciones con el medio”.[50] Además, por primera vez se ubicaba el origen de la patología fuera del individuo para trasladarla a la relación de este con un medio social hostil: las enfermedades en el homosexual se generaban por el rechazo social que experimentaban y se reclamaba por ello “tolerancia” y “respeto”. Es interesante subrayar cómo en el ejemplar de la publicación existente en la Facultad de Medicina, un lector anónimo colocó al lado de este párrafo 3 signos de interrogación con lapicera roja.

Esta visión y mucho más aún la resolución de la APA de retirar a la homosexualidad del listado de enfermedades mentales en el DSM III fueron resistidas dentro del campo psiquiátrico local y regional. La Revista de Psiquiatría del Uruguay publicó en 1983 una ponencia del Dr. Mauricio Levy Junior, donde criticaba la resolución de la APA y señalaba que era imposible realizar un diagnóstico médico sin apoyarse en nociones de normalidad. La homosexualidad era una “inmadurez bioléctrica cerebral”, una “inmadurez afectivo emocional” y un “desvío indeseable y no puede, de manera alguna, ser considerado una forma sana y satisfactoria de actividad sexual”.[51]

Estos cambios en el campo psiquiátrico a nivel global también tuvieron en Uruguay impacto en la sexología, pero la perspectiva no patológica recién se masificó en este campo a mediados de los ochenta. En 1989, durante el IV Congreso de Sexología, se presentó gran cantidad de trabajos que abordaban la homosexualidad aplicando un marco teórico que la consideraba una variante más de la sexualidad y que utilizaban la categoría de “orientación sexual”, que desde entonces comenzó a imponerse hasta finalmente eclipsar la de “opción sexual”. La psicóloga María Cardoso Arrigoni criticó en esa oportunidad los efectos iatrogénicos de las intervenciones y los presupuestos epistémicos homofóbicos del trabajo clínico:

… la terminología empleada refleja la discriminación misma, como los términos “perversión”, “desviación”, “enfermedad”, “degeneración”, etc. […] No sólo distorsionan los criterios científicos (que ya sería un serio inconveniente) sino, además transmiten un contenido emocional negativo a la población (tanto de pacientes como de no pacientes).[52]

En nuestro medio, los sexólogos tuvieron que llevar adelante una fuerte lucha para conquistar la legitimidad social y académica. En ese proceso fueron especialmente importantes sexólogos como Arnaldo Gomensoro, Elvira Lutz, Gastón Boero y Andrés Flores Colombino. Durante los ochenta sus columnas semanales y entrevistas en medios de comunicación masiva allanaron el camino y permitieron a su vez, por primera vez, la difusión de una perspectiva académica alternativa a la que asociaba a la homosexualidad con una enfermedad mental.

La nueva democracia y la proliferación de sentidos

Con la llegada de la democracia en Uruguay aparecen en el espacio público las primeras organizaciones homosexuales, que inician un lento proceso de impugnación de los estereotipos sociales y abren nuevos ejes discursivos. En ese sentido, Escorpio ligó el término “homosexual” al paradigma de los derechos humanos, volviendo la lucha por la “libertad de elección sexual”, uno de los derechos básicos en la lucha por los derechos humanos.[53] Este enmarcamiento fue pionero en Uruguay e influyó en todo el movimiento, incluido Homosexuales Unidos (HU), la otra organización importante dentro de la diversidad sexual en los años ochenta.

A su vez, Escorpio conceptualizó en su Manifiesto homosexual la homosexualidad como “una alternativa de vida” y a los homosexuales como “una minoría” a la que nunca “se le reconoció el derecho que tiene todo ciudadano”.[54] Para Escorpio la homosexualidad no era una patología y no era sinónimo de corrupción de menores ni de delitos:

El 97 % de las pederastias, es decir, de los ataques a menores no son cometidos por homosexuales; lo mismo pasa con las violaciones y lo mismo con la drogadicción. Los homosexuales no somos todos los delincuentes ni todos los violadores, sino que ellos están en la vereda de enfrente.[55]

Sin embargo, a diferencia de HU, Escorpio reforzó una perspectiva asimilacionista que minimizaba las diferencias entre homosexuales y heterosexuales. Este eje discursivo que niega la diferencia —“somos un grupo de seres humanos que no nos consideramos enfermos ni diferentes”[56]— introdujo de todas formas una innovación que luego fue reproducida y radicalizada por HU: un intento de desconstrucción del dispositivo de sexualidad que buscaba erosionar las formas clasificatorias de los individuos sobre la base de sus prácticas sexuales, la relación jerárquica entre heterosexualidad y homosexualidad e incluso la estabilización de esas rotulaciones. “No nos gusta hablar de homosexuales, de heterosexuales o de bisexuales, hablamos normalmente de seres polisexuales, de una sexualidad plural. Por ello es que hay derecho a optar…”. De esta forma se señalaba explícitamente como uno de los objetivos de Escorpio que “la sexualidad no sea el factor que defina la personalidad humana», ya que se consideraba una «opción de vida más”.[57]

Esta constelación analítica fue reproducida por HU a partir de 1988, pero a su vez complejizada en la medida en que el discurso sobre la homosexualidad comenzó a ser atravesado además por concepciones de clase social y por un discurso libertario. La otra gran diferencia con Escorpio es que HU sí hizo hincapié en la diferencia sin reforzar tampoco las identidades sociales de homosexual o lesbiana, pero revindicando el derecho a la libertad de ser diferentes respecto a una normalidad cuestionada y vista como opresiva.

La homosexualidad fue conceptualizada en HU como un indicador de la ausencia de libertades a nivel social en la nueva democracia que impedían a los individuos vivir su “opción sexual”. Si bien para los integrantes de HU el deseo no estaba subordinado a lo volitivo, el uso de la palabra opresión remite a politizar todas las decisiones que permiten conectarse con ese deseo y a una lucha por la libertad, por el derecho a ser diferente y no asimilarse a la sociedad. “HU tiene el objetivo de liberar al hombre de esta sociedad opresora y cree que esto sólo puede lograrse aprendiendo a respetar la libertad de los otros. ¡Vivan las diferencias!”.[58] Esta reivindicación de la libertad y de las diferencias se hizo desde una perspectiva que negaba la ontologización de categorías como homosexual y lesbiana. Las tensiones entre nombrarse homosexual y rechazar las categorías hegemónicas de la sociedad empezaban con el propio nombre de la organización HU, en el que se asume un rótulo para lograr ubicarse en un campo de sentidos que al mismo tiempo se impugna.

El proyecto de cambio social que encarnó HU enfrentaba el bloqueo político y cultural de la sociedad montevideana de esos años en defensa de la diferencia, pero sin esencializar identidades sociales. Por ello, en esta organización todas las formas de discriminación eran vistas como una sola cosa y los problemas que vivían otros colectivos no eran ya importantes para la organización por motivos de solidaridad o porque simplemente se violaban sus derechos humanos, como sucedía en Escorpio, sino porque eran parte del mismo problema que los convocaba a ellos a su acción colectiva:

… ser joven no es delito, ser negro no es delito, ser inválido no es delito, ser viejo no es delito, ser gordo no es delito, ser pobre no es delito, ser mujer no es delito, ser homosexual no es delito, etc. etc. […] siempre hay una discriminación esperando, un prejuicio latente, una crítica a flor de piel.[59]

De hecho, al comienzo participaron en la organización varias travestis y HU consideró a esta población —hoy conceptualmente diferenciada— como una especificidad dentro de la homosexualidad antes que como una población en sí misma, algo completamente diferente a lo que sucedió, por ejemplo, en los movimientos homosexuales argentinos contemporáneos.

Nueva democracia, autoritarismo, y la liberación sexual

La lucha de estas primeras organizaciones homosexuales enfrentó un escenario desolador: un clima cultural moralmente conservador y provinciano, marcadamente homofóbico con escasa apertura a abordar los temas de sexualidad, lo nuevo y la diversidad social.


La izquierda uruguaya reprodujo durante los ochenta las visiones sesentistas que consideraban a la homosexualidad como una patología.[60] Esteban Valenti, dirigente de primera línea del Partido Comunista de Uruguay (PCU) señalaba en 1988 que existía en el seno de su partido político una “definición histórica” en torno a la exclusión de los homosexuales y agregaba: “Es posible que hace unos cuantos años, la confrontación con el homosexualismo era muy dura y muy tajante [mientras] hoy hay una actitud firme, clara, pero no de campaña y propaganda”.[61] A esta tendencia no escaparon los movimientos estudiantil y sindical. Y este posicionamiento respecto a la homosexualidad también fue compartido por el resto de los partidos políticos. Incluso varios líderes políticos asimilaban en sus declaraciones a la homosexualidad con lo abyecto y lo híbrido desde el punto de vista genérico. Por ejemplo, Hugo Ferrari señalaba en Disculpe: “no me sirve la cómoda definición de centro. Es como el reconocimiento de los sexos: se es hombre o se es mujer. Si no se es una cosa ni la otra, se es homosexual. El homosexualismo ideológico no conduce a nada bueno”.[62] Algo similar expresaba el dirigente tupamaro Eleuterio Fernández Huidobro:

… hay gente política que con tal de estar en el centro, hace cualquier disparate y justifica cualquier cosa. […] Me he referido […] al que quiere ser ni chicha ni limonada, al que no es claro en su planteo, al que divaga, al que es un homosexual de la política.[63]

El tema de la homosexualidad también aparece durante este período tematizado en forma explícita en el terreno del humor. De esta forma, en la revista de izquierda y opositora a la dictadura Guambia, a partir de 1985, se incrementó en forma importante en sus páginas la presencia de viñetas homófobas y machistas. Por ejemplo, en 1986 se publicaba esta viñeta.

Allí, el personaje homosexual era retratado en forma crispada y con expresiones de género socialmente no esperadas, en forma muy similar a la que se hacía en los sesenta y setenta.[64] A su vez, como señala Didier Eribon,[65] las categorías sociales inferiorizadas, además de ser presentadas como monstruosas o ridículas también son frecuentemente asociadas con la enfermedad. Con la llegada del VIH-SIDA al Uruguay se asimiló rápidamente homosexualidad con SIDA y se rotuló esta enfermedad como la “peste rosa”, el “demonio del SIDA”, el “azote de Dios”, lo que reforzó el estigma que enfrentaban homosexuales y la asociación entre lo abyecto y lo enfermo. El VIH-SIDA fue visto por los medios primero como un fenómeno externo traído al país por homosexuales y personas “promiscuas”, y el término homosexual pasó a ser sinónimo a partir de ese momento de “grupo de riesgo” en el discurso médico epidemiológico.

A su vez, el impacto de la pandemia, el surgimiento de organizaciones homosexuales y la difusión de visiones no patologizadoras a nivel local parecen haber promovido —aún en un país fuertemente anticlerical y laico— que la Iglesia Católica rompiera su silencio, y se expidiera públicamente sobre este tema en los años ochenta. Su opinión no hizo más que reforzar el estigma al entender a la homosexualidad como un “desorden moral, ya que toda relación genital tiene que estar abierta a la vida”.[66]

De esta forma, este clima moralmente conservador relegó a un plano subordinado aspectos de la democratización relacionados con la sexualidad y la equidad de género, y lo homosexual se volvió un aspecto que condensaba todas estas dificultades para lidiar con lo nuevo y lo diferente: “es innegable que ‘lo homosexual’ se está transformando ya en un

símbolo productor de reflexión para la sociedad toda: por su porfiada resistencia […] contra los autoritarismos patriarcales homogenizantes de izquierdas y derechas”.[67]

Una aproximación diferente cultivó la movida cultural juvenil, que buscó en algunos de sus puntos neurálgicos centrarse en la política del cuerpo y la sexualidad y en la tolerancia (no aceptación) por las personas y los grupos calificados como desviados morales en la época. Publicaciones como La Oreja Cortada, Gay Life o Lady Ventosa difundieron dentro de esta subcultura visiones alternativas sobre la (homo)sexualidad y la corporalidad, que problematizaban su patologización así como la asociación entre homosexualidad, infelicidad, indefinición y expresiones de género socialmente no esperadas.

Hay una creencia generalizada de que el puto está condenando a una existencia desgraciada, destinado a terminar sus humillantes días suicidándose o, ya convertido en un viejo baboso, chupando pijas por ahí, pago mediante. Esta noción responde a una visión heterocentrista de la vida.[68]

La palabra “puto” es resignificada en este artículo desde el orgullo y se busca desprenderla de sus contenidos negativos asociándosela a “disidente”, “feliz”, “libre” y como una categoría ambigua potencialmente aplicable a muchos individuos. Sobre este punto se señalaba: “¿quién es puto? ¿El que la mira con cariño? ¿El que cogió con un tipo una vez? ¿El que coge solo con tipos?”[69]

Durante la nueva democracia comenzó también a utilizarse por primera vez como sinónimo y sustituto de “homosexual” el término gay, expresión acuñada en Estados Unidos a fines de los sesenta que resalta dimensiones positivas (gay significa ‘divertido’). El término comenzó a utilizarse en la prensa local durante esta etapa y a nivel social en forma paulatina a medida que fueron cambiando las formas de sociabilidad homosexual y se impuso en Uruguay un modelo de homosexualidad alternativo al latino. A su vez, esta nueva forma de ser homosexual desarrolló, entre otras cosas, una nueva imagen del homosexual hipermasculinizado, en la que las prácticas sexuales no configuran más tipos de sujetos (ambos son homosexuales más allá de si ocupan puntualmente el lugar pasivo o activo en la relación sexual), así como no existe un rol excluyente que copie el que ocupa en el modelo patriarcal la mujer (sumisión, pasividad). En el Montevideo de los años ochenta el modelo gay lésbico fue desplazando progresivamente al modelo latino, antes que nada, entre las capas medias y altas, pero la coexistencia de ambos modelos produjo nuevas exclusiones y discriminaciones entre los homosexuales y lesbianas: la “loca” o la “camionera”, antes valoradas entre los homosexuales, pasaron a ser vistas generalmente como ruidosos estereotipos sociales que debían ser dejados atrás. Frente a esta nueva situación, algunos militantes de organizaciones homosexuales uruguayas criticaron el neomachismo asociado a lo gay y reivindicaron el derecho a la diferencia: “tenemos derecho a pavonearnos, a hacer alarde de nuestros gustos sexuales, a tirar plumas. […] Hacer buena letra es mentir, es transar con la injusticia, es perder la batalla antes de haber comenzado a luchar”.[70]

Finalmente, durante esta etapa eclosionó el movimiento feminista en Uruguay, que debió enfrentar en particular la impugnación social y política que se manejaba informalmente sobre este movimiento durante estos años, donde estar en una organización de este tipo era sinónimo de ser lesbiana. Esta estigmatización no solo quitaba potencialmente validez a sus reclamos y críticas (ya que para el sentido común el lesbianismo era una patología), sino que incluso dificultaba el diálogo y la construcción de redes con otras mujeres. Carmen Tornaría, del Plenario de Mujeres del Uruguay (Plemuu)[71] recuerda cómo este fantasma sobrevolaba todo el tiempo su trabajo:

… era la que daba las charlas iniciales de sensibilización […] y tenía que decir “Soy Carmen Tornaría, soy casada, tengo cuatro hijos…” […] y yo sentía como un ruido de alivio en el público. De lo contrario, estaban mirándome como “Ta, esta debe ser una lesbiana que viene acá a alborotarnos y a quebrar la paz de nuestros hogares”.[72]

De esta forma, el rastreo de los significados asociados al término homosexual durante el período abordado revela la existencia de una yuxtaposición de sentidos más que una transformación radical de estos, lo que vuelve a esta palabra cada vez más polisémica y un claro objeto de disputas, reivindicaciones y acusaciones. Hacia el final del período analizado, la palabra es tanto un insulto como una identidad social sostenida con orgullo. Es a la vez desgracia y humillación y signo de resistencia, valor personal, felicidad y campo de emancipación y liberación. Esta pluralidad exige por ello mucha cautela y abordar con precisión el contexto de su enunciación así como los numerosos juegos lingüísticos que siempre permite el lenguaje.

 

  1. Aurora Fernández, Aportes psicoanalíticos al estudio de la homosexualidad, Montevideo, Impresora Record, 1970. El texto utiliza nociones freudianas sobre la homosexualidad para analizar una serie de casos clínicos y utiliza en forma genérica términos como “trastorno”, “perturbación” y “enfermedad” para referirse a la homosexualidad.

  2. Agradezco a la historiadora Milita Alfaro haber compartido generosamente su archivo personal sobre el carnaval uruguayo, algo sin lo cual hubiera sido imposible la realización de este artículo.

  3. Escorpio fue la primera organización para la defensa de los derechos de los homosexuales creada en Uruguay. Fue fundada en 1984 y su trabajo y acción se extendieron hasta 1986.

  4. Judith Butler, Cuerpos que importan, Buenos Aires, Paidós, 2005, p. 86.

  5. José Pedro Barrán, La invención del cuerpo, vol. iii, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1995, pp. 83, 123-124.

  6. Carlos Vaz Ferreira (h), “Correlaciones entre los aspectos: psicológico, fisiológico, endocrinológico y anatómico de la sexualidad infantil”, Revista
    de Psiquiatría del Uruguay
    , n.º 33, mayo-junio, 1941, pp. 15-16.

  7. Ventura C. Darder, “Aspectos psiquiátricos de la educación sexual”, Revista de Psiquiatría del Uruguay, n.º 131, setiembre-octubre, 1957, pp. 15.

  8. Juan Garafulic, “Acerca de la homosexualidad”, Revista de Psiquiatría del Uruguay, n.º 136, julio-agosto, 1958, pp. 14-15.

  9. Juan Garafulic, “Acerca de la homosexualidad”, op. cit., pp. 24 y 30.

  10. “Los 71”, Somos, diciembre 1973, nº 1, p. 4.

  11. Entre los homosexuales se consideraba «chongos» a los hombres que ocupaban el lugar “activo” en la relación sexual.

  12. “Los 7”, Somos, p. 5.

  13. Néstor Perlongher, El negocio del deseo. La prostitución masculina en San Pablo, Buenos Aires, Paidós, 1987.

  14. Pierre Bourdieu, La dominación masculina, Barcelona, Anagrama, 2000.

  15. Luis Behares, “Subcultura homosexual en Montevideo”, Relaciones, n.º 64, 1989, p. 20.

  16. Vania Markarian, “Al ritmo del reloj: adolescentes uruguayos de los años cincuenta”, en José Pedro Barrán, Gerardo Caetano y Teresa Porzecanski (dirs.) Historias de la vida privada en el Uruguay, tomo 3, Montevideo, Taurus, 1997, p. 239.

  17. Murga Don Timoteo. Carnaval de 1956. Pliego suelto. Archivo particular Milita Alfaro.

  18. Entrevista a Walter Loriente (27/5/2006). Nació en Montevideo el 15/7/1947, es peluquero y se define gay. Participa desde 1996 en varias organizaciones de diversidad sexual.

  19. Juan Carlos Onetti, El astillero, Montevideo, Cátedra, 1960, p. 103.

  20. Juan Carlos Onetti, El astillero, op. cit, p. 104.

  21. Anónimo, Sexo y amor en el Uruguay, Montevideo, Editorial Alfa, 1970, p. 177.

  22. Mario Benedetti, El país de la cola de paja, Montevideo, Arca, 1960, p. 31.

  23. Ver: Diego Sempol, De los baños a la calle, Montevideo, Debate, 2013.

  24. Murga Asaltantes con Patente, Carnaval 1962, Pliego Suelto, Archivo particular Milita Alfaro.

  25. Murga Rumbo al Infierno, Carnaval 1962, Pliego suelto, Archivo particular Milita Alfaro.

  26. Mario Benedetti, El país de la cola de paja, Montevideo, Arca, 1960, pp. 62 y 112.

  27. Gerardo Leibner, Camaradas y compañeros. Una historia social y política de los comunistas del Uruguay, Montevideo, Trilce, 2011, pp. 314 y 316.

  28. Ver, por ejemplo, entrevista a Jorge Zabalza, dirigente histórico del MLN-T en Clara Aldrighi, La izquierda armada. Ideología, ética e identidad en el MLN-Tupamaros, Montevideo, Trilce, 2001, p. 197.

  29. Anónimo, Sexo y amor en el Uruguay, p. 45.

  30. Ídem., p. 57.

  31. Jorge Rodríguez, “La dolce vita de Pereyra Reverbel en EE.UU.”, Mate Amargo, 22/5/1973, año I, nº 10, p. 4.

  32. 32   Anónimo, Sexo y amor en el Uruguay, p. 45.

  33. Gerardo Leibner, op. cit., p. 314.

  34. “El asesinato de Alaniz revela siniestro mundo”, Al Rojo Vivo, n.º 28, 18/1/1966, p. 3.

  35. Anónimo, Sexo y amor en el Uruguay, p. 78.

  36. “Mujeres que asaltan con puñal”, Al Rojo Vivo, n.º 117, 21/11/1967, pp. 8-9.

  37. “Mujeres que asaltan con puñal”, Al Rojo Vivo, p. 9.

  38. Nelson Marra, “El guardaespaldas”, Marcha, 8/2/1974, p. 30.

  39. Carina Perelli, Someter o convencer. El discurso militar, Montevideo, CLADE-Ediciones de la Banda Oriental, 1987.

  40. Isabela Cosse y Vania Markarian, 1975: Año de la Orientalidad, Montevideo, Trilce, 1996.

  41. “XIV Conferencia de los Ejércitos Americanos”, El Soldado, n.º 80, diciembre, 1981, p. 32.

  42. Ministerio del Interior, UJC: escuela de comunismo, Montevideo, Universidad de la República, 1976.

  43. B. Civiglia Campora, Ps-P Psicopolítica. Verdadera dimensión de la guerra subversiva, Montevideo, Ediciones Azules, 1974, pp. 205-206.

  44. B. Civiglia Campora, Ídem, Montevideo, Ediciones Azules, 1974, p. 208.

  45. “Contra los depravados”, El Diario, 27/10/1976, p. 13.

  46. Ídem.

  47. Entrevista a Petru Valensky, 27/2/2013, actor y conductor televisivo.

  48. En ese sentido, en octubre-diciembre de 1970, la Revista Uruguaya de Psicoanálisis publicaba en su número 4 el artículo de Horacio Etchegoyen “Homosexualidad femenina: aspectos dinámicos de la recuperación” (pp. 431-478), donde se caracterizaba a las sexualidades homoeróticas como “patológicas” y como una forma de “desarrollo anormal”.

  49. Cristina Reisiger, José M. Reyes Terra, Omar Schusselin y Manuel Pacheco, “Implicancias deontológicas en el enfoque de la homosexualidad”, Revista de Psiquiatría del Uruguay, n.º 218, marzo-abril, 1972, p. 5.

  50. Cristina Reisiger, José M. Reyes Terra, Omar Schusselin y Manuel Pacheco, op. cit., p. 5.

  51. Mauricio Levy Junior, “O OSM III e a homosexaulidade”, Revista de Psiquiatría del Uruguay, 2ª época, n.º 48, 1983, p. 342.

  52. María Cardoso Arrigoni, “Redefinición del concepto de ‘normalidad’ en sexología: el modelo de la solución como alternativa ante la discriminación y la relativización sexual”, Revista Uruguaya de Sexología, Número Especial, Anales del 4.º Congreso Uruguayo de Sexología, 20-23 de setiembre, 1989, p. 44.

  53. Escorpio, Boletín, n.º 2, setiembre, 1985, s/p.

  54. “Fundan en Uruguay un movimiento homosexual”, Opinar, 23/5/1985, p. 9.

  55. Miguel Ángel Campodónico, “Homosexualidad en el Uruguay”, Aquí, 8/7/1986, p. 23.

  56. Objetivos Fundación Escorpio, 1985, s/p, Archivo Biblioteca LGTBI.

  57. Miguel Ángel Campodónico, “Homosexualidad en el Uruguay”, op. cit., 8/7/1986, p. 24.

  58. Homosexuales Unidos, Descubriéndonos, año 1, nº 1, junio, 1989, s/p.

  59. Homosexuales Unidos, Aquí estamos, noviembre, 1990, p. 2.

  60. Ver: Esther Ruiz y Juana Paris, “Ser militante en los sesenta”, en José Pedro Barrán, Gerardo Caetano y Teresa Porzecanski (dirs.), Historias de la vida privada del Uruguay. Individuos y soledades (1920-1990), vol. 3, Montevideo, Taurus, 1997 y Diego Sempol, “Homosexualidad y cárceles políticas uruguayas. La homofobia como política de resistencia”, Revista Latinoamericana Sexualidad, Salud y Sociedad, nº 4, 2010, pp. 53-79, en www.sexualidadsaludysociedad.org.

  61. “Comunistas no prevén la incorporación a su partido de homosexuales”, Búsqueda, 8/12/1988, p. 6.

  62. Disculpe, 12/8/1987, p. 26.

  63. Cuadernos de Marcha, 3ª época, Montevideo, marzo, 1989, p. 15.

  64. De hecho, los personajes homosexuales que aparecían en Guambia (llamados “carolos”, “trolos”, “maricones” o “mariposones”) eran definidos por un conjunto bastante estable de características. Desde el punto de vista corporal se los presentaba totalmente feminizados (brazos en jarra, muñecas quebradas, cadera quebrada, colas pronunciadas y marcadas, ausencia de pene, mirada frenética, uñas largas, ansiosos y poseídos por un frenesí sexual y una sonrisa siempre nerviosa). La vestimenta que utilizaban era la atribuida culturalmente al sexo femenino, o revelaba una situación de transición a mitad de camino entre lo masculino y lo femenino. Además, cuando los personajes hablaban, siempre utilizaban expresiones onomatopéyicas y adjetivos muy expresivos. Una suerte de “retrato de grupo”, que buscaba definir un colectivo mediante rasgos que sean reconocibles por todos.

  65. Didier Eribon, Reflexiones sobre la cuestión gay, Barcelona, Anagrama, 2001.

  66. Miguel Ángel Campodónico, “Homosexualidad en el Uruguay”, Aquí, 8/7/1986, p. 25.

  67. Uruguay Cortazzo, “Pero…¡¿y existe una cultura gay?!” Jaque, 23/07/1986, año iii, n.º 135, p. 24.

  68. Tacho, “La política, los prejuicios y los putos”, Lady Ventosa, diciembre, 1989, p. 6.

  69. Tacho, Ídem.

  70. Carta a lectores, Mate Amargo, 27/9/1989, p. 29.

  71. El Plenario de Mujeres del Uruguay es una ONG feminista que se creó en 1984 y que trabaja temas de salud, educación, trabajo y leyes.

  72. Entrevista a Carmen Tornaría, 8/12/2010, docente jubilada, feminista y una de las fundadoras del Plemuu.

FACEBOOK
TWITTER