Dossier Historia de conceptos en Uruguay

Crisis política
y “aparición” de las masas (1950-1970)

Isabel Wschebor
Archivo General de la Universidad de la República.

Resumen
En el siguiente artículo se estudian diferentes factores que dan cuenta de la reaparición del concepto “masas” en el discurso público entre las décadas de 1950 y 1970 en Uruguay. El primero de ellos está relacionado con un realineamiento de diversos sectores y tendencias políticas dentro de los partidos tradicionales, tras el agotamiento de los modelos de acción política desarrollados en el período previo. Y el segundo, está asociado a una nueva utilización del término en el abanico de los partidos de izquierda. Globalmente, se trató de estrategias de captación de nuevas adhesiones, con el objetivo de legitimar nuevos proyectos políticos de respuesta a las modalidades de actuación tradicional, así como a la crisis económica. Se repasa también la incidencia que tuvo el desarrollo de los medios de comunicación —expansión de la prensa, generalización de la radio e inicios de la transmisión televisiva— como vía privilegiada de propagación de mensajes que debían reproducirse a un público extendido. Las nuevas estrategias de adhesión social por parte de la política y el uso de los medios de comunicación para ello, son analizados como síntomas del ingreso de una sociedad en las lógicas de la modernidad.

Palabras clave
Masas; Acción política; Medios de comunicación

Abstract
The following article studies the different factors that show for the reappearance of the concept “masses” in public discourse between the 1950s and 1970s in Uruguay. The first of them is related to a realignment of different sectors and political tendencies within the traditional parties, after the exhaustion of the political action models developed in the previous period. And the second one, is associated with a new use of the term in the range of left parties. Globally, these were strategies for attracting new members, with the aim of legitimizing new political projects in response to the traditional methods of action, as well as the economic crisis. It also reviews the impact of the development of the media -expansion of the press, generalization of radio and the beginning of television broadcasting- as a privileged way of propagating messages that should be reproduced to an extended public. The new strategies of social adhesion on the part of the policy and the use of the means of communication for it, are analyzed as symptoms of the entrance of a society in the logic of the modernity.

Key Words
Masses; Political action; Mass media

Introducción

A comienzos de la década de 1940, Juan de Lara —inmigrante español y refugiado de la guerra civil de aquel país, cuyas columnas en el Semanario Marcha se transformarían en un espacio de opinión y referencia en el ámbito local— expresaba:


en Uruguay no he podido advertir en nada una actitud revolucionaria. Falta esa sensación de caducidad propia de las sociedades en crisis… Falta un proletariado abundante. Y si no es abundante, ya no es proletariado, pues la palabra quiere decir justamente eso, prole, idea de masa humana.[1]

Lejos de los escenarios de trinchera de los conflictos bélicos a nivel mundial, el Uruguay generaba en inmigrantes como Lara que llegaban desde Europa, una sensación de calma propia de países aislados de la conmoción social. “Las masas” uruguayas para Lara, no eran las clases trabajadoras movilizadas por un mundo en conflicto, sino la clase media conservadora, que imprimía un estilo de vida asociado al ascenso social individual y de poca interpelación en el escenario público.

En el ámbito local, la notoria pasividad de la población tras el golpe de Estado el 21 de febrero de 1942 de Alfredo Baldomir, así como el descreimiento y la falta de apoyo de “las masas” a los herreristas que se opusieron al mismo, fueron objeto de análisis en la prensa de la época. A diferencia de “la abstención electoral [como] decisión inmediata y espontánea de las grandes masas”[2] en respuesta al régimen instaurado por la dictadura de Gabriel Terra en 1934, ocho años después la aceptación del golpe de Estado parecía reflejar un descreimiento de la sociedad en los partidos, cuyos escenarios de alianza y fractura ya no interpelaban a una “masa” que , por otra parte, se sentía “engañada”[3] y que por lo tanto ya no se identificaba con los líderes y las fracciones políticas organizadas.

Hacia mediados de la década de 1950, llama la atención una “reaparición” del concepto masas en el discurso uruguayo. En el siguiente artículo, analizaremos distintas dimensiones de este resurgimiento del término en el discurso público.

En primer lugar, parece haber constituido un indicio de la reconfiguración de los sectores políticos que no estaban en el gobierno, tras la crisis de los partidos y de sus liderazgos originada en las décadas de 1930 y 1940. Esta reconfiguración del campo político en la época, derivó en el triunfo del Partido Nacional en 1958 luego de un siglo de gobiernos del Partido Colorado. En segundo lugar, la progresiva extensión del voto, el impacto de la rotación en el poder y la agudización de la crisis en la década de 1960 y comienzos de la siguiente dieron un viraje en el uso del término masas. Ya no se trataba únicamente de su apelación en un escenario de captación de votos a nivel electoral, sino de cómo la participación de las masas en la escena pública constituía o no un factor de presión frente al escenario de crisis creciente. Así, tanto las ideas reformistas y de modernización por la vía institucional, como los proyectos de cambio estructural y revolucionario se legitimaban a través de la adhesión de nuevas mayorías o se sustentaban en la idea de beneficiarlas y apelaban por estos motivos a su relación con “las masas”.

Por último, el desarrollo de los medios de comunicación desde las primeras décadas del siglo XX, constituyó una vía privilegiada de propagación de mensajes que debían reproducirse a un público extendido. La consolidación de la radio en todo el territorio nacional irrumpió en las estrategias de vinculación entre el campo político e importantes contingentes de población. Así, el desarrollo tecnológico constituyó un modo de reorientación de la vinculación entre el mundo de la política y la sociedad.[4] Este cambio cultural de las relaciones sociales y políticas a través de los medios se produjo en forma progresiva a lo largo del siglo XX. La histórica dicotomía entre “cultura culta” y “cultura de masas” fue interpelada en el período que nos ocupa, por la consolidación de una radio pública y la creación de un canal público también dependientes del SODRE, cuya finalidad era la expansión de la cultura, que no estaba en el circuito comercial en un público extendido. Si bien se trata de proyectos estatalistas que naufragaron en el contexto de un país en crisis, inauguraron un escenario de reflexión novedoso en torno a la masificación de la cultura a través de los medios.

Desde un punto de vista general, el concepto “masas” ha constituido históricamente una apelación a conglomerados sociales cuyas opciones o gustos inciden en la opinión pública pero, a diferencia de conceptos como “pueblo” o “clase” no necesariamente refiere a un sujeto social específico. Suele tratarse de un recurso de legitimación de quienes ejercen el poder, en el que puede variar quienes están incluidos en lo que se da en llamar “masa”.

Como dijimos, la preocupación por las “masas” ha estado directamente asociada al fenómeno de la representación y la legitimación del poder, sea en proyectos de orden democrático o revolucionario, así como a las tecnologías y las industrias de la comunicación que han permitido propagar distintos tipos de mensajes a sectores de la sociedad en general excluidos de las élites letradas. Su uso es por lo tanto un síntoma del ingreso de una sociedad en las lógicas de la modernidad, donde el rechazo o la aceptación de los mensajes provenientes del poder por parte de los sujetos que no lo detentan, constituye un factor decisivo en las posibilidades reales de dar continuidad, legitimidad o estabilidad a proyectos políticos o culturales de distinto orden.

Sin duda, el análisis histórico del concepto “masas” es heredero de una renovación de tendencias dentro de la historia cultural que, según el historiador Peter Burke, se fundamenta en aspectos internos y externos de este campo de estudios. En relación a la propia historia de la cultura, esta renovación surge de los intereses planteados principalmente por la historiografía inglesa y francesa desde la década de 1960 que ha intentado dar cuenta de la historia de las culturas populares o masivas, en contraposición al estudio exclusivo de la historia de las manifestaciones de los campos artísticos o intelectuales.[5] En relación a los factores externos, el autor señala las transformaciones producidas en muy diversos campos de las ciencias sociales, asociadas al llamado “giro lingüístico” o al desarrollo de los “estudios culturales” que, desde la segunda mitad del siglo XX, han manifestado la necesidad de analizar la influencia de la mutación cultural que se ha producido tras el desarrollo de los medios de comunicación, la publicidad y la sociedad de consumo.[6]

La “aparición” de las masas en la década de 1950

La cronología que parece signar el uso del término en el pasado más reciente en Uruguay, se inicia con el debate político en torno a la crisis a mediados de la década de 1950 y el descontento social con el ejecutivo colegiado en el gobierno. El contexto local, así como la discusión a nivel internacional desatada con la posguerra y la posterior Guerra Fría estimularon tanto a sectores provenientes de la izquierda, como de los partidos tradicionales a una reconfiguración de sus estrategias de crecimiento político y por lo tanto a la captación de nuevas mayorías.

Cabe señalar que poco tiempo antes, la transición de la dictadura de Terra y el restablecimiento del batllismo en el gobierno nacional, buscaron volver a imprimir impulsos orientados a ampliar los mecanismos de la democracia representativa y promover la extensión de los derechos políticos y sociales, buscando profundizar en los preceptos de los gobiernos de Batlle y Ordoñez a comienzos de siglo. Medidas de gran trascendencia para ello, como la aprobación de los Consejos de Salarios en 1943 que preveían una representación tripartita en la negociación salarial por parte del Estado, los empresarios y los trabajadores, suscitaron en el debate público la utilización de conceptos como “concertación social” que se familiarizan con el de “masas” en su apelación a nuevos actores, nutridos desde sectores diversos de la sociedad, que podían participar y dirimir en relación a los asuntos de la política pública.[7] Sin embargo, no se visualizaba en aquel momento un debate real sobre el posible cambio de rumbo en las opciones del cada vez más amplio electorado. La referencia a los sectores organizados en la calle se expresó a través de términos como “sindicalización” o “movilizaciones crecientes” y la referencia a las “masas” tuvo un vínculo estrecho con las actitudes de descontento o respuesta de la población a la crisis del campo político.

En el año 1951, en una carta al Director del Semanario Marcha, un lector de seudónimo Ragen expresaba a raíz de las huelgas crecientes en Uruguay, la existencia de:

una irrupción del proletariado como una de las fuerzas rectoras de la vida nacional… ha causado sorpresa la cohesión y extensión del conflicto obrero, como también lo inoperantes que se han mostrado para resolver la situación todos los resortes, morales e inmorales del poder público.

Y agregaba que, si bien los dirigentes de las principales manifestaciones sindicales estaban orientados por un pensamiento de carácter revolucionario y cuestionador del régimen capitalista en su conjunto, no creía “que esas posiciones [fueran] sustentadas por la totalidad de la masa obrera”, cuyo motor era principalmente un descontento frente a las “falsas propagandas, toda esa inoperancia de los partidos políticos tradicionales que [hacía] ya tiempo [habían] agotado sus ideas.”[8]

En este mismo contexto, la Universidad de la República retomó los postulados del movimiento estudiantil reformista de comienzos de siglo, orientados a brindarle autonomía administrativa a la institución y participación a los estudiantes en el gobierno de la misma. Luego de más de una década de debates y reclamos por parte del movimiento estudiantil organizado, en 1958 se promulgó la Ley Orgánica de la Universidad luego de una huelga general que cristalizó de manera elocuente, la progresiva presencia de sindicatos y gremios movilizados.[9] Sin embargo, la referencia explícita a las “masas” en este contexto fue tímida también.

El uso político de este término a mediados de los cincuenta no parece constituir una apelación a la movilización social creciente, sino a las especulaciones en relación a las nuevas opciones del electorado en el futuro inmediatamente posterior y como respuesta al descontento social con el gobierno. El “despertar” de las masas constituía en primer primer término, una invitación del campo político a captar adhesiones en la población tras la necesidad de reconfigurarse y encontrar nuevos escenarios programáticos y de organización partidaria. Lo cierto también es que entre fines de la década de 1930 y los inicios de la década del cincuenta, los habilitados para votar ascendieron de 636.171 votantes a 1.168.206. En la elección de 1938 votó un 56% de los habilitados, mientras que en 1950 votaron el 70,5%.[10] En aquel contexto, se señala un cambio evidente de relación entre los partidos políticos y la necesidad de apoyo del conglomerado de aspirantes a decidir en las elecciones nacionales.

Resulta sugerente que desde la prensa anarquista, detractora de todo tipo de manifestación partidaria y contraria a la democracia electoral, se señalaba tempranamente esta apelación de los partidos hacia las masas como un mecanismo performativo de la política. El periódico Inquietud señalaba que su movimiento “no se [manifiestaba] teatralmente como los partidos políticos” y que por ese motivo sus actividades sociales no tenían “exterioridad pública de masas”, pues el interés de sus organizaciones era estimular la “rebeldía e insumisión consciente”[11] en los pueblos. Lo cierto es que la reorganización partidaria y las contiendas electorales de la década de 1950 estuvieron signadas por la preocupación de los partidos de ampliar su caudal electoral y señalar un “despertar” de las masas en este contexto.

Antecedentes de este tipo de uso estuvieron presentes en la prensa del Partido Nacional, cuando a mediados de la década de 1940 algunos de sus sectores analizaban la necesidad de reorganización y alianza para enfrentar nuevamente al Partido Colorado en las elecciones y recuperar credibilidad en sus votantes.

De este modo, Washington Beltrán manifestaba en 1946 urgente necesidad de reconstrucción del Partido Nacional y consideraba que el momento “era propicio como pocos de su historia, porque la masa vive pendiente de los acontecimientos en desarrollo”.[12] En este mismo sentido, El Nacional anunciaba la presencia de ciudadanos que “nada necesitan de la política”, como el comerciante Numa Pequera, cuya actividad en el comité de reconstrucción partidaria buscaba mostrar la presencia de personas externas del campo político tradicional, a los efectos de disipar el descreimiento de la población con respecto a los referentes históricos de dicha organización partidaria. Pequera afirmaba que “las masas ciudadanas no siguen con los ojos cerrados a los hombres, por brillantes que estos sean o hayan sido… los hombres caen y las masas como movidas por una intuición colectiva, forman nuevas tiendas…”.[13] Esta “reaparición” de las masas en el discurso político, que se esboza tempranamente en las tiendas del Partido Nacional, fue común a muy diversos partidos de oposición durante la década de 1950, en un contexto de reformulación de diferentes propuestas programáticas.

Según la historiadora Magdalena Broquetas, los grupos históricamente asociados al ala conservadora del espectro político, protagonistas e impulsores de procesos de dictadura y retracción de la democracia entre los años 30 y 40 mostraron desconfianza en “las masas” hasta mediados del siglo XX. Con ciertos matices entre sí, compartían algunos de los principios impulsados por el falangismo como un fuerte anticomunismo, el rechazo al multipartidismo, la promoción de un Estado corporativo. Localmente, esto se expresaba a través de un fuerte antiberalismo y antibatllismo. Sin embargo, estos principios no necesariamente implicaron, en la primera mitad del siglo pasado, la adopción de los modelos nazi-fascistas que se apoyaron en los movimientos masivos, como espacios legitimadores de sus programas, sino una desconfianza por las expresiones multitudinarias.[14]

Según la historiadora, un claro viraje se produce con la irrupción del ruralismo y el ascenso de la figura de Benito Nardone a partir de la fundación de la Liga Federal de acción ruralista a comienzos de la década del cincuenta y la influencia que adoptó este movimiento al interior del Partido Nacional en el correr de los años siguientes. El ascenso del movimiento ruralista también constituyó un viraje en la estrategia política de sectores que mostraban disconformidad con las políticas del gobierno y, a diferencia de lo que históricamente había caracterizado a la derecha conservadora en el país, en cierta medida se inspiró en los movimientos populistas identificados principalmente con el peronismo en la época. Raúl Jacob destaca que este movimiento también fue fruto del histórico rechazo de los sectores conservadores uruguayos tanto a las políticas reformistas del batllismo y el neo-batllismo, como al desarrollo de un sindicalismo clasista y urbano. Las “masas” ya no eran referidas como una “amenaza” al desarrollo del ruralismo. Sin embargo, la dispersión de la población rural, así como el histórico temor a las mismas por parte de sectores posiblemente adherentes a este nuevo movimiento no le dieron una jerarquía específica al término. Esta necesidad de captación de nuevos públicos dispersos implicó una estrategia tanto comunicacional como organizativa que nucleó a importantes sectores del medio rural, a partir de una visión policlasista, encontrando en este ámbito importantes adhesiones a su proyecto.[15]

En 1958 el Partido Nacional triunfó en las elecciones nacionales, poniendo fin a casi un siglo de presencia del Partido Colorado en el gobierno. La política de mayor impacto público en esta materia fue la progresiva ampliación de las ondas de radio que fueron alcanzando buena parte del territorio nacional, siendo un elemento nuevo para la asimilación de ciertos mensajes políticos por parte de sectores de la población excluidos de la cultura letrada de los medios de prensa y de los centros urbanos en los que se expresaba el debate público a través de las manifestaciones callejeras. La presencia de candidatos del Partido Nacional como Benito Nardone en la radio, la consolidación de espacios específicos como Radio Rural y la establecimiento de una estrategia comunicacional en relación a nuevos sectores de la población que podían participar del voto constituyeron otra señal de relacionamiento entre la política y la sociedad que se configuró de manera novedosa en el período. La captación de la población rural estuvo fuertemente influida por el poder de expresión a través del dispositivo radial, mediante el cual Nardone no hablaba a “las masas” conglomeradas en la ciudad, sino a contingentes de población dispersos en los núcleos poblados semirurales y rurales. Esta nueva relación entre política y sociedad tuvo como resultado un movimiento que captó importantes contingentes de población, sin apelar necesariamente al término “masas” históricamente rechazado por los sectores conservadores.

Se trató por otra parte, de un movimiento que se desarrolló en espacios ajenos a la realidad montevideana, a partir de cabildos o reuniones públicas en diversas localidades del territorio nacional, generando eventos de participación local que nucleaban a sectores de la población que históricamente se habían mantenido ajenos a la escena pública.[16]

En el caso de la izquierda clásica, uno de los principales cambios de orientación política en el Partido Comunista a mediados de la década del cincuenta tras su XVI Congreso, estuvo relacionado con convertir a esta organización política en un “partido de masas”. Se buscaba a partir de allí realizar alianzas con otros sectores políticos y tomar postulados provenientes de las organizaciones de base y locales, con el objetivo de progresivamente ir transformándolas en un proyecto político transformador de mayor alcance. En el Informe del Comité Nacional al XVI Congreso del Partido Comunista redactado por Rodney Arismendi en 1955 se expresaba que:

… la organización de los Comités Populares no puede ser el resultado de una receta sectaria impuesta a la gama infinita de la lucha popular, sino el resultado de la aplicación concreta de los objetivos del Partido a la situación local y al grado de elevación del movimiento en cada sitio.[17]

El Partido Comunista buscó una estrategia de crecimiento, desarrollando organizaciones locales donde se manifestaban experiencias o realidades diferentes que debían ser asimiladas por la organización. La incorporación de asuntos específicos, que no necesariamente estuvieran asociados a una estrategia ideológica de orden transformador más radical, constituyó una modalidad de crecimiento en la que “las masas” no eran exclusivamente receptoras de un mensaje brindado por la organización política, sino que ésta desarrollaba su plan de organización y crecimiento a partir de las demandas existentes en ámbitos de orden local. Otro de los elementos que expresó esta estrategia nueva del Partido Comunista fue la fundación del diario El Popular. El PCU pasó de tener un órgano semanal como Justicia, a publicar un diario a un precio accesible y en el que un buen porcentaje de su espacio también incluía elementos que tradicionalmente eran de interés para amplios sectores de la población como las noticias sobre fútbol, carreras de caballos, ciclismo, moda o recetas de cocina. La presencia de secciones claramente desasociadas de un mensaje político explícito constituían una nueva estrategia de lectura, en la que el Partido Comunista buscaba incorporar intereses de sectores de la sociedad que no necesariamente estaban asociados a un proyecto político de orden transformador. Gerardo Leibner, quien ha estudiado este fenómeno de forma detallada, también se refiere a otras medidas adoptadas en la estrategia del PCU a los efectos de ampliar su base social de adhesiones, como las actividades desarrolladas a través de su Juventud, que incluían un amplio espectro de actividades sociales y recreativas orientadas a incluir sectores de jóvenes que de manera progresiva eran formados políticamente.[18] El crecimiento exponencial del Partido Comunista a lo largo de las décadas de 1950 y 1960 sin duda estuvo vinculado al éxito de una estrategia cuyo objetivo principal se adscribió a los marcos de disputa legal en el poder, como una etapa de acumulación dentro de una visión que igualmente se planteó metas de orden transformador en la sociedad. Si bien “las masas” fueron concebidas como un elemento fundamental en la legitimación de este proceso, no constituyeron un elemento “pasivo” y reproductor o receptor de los preceptos indicados por el partido, sino que éste tuvo que incorporar preocupaciones y experiencias procedentes de las mismas para el desarrollo de sus líneas de crecimiento político y electoral.

En este mismo período, el Partido Socialista también inició un proceso de discusión que, entre otros asuntos, incluía analizar las estrategias adecuadas en relación a ampliar su marco de adhesiones. Se señala en este sentido, el surgimiento de nuevos liderazgos en su seno como el de Vivián Trías y las polémicas suscitadas con históricos referentes de esta organización como Emilio Frugoni. Los escritos de Trías también señalaban una preocupación en relación a cómo lograr que “las grandes masas” asuman a los partidos de ideas marxistas como opción electoral. A diferencia del Partido Comunista, Trías asumía en el año 1962 que “la izquierda que podemos llamar ‘ideológica’ (PS y PC) padece un evidente aislamiento de las masas populares” y fundamentaba esto señalando que el PS tenía un 3% y el PC un 2% del electorado.[19] Afirmaba que era necesario no cometer el error de considerar que una solución a este problema estaría dada por una alianza entre los dos partidos de izquierda marxista, dado que “la clase obrera en el Uruguay, no es ni comunista ni socialista, es blanca y colorada. [Agregaba que]:

es verdad que el PC y el PS cuentan en sus filas con minorías esclarecidas de la clase obrera, con una vanguardia politizada y madura… Pero también es verdad que el único actor posible de la revolución antiimperialista es el pueblo en su conjunto, son las grandes masas populares.[20]

Trías justificaba con esto la propuesta de alianza para las elecciones de 1962 con una fracción escindida del Partido Nacional representada por Enrique Erro para la formación de la Unidad Popular, que no estaría integrada por el Partido Comunista. Afirmaba que:

las razones expuestas justifican nuestra afirmación de que la unidad comunista-socialista no es un eje aglutinante, sino la suma de un aislamiento con otro más agudo. Entendemos que lo que corresponde no es sumar aislamientos, sino crear el cauce político imprescindible para plasmar la unidad de las masas populares…[21]

El apoyo de las “masas”, constituyendo éstas una alianza policlasista entre los sectores más desprotegidos y las clases medias, sería la alternativa para gobernar un Estado que hasta el momento había actuado en favor de los privilegios de la oligarquía. Trías proponía por tanto una vía de reforzamiento de la democracia legal y consideraba que quienes estaban atentando contra la democracia política eran los sectores de la derecha en el gobierno. Dicha interpretación reconocía un gran descontento de la población en relación a la crisis y las respuestas que estaban dando los partidos tradicionales para solucionarla pero “las masas” en esta interpretación estaban constituidas principalmente por el electorado. No existía en la propuesta de Trías una visión de reorganización del Partido Socialista tendiente a ampliar su caudal de identificación. Unos años después el PS también cambiará su estrategia de prensa creando el diario Época y buscando así un perfil comunicacional distinto al que había caracterizado al histórico semanario El Sol.

Más allá de las diferentes estrategias o posturas en relación a su organización o modalidades de adhesión, para los diferentes sectores de izquierda organizados a través de partidos políticos, existía entre fines de los cincuenta y comienzos de la década de 1960 una idea general de que era necesario contar con “las masas” como sujeto colectivo legitimador de un programa político para acceder al poder por la vía legal de las elecciones. Los diferentes sectores de la izquierda política iniciaron un debate en relación a cómo organizar, encontrar aceptación o adhesión en sectores más amplios de la población, bajo la premisa común de que la expansión de la base social de apoyo a los cambios era fundamental para el desarrollo de una política de corte transformador. Esto tuvo como resultado importantes transformaciones en los partidos comunista y socialista y cristalizó un debate ideológico acerca de las vías democráticas o revolucionarias de acceso al poder en el que ya no se trataba únicamente de incidir en “la clase obrera” o “los sectores más desprotegidos”, sino que “las masas”, atendiendo a su acepción policlasista, fueron un sujeto social ineludible.

Pese a los debates de la izquierda en torno a cómo ampliar su base de apoyo, Ricardo Martínez Ces señalaba en 1956, que a pesar de la crisis y la insatisfacción con los gobernantes, las masas tardarían mucho tiempo en cambiar su adhesión a los Partidos Tradicionales. Afirmaba que “… pocos individuos y menos las masas pueden vivir prendidos del vacío…”[22] y, si bien apoyaban a dirigentes sindicales o estudiantiles en causas específicas vinculadas con los salarios o la autonomía de la educación, su opción política se mantendría en la órbita de los dos partidos consolidados en la escena política nacional. Consideraba que “muy largo y duro ha de ser el proceso capaz de destruir el apoyo de las masas a los partidos tradicionales.”[23] Se trataba para el autor de un fenómeno vinculado con cierta inercia y conservadurismo de la mayoría de la población, que se identificaba con los partidos de mayor consolidación y tradición. Aclaraba que se restringía a una adhesión a través del voto y que en ningún caso estos partidos contarían con aquellos conglomerados para defender o combatir una situación de crisis del propio gobierno, como por ejemplo un nuevo golpe de Estado.

En este análisis Martínez Ces afirmaba que si bien las élites sindicales y gremiales estaban actuando a partir de proyectos políticos claramente cuestionadores de los partidos más constituidos, el vuelco de “las masas” hacia otras opciones partidarias, no sería a partir de la capacidad de estos dirigentes de concientizar a quienes los acompañaban crecientemente en sus demandas sociales, sino de una clara disconformidad de la mayoría de las personas en relación a la situación económica del país. Afirmaba de este modo que:

las masas no van a apartarse de los partidos tradicionales por razones de principios, sino fundamentalmente por la dinámica de un proceso dentro del cual se sienten incluidos como parte principal pero no en carácter de modificadoras u orientadoras de dicho proceso. No estando la dirección en sus manos lo interpretarán como la consecuencia de la gestión política y hacia ese terreno dirigirían sus planteos.[24]

Señalaba a su vez que los principales medios de prensa del país constituían empresas de apoyo a estos partidos, con estrategias específicas en relación a la captación de un importante número de lectores, como el espacio ocupado por la publicidad o el deporte y por estos canales moldeaba los gustos y las opiniones de la mayoría de la población:

la mentalidad de las mayoría de los jóvenes, en vías de formación, sin mayor contacto con libros o publicaciones que no respondan a los Partidos Tradicionales, es sistemáticamente tratada día a día por una propaganda persistente que sigue en general una táctica de distracción, busca una canalización de la atención y el entendimiento de las masas, que se neutralice, lo cual logra a través de una amplia difusión y apoyo notable a los deportes y otras actividades, de carácter no político pero de notable influencia sobre la política. [25]

Se visualizaba en esta concepción una idea apolítica de “las masas”, concebida como un sujeto social que orienta sus opciones a partir de su realidad material y que las transformaciones políticas de la sociedad no se producirían por una toma de conciencia ideológica de la mayoría de la población, sino por un descontento progresivo de su realidad específica.

El uso del concepto masas en la década de 1950 expresó debates vinculados con las opciones partidarias. Para señalar nuevas adhesiones en las organizaciones sociales, en este período se privilegiaron conceptos como “sindicalización”, “clase obrera”, “estudiantes” o “movilización creciente”, siendo por tanto más difundido su uso en el marco de la reconfiguración del campo político partidario.

La “concientización” de las masas

Sólo en política las masas y las élites parecieran estar de acuerdo en seguir estimando los viejos valores: el nacionalismo, la tiranía y la guerra.[26]

Lo cierto es que tras el triunfo de Benito Nardone en 1958, el semanario de izquierda independiente Marcha señalaba que el resultado electoral no podía ser exclusivamente “fruto del atraso político de la masa”[27], brindando una connotación negativa al término a raíz del triunfo electoral, por la captación electoral del campesinado rural cuya voz no se expresaba en las manifestaciones urbanas de creciente movilización.

La agudización de la crisis en la década del sesenta y los años previos al establecimiento del régimen cívico-militar encontraron a su vez otras visiones en relación a las “masas”, que se expresaron principalmente en el debate interno de la izquierda sobre cómo llevar a cabo proyectos de cambio social —fueran estos revolucionarios o por la vía legal— y en relación a cómo contrarrestar la posibilidad creciente de una respuesta autoritaria desde el gobierno.

En primer término se destaca la visión expresada en el programa del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. Las opciones de la lucha armada para este movimiento, no podían esperar a la concientización de las grandes de masas y a partir de un movimiento de vanguardia que iniciara las acciones de lucha se desencadenaría una dinámica de concientización en los sectores crecientemente movilizados de la población. En su documento número 1 el MLN expresaba que:

el hecho de la existencia de un gobierno surgido de elección popular es un inconveniente para justificar a escala de las grandes masas la necesidad de lucha armada… Guerra victoriosa será, porque no existen condiciones hoy, para la insurrección victoriosa, porque el Estado no ha sido deteriorado por ninguna derrota militar y porque el movimiento de masas no está preparado militarmente para el asalto al poder. Debemos empezar una lucha que será prolongada, y no esperar prolongadamente una guerra que será corta.[28]

El desarrollo de la estrategia armada por parte del MLN y su expresión manifiesta en las acciones llevadas a cabo desde la segunda mitad de la década del sesenta hasta 1972, no inhibió la conformación del grupo 26 de marzo, cuya prensa estimuló activamente las opciones de acceso legal al poder a través de las elecciones y la inserción de las posiciones de la izquierda radical en las estrategias de acumulación electoral llevadas a cabo por el Frente Amplio en 1971. De este modo, y partiendo de una relación vanguardista también con respecto a las “masas” de adherentes, este medio de prensa afirmaba en el marco de la campaña electoral que:

se consigue organizar a las bases llevando las posiciones de los independientes, por medio de una discusión fraterna, a todos los comités del Frente Amplio. Se consigue concientizar a las masas demostrando que los luchadores sociales que
están presos no son delincuentes como dice la oligarquía, sino verdaderos patriotas que dan su vida y su libertad en la vanguardia de la lucha contra el régimen. [29]

Pese al escenario de radicalización política, a mediados de los sesenta el principal dirigente del Partido Comunista Uruguayo, Rodney Arismendi, polemizaba con la estrategia foquista considerando que:

una firme y clara política dirigida no sólo a los sectores más avanzados, sino a todo el pueblo —limpia de verborrea extremista, pero auténticamente revolucionaria por su actitud para unir y lanzar a la lucha a las grandes masas— debe presidir nuestra labor en la etapa política inmediata.[30]

El matemático y también dirigente del Partido Comunista José Luis Massera agregaba que:

los sectores dirigentes de mayor influencia del P. Colorado basaban su táctica, en lo fundamental en las negociaciones y presiones ‘por arriba’, y admitían la participación de las masas populares sólo como una especie de coro pasivo o de amenaza latente… pero se oponían a la movilización combativa e independiente de esas masas… La táctica propugnada por nuestro partido era diametralmente opuesta: consistía en convertir la movilización de masas en el eje de todo el dispositivo antigolpista…[31]

Hacia mediados de la década de 1960, la agudización de la crisis política y las posibilidades de un golpe de Estado tuvieron como consecuencia la necesaria búsqueda de una estrategia de unificación tanto desde en los distintos sectores de la izquierda política como en las organizaciones sindicales y gremiales. Dicho proceso intensificó un uso del concepto “masas”, asociado a términos como “popular” o “revolucionaria”, buscando fortalecer la noción de que grandes contingentes de personas cobraban conciencia en la escena social, de la necesidad de manifestarse contra el gobierno. Las “masas” ya no eran un simple conglomerado anónimo que adhería pasivamente a un proyecto partidario a través de su voto, sino un elemento de legitimación a partir de la protesta social en la escena pública.

La crisis a lo largo de la década de 1960 estimuló el uso del término masas como alusión a los contingentes sociales que daban apoyo a las movilizaciones callejeras de protesta contra el gobierno. Posiblemente como expresión de un contexto de radicalización política, los discursos del candidato por el Frente Amplio Liber Seregni en 1971 señalaban la oposición entre la oligarquía y el pueblo. De este modo, las “masas” ya no eran un asunto programático de los partidos en pugna, sino un aspecto de abordaje táctico.

En los ámbitos institucionales de gobierno, los conceptos “pueblo” o “nación” constituirían progresivamente el modo más corriente de alusión a la población, no siendo la adhesión social a través del voto un elemento de relevancia para la instauración de un programa político. Este fenómeno de expresión creciente durante la presidencia de Jorge Pacheco Areco entre 1968 y 1973, se consolidaría con la definitiva instalación del régimen dictatorial.

La cultura y los medios masivos

Hacia la década de 1950, el uso del término “masas” en relación a la expansión de los medios de comunicación, también presentó novedades con respecto al período anterior.

La preocupación de intelectuales y artistas por la propagación del folletín literario entre fines del siglo XIX y comienzos del XX o la expansión de la radionovela en las primeras décadas del siglo, lejos de ser observados como mecanismos de ampliación de la población lectora o espacios de estímulo al acceso de información para la sociedad, constituyeron una fuente de temor constante en relación a la vulgarización de la cultura en la masas.[32] La consolidación de un proyecto de radio pública dependiente del SODRE —cuyos orígenes se remontaban a la década de 1930— y los proyectos asociados a la creación y desarrollo de un canal de televisión en 1963, bajo esta misma órbita, motivó nuevos debates en torno a los medios, que ahora contaban con finalidades culturales y educativas.

La historiadora Mónica Maronna explica que la radio, innovación técnica en la década del veinte, se instaló progresivamente como medio de comunicación entre las décadas del treinta y del cuarenta, sirviéndose de modalidades de consumo cultural fuertemente cultivadas por el público local desde comienzos del siglo XX, como las novelas por entrega, las obras de teatro o libros editados principalmente en Argentina. Este tipo de oferta cultural de consumo extendido fue asimilada por la radiotelefonía como una estrategia para captar escuchas y lograr éxito en el público.[33] Algo similar parece haber sucedido con la televisión en la década de 1960. Las prácticas ya instaladas en la radio buscaron traducirse a la TV como una estrategia de captación del público, pese a ser un medio que constituía en aquel momento una innovación tecnológica de alto costo.

La televisión se instaló tímidamente hacia fines de la década del cincuenta en el país a partir del impulso de algunos operadores locales y sólo a comienzos de la década de 1960 se iniciaron las emisiones de un canal público. Lo cierto es que la asignación del canal 5 al SODRE en 1963 inauguró un escenario de debates nuevos en el ámbito político y expresó una mirada estatalista, asociada a proyectos de corte modernización y reformista en el ámbito cultural.

Si bien se trata de un asunto poco explorado, los estudios recientes realizados por las investigadoras Florencia Soria y Lucía Secco han señalado las muy diversas estrategias desde ámbitos públicos como el SODRE, la Universidad de la República u otros espacios de enseñanza y difusión cultural para desarrollar un modelo de televisión que buscaba producir y difundir programas con fines estrictamente culturales y educativos para un público extendido.[34]

Según Soria, los primeros marcos legales para la instalación de un canal público expresaron una tendencia a reconocer las posibilidades de difundir de manera extendida manifestaciones de la cultura ajenas al circuito comercial.[35] La autora señala que los dispositivos aprobados durante los primeros años de existencia de la televisión pública, preveían una financiación basada en inversión pública. La autora señala expresiones del escribano Luis Alberto Viera en 1965, de una nota presentada en la Cámara de Representantes a través del diputado Julio César Da Rosa, donde afirmaba que se trataba de una “obra bajo la dirección consciente de la función social del imponente medio de comunicación de masas” que constituía el canal público de TV.[36]

Las políticas culturales de corte netamente estatalista, aprobadas durante los primeros años de vida del canal público, no fueron objeto de debates ni resistencias en los ámbitos legislativos, lo que permitió la creación de estas dependencias al interior del Ministerio de Instrucción Pública. Sin embargo, se trató de organismos que rápidamente se vieron ahogados por la ausencia del presupuesto que les había sido prometido. La principal polémica en el ámbito público no se produjo por prejuicios del campo político en relación a las posibilidades de expansión cultural a través de la televisión, sino por la autorización de la Directiva del SODRE tanto a la radio como a la televisión a vender publicidad para poder suplir el ausencia del presupuesto que había sido aprobado por ley. Ante esta medida, ANDEBU consideró que se trataba de una competencia desleal entre el Estado y las empresas privadas de emisión. Los directivos del SODRE alegaron que no se trataba de implantar una mirada liberal en relación a los medios, sino una necesidad fruto de la carencia presupuestal.[37]

Según Lucía Secco, el desarrollo de los medios de comunicación en el marco del ingreso de la televisión al país entre fines de la década de 1950 y comienzos de la siguiente fue observado por los intelectuales como un medio, cuyo uso era detentado por sectores empresariales. La investigadora ha analizado en qué medida los intelectuales de izquierda consideraban que la televisión podía constituir una alternativa para el acceso a ciertos códigos y prácticas culturales por sectores más extendidos de la sociedad, pero en la medida en que quienes detentaban dichos medios eran los sectores de mayor poderío económico, las posibilidades de utilización de los mismos por los sectores populares estaban restringidas.[38] En ese marco, Secco ha analizado los primeros planes de desarrollo de la televisión desde la Universidad de la República mostrando que estaban claramente orientados a difundir en un público masivo mensajes de carácter cultural y educativo, conectando de este modo lo que se producía en la Universidad con una audición ampliamente extendida.[39] Se trataba de propuestas en consonancia con los planes de reforma y expansión de la Universidad de la República, que se sintetizaron en el Plan de Reestructura de la Universidad presentado por Maggiolo en 1967.

En ese contexto, los temores del campo intelectual en relación a la programación de los medios masivos y la vulgarización de la cultura tras la instalación de la televisión en el país, parece haber sido frente al uso empresarial de esta nueva tecnología. El histórico rechazo a los medios masivos, se concentró en esta época en la crítica de la programación de los canales comerciales, quedando en suspenso los proyectos desarrollados desde el ámbito público en esta materia.

En octubre de 1958, una columna anónima del Semanario Marcha señalaba que:

al arte se le presentan… dos caminos: o la entrega incondicional al gusto de la cantidad (cultura de masas) o el defensivo repliegue en si mismo (vanguardismo). El arte culto ha venido así a quedar opuesto no a una auténtica cultura popular, sino a la cultura de masas. Entendemos por cultura popular lo que espontáneamente elabora el pueblo para su propio goce; y por cultura de masas lo que fabrican quienes no integran ni el pueblo ni la élite intelectual, atendiendo solamente al éxito comercial del producto entre la masa. La cultura de masas representa, en lo artístico, la misma adulación como soborno que en lo político utilizan los dictadores para apropiarse del poder a través de la masa.[40]

A su vez, la dura crítica a las películas cinematográficas provenientes de la industria norteamericana o europea proyectada en la extendida gama de salas existente a lo largo del territorio nacional desde la década de 1920 caracterizó tanto los debates entre los intelectuales, como las columnas de la prensa.[41]

Carlos Real de Azúa señalaba a comienzos de la década de 1960 que existía una diferencia entre:

la cultura en sentido ‘intelectual’, [que] ha seguido viviendo entre forcejeos, sostenida en la vocación sacrificada de unos pocos y apoyada (a lo más) en dotaciones presupuestarias del Estado siempre crecientes y siempre insuficientes y la otra Cultura en sentido amplio… [que] opera a través de la avasallante masificación de los medios de propaganda y publicidad que el maquinismo y la técnica han puesto en manos de los fuertes. Y no es, naturalmente, un puro hecho nacional que el caudal casi complejo de cultura que se nos sirve responda a los patrones fijados por los que tienen en el mundo los hilos de la cultura de masas; cadenas internacionales de radio, revistas, agencias informativas, cine, erótica, ‘lo sensacional’, la vulgarización científica; estos patrones (y todos los valores implícitos que ellos importan) son, y sin escape, la cultura para el noventa y nueve por ciento de las gentes. Como a todas las comunidades subdesarrolladas les ocurre, como a todos los continentes ‘periféricos’ les pasa, estos repertorios que se nos infligen, cuentan poco con nuestro visto bueno y para nada con nuestra inspiración.

 

El autor señalaba que sólo quedaban algunas manifestaciones como el tango o el fútbol que eran asimiladas por un importante conjunto de la sociedad uruguaya y que a través de la misma se podía distinguir en el ámbito de la cultura masiva aspectos de la identidad nacional y de los gustos de los uruguayos distintivos de lo que ofrecía el comercio internacional.

Durante la década de 1960, se iniciaron también los primeros estudios académicos vinculados con la presencia de los medios en la sociedad, influidos por una fuerte crítica al carácter economicista y de dominación cultural de su desarrollo en el ámbito local.[42] Se destaca en este sentido el estudio realizado por Roque Faraone para la serie de publicaciones Nuestra Tierra. Luego de una breve introducción sobre los medios que se instalaron en el país a lo largo del siglo XX, el autor realiza una categorización del rol de los medios en sociedades capitalistas y socialistas, analizando en primer término las relaciones económicas, industriales y de Estado que dieron impulso al desarrollo de los mismos. La serie de publicaciones temáticas Nuestra Tierra destinó varios de sus números a temáticas como el fútbol, el turismo, la urbanización o el movimiento sindical[43], mostrando un interés por dar a conocer nuevos problemas de la sociedad contemporánea en un formato que, al igual que otros proyectos editoriales de la década de 1960 como Enciclopedia Uruguaya o Capitulo Oriental buscaban difundir la reflexión de temáticas específicas a un público más extendido. Si bien en la mayoría de los casos se expresa una cierta “preocupación” por la cultura de masas, aludiendo a una posible vulgarización de las expresiones culturales o a una reproducción acrítica de los contenidos emitidos por los dueños de los medios, el propio formato de publicación de amplia difusión mostraba una necesidad del medio académico y cultural de generar productos cuyo consumo fuera más extendido.

Por otra parte, los canales de televisión se fundaron como iniciativas empresariales, quienes trabajaban en su seno se auto-percibían como técnicos o productores en relación de dependencia y la discusión estaba mayormente centrada en relación a cuál era el lugar de la producción nacional en el espacio de emisión. Así lo señalaba un artículo anónimo de Cine, Radio, Actualidad en 1962:

En estos momentos en los que una no definición de nuestra idiosincrasia se pulsa tanto en radio como en TV con la proliferación de temas foráneos y la absoluta subestimación hacia nuestras inquietudes, este movimiento nos parece muy oportuno y digno de ser considerado formalmente. Es necesario mirar un poco al artista nacional y su obra. Este puede ser, precisamente, un camino interesante que será necesario andar con entusiasmo y cariño en pro de una superación en la divulgación de nuestro arte popular y en beneficio de una representación ante el mundo de nuestra sensibilidad tan dejada de lado en estos momentos.

Si bien no se trató de sectores que dieran un debate público en relación a estos temas, dado que constituyeron generalmente trabajadores dependientes de los medios privados o funcionarios de la emisora pública, la promoción de documentales institucionales en el ámbito universitario, a lo largo de las décadas de 1950 y 1960, asociados al repertorio de artistas nacionales, la fauna autóctona u obras de desarrollo nacional y su difusión a través de distintos medios como pueden ser el cine y la televisión,[44] así como la promoción de espacios televisivos de carácter educativo[45] en el canal nacional son la expresión de ciertos sectores abocados a presentar una “cultura nacional” a través de canales de amplia difusión, que no necesariamente estaba asociada a la demanda del consumo masivo y que se distanciaba también de los enfoques del campo intelectual crítico.

No se trató en este caso de debatir sobre la vulgarización de la cultura a través de los medios masivos, sino de promover la difusión de mensajes asociados a “lo nacional”, tuvieran o no una demanda de consumo extendido.

Durante la última dictadura cívico-militar esta noción tomó carácter de política pública a través de la creación de la Dirección Nacional de Relaciones Públicas y se inició una política pública de emisión, buscando un impacto en sectores más extendidos de la población, a través de los informativos, las series y productos audiovisuales promocionados o producidos en este ámbito.[46] La instauración de un tipo de producción de orden institucional, que apelaba a una imagen de la nación y el pueblo de carácter ordenado y que reivindicaba las iniciativas del Estado como políticas ordenadoras de la vida social constituyeron algunos de los códigos utilizados hasta fines del siglo XX para el desarrollo de la producción nacional en la materia. Los niveles de asimilación de dicha modalidad de comunicación en la población siguen siendo aspectos de difícil aproximación. Lo cierto es que tanto los documentales institucionales de las décadas de 1950 y 1960, como la sistemática producción de la DINARP apelaron principalmente a los conceptos de nación y pueblo y no tuvieron en su discurso un mensaje específicamente orientado a las “masas”. La progresiva instalación de la televisión en la vida doméstica de las personas entre las décadas de 1970 y 1980 constituyó un escenario de ampliación en la recepción de dichos mensajes durante la dictadura.

Sin duda, los proyectos educativos y culturales desarrollados por el SODRE o la Universidad de la República en el período previo a la dictadura, expresaron un contrapunto en la dicotomía clásica entre cultura culta y cultura de masas. Si bien este trabajo sólo constituye una primera aproximación al asunto, el concepto “masas” parece haber cobrado un significado específico hacia mediados del siglo pasado y su uso posibilita nuevas aproximaciones a las estrategias de los actores sociales, políticos y estatales de la época para captar nuevas mayorías, en un escenario de reordenamiento del escenario político y de modernización de las tecnologías de comunicación cultural.

  1. Juan de Lara, “La estabilidad social, los bancos y algunas cosas más” en Marcha, Montevideo, 6 de febrero de 1942, nº 125.

  2. “Sin bandera” en Marcha, Montevideo, 13 de marzo de 1942, nº 129.

  3. “Una senda un camino” en Marcha, Montevideo, 10 de abril de 1942, nº 132.

  4. Ver: Alfredo Alpini, “Tácticas golpistas y medios de comunicación” en Revista de la Facultad de Derecho, Montevideo, Udelar, nº 28, 2a época, 2010.

  5. Peter Burke, ¿Qué es la historia cultural?, Barcelona, Paidós, 2006; E. P. Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra, Barcelona, Crítica, 1989.

  6. Peter Burke, op. cit., 2006; Raymond Williams, Cultura y sociedad, Buenos Aires, Nueva Visión, 2001.

  7. Rodolfo Porrini, La nueva clase trabajadora (1940-1950), Montevideo: Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, 2005.

  8. Ragen, “Otra versión de las Huelgas” en Marcha, Montevideo, 7 de diciembre de 1961, nº 602.

  9. Vania Markarian, María Eugenia Jung e Isabel Wschebor, 1958: el cogobierno autónomo, Montevideo, Universidad de la República, 2008; Blanca Paris de Oddone y Juan Oddone, La Universidad de la República del militarismo a la crisis 1885-1958, Montevideo, Universidad de la República, 1971.

  10. Benjamín Nahum (coord.), Estadísticas Históricas del Uruguay (1900-1950). Tomo 1. Política y Sociedad, Montevideo, Departamento de Publicaciones de la Universidad de la República, 2007.

  11. “Actuando siempre” en Inquietud, Montevideo, 20 de agosto de 1948, Año II, nº 45.

  12. Washington Beltrán, “Acción renovadora y principista en lo político, como medio para llegar a una democracia integral” en El Nacional, Montevideo, 21 de febrero de 1946, nº 2.

  13. “Ciudadanos de todos los sectores se interesan por la reconstrucción partidaria” en El Nacional, Montevideo, 15 de abril de 1946, nº 7.

  14. Magdalena Broquetas, La trama autoritaria, Montevideo, EBO, 2015, p. 37.

  15. Ídem, p. 42.

  16. Raúl Jacob, Benito Nardone: el ruralismo hacia el poder (1945-1958), Montevideo, EBO, 1981.

  17. Rodney Arismendi, Informe al XVI Congreso del Partido Comunista del Uruguay.

  18. Gerardo Leibner, Camaradas y compañeros. Una historia política y social de los comunistas en Uruguay, Montevideo, Trilce, 2011.

  19. Vivián Trías, Aportes para un socialismo nacional, Montevideo, EBO, 1989, p. 110.

  20. Ídem, p. 112.

  21. Ídem, p. 115.

  22. Ricardo Martínez Ces, “Nuestra juventud y los partidos tradicionales” en Marcha, Montevideo, 3 de febrero de 1956, nº 800.

  23. Ídem.

  24. Ídem.

  25. Ídem.

  26. “El cine como salida para la poesía” en Marcha, Montevideo, 10 de octubre de 1958, nº 932.

  27. “Después de las elecciones” en Marcha, Montevideo, 12 de diciembre de 1958, nº 941.

  28. Movimiento de Liberación Nacional- Tupamaros, Documento nº1, Montevideo, junio de 1967.

  29. Ruben Sassano, “Organizarnos para enfrentar al régimen en todos sus terrenos” en Cuestión, Montevideo, 28 de abril de 1971, nº 3.

  30. Rodney Arismendi, “Anotaciones acerca de la situación política nacional y la táctica del movimiento obrero popular” en Revista Estudios, Montevideo, agosto de 1964, nº 28.

  31. José Luis Massera, “El año que termina. Perspectivas para 1965”, en Revista Estudios, Montevideo, diciembre de 1964, nº 32.

  32. Isabel Wschebor, “La biblioteca de El Siglo y las mujeres burguesas”, en Revista de la Academia Nacional de Letras, Montevideo, ANL, 2001, nº 9; Isabel Wschebor, “Del folletín al radioteatro: dos tránsitos en la modernización cultural”, ponencia presentada en el Cuarto Congreso de Docentes e Investigadores del MERCOSUR, Montevideo, UCU, 2001.

  33. Mónica Maronna, “La radio montevideana en busca de oyentes” en Cuadernos del CLAEH, Montevideo, CLAEH, nº 100, Año 33, 2012, p 25.

  34. Florencia Soria, “Influencias extranjeras, miradas locales. La televisión pública en Uruguay (1963-1963)”, en Claves. Revista de Historia, Montevideo, Facultad de Humanidades de la Universidad de la República, nº 3, Julio-diciembre de 2016,: pp. 193-223; Lucía Secco, “Los intelectuales y la televisión durante su primera década de existencia en Uruguay” en Claves. Revista de Historia, Montevideo, Facultad de Humanidades de la Universidad de la República, nº 3, Julio-diciembre de 2016.

  35. Florencia Soria, “Influencias extranjeras, miradas locales. La televisión pública en Uruguay (1963-1963)”, op. cit.

  36. Citado por Florencia Soria, op. cit., p. 202.

  37. Ídem., pp. 193-223.

  38. Lucía Secco, op. cit., 2016.

  39. Lucía Secco, “Televisión universitaria en la década de 1960”, en Revista 33 Cines, Montevideo, MEC, nº3, 2015.

  40. “El cine como salida para la poesía”, en Marcha, Montevideo, 10 de octubre de 1958, nº 932.

  41. Pablo Rocca, “Élites y cultura de masas en el medio siglo”, en Revista 33 cine, Montevideo, MEC, 2011, nº 6.

  42. Roque Faraone, Los medios de comunicación de masas, Montevideo, Nuestra Tierra, 1969, nº 25.

  43. Horacio de Marsilio, Los lenguajes uruguayos, Montevideo, Nuestra Tierra, 1969, nº 24; Franklin Morales, Fútbol: mito y realidad, Montevideo, Nuestra Tierra, 1969, nº 22; Horacio Martorelli, La sociedad urubana, Montevideo, Nuestra Tierra, 1969, nº 14; Germán D’Elía, El Movimiento sindical, Montevideo, Nuestra Tierra, 1969, nº 4; Turismo en Uruguay, Montevideo, Nuestra Tierra, 1969, volumen extra.

  44. Isabel Wschebor, “Cine y Universidad en la crisis de la democracia” en Revista Encuentros, Montevideo, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Volumen VI, nº1, 2013.

  45. Lucía Secco, op. cit., 2015.

  46. Aldo Marchesi, El Uruguay inventado, Montevideo, Trilce, 2001; Isabel Wschebor, “Cine, Universidad y política audiovisual. El Departamento de Medios Técnicos de Comunicación (1973-1980)”, en Revista Contemporánea. Historia y problemas de la historia del siglo XX; Montevideo, GEIPAR, 2015, Vol. 4.

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